39 Capítulo treinta y nueve
CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
CALLIE
La bocina final suena y todo se paraliza en mi interior.
El rugido de la multitud arrecia bajo mis pies, una marea de ruido que no parece capaz de atravesarme.
Me he puesto de pie, pero parece como si el suelo acabase de desaparecer bajo mis pies, y yo me tambalease, intentando prepararme para lo que vaya a pasar ahora.
Todos en la tribuna están celebrando la difícil victoria de los Railers, y el lugar bulle de energía. Nora está acurrucada contra el hombro de Evelyn, profundamente dormida, aferrada con sus deditos a la tela de su jersey de cachemir.
Tendría que estar flotando.
Pero, en vez de eso, siento que me hundo, como si me tragaran unas arenas movedizas.
Hace ya unos minutos que los jugadores han abandonado el hielo y yo no he dejado de volver a ver en mi cabeza los instantes finales. La mirada furiosa que me ha dedicado Zane antes de desaparecer por el túnel de vestuarios, la tensión en sus hombros, la forma en que apretaba la mandíbula.
Ese no era un hombre mosqueado por algo del partido.
Era algo personal.
Me vibra el móvil y me lo saco del bolsillo. El mensaje ilumina la pantalla y envía una fría oleada por mi espalda.
Zane: Tenemos que hablar. A solas. Estaré en la entrada trasera.
Yo lo miro fijamente un instante, intentando decidir qué hacer.
Evelyn levanta la mirada desde donde está acunando suavemente a Nora.
—¿Va todo bien?
Me obligo a asentir.
—¿Te importaría vigilar a Nora un ratito?
Sus ojos se suavizan con algo como la comprensión mientras pasa la mano por el pelo de mi hija.
—Por supuesto que no, querida. Está fuera de combate. —Titubea—. Aunque… ¿Estás segura de que es una buena idea?
—Creo que sí. Si se despierta, o si hay algún problema, mándame un mensaje —le digo, saliendo de la tribuna antes de que alguien pueda detenerme o hacerme preguntas que ni siquiera me acerco a estar preparada para responder.
Mis pensamientos se aceleran, enmarañados por la preocupación y por algo más oscuro, cuando cojo el ascensor y recorro el pasillo privado hacia la entrada trasera del estadio.
Zane ya está ahí, esperándome. Está encorvado en la zona más sombría, con la capucha calada hasta la frente y las manos m etidas en los bolsillos de la chaqueta.
En cuanto me acerco, él se gira y yo me quedo paralizada.
Tiene el labio partido y su mejilla está adquiriendo un tono púrpura por debajo de la inflamación.
—¿Qué ha pasado? —pregunto.
Su expresión se retuerce de amargura.
—El tío con el que has decidido arrejuntarte, eso es lo que me ha pasado.
Aunque sus palabras no sean agradables, levanto la cabeza.
—He visto lo que ha pasado durante el partido, Zane. ¿No crees que él ha tenido algún motivo para estar molesto?
Casi me sorprende que no me responda de inmediato con un corte. En vez de hacer eso, repasa mi rostro con la mirada, como si estuviese buscando la respuesta a una pregunta que no puede obligarse a hacerme. O tal vez esté buscando la versión de mí que él conoció.
—¿Qué cojones estás haciendo realmente con River Thompson? —pregunta por fin, con tono brusco—. ¿Intentas hacerme daño? ¿Conseguir que te preste atención? ¿Darme celos? ¿Es de eso de lo que va todo esto?
Una risa aguda e incrédula se me escapa antes de que pueda detenerla.
—Lo creas o no, mi vida privada no tiene nada que ver contigo.
Él coge aire, fuerte, como si estuviese preparándose para lanzar otro ataque.
Pero entonces solo exhala lentamente. Su mirada flaquea y los duros rasgos de su mandíbula se aflojan solo lo suficiente para que asome el agotamiento.
Sus ojos descienden brevemente hasta el suelo antes de volver a posarse en mí, más despacio esta vez, con menos brusquedad.
—Lo siento, Callie —dice—. He cometido un error. He dejado que la fama se me subiera a la cabeza. Las chicas, las fiestas, el dinero, el programa de televisión… Creía que podría tenerlo todo. Y al intentarlo, he perdido lo que más importaba.
Me quedo helada, anonada por ese súbito cambio de actitud.
Este no es el Zane al que yo conozco. El que necesitaba la atención externa igual que si fuese oxígeno y medía sus méritos en titulares y flashes de cámaras. El mismísimo hombre que nos dejó sin volver la vista atrás.
Los hombros de Zane se hunden, como si l levaran encima un peso invisible. Sus ojos, antes electrificados por su ego, son más apagados, ensombrecidos por el arrepentimiento. Y tal vez por primera vez, parece un poco honesto.
—He cambiado, Cal. Quiero otra oportunidad —suplica, acercándose hasta que puedo sentir el calor de su cuerpo. Sus dedos se enredan en los míos y durante un segundo, vuelvo a sentirme como me sentía con él al principio—. Quiero recuperar nuestra familia.
Me quedo boquiabierta antes incluso de lograr negar con la cabeza.
—Perdona… ¿Acabas de decir que quieres otra oportunidad?
—Sí. —Su voz suena baja pero firme—. He estado pensando mucho en nosotros últimamente. En lo que teníamos y en cómo eran las cosas. Una vez estuvimos bien juntos, Callie. Podríamos volver a estarlo.
Nada de esto tiene sentido.
—¿Y qué pasa con Gigi? Creía que la amabas. Estáis planeando una boda.
—Pondré fin a eso. —Las palabras brotan rápidas, casi desesperadas, como si ella no fuese nada más que algo secundario—. Si es lo que hace falta para recuperarte, la dejaré esta noche. Ahora mismo. Solo tienes que pedírmelo.
El aire sale apresurado de mi cuerpo. No esperaba que esta conversación fuera así.
Después de todo lo que ha ocurrido.
—No puedes decir las cosas adecuadas y creer que vas a borrar el pasado con eso. —Tardo un momento en darme cuenta de que estoy temblando—. Me destrozó que te fueras.
—Lo sé. Y lo siento. No te estoy pidiendo que lo olvides. —Se acerca más, y su mirada se clava ardiente en la mía—. Te estoy pidiendo que me des otra oportunidad. Por Nora. Por nuestra familia. Nuestra hija se merece eso, ¿verdad?
Se me hace un nudo en la garganta.
—Eso no es justo.
Él estira la mano y me acaricia la mejilla con el pulgar, con la familiaridad que trae la práctica y que hace que se me pongan los pelos de punta.
—La verdad es que nunca he dejado de quererte, Callie. Sé que tengo mucho camino por delante, pero piénsatelo. Por favor. Hasta iría a ver un consejero matrimonial. Podríamos trabajar juntos en esto. Solo dame otra oportunidad. Dale a nuestra familia otra oportunidad.
Sus palabras hacen eco en mi mente y colisionan contra un amasijo de emociones líquidas imposible de desentrañar. Abro la boca para replicarle, pero otra idea aparece de golpe en mi mente.
Me paso la lengua por los labios.
—¿Has sido tú el que ha pagado el préstamo de la pastelería?
Zane no responde de inmediato. Su mano se aparta de mi cara y su mandíbula se tensa.
—Has sido tú, ¿verdad?
Él exhala lentamente.
—Sí.
Se me retuerce el estómago.
—¿Por qué?
—Porque entiendo cuánto significa ese sitio para ti —dice—. Y sé lo duro que has luchado para conservarlo. No quería que te ahogaras en estrés mientras criabas a Nora. No se trata de control ni de culpa, sino de hacer lo correcto, aunque la hubiese cagado en todo lo demás.
Durante un instante, no soy capaz de encontrar las palabras. Estoy atrapada en algún punto entre el shock y algo peligrosamente cercano a la gratitud.
—¿Por qué no me lo habías contado?
—Esperaba al momento adecuado —dice, encogiéndose de hombros.
Todo me parece tan confuso: el presente, el pasado, los restos del naufragio que dejamos a nuestro paso…
El hombre que tengo delante no es el Zane que yo recordaba.
Pero eso no significa que me fíe de él.
Todavía no.
Y tal vez tampoco nunca.
Y ahora mismo, me parece que tengo más preguntas que respuestas.