38 Capítulo treinta y ocho
CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
RIVER
Apenas oigo el golpetazo de la puerta del vestuario al cerrarse a mis espaldas, con un sonido metálico que resuena por todo el amplio espacio. Todavía me hierve la sangre en las venas, y la adrenalina recorre cada una de ellas al ritmo de mi pulso, extendiéndose como un incendio forestal.
Me palpita la mandíbula, donde me he golpeado cuando Zane me ha empujado contra las tablas de los laterales.
Me arden las costillas cada vez que inhalo.
Pero ni una pizca de ese dolor empaña la calidez que me inunda al pensar en la imagen de Callie y Nora con los jerséis que llevan mi número.
Es una que llevaré dentro mucho más tiempo que cualquier moretón que Zane me deje en el cuerpo.
Él está de pie frente a su taquilla, quitándose el equipo a un ritmo enloquecedoramente lento, como si estuviera esperándome.
Como si supiera que voy a ir para allá.
Bueno, ¿sabes qué?
Tiene razón en eso.
La contención que me he obligado a mantener durante el partido ya se ha esfumado.
—¿Quieres contarme qué diablos ha sido eso de ahí fuera? —le espeto, dando zancadas hacia él todavía con los patines puestos, sin intentar ocultar mi furia.
Zane apenas pestañea al lanzar sus guantes dentro de su taquilla.
—No estoy seguro de lo que hablas, Thompson.
Y una mierda.
Ambos sabemos que se ha pasado todo el partido tocándome los cojones.
—¿De verdad crees que estás demostrando algo al exhibir todo ese juego sucio delante de tu hija?
Ese golpe bajo tiene el efecto exacto que yo pretendía y su sonrisita de suficiencia flaquea.
—Tienes razón en algo —dice él, apretando la mandíbula y golpeándose el pecho—. Es mi hija.
Todo el vestuario se paraliza y las conversaciones se apagan a nuestro alrededor. Los tíos están todos mirándonos ahora, sintiendo que algo volátil se está cociendo, pero ninguno de ellos se acerca para evitar que estalle.
Yo aprieto los puños.
—Nunca he dicho que Nora no fuese tuya. Tal vez si actuases como si ella te importase no estaríamos teniendo esta conversación.
Los ojos de Zane chispean de furia.
—¿Qué diablos se supone que quiere decir eso? ¿Te crees que eres mejor que yo?
Yo ni parpadeo.
—Eso no hace falta ni preguntarlo. Sé que soy mejor.
Él acorta la distancia entre ambos. La adrenalina corre por dentro de mí, retumbá ndome en los oídos como un tambor de guerra.
—Venga, hombre —dice, con voz ronca y cortante—. ¿De verdad te crees que ella te desea? Se ha acercado a ti porque no tenía otro sitio a donde ir. Tú solo eras el primer cuerpo caliente que ha encontrado.
Se me cierra la visión y no veo nada más a mi alrededor. Un tic aparece en mi mandíbula y lucho contra las ganas de cambiarle de lado esa cara tan chulesca.
—Estaba desesperada —prosigue él, y cada palabra es lenta y deliberada y se clava en mí, retorciéndose, como una espada—. Y tú resultaste estar a mano. Nada más.
Está golpeándome justo donde más me duele, en ese oscuro rincón de mi mente que intento ignorar. La parte que se pregunta si tiene razón. Yo necesito que Callie me elija porque me desea y porque lo que estamos construyendo es real. No como último recurso porque estaba ahí por casualidad.
El labio superior de Zane dibuja una mueca.
—No eres su salvador. Solo una parada técnica. Un apaño rápido hasta que despierte y se dé cuenta de que tú nunca serás suficiente para ella. Ni para mi hija.
No siento que mi brazo se mueva, pero el ruido de mi puño al chocar contra su mandíbula resuena por la sala como un disparo.
Zane se va para atrás, tambaleándose, y se golpea contra las taquillas.
Y ni así estoy seguro de que eso haya sido suficiente.
A nuestro alrededor todos empiezan a moverse a la vez. Zane vuelve a estar en pie en cuestión de segundos, con la furia escrita en cada rasgo de su cara. Antes de que pueda lanzarse a por mí, Steele ya se ha interpuesto en su camino, y le ha dado un fuerte empujón contra las taquillas.
—Cierra la puta boca. Esa de la que hablas es la madre de tu hija. Muestra algo de respeto, maldita sea.
Jax y Knox me agarran por detrás, arrastrándome antes de que pueda cometer otro error. Oliver está ahí con ellos, soltando juramentos por lo bajo, y dispuesto a intervenir si la cosa vuelve a liarse.
Laiken tiene sujeto a Zane, con un brazo rodeándole los hombros y sosteniéndole en el sitio con una tranquilidad que de algún modo resulta más peligrosa que la ira.
—Ni se te ocurra pensarlo, imbécil —murmura.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —ruge el entrenador desde el otro extremo del vestuario.
Nadie responde.
Un pesado silencio desciende por la sala. Es de esa clase que vibra con una violencia apenas contenida.
Cuando siguen pasando los segundos, el entrenador jura entre dientes antes de salir furioso sin esperar más explicaciones.
Laiken no suelta enseguida a Zane.
—¿Ya has acabado? —pregunta, con voz queda pero letal.
Zane asiente con un gesto brusco antes de soltarse de Laiken. Le gotea la sangre del labio partido cuando se endereza. Se la limpia con el dorso de la mano. Su mirada iracunda no se aparta un instante de la mía.
—Si alguna vez fuiste mi amigo —murmura, con una voz ronca que rezuma veneno—, te retirarás, joder.
Yo meneo la cabeza lentamente.
—Eso no va a pasar. A menos que Callie me mire y me diga directamente que no desea esto, voy a ir a por todas.
Las palabras suenan más duras de lo que yo pretendía, y son más honestas de lo que estoy dispuesto a admitir.
El vestuario se queda en silencio.
Hasta Laiken parece impactado por mi afirmación.
La mandíbula de Zane se flexiona cuando su boca se retuerce en una mueca burlona.
—Haz lo que quieras, joder.
Se da la vuelta y se quita el resto de su equipo antes de irse lentamente hacia las duchas. Justo antes de entrar en el espacio embaldosado, se detiene y vuelve la vista atrás.
—Solo entérate de que ella está contigo porque eres una opción fácil y segura. Eres la clase de tío al que puede recurrir para mantenerse a flote hasta que esté preparada para algo real. Y confía en mí, tú no eres esa persona.
Se adentra en las nubes de vapor y el veneno de sus palabras se queda flotando en la estancia.
—Qué capullo —murmura Knox, rompiendo la tensión.
Oliver exhala y se pasa una mano por el pelo.
—Honestamente, me sorprende hasta que haya notado lo de Callie y tú. Está tan centrado en sí mismo, joder, que dudo que pueda ver otra cosa que no sea lo que le devuelve el espejo.
Steele se acerca más y pregunta:
—¿Estás bien?
Pues no. Ni por asomo.
En vez de admitirlo, asiento y me dejo caer en el banco, mientras lo que queda de la adrenalina abandona mi cuerpo. Sigo teniendo la respiración entrecortada. Cada músculo de mi cuerpo parece estar en tensión, como si estuviese a una sola palabra equivocada de perder el control del todo.
Aun así, no hay en mí ni pizca de arrepentimiento.
Volvería a hacerlo todo otra vez.
A recibir el empujón.
El golpe.
A caerme.
Toda esa maldita mierda.
Zane no luchó por Callie y Nora cuando importaba.
Estoy completamente seguro de que no voy a cometer ese mismo maldito error.