Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 37 Capítulo treinta y siete
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37 Capítulo treinta y siete

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

CALLIE

En cuanto entro en la tribuna, siento una punzada conocida. La sensación de que este no es mi sitio.

O al menos, de que no solía serlo.

Cuando venía a ver los partidos de Zane, me sentaba en la parte de abajo del estadio, embutida en algún lugar cerca del cristal.

Había mucho ruido y alboroto. Los olores a cerveza y a sudor hacían que el aire pareciese más denso.

En realidad, yo nunca veía el partido. Sobre todo, le miraba a él, cómo cobraba vida debajo de los focos.

Era imposible no darse cuenta de cómo le miraban los demás.

Y yo sonreía como se suponía que debía hacerlo, como si fuese afortunada por estar ahí.

Por ser su chica.

Pero la verdad es que nunca formé parte realmente de su mundo. Solo fui alguien que él llevaba para hacerle compañía, alguien de paso en su vida. Me llevó tiempo y distancia darme cuenta de eso.

Esta sensación es diferente. Hay una calidez aquí que no me esperaba. Un confort que se apodera de mí antes de poder evitarlo. Lilah es la primera en vernos.

Se vuelve y nos saluda con la mano, cruzando la estancia con los brazos abiertos.

—¡Has venido!

En cuanto está lo bastante cerca, me estrecha en un abrazo tan fuerte como sincero.

Luego se aparta, sonriente, y su mirada se posa en Nora.

—Y te has traído a una animadora.

Nora sonríe de oreja a oreja e inmediatamente se retuerce para soltarse de mis brazos al ver al grupito de niños jugando cerca de la zona de descanso tipo salón. Willow se gira al oírnos, y su rostro se ilumina mientras se levanta del mullido sofá.

—¡Nora! —exclama, agachándose justo a tiempo para que mi hija embista contra ella.

Verlas juntas hace que algo punzante e inesperado se retuerza en mi interior. No solo por lo fácilmente que Nora encaja en este espacio, como si siempre hubiese debido estar aquí, sino por la forma en que yo también empiezo a sentir que encajo.

Willow se levanta y me abraza, con calidez y una tranquila intención de hacerme sentir bien.

—Es genial verte de nuevo.

—Y a ti también. —Se me atenaza la garganta—. Gracias otra vez por cuidar de Nora la otra noche.

—Fue un placer para nosotros. —Su mirada se desvía rápidamente hacia los niños, donde Nora está ahora metida en pleno meollo, enseñando a Gaffy, orgullosa—. Autumn y Haven la adoran, en serio.

No puedo evitar sonreír mientras siento cómo se me encoge el corazón al mirarlas.

—Confía en mí, el sentimiento es mutuo.

Desde un rincón de las gradas, Rina levanta una mano para saludar. Su otra mano sostiene una copa. Su mirada inteligente se desliza sobre mí antes de aterrizar directamente sobre el jersey que llevo bajo la chaqueta.

Sus cejas se arquean, divertidas.

—Bueno, maldita sea —dice, inclinando la cabeza a un lado—. Has ido a por todas de verdad, ¿no?

Se me escapa una risita cohibida. Miro hacia abajo y paso la mano sobre la tela color azul con el nombre y el número de River estampado en la espalda.

—Me lo ha dado esta mañana —confieso—. Justo después de hacernos las tostadas francesas.

Rina me mira fijamente un instante.

—Chica, si un hombre te da su jersey y te hace tostadas francesas en un mismo intervalo de veinticuatro horas, esa es tu señal para casarte con él.

Esta vez mi risa es auténtica, burbujeante e inesperada. Más allá del humor, hay algo de inquietud en mi pecho. Una parte de mí desea creer en este cuento de hadas en medio del que he aterrizado.

Aunque todavía me asuste mortalmente.

Los calentamientos ya han empezado en la pista y yo escaneo instintivamente el hielo en busca de River. Es fácil de localizar. Un borrón de azul y blanco que cruza el hielo como si patinar fuese natural para él.

Como si hubiese nacido para este deporte.

Nora da un tirón de mi pierna y yo me agacho y la cojo en mis brazos.

Y entonces él levanta la vista y nuestros ojos se cruzan a través de la distancia.

No sonríe ni saluda.

Solo me sostiene la mirada como si no hubiese nadie más en el estadio aparte de nosotros dos.

El momento se alarga hasta que veo como sus ojos descienden y se posan en el jersey que llevo.

El que él me ha regalado.

Algo cambia en su rostro. Esa expresión dura y centrada se suaviza lo suficiente para que una chispa de emoción la atraviese.

Tengo que tragar saliva para a liviar la súbita sequedad de mi garganta.

Este tranquilo momento de conexión es más íntimo que ninguno de los que jamás experimenté con Zane. Mi ex solía esbozar esas sonrisas de foto y cogerme la mano cuando sabía que alguien estaba mirando.

Pero con River, siento que todo es diferente.

Real.

Sincero.

El ambiente en la grada cambia cuando entra Hugh.

Le murmura algo a Evelyn, que está de pie dándonos la espalda a medias.

Ella no responde enseguida, pero cuando por fin vuelve la cabeza para mirarle, sus ojos están cargados de irritación.

La tensión entre ellos es sutil, pero profunda.

Como una herida que ninguno de los dos deja curar del todo.

Hay una historia detrás.

Y claramente, aún no ha terminado.

Cuando mi hija se retuerce, vuelvo a soltarla.

La voz del presentador retumba por los altavoces.

—¡Damas y caballeros, bienvenidos al partido de esta noche!

Nora deja escapar una exclamación y aplaude, dando saltitos sobre las puntas de los pies como si fuese a echarse a volar en cualquier momento.

Cuando dicen el nombre de Zane, ella chilla:

—¡Dada!

Su vocecita atraviesa el ruido. Se me encoge el estómago, pero antes de que pueda serenarse, el nombre de River resuena por el estadio.

—¡Rivvy! —grita.

Su alegría es tan inocente, su amor tan auténtico, que la sonrisa en su cara puede que sea la cosa más mona que yo haya visto jamás.

En cuanto cae el disco, la energía en el hielo cambia.

Zane está ahí afuera, y sus movimientos parecen erráticos. Está jugando como si anduviese en busca de sangre. Me temo saber de quién es la sangre que está intentando derramar. Agudizo la mirada justo a tiempo de ver cómo menea su palo un poco demasiado cerca de los patines de River.

—¿De verdad va a empezar ahora con esa mierda? —murmura Rina a mi lado, y su mirada se clava en la acción que se desarrolla debajo.

Willow se inclina hacia adelante y sus ojos se estrechan.

—¿Qué problema tiene ese tío?

Se me hace un nudo en el estómago. Es como un accidente de tráfico del que no puedo apartar la vista.

Soy dolorosamente consciente de cada segundo que Zane y River comparten sobre el hielo.

De la forma en que River gestiona la presión pero no se la devuelve ni una sola vez.

Se está conteniendo y de alguna forma manteniéndose frío a la vez.

Pero puedo ver cómo aprieta la mandíbula, y notar la tensión en sus hombros.

Le está costando contenerse.

—Ese es el padre de Nora —digo con voz queda.

Willow se queda quieta al entenderlo, y arquea las cejas.

—Oh.

Su gesto se hace uno de comprensión.

O tal vez sea simpatía.

Todos podemos ver a qué se está enfrentando River y cómo ha decidido responder en lugar de reaccionar de otra manera.

No puedo creerme lo que está haciendo Zane, y odio todavía más que River tenga que lidiar con ello.

Se supone que son compañeros de equipo.

Zane no tendría que estar comportándose así.

Si no estuviese ya aterrorizada de lo mucho que me he enamorado de River, ahora empezaría a estarlo. Hay una clase distinta de tortura implicada en ver a alguien que amas convertirse en el blanco de un hombre en quien una vez confiaste.

Un hombre con el que una vez creíste que ibas a construir una vida.

Nora me tira de la pierna.

—Arriba, mami.

Yo pestañeo y salgo del trance en el que había caído. La cojo en mis brazos y la abrazo fuerte antes de apoyar la cara contra sus rizos cuando el partido se detiene para una pausa comercial.

—¡Mira, Nora! ¡Estás en el Jumbotron! —exclama Rina a mi lado.

Levanto la cabeza de golpe y, en efecto, la enorme pantalla sobre el centro del hielo muestra una imagen de Nora y de mí, con nuestros jerséis a juego, iluminadas por el tenue resplandor de la grada. Es imposible no ver el número de River escrito en nuestras mangas con brillantes letras blancas.

La voz del presentador resuena por todo el estadio.

—¡Parece que esta noche el número veintitrés se ha traído a su propio club de fans! Mirad esos jerséis a juego. ¡Tan monos que no se puede aguantar!

La multitud ríe y vitorea. Nora da un gritito alegre, y sus manitas saludan al mar de desconocidos.

Lilah, Willow y Rina sonríen, claramente encantadas por todo esto. Hasta Evelyn suelta una risita por detrás del borde de su copa de vino.

Yo me quedo helada. Consigo de algún modo saludar breve y tímidamente con la mano antes de bajar la vista al hielo y encontrarme con River mirando la pantalla, sonriendo.

No, no está sonriendo sin más.

Luce una sonrisa exultante, como si estuviese orgulloso de que estuviésemos ahí y deseara que todo el estadio nos viera.

Entonces la pantalla cambia de imagen y el ruido a nuestro alrededor vuelve a su nivel normal.

Me dejo caer en mi asiento con las piernas temblorosas y los brazos todavía rodeando a Nora.

Rina se inclina hacia adelante y pone una mano sobre la mía.

—No pongas tanta cara de pánico —dice—. El hombre está enamorado hasta las trancas. Y cualquiera que tenga ojos puede verlo.

Me obligo a soltar aire, temblorosa, pero la tensión de mi interior se niega a relajarse.

Sea lo que sea lo que River y yo tengamos entre manos, ahora está ahí fuera, a la vista de todos.

Mi mirada se desplaza hacia mi ex, y la expresión de su rostro lo dice todo. Si antes estaba mosqueado, eso no es nada comparado con la tormenta que se está gestando en él ahora mismo. En vez de causarme rechazo, un fuego hace que me bullan las venas.

Él pasó página en un abrir y cerrar de ojos. Y el tío no se ha cortado un pelo al pasear su nueva vida delante de mi cara. ¿Cómo se atreve a actuar como un niño mimado cuando yo estoy haciendo lo mismo por fin?

Levanto la barbilla y le miro directamente a los ojos.

Que se enfade.

No pienso seguir permitiéndole controlar la narrativa.