Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 36 Capítulo treinta y seis #2
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36 Capítulo treinta y seis #2

Da igual cuánto lo ignore, él no piensa dejarlo correr.

Durante una lucha junto a la banda, nos enredamos de nuevo.

Solo que esta vez la cosa no tiene nada de sutil.

Me hunde el hombro en las costillas. Es fuerte y deliberado.

Se me escapa el aire de golpe, me tambaleo y me doy la vuelta, furioso.

Pero él ya se aleja patinando. No hay nada de juguetón, ni pizca de remordimiento en la mirada que me lanza al volver la cabeza.

Es fría y calculada.

El tío está intentando hacer que pierda los nervios.

Que me descentre.

Por un instante, casi le funciona.

Hasta que miro hacia arriba y veo a Callie. Está observando desde la tribuna, con la mano apoyada en la espalda de Nora. Sus ojos, muy abiertos, están clavados en los míos, llenos de preocupación. De algún modo, consiguen hacer lo imposible y me centran.

Me tomo un instante para recobrar la compostura.

Puede que este partido sea algo personal, pero también lo es todo por lo que estoy jugando.

Zane sigue presionando en cada oportunidad. Levanta el palo más arriba de lo que debería. Me roba el disco siempre que tiene ocasión. Me da codazos en las melés cuando los árbitros no están mirando.

Yo aguanto cada golpe cutre y cada juego sucio.

Por duro que me resulte, no le respondo.

Todavía no.

Durante la pausa, Oliver patina hacia mí.

—Oye, Thompson. Mira lo que sale en la pantalla Jumbotron.

Yo levanto la vista, y ahí están ellas. Callie y Nora, directamente en el centro, donde les enfoca la cámara.

La voz del presentador resuena por todo el estadio.

—¡Parece que esta noche el número veintitrés se ha traído a su propio club de fans! Mirad esos jerséis a juego. ¡Tan monos que no se puede aguantar!

La gente estalla en vítores y el ruido vibra en mi interior. Nora sonríe tanto que ilumina toda la maldita pantalla, y sus bracitos se agitan como si estuviera a punto de echar a volar. A su lado, Lilah, Rina y mi hermana están riendo.

Pero es Callie la que capta mi atención. Nuestras miradas se cruzan y el corazón se me encoge tan fuerte que siento que podía estallar. Ella hace el más leve de los saludos con la mano, con una sonrisa titubeante y evidente incomodidad por estar bajo los focos.

Aun así, yo solo puedo pensar en que ella y Nora son mías.

Son mis chicas.

Todavía sigo con el subidón de ese momento cuando empieza e l tercer periodo.

Le paso el disco a Knox y ya estoy cambiando el peso para girar cuando Zane me embiste.

Ni siquiera le veo llegar. Me golpea el hombro con el suyo y yo me voy contra las tablas, con un sonido sordo y retumbante. La cabeza se me va hacia adelante súbitamente, y el dolor estalla por mis costillas y el brazo.

El público lanza una exclamación ahogada y el silbato pita. Nuestro preparador físico está en el hielo antes incluso de que yo haya recuperado el aliento.

—¿Estás bien? —pregunta, agachándose a mi lado y moviendo las manos con cuidado por mi cuerpo.

Yo aprieto los dientes y asiento, aunque sea mentira.

—Estoy bien.

Me cuesta un esfuerzo levantarme, con los pulmones ardiendo y la visión borrosa. Levanto la vista y veo a Callie de pie, con una mano contra el cristal y buscando mi mirada.

Antes se congelará el infierno que salir yo arrastrándome de la pista.

No delante de Zane.

El tío que se supone que es mi compañero de equipo.

Ese al que consideraba mi amigo.

Y lo que es más importante, no pienso salir arrastrándome delante de Callie.

Me libro del preparador físico con un gesto y me obligo a ponerme derecho, luchando contra el fuego que me arde en el costado. Patino despacio y sereno, fingiendo que el impacto no me ha dejado sin aire.

Cuando llego a la altura del banquillo, el entrenador ya me está esperando. Tiene la cara roja y la mandíbula tan apretada que parece capaz de romperse las muelas.

—¿Es que vosotros dos queréis hacer el maldito ridículo? —ruge—. Si no sois capaces de conteneros, voy a mandar vuestros culos al banquillo lo que queda de temporada.

Zane se encoge de hombros como si no le importase una mierda.

Pero a mí sí me importa.

Me importan este equipo y nuestras posibilidades de llevarnos a casa una Copa Stanley esta temporada.

También me preocupa que el vestuario empiece a volverse contra sí mismo.

E incluso más aún, me importan Callie y Nora, y hacer lo que sea mejor para ellas.

Me niego a mandar al carajo ninguna de esas cosas porque Zane no pueda mantener a raya su ego superlativo.

El resto del encuentro se desarrolla en un borrón de adrenalina e impactos.

Me palpita el hombro. Siento como si se me hubiesen partido las costillas en dos.

Cada vez que creo que Zane ya se ha calmado, vuelve a por mí.

Codos, golpes del palo, empujones que bordean el límite.

Siempre lo bastante sutiles como para no resultar evidentes si no estás prestando atención.

Aprieto los dientes y sigo jugando.

Cada vez que levanto la vista hacia la tribuna y veo a Nora animando, recuerdo exactamente por quién estoy haciendo esto.

Y cuando suena la bocina del final del partido y conseguimos ganar por los pelos, por un solo gol, no hay ningún choque celebratorio de puños. Por contra, patino hasta el banquillo con el sudor corriéndome a mares por la espalda. Solo entonces levanto la vista y las veo mirándome.

Siguen ahí.

Les importa una mierda que Zane siga viniendo a por mí, intentando destrozar lo que estoy construyendo con su ex. Aceptaré cada puto golpe y seguiré adelante.

Valdrá la pena si Callie y Nora son mías al final.