Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 36 Capítulo treinta y seis
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36 Capítulo treinta y seis

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

RIVER

El zumbido de la gente reverbera por el estadio, un palpitar constante de energía que vibra por debajo de mi piel.

Me aparto de las vallas, describiendo un giro lento por el hielo y dejando que el movimiento me afloje los músculos.

Normalmente los calentamientos no requieren pensar.

Son solo memoria muscular y control de la respiración mientras se funciona en piloto automático.

Pero esta noche, ese no es el caso.

Esta noche me parece diferente.

No solo voy a patinar contra el otro equipo.

Voy a patinar contra la familia.

—¡Oye! —me llama desde atrás una voz conocida, fanfarrona y lo bastante potente como para hacerse oír por encima de la música—. Intenta no hacer el ridículo ahí fuera, ¿me pillas, Thompson?

Vuelvo la cabeza y sonrío.

—Por favor. ¿Con tu alineación? ¿No tendría que estar tu equipo jugando en segunda?

Maverick patina a mi lado y su sonrisa se ve claramente al otro lado del visor.

—Dice el tío al que machacamos la última vez.

Resoplo.

—Si recuerdo correctamente, yo estaba lesionado. Ni siquiera llegué a pisar el hielo.

—Ah, cuentos, cuentos —murmura él, chocando contra mi hombro como si fuésemos solo dos tíos echando un partidillo en casa y no estuviésemos a punto de disputar un cuerpo a cuerpo en el centro de una multitud con todas las entradas vendidas.

El contacto me resulta fácil y familiar. Después de todos los años que nos hemos pasado chocando el uno contra el otro en equipos contrarios, es curioso cómo resulta ser la vida al final…

—Lilah ha invitado a Willow a sentarse en la tribuna VIP —su mirada se dirige a la cabina de cristal situada sobre el centro de la pista—. Toda la pandilla McKinnon estará ahí arriba.

—Sí, me ha escrito antes para contármelo —digo, ya mirando fijamente hacia la caja de lujo. Mis ojos se encuentran casi al instante con Willow. Está de pie junto al cristal con mi sobrina subida a la cadera y mi sobrino saludando con la mano como un loco. En cuanto ve que la miro, me sonríe.

Eso es lo único que necesito para que la tensión de mi interior se calme.

No hay nada mejor que tener familia en las gradas, animándote.

Vale, tal vez eso no sea totalmente cierto.

La mirada se me va hacia la tribuna después de dar otra vuelta por ahí.

Callie sigue sin aparecer.

Una parte de mí se pregunta si piensa asistir.

Y si viene a dar la cara, ¿llevará puesto mi jersey?

¿Dejará que anuncie que es mía delante de todo el mundo?

—Todavía no han llegado, ¿eh? —pregunta Maverick, ajustando el paso para seguirme.

Hace diez años, éramos rivales acérrimos, tanto dentro como fuera del hielo. Yo le robé a su novia del instituto y él acabó manteniendo una relación secreta con mi hermana en la universidad.

Temí que la estuviese usando para vengarse.

Y no podía haber estado más equivocado.

Nos costó cierto tiempo llevarnos bien, pero ahora el tío es más que solo mi cuñado. Es una de las pocas personas de quien me fío cuando se trata de mi hermana, mi sobrina y mi sobrino. Maverick McKinnon ha resultado ser un buen hombre.

Es todavía mejor marido, y un padre fenomenal.

Sin mencionar que es un amigo de la leche.

—No —digo, mirando hacia la tribuna por lo que parece ser la centésima vez.

—¿Crees que va a aparecer?

—Eso espero, demonios —murmuro, más para mí mismo que para él.

He jugado cientos de partidos y he metido más goles de los que soy capaz de contar. Pero nunca había deseado tanto que alguien estuviese en las gradas como deseo ahora mismo ver su rostro sonriente en medio de la multitud.

Knox patina hasta ponerse a nuestro lado y golpea un hombro contra el de Maverick.

Una sonrisa chulesca planea sobre sus labios.

—Escucha, viejo. Me alegro de que por fin hayas decidido unirte al equipo ganador para variar.

Mav resopla.

—Eres tronchante, McNichols. No podrías pagarme lo suficiente para que fuese tu compañero de equipo.

—Sí, ya me lo imagino. Sería un asco no ser el mejor del grupo, ¿verdad?

Maverick solo menea la cabeza, negándose a picar el anzuelo.

—¡Cuánto me recuerdas a tu hermano, joder! Y no es ningún cumplido. ¿Qué tal lo lleva Colby estos días?

La sonrisa de Knox se convierte en algo más auténtico.

—Expandiendo la estirpe. Avery continúa teniéndole comiendo de la palma de su mano, y Britt tendrá el bebé número tres en primavera.

—El mes que viene jugamos contra Milwaukee —dice Mav, cambiando el palo de una mano enguantada a la otra.

Knox suelta una risita.

—Hazme un favor, plántale la cara contra el suelo con un golpe limpio y dile que va de mi parte.

Mav sonríe, travieso.

—Le entregaré el mensaje en persona.

Echa una mirada a sus compañeros, al otro lado de la pista.

—Será mejor que empiece a moverme antes de que me acusen de fraternizar con el enemigo.

—En serio, tío. Nadie podría culparte.

Maverick menea otra vez la cabeza y se aleja patinando, dejándonos a Knox y a mí solos en nuestro lado de la pista.

Aunque me diga a mí mismo que debo centrarme en los calentamientos y mantener la cabeza fría, no puedo evitar que la vista se me vaya hacia la tribuna.

Knox sigue la dirección de mi mirada.

—Buscando a alguien especial, ¿no?

Le miro con los ojos entornados.

—Puede.

Deja escapar un silbido grave.

—Pues debes de haber estado practicando tus poderes de conjurar gente, porque ahí está ella.

Mis ojos vuelan de regreso al cristal de la parte superior y se clavan en Callie.

Tiene a Nora en brazos y se coloca en un punto visible, con una expresión que es una mezcla de nervios y determinación. Cuando levanta la mirada, se topa con la mía. Una sonrisa silenciosa y leve le curva los labios.

El tiempo se detiene mientras se quita el abrigo y todo dentro de mí tiembla.

No solo lleva ella mi jersey, también lo hace Nora.

Cuando se vuelve a abrazar a Willow, leo mi nombre en su espalda, impreso en letras blancas y brillantes. El orgullo que me inunda hace que casi caiga de rodillas.

Me deslizo, me detengo justo debajo de ellas y me quedo mirando como un idiota cómo Nora se sube a su asiento al lado de Willow e intenta atraer la atención de Haven y Autumn.

La presión se acumula en mi interior hasta que siento que podría hacerme estallar.

Knox me da un golpecito con el palo en la espinilla.

—Venga, donjuán. Tenemos un partido que ganar. De ninguna maldita manera podemos hacer que McKinnon piense que es mejor que nosotros. Me da igual que tu hermana esté durmiendo con el enemigo.

Suelto una carcajada, me doy impulso y empiezo a moverme de nuevo. Si antes pensaba que estaba distraído, eso no es nada en comparación con saber que Callie y Nora están ahí arriba, mirándome. Es como si todo lo que siempre hubiese deseado estuviese por fin haciéndose realidad.

Por mucho que me encante ver a mi chica con mi jersey puesto, estoy deseando arrancárselo y hacerle el amor en cuanto lleguemos a casa.

Un empujón por detrás me saca de golpe de esos pensamientos. Después de recuperar el equilibrio, me doy la vuelta, preparado para tirar a Knox de culo al hielo. En serio, el tío no sabe cuándo parar.

Pero en vez de eso, me encuentro con Zane. Su habitual expresión despreocupada no está presente en absoluto.

Me enderezo cuan alto soy y lo miro fijamente, enfadado.

—¿Cuál es tu problema, diablos?

Sé exactamente cuál es, sin embargo, y tendría que haber estado preparado para ello. Sobre todo después de nuestra última conversación.

En vez de mirarme a los ojos, su mirada hace un gesto hacia la tribuna.

—¿De verdad crees que esa es una buena idea?

—Lo que creo —respondo con cuidado— es que, si te importara una mierda Callie, querrías lo mejor para ella. Te alegrarías de que hubiera encontrado a alguien que las tratara bien, tanto a ella como a vuestra hija.

Aparece un tic en su mandíbula y él aprieta los músculos.

—Callie no es tuya.

—Y lleva años sin ser tuya —replico, rápidamente.

Zane patina más cerca hasta que está invadiendo mi espacio.

—Hay cantidad de mujeres a las que puedes tirarte. Elige una que no tenga a mi hija.

Antes de que pueda mover los labios para darle una respuesta, se larga.

Dudo que esto acabe aquí. Esperaba que se hubiese calmado y hubiese pensado en lo que es mejor para su ex, pero al parecer, ese no es el caso.

Diez minutos después, se anuncia la alineación y los jugadores salen y se colocan en hilera en la pista. El disco cae y el partido empieza. En cuanto se pone en marcha, el ruido se amortigua y el resto del mundo se aparta para dejar paso solo al hockey.

Una sucesión de movimientos rápidos, pases limpios y entradas duras.

Las cosas están reñidas desde el principio.

Nos dejamos la piel en cada jugada y cada acción se convierte en una batalla.

Nadie podría decir que Maverick no está sembrado esta noche, y yo le sigo el ritmo en cada jugada.

Como ambos somos defensas, no jugamos directamente el uno contra el otro, pero cuando nuestros caminos se cruzan contra las vallas laterales o en la línea azul, ninguno de los dos se contiene.

Nuestro estilo de juego está cargado de orgullo.

De respeto mutuo que impregna cada empujón, cada pase en corto, cada entrada limpia.

Pero entonces, la energía cambia. Sería imposible no darse cuenta de los golpes de más que me están llegando. O de los codazos que me sueltan después del silbato y de las agresiones sutiles que van más allá del juego.

Al principio, no es nada de gran importancia. Solo lo suficiente para mosquearme.

Pero eso es lo que cabe esperar en un partido reñido.

¿Qué es lo que lo hace inesperado?

Que proviene de mi propio compañero de equipo.

Zane.

Al principio me tomo con escepticismo mis sospechas, imaginando que es algo accidental y que estoy viendo cosas donde no las hay.

Pero entonces él me suelta un codazo cuando pasamos junto al banquillo, y me empuja más fuerte de lo necesario durante una escaramuza cerca de la portería. También murmura algo cuando los árbitros no pueden oírlo.

Aprieto los dientes y mantengo la cabeza gacha. El tío está intentando sacarme de quicio, y me niego a darle la satisfacción de saber que lo ha conseguido.