Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 35 Capítulo treinta y cinco
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35 Capítulo treinta y cinco

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

CALLIE

Desde el instante en que entro en la pastelería, me siento descolocada y extraña.

La campanilla de encima de la puerta suena igual que siempre, y la vitrina de cristal resplandece sin una mancha a la vista. Detrás del mostrador, Sloane está metida hasta los codos en un bol de mezclar, convirtiendo porciones de chocolate en masa.

Este sitio siempre ha sido mi espacio seguro.

Un santuario.

Y aun así, hoy nada parece suavizar mi tensión. Es como si la comodidad de siempre se hubiese disuelto para formar algo que no reconozco por completo. Me resulta desconcertante ser incapaz de perderme en la rutina habitual.

Tal vez sea porque me he despertado al lado de River y, antes de que yo supiera bien dónde estaba, él ya se había puesto a prepararnos el desayuno a Nora y a mí, como si llevara años haciéndolo.

Ha besado a mi hija en la mejilla, le ha puesto un plato con tostadas francesas delante y me ha sonreído como si esto fuese algo normal, que pasa todos los días.

O tal vez sea porque, justo antes de ir a vestirme, me ha dado un jersey con su nombre en la espalda y me ha pedido que me lo ponga esta noche para ir al partido. Como si lleváramos meses saliendo y nuestra relación estuviera claramente definida.

Sloane levanta la vista al mismo tiempo que me quito el abrigo y me ato el delantal. Sus ojos se estrechan.

—Estás volviendo a poner esa cara.

—¿Qué cara?

—La que me dice que algo te reconcome por dentro —responde, arqueando una ceja.

Cuando me obligo a soltar una risa, me sale tan débil como me siento.

—Es solo que estoy cansada.

—Ajá —dice lentamente, observándome como si fuese capaz de leer todos mis pensamientos en cuanto aparecen en mi cabeza—.

¿Algo de lo que estás rumiando tiene algo que ver con que estés radiante?

Aunque, para ser justa, también tienes pinta de tener ganas de vomitar, lo cual es una combinación interesante.

Cojo un trapo y me pongo a limpiar el mostrador solo para tener algo que hacer.

—No lo sé. Es solo River, supongo. Está resultando ser más de lo que esperaba. En realidad, es maravilloso. No solo conmigo, sino con Nora.

Los labios de Sloane se curvan dibujando una sonrisa de sabiduría.

—Tenía la impresión de que así era, más allá de su apariencia.

Se me escapa el aire en un resoplido.

—Creo que solo estoy confusa. Y no puedo poner mis pensamientos en orden cuando estoy con él.

Me hace sentir que todo va a ir bien y no estoy acostumbrada a eso.

Llevo tanto tiempo dependiendo solo de mí misma.

No me parece real. En realidad, todo lo referente a él parece demasiado fácil. Tal vez sea eso lo que me asuste.

Sloane se seca las manos en un trapo antes de darle la vuelta al mostrador y apoyarse contra él de lado. Su mirada firme no se separa de la mía.

—Después de todo lo que has pasado con Zane, nadie puede culparte por ser cauta a la hora de bajar la guardia.

Una energía nerviosa vibra por mi cuerpo y, con un suspiro, tiro el trapo a un lado.

—Es como si estuviera esperando a que pasara algo malo. Al momento en que tenga que hacer la maleta, agarrar a Nora y largarme antes de que todo se vaya al infierno.

Sloane se cruza de brazos, y su expresión se suaviza.

—Creo que podrías estar olvidándote de que River no es Zane.

—Es lógico, soy consciente de eso —admito, y la voz se me quiebra lo justo para delatarme—.

Pero todavía hay algo dentro de mí que no va a desprenderse del miedo.

Él es paciente, detallista… Y me mira como si yo importase.

Como si no fuese solo este amasijo de malas decisiones y equipaje del pasado.

Quiero creer que es algo real, más que nada.

Quiero creerle a él. En él. Pero todo está ocurriendo tan deprisa…

Sloane inclina la cabeza a un lado.

—Tienes razón. Está yendo deprisa. Pero, ¿has pensado que eso no hace automáticamente que sea algo malo?

Me dejo caer en el taburete de detrás del mostrador y me apoyo las manos abiertas contra los muslos.

—No dejo de pensar en lo que esto podría significar para Nora y para mí. ¿Y si vuelvo a equivocarme? ¿Y si le permito entrar y con eso la cago del todo?

—Eso no va a ocurrir —me dice ella con suavidad—. Estás asustada. Eso no hace que estés rota, Cal. Solo te hace humana.

Lo pienso, intentando mantener mis emociones a raya.

—Ya he seguido antes a mi corazón, y resultó ser un desastre. No sé si podría sobrevivir a cometer dos veces el mismo error.

Sloane se acerca antes de agacharse delante de mí y apoyar los codos en las rodillas para quedarse a la altura de mis ojos.

—No estás cometiendo el mismo error de antes. No estás eligiendo a un hombre que te haga sentir pequeña, ni yendo tras alguien incapaz de dar la talla. Por lo que he visto, River la da. No solo por ti, sino también por Nora. Desde mi punto de vista, eso cuenta para algo.

Se me agarrota la garganta.

—Tienes razón. Cuenta un montón.

—Por otra parte, tal vez sea el momento de que dejes de correr y te permitas disfrutar del momento. Aunque sea aterrador.

Me la quedo mirando un instante largo, en silencio.

—¿Y si vuelvo a caer?

Sloane me coge de la mano y me la aprieta.

—Entonces espero de verdad que él esté esperando al fondo para cogerte.

El timbre del móvil atraviesa el aire y nos sobresalta a las dos. Se me encoge el estómago al reconocer el número que parpadea en la pantalla. Todos mis instintos me dicen que deje saltar el buzón de voz, pero obligo a mi pulgar a moverse.

—¿Hola?

—¡Buenos días! —La mujer que hay al otro lado suena demasiado alegre para lo que supongo que es una llamada para reclamar mi pago—.

Solo quería hacerle saber que el título de propiedad está en proceso de ser transferido a su nombre.

El papeleo tardará un par de semanas en estar terminado, pero en este punto, eso es más bien una formalidad.

Frunzo el ceño.

—Lo siento… no lo entiendo.

—El préstamo de Lakeshore Sweets se pagó íntegramente ayer. La propiedad es toda suya, libre de cargas. Felicidades. Me alegra muchísimo que fuese capaz de encontrar una solución.

Miro rápidamente hacia Sloane. Me está observando con el ceño fruncido.

—¿Va todo bien? dicen sus labios, sin pronunciar las palabras en alto.

Asiento, pero me da vueltas la cabeza.

—¿Me está diciendo que alguien ha pagado el préstamo de la pastelería?

—Sí. —Hay una pausa—. Suena sorprendida.

Se me escapa una risita nerviosa.

—Sí, supongo que sí. ¿Podría decirme quién ha hecho el pago?

La línea se llena de los ruiditos de teclear.

—No, yo soy la que lo siente. No tengo acceso a esa información en el sistema. Solo dice que el préstamo ha sido saldado.

El pulso me late en las orejas.

—De acuerdo. Gracias.

—Felicidades de nuevo. Nos encanta cuando los negocios dirigidos por mujeres tienen éxito.

La llamada termina y yo no puedo dejar de mirar el móvil que tengo en la mano.

—¿Y bien? —pregunta Sloane, acercándose más—. No me dejes en ascuas. ¿Qué ha pasado?

—Era el banco. Alguien ha pagado el préstamo de la pastelería. —Trago saliva—. Del todo.

Se queda totalmente boquiabierta.

—¡Estás de broma! ¿Quién lo habrá hecho?

Meneo la cabeza mientras un nombre aparece en ella.

—¿Habrá sido Zane? Se pasó el otro día y se ofreció a ayudarme. —Incluso mientras pronuncio esas palabras, siento que, de algún modo, no cuadran—. No me puedo creer que haya venido a ayudarme de una forma tan desinteresada.

El escepticismo brilla en los ojos de Sloane.

—¿Zane? ¿De verdad lo crees? Odio decirlo, pero ese hombre no tiene ni gota de altruismo en el cuerpo.

—En circunstancias normales, estaría de acuerdo contigo —admito—. Pero no hay otra explicación.

Mientras lo digo, mis pensamientos empiezan a darme vueltas en la cabeza.

¿Por qué iría Zane a cancelar el préstamo de la pastelería después de años de dejar que me las apañase por mi cuenta como pudiera?

Es como si hubiese descubierto una versión de mi ex que no reconozco.

Tal vez una que por fin está intentando hacer lo correcto.