Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 34 Capítulo treinta y cuatro
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34 Capítulo treinta y cuatro

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

RIVER

Me despierto con Callie acurrucada a mi lado, con una mano apoyada en mi pecho y su aliento cálido y regular contra mi piel. Su pelo enmarañado se extiende por toda la almohada y tiene los labios abiertos. Una pierna desnuda está enroscada en la mía.

Y maldita sea si verla no me hace quedarme sin aliento de golpe.

Podría quedarme así para siempre. Enredado en ella y envuelto en el silencio y en la sensación de que todo lo que siempre he deseado está por fin al alcance de mi mano.

Un suave sonido procedente del pasillo me trae de vuelta a la realidad.

Nora.

Salgo con cuidado de debajo del brazo de Callie, intentando no sobresaltarla. Ella se remueve pero no se despierta. Incapaz de contenerme, le doy un beso en la frente antes de coger el chándal que dejé tirado en la silla.

El pasillo está débilmente iluminado. Me dirijo derecho a la habitación de Nora y miro dentro.

Ella está en el centro de lo que solo puede describirse como un campo de batalla de peluches.

Las suaves criaturas están esparcidas en todas direcciones, caídas como diminutos soldados que nunca tuvieron la menor oportunidad.

Su cara se ilumina al verme.

—¡Rivvy!

El corazón me da una voltereta en el pecho. Cruzo la habitación con tres grandes zancadas y la levanto del suelo. Ella se ríe, echándome los brazos al cuello.

—¿Quieres desayunar, bichito?

Ella balbucea alegremente contra mi hombro mientras me la llevo a la cocina y la siento en la trona.

En cuanto la tengo entretenida con unos cuantos juguetes, empiezo a sacar ingredientes de la nevera y de los armarios.

Huevos, leche, canela y pan. Todo lo necesario para preparar unas tostadas francesas.

Nora balbucea sin parar, imitándome con su propio bol y su propia cuchara invisibles.

Quiero que haya mañanas como esta para siempre.

Quince minutos después, se escuchan unas pisadas de pies desnudos acercándose por el suelo de madera.

Levanto la vista y me encuentro con Callie.

Está descalza, con los ojos somnolientos y lleva puesta una de mis viejas camisetas, que le llega hasta mitad del muslo.

Su pelo está enmarañado aún y verla me golpea como un tren de mercancías.

Se detiene en la puerta como si no supiera dónde encaja ella en esta imagen.

Pero para mí, es obvio.

Su sitio está justo en el centro.

—Buenos días —saludo, sirviendo una tostada en un plato.

—Buenos días. —Se pasa los dedos por el pelo revuelto—. ¿Has hecho tostadas francesas?

—Oh, creo que te lo has ganado —respondo, incapaz de frenar la lenta sonrisa que tira de mis labios—. Siéntate. Lo tengo todo controlado.

Ella titubea un instante antes de acercarse a su hija y darle un beso en la coronilla. Después de sentarse en una silla, me sonríe con un gesto suave y algo inseguro, pero hay algo auténtico floreciendo tras su semblante.

Nora está demasiado ocupada devorando su desayuno como para notarlo, pero entonces me sonríe con las mejillas cubiertas de sirope y grita:

—¡Maz!

Cuando los dos nos reímos, Nora se queda quieta un momento, pestañeando, como si no estuviese muy segura de qué es lo que es divertido y luego se ríe igualmente. Ese sonido inunda la cocina, envolviéndome y apretándome hasta que no sé cómo podría volver jamás a mi vida antes de esto.

Antes de ella.

Antes de ambas.

Es como si esto fuese todo lo que yo hubiese deseado jamás.

Y si esto no es lo que tiene que ser una familia, no estoy segura de que exista.

Solo sé que haré lo que haga falta por conservarla.

Cuando los platos se han vaciado y están apilados en el fregadero, el cálido murmullo de la mañana deja paso a la presión del día que hay por delante. Callie le echa un vistazo al reloj y suelta aire.

—Debería ir saliendo hacia la pastelería. Llevo demasiado rato ausente sin avisar.

Asiento, aunque una parte de mí quiere que se quede.

—Marchaos. Yo me quedo de limpieza.

Ella me sonríe antes de coger a Nora en brazos con la destreza que da la práctica y salir hacia el pasillo. Justo antes de que desaparezca, me acuerdo del regalo que compré en el centro comercial.

—Espera —la llamo.

Ella se detiene y se gira, con los ojos llenos de curiosidad.

—Tengo una cosa para ti.

Sus cejas se arquean, sorprendidas.

—¿Para mí?

—Y para Nora.

Busco debajo de la encimera y cojo la bolsa de plástico. Tengo las palmas de las manos resbaladizas por los nervios, y la inquietud me hace un nudo en el estómago.

Callie se a comoda a Nora sobre la cadera, sosteniéndola sin esfuerzo, y luego se agacha para dejarla en el suelo.

Sosteniéndola con una mano, coge la bolsa y mira dentro, como si no estuviese segura de lo que se va a encontrar, antes de sacar un diminuto jersey de los Railers, de la talla de Nora, con mi nombre escrito en la espalda en grandes letras negras.

Se queda quieta y acaricia las costuras con las puntas de los dedos. Sus ojos se agrandan antes de levantarlos y mirarme.

—River…

—Hay más. —El pulso me resuena en los oídos, porque sé exactamente lo que esto significa, lo que estoy diciendo sin hacerlo en voz alta.

Con cuidado, como si fuera algo frágil, ella deja a un lado el pequeño jersey.

Vuelve a meter la mano en la bolsa y saca el segundo, el de su talla.

Vacila un instante y luego se coloca la prenda contra el pecho.

Cuando me mira a los ojos, las preguntas no formuladas que asoman en su mirada son imposibles de ignorar.

—¿Nos has comprado jerséis a juego? ¿Con tu nombre y tu número?

Me encojo de hombros, fingiendo no darle importancia.

—Esperaba que os los pusierais esta noche en el partido.

El momento vibra con expectación y una pizca de ansiedad.

Esto no va solo de un jersey.

Va de lo que representa.

Va de nosotros.

De lo que estamos construyendo, aunque ninguno de los dos se haya atrevido a etiquetarlo aún.

—No tenía previsto ir esta noche —admite.

—Significaría mucho para mí teneros en las gradas, apoyándome. En serio. A las dos. Juego contra mi cuñado, y Willow y los niños estarán ahí animando a Mav. Necesito a mi propia sección de animadoras.

Ella se me acerca y me da un beso en la mejilla. Es rápido, ligero, y antes de que pueda reaccionar, ya ha pasado.

—Oh, vaya —dice lentamente, con los labios temblando un poco como si estuviese intentando reprimir una sonrisa—. Es verdad. Esta noche jugáis contra el equipo de Maverick. Bueno, entonces acabas de darme algo que pensar.

Perdona, ¿qué?

Yo arqueo una ceja.

—Entonces, déjame ver si lo entiendo. ¿No estabas segura de querer ir a verme a mí, pero en el preciso instante en que sabes que Mav va a estar sobre el hielo, de repente tu agenda está despejada?

Ella sonríe, satisfecha.

—¿Qué puedo decir? Él es agradable a la vista.

Acorto la distancia entre nosotros y le acaricio la cara con los nudillos. Y entonces le levanto la barbilla hasta que nuestras miradas se encuentran.

—Cuidado, Callie. Si sigues hablando de esa forma, me pasaré toda la maldita noche asegurándome de que recuerdas exactamente a quién perteneces y qué nombre estarás gritando mucho después de que haya acabado el partido.

Ella se estremece un poco pero no se echa para atrás.

Ni siquiera un poquito.

Y que me aspen si eso no me hace desearla todavía más.

Dejo caer la mano y ella coge a Nora y se vuelve hacia el pasillo como si la conversación ya estuviese resuelta. Mientras la veo marcharse, todos mis músculos se tensan y se me acelera el pulso.

Ese es el momento en que me doy cuenta de que ya soy suyo.

En cuerpo.

En alma.

Cada maldita parte de mí.

Solo espero que, cuando esté preparada, ella elija ser mía también.