33 Capítulo treinta y Tres #2
Él se detiene allí, bañándome el pulso con besos con la boca abierta que hacen que se me erice la piel y se me curven los dedos de los pies.
Sus labios descienden hasta mi clavícula mientras sus manos se deslizan por mi cuerpo como si él quisiera tomarse tanto tiempo como fuese necesario para aprenderse mi cuerpo.
Cuando me pone las palmas de las manos contra los pechos, yo me arqueo contra ellas, pidiendo más. Él me los levanta, y sus dedos juegan con las sensibles puntas hasta que están duras y necesitadas.
Y cuando por fin se las mete en la boca, puedo sentirlo todo.
No solo el calor o la excitación, sino también la ternura.
La adoración.
Me arqueo contra él cuando se mete un endurecido capullito en su boca, chupando, antes de absorberlo más hacia adentro con una lánguida caricia de su lengua. El calor desciende por mi espalda. Deslizo los dedos en su pelo, sosteniéndole en el sitio.
Se le escapa un gemido grave y el sonido reverbera contra mi piel, antes de que su boca me suelte con un ruidito al perder la succión. Su boca se desplaza al otro pezón y este recibe idénticas atenciones. Él lame mi cuerpo y me provoca hasta que yo acabo estremeciéndome por debajo de él.
Y entonces se mueve, dirigiéndose más hacia abajo.
Cada beso que me planta es como una promesa silenciosa de que esta vez será diferente. De que yo soy diferente. De que soy deseada, no solo por mi aspecto o por lo que pueda ofrecer, sino también por cada frágil parte de mí.
Para cuando River se coloca entre mis muslos, yo ya estoy temblando.
Me empuja las piernas para hacerme abrirlas con unas manos que son tan fuertes como amables. Cuando levanta la vista hacia mí, la intensidad de su mirada me deja clavada en el sitio. Me siento vista de una forma que jamás lo había hecho antes.
Su pulgar me acaricia la vulva resbaladiza, y describe círculos de intencionada presión con la yema. Se me escapa un escalofrío y mis caderas se sacuden.
—¿He mencionado lo hermosa que eres por un casual? —Su voz está ronca por el deseo.
—Estoy bastante segura de que sí —digo, con una exclamación ahogada cuando sigue acariciándome, esta vez más firmemente. Un destello agudo de placer se esparce por mi cuerpo.
Su mirada sostiene la mía.
—No quiero que se te ocurra poner jamás en duda lo mucho que te deseo.
¿Cómo podría?
Cada una de sus caricias me está diciendo exactamente eso.
Este hombre me hace sentirme como si fuese la única mujer que existe en el mundo.
Cuando su dedo pulgar describe círculos en mi clítoris, abro más las piernas y mi cuerpo le acepta sin titubear. No intento luchar contra ello.
Su mirada desciende hacia mi entrepierna empapada.
—¿Te gusta cuando juego con tu coño?
Yo consigo decir, con la voz temblando:
—S-sí.
—Bien. —Se adentra más hacia el centro, con el pulgar todavía describiendo círculos—. Quiero que tengas una adicción tal a mis caricias que casi sea doloroso. Por lo que solo yo soy capaz de darte.
Un sonido irregular se me escapa. Un gemido, tal vez una súplica. Pero sin duda, implica mi rendición.
—Por favor, River.
Él ruge, como si estuviese saboreando cada segundo de mi capitulación.
—No tienes ni idea de lo que me haces cada vez que me suplicas. —Sus caricias se hacen más intensas. Más lentas—. No hay nada mejor que el sonido de mi nombre saliendo por tus labios.
Suelto otro gemido suplicante.
—Dime qué es lo que quieres —dice—. ¿La lengua o la polla? Es tu decisión. Te daré lo que necesites. Lo único que has de hacer es pedírmelo.
Ni siquiera titubeo.
—Tu polla.
Sus ojos se nublan de deseo.
—Buena elección.
Y en ese momento siento que no solo está a punto de hacerle el amor a mi cuerpo, sino a cada parte de mí que he mantenido oculta.
Y estoy lista para dejarle que lo haga.
Se pone de rodillas y se coloca entre mis muslos como si ese fuese su sitio. Como siempre lo hubiese sido. Sostiene con la mano la gruesa erección y la acaricia de la base a la punta hasta que una sola gota de líquido se acumula en el agujerito.
Verle tan duro y con tanto deseo contenido desata otra oleada de excitación en mi vientre.
Él cambia de postura, flexionando las caderas con un control lento y deliberado mientras me pasa la polla por toda la parte exterior.
Su dureza aterciopelada se desliza contra mí hasta que mi cuerpo tiembla por la implacable fricción.
Cada pasada me roba otro poquito de cordura, acercándome más al límite, haciendo que me muera por más.
Echo la cabeza hacia atrás sobre la almohada, y mis labios se abren con un suspiro. Se me cierran los párpados, temblorosos, cuando me dejo llevar por la deliciosa sensación.
—Oh, no cielo —dice él con voz ronca, y un tono de advertencia que se enrosca a mi alrededor como el humo—.
Quiero que tengas los ojos abiertos para esto.
Quiero que veas exactamente quién está llenando tu coño y dándote hasta el último gramo de placer.
Necesito que veas quién está adorando tu cuerpo. Cada puto día, si me dejas.
Sus palabras me recorren igual que relámpagos. Abro los ojos de golpe y otra oleada de deseo como lava fundida me golpea e inunda cada uno de mis nervios.
La forma en que River me mira ahora, arrodillado sobre mí, con los músculos en tensión y su gruesa polla cogida en la mano y frotándose contra mí, es una imagen que va a quedarse grabada a fuego en mi mente para siempre.
—¿Estás lista? —Le palpita la mandíbula a un ritmo frenético, como si contenerse le estuviese costando media vida.
—Sí.
Cuando por fin me penetra, el movimiento está bien medido, como si cada centímetro de avance fuese decidido a posta. No se apresura ni entra de golpe. Se sumerge en mí como si lo importante no fuese solo el sexo en sí sino también el momento.
Yo.
Mi cuerpo se estira para acomodarle, hambriento por sentir la plenitud, el calor, la sensación mareante de ser poseída de una forma que no deja ni una sombra de duda sobre quién está dentro de mí.
Y estoy temblando. No por los nervios ni por el miedo, sino por el peso de todo lo que llevaba tanto tiempo conteniendo. Por las grietas que se están abriendo en las murallas que juré que jamás iba a derribar.
Cuando está dentro del todo, se queda quieto, permitiéndome sentir cada centímetro. Su sólido peso se ajusta sobre mí y él aprieta su frente contra la mía.
—¿Estás bien? ¿Debería seguir? —pregunta.
Asiento, y mis dedos se curvan contra el duro músculo de su espalda.
—Por favor, no pares.
Cuando se mueve, siento cada profunda embestida como si fuese una promesa. Cada movimiento es un lazo que nos une. No hay prisa ni empujones descuidados para conseguir correrse. Cada movimiento está controlado, como si estuviese llenándolo de significado.
Este hombre no solo toma, también da.
Lo hace con el sutil movimiento de su boca sobre mi barbilla y la forma en que sus ojos se clavan fijos en los míos, como si yo fuese lo único en la habitación que mereciese la pena mirar.
El calor crece en oleadas mientras mis piernas le rodean la cintura, atrayéndole más. Lo quiero todo de él. Cada centímetro, cada gramo de peso y de presión. Quiero sentirle más adentro, hasta que no quede ni un solo milímetro de espacio entre nosotros.
Me arqueo por debajo de él, buscando la presión, y con el orgasmo ya elevándose en mi vientre.
Pero no solo es el placer lo que me desmonta.
Es este hombre. La forma en que murmura mi nombre como si fuese una oración.
La forma en que nuestros dedos se enredan.
La forma en que su boca encuentra la mía, como si estuviese intentando memorizarme con cada beso.
Su mano me sostiene el rostro.
—Está bien que te dejes caer, Callie. Yo siempre estaré aquí para cogerte.
Las lágrimas me nublan la vista y la emoción brota desatada en mi interior. Asiento, me aprieto más contra él y enrosco los dedos en su pelo.
—No pares—jadeo—. Por favor, no pares.
—Solo déjate ir, cielo —murmura contra mi cuello—. Estoy aquí
Y yo lo hago.
Me rindo a él.
Y a nosotros.
A este momento que parece serlo todo.
El orgasmo me parte en dos. Su intensidad es pura y devoradora. Mi cuerpo se arquea por debajo de él, y el grito que suelto está a medio camino entre un sollozo y un jadeo.
No es solo una liberación.
Es más una ruptura.
Una transformación.
Reclamar algo que había perdido a lo largo de los años.
Él llega un momento después, gimiendo contra mi piel. Todo su cuerpo se tensa antes de hundirse más en mí, y tiembla mientras se deja ir dentro de mí.
Después, no sale ni se da la vuelta en la cama. Se queda conmigo, con la frente apoyada en la mía y nuestros cuerpos conectados, como si estuviésemos respirando con el mismo par de pulmones.
—Siento que estar contigo es como haber llegado a casa. —Me besa en la mejilla y luego en la mandíbula y luego sus labios encuentran la comisura de mi boca.
Y luego se aparta para mirarme, con los ojos claros y directos. Están llenos de algo que no sabía que necesitaba.
—Eres mía ahora —dice en la oscuridad—. Y yo soy tuyo. Todo el tiempo que quieras tenerme.
Yo me enrosco contra él, con el cuerpo cálido y relajado por las réplicas del placer inicial.
Y en este momento, me permito creer que eso es así.