33 Capítulo treinta y Tres
CAPÍTULO TREINTA Y TRES
CALLIE
Las puertas del ascensor se cierran tras Willow y su familia, que se marchan a dormir.
Y así, de pronto, estamos los dos solos.
Todavía siento el abrazo de Willow rodeándome y sus palabras en mi cabeza, resonando con más eco del que deberían.
*—Me encanta verte con mi hermano. Espero que seas consciente de cuánto le encanta a él también.*
He intentado quitarle importancia con unas risas.
Negárselo.
Pero ella solo me ha sonreído como si supiera algún secreto que yo desconozco.
Ahora, Nora está dormida. Las luces son tenues. Y River me observa desde el otro lado de la habitación como si pudiese leer todos y cada uno de mis pensamientos.
Me muevo por el ático como si se me hubiese olvidado cómo estar quieta. Aliso los cojines, apilo unos libros sobre la encimera y recojo una de las ceras de colores de Nora de debajo de la mesa, fingiendo que tengo que guardarla.
Durante todo el tiempo, siento su mirada y el tranquilo peso de ese momento.
—¿Estás bien? —pregunta.
Empiezo a asentir antes de detenerme a mitad del gesto y mover la cabeza de un lado al otro.
—No lo sé.
No me presiona ni me avasalla exigiéndome respuestas. Se queda donde está como si estuviese dispuesto a esperar toda la noche si eso es lo que hace falta.
—No sé qué es esto —admito por fin, abrazándome a mí misma, como si eso pudiese hacer que me mantuviese entera—. Tú y yo. No se supone que debería sentirme como si por fin pudiese respirar. No se supone que deba ser… —Me falla la voz y las palabras se esfuman.
—¿Real? —apunta él, con voz más suave ahora.
Yo pestañeo, con un nudo en la garganta.
—Sí.
Él se aparta de la isla de la cocina y cruza la sala con pasos lentos y decididos.
—Ese es el problema —admito—. No te tengo miedo. Y tal vez debería.
En vez de dar un respingo por mi honestidad, toma mi mano y la llev a hasta su pecho, apoyando mi palma sobre el sordo latir de su corazón.
—¿Los sientes? —Su mirada se clava en la mía—. Son por ti, Callie. Cada latido. Todos ellos.
Levanto la vista y le miro a los ojos, en busca de la verdad. Yo ya había estado equivocada antes. No quiero volver a equivocarme.
Cuando él se inclina hacia mí, yo no titubeo. Lo intercepto a medio camino, impulsada por algo que es tanto invisible como innegable.
Nuestros labios se rozan. Al principio, con suavidad.
De forma vacilante, casi como probando.
Más bien como una pregunta silenciosa suspendida en el aire.
Se me corta el aliento antes de que él responda a eso con un beso más profundo, uno que se despereza lentamente, como si me estuviese dando tiempo para decidir si me dejo llevar o me aparto.
Su mano se desliza hasta mi nuca y su pulgar me acaricia la piel con suavidad.
El mensaje silencioso que eso encierra es inconfundible:
Aquí estás a salvo. Quédate conmigo.
¿Cómo puedo no derretirme contra él?
El beso se hace más profundo, más intenso y cálido, impregnado de una ternura que me borra cualquier pensamiento. Mis manos encuentran el borde de su jersey y se agarran del tejido, como si soltarlo pudiese hacer que me cayera.
Él gime y se aparta solo lo suficiente para mirarme a los ojos, casi como si necesitase estar seguro de que estamos en la misma página.
Ha debido de encontrar lo que estaba buscando, porque, sin mediar palabra, me levanta del suelo.
Mis piernas le rodean la cintura y mis dedos se enredan en su pelo, mientras yo le beso en los labios de nuevo. Esta vez con más seguridad.
Él me lleva hasta el dormitorio. Su boca no se aleja ni un instante de la mía. Cada beso hace extenderse más el calor de la llama lenta que se enrosca en lo profundo de mí. Cada caricia de sus labios, cada bocanada de aire exhalada entre nosotros, es como una promesa que no sabía que necesitaba.
No me siento insegura ni asustada, o como si me estuviese metiendo en algo que voy a lamentar.
Me siento deseada y apreciada de la mejor manera posible.
En vez de luchar contra eso, me dejo llevar.
Cuando me deja sobre mis pies, no hay ninguna prisa.
Nada de manos ávidas ni movimientos frenéticos.
Solo River, desnudándome con un cuidado deliberado, una prenda a la vez, como si cada capa que me quita no solo fuese ropa, sino otra barrera que yo hubiese luchado con fiereza por mantener en su sitio.
Sus dedos pasan por la elevación de mi hombro antes de rozar ligeros como plumas la curva de mi cintura y entretenerse en el interior de mi muslo.
—Maldita sea, eres tan hermosa —murmura una y otra vez, como si las palabras no fuesen solo para mí, sino también para él.
Como si no fuese capaz de creerse del todo que las pueda estar diciendo.
Con cada repetición, algo dentro de mí se deshace. Tal vez sea la forma en que las dice, como si fuesen una verdad innegable y no algo abierto al debate. No me cuesta mucho empezar a creérmelas yo también.
Su boca encuentra sitios que yo creía que se habían quedado en calma para siempre, obligándoles a volver a la vida con una ternura que me parece tanto nueva como dolorosamente conocida.
El hueco de debajo de mi oreja donde su cálido aliento hace que un escalofrío recorra veloz mi espalda.
La curva de mi cadera. La parte posterior de mi rodilla.
Cada beso es deliberado, una promesa susurrada contra mi piel.
No se mueve como un hombre que esté intentando demostrar algo.
Se mueve como uno que ya lo sabe. Como si no fuese un cuerpo que tuviese que conquistar, sino algo que cuidar. Algo merecedor de ternura.
La excitación palpita con fuerza en la parte baja de mi cuerpo, pero en ella hay capas de algo más profundo. Algo con peso propio, y frágil, y real.
Tiro del borde de su jersey, porque necesito que esté tan desnudo como yo.
Igual de vulnerable.
—Esto tiene que irse.
Él se aparta lo suficiente para que sus ojos escudriñen los míos.
—¿Tú crees?
Yo asiento.
—Sí.
Quiero a este hombre desnudo para poder verlo por completo.
Cada maravilloso centímetro.
Más que eso, quiero sentir su piel contra la mía. Su peso sobre mí. Su innegable fuerza. La calidez, que en él es mucho más que mero calor corporal. Lo que ya había visto antes es más que suficiente para hacerme desearle.
¿Pero ahora?
Lo quiero todo entero.
Todo lo que él esté dispuesto a darme.
—Vale. —Se quita el jersey con una sonrisita—. Si tantas ganas tienes de examinar la mercancía, eso es exactamente lo que voy a darte. Lo que mi chica quiere, mi chica consigue.
Mis labios se curvan a pesar del fuego que me recorre las venas.
Su atención sigue clavada en mí mientras deja caer la tela hecha una bola al suelo. Unos segundos después, le sigue la camiseta, dejando al descubierto la ancha extensión de su pecho, la sutil flexión de sus músculos, los tatuajes que serpentean por su piel como una historia grabada para siempre.
Mi mirada se mueve hacia el tatuaje de sus costillas, con el nombre de Willow entrelazado en el diseño. Después de conocerla hoy y de ver cómo jugaba con Nora y miraba a su hermano como si fuese capaz de conseguirle la luna y las estrellas, esto me afecta más de lo que esperaba.
Esa clase de amor, ese vínculo…
¿Qué clase de hombre se tatúa el nombre de su hermana en el cuerpo?
Un buen hombre.
Un hombre leal.
La clase de hombre que hace que te sientas segura sin siquiera intentarlo.
Oigo un ruido metálico, el de la hebilla del cinturón al desabrocharse.
El vientre me vibra, expectante.
¿Por qué es esto tan sexi, maldita sea?
Él saca la tira de piel de las presillas con un movimiento lento, casi provocativo. Cuando deja caer el cinturón al suelo, el ruido que hace resuena más potente de lo que debería.
Definitivo.
Oigo el suave sonido de la tela cuando se desabrocha el botón y se baja la cremallera. Bajo la vista y mis labios se entre abren al ver lo dura que la tiene, apretada contra los bóxers. La erección presiona contra el algodón, haciendo que una chispa de calor se encienda bajo mi piel.
La tela vaquera se queda pegada a sus musculosas piernas antes de que se la baje y se libere. Cargado de confianza y tranquila intensidad, se quita los calcetines y por fin, los calzoncillos. La última barrera entre nosotros cae, dejándole totalmente desnudo.
Expuesto, sin el menor rubor.
River Thompson es realmente espectacular.
Firme, musculoso. Escultural, como una obra de arte. Es poder y gracia en perfecta armonía. Y la forma en que se queda inmóvil todo el tiempo, dejándome que le mire, me dice que este momento le hace sentirse a él tan vulnerable como a mí.
No me he dado cuenta de que he dicho eso en voz alta hasta que él replica:
—No, cielo. Tú lo eres.
Su tono derrite algo en lo profundo de mí.
—La que es espectacular eres tú —murmura, subiéndose al colchón. La cama se hunde bajo su peso, y en el preciso instante en que me alcanza, nuestras miradas se encuentran y se quedan pegadas. No hay nada de juguetón en su expresión.
Es franca y llena de deseo.
—Ninguna de las muchas noches que me he pasado soñando contigo te han hecho justicia —dice, rozando sus labios contra los míos.
Es la clase de beso que hace que te duela el corazón. Luego aumenta el contacto hasta que se vuelve lento y exploratorio. Nuestras lenguas se encuentran y se entrelazan. Gimo en su boca mientras me devora como si fuese un hombre muriéndose de hambre, y yo fuese lo único capaz de saciarlo.
Cuando se aparta por fin, yo estoy temblando por el deseo de que me posea.
Aunque tiene que estar notando mi desesperación, no se apresura ni por un instante. Su boca desciende más abajo, besándome el filo de la mandíbula y luego el delicado hueco de la garganta. Ni siquiera pienso en echar la cabeza hacia atrás y dejarle acceso a mi cuello expuesto.
Solo lo hago.
Una ofrenda silenciosa.