32 Capítulo treinta y dos
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
RIVER
Hacia la mitad del día, Willow me lleva aparte y dice:
—Deberías llevar a Callie a cenar fuera esta noche. Nosotros nos quedaremos aquí, con Nora, pediremos pizza para los niños y quizás un poco de helado y luego nos volveremos al hotel.
Y así, sin más, mi noche entera se vuelve muchísimo mejor.
Miro hacia Callie con una ceja levantada. Lo último que querría es presuponer o presionar. Nunca la presionaría para que dejase a Nora en casa si no está preparada. Sé lo difícil que le resulta soltar las riendas, sobre todo en lo que se refiere a la niñita alrededor de la que gira todo su mundo.
Callie vacila y mira rápidamente hacia donde Nora está jugando en el suelo con Autumn y Haven. En el curso de un par de horas, esos tres se han hecho amigos del alma. Es como si se hubiesen conocido de toda la vida.
Casi puedo ver la batalla silenciosa que se está librando en los ojos de Callie. La mamá que lleva dentro quiere decir que no. Quiere quedarse y ser la que esté a cargo de la hora de acostarse, los vasos de zumo y limpiar los deditos pegajosos.
Pero, ¿la mujer?
La mujer que no ha tenido un momento para relajarse, para ser vista, quiere decir que sí.
Vuelve a mirarme otra vez y algo en su expresión se relaja.
—Vale —dice, con una sonrisita tirando de las comisuras de su boca antes de mirar a mi gemela—. Pero solo si estás segura.
—Lo estoy —confirma Willow tranquilamente, mirando primero a los niños y luego a su marido—. Se lo están pasando en grande juntos.
Callie asiente lentamente, todavía de brazos cruzados, mientras observa la escena que se está desarrollando igual que si fuese algo precioso. Algo que nunca se había permitido imaginarse que podía tener.
—Es verdad.
No digo nada, pero ahora mismo podría besar a mi hermana por saber exactamente lo que necesitaba.
Este pequeño momento lo es todo.
Me encanta tener a Nora aquí, en mi casa. Está tan llena de energía y de risas… Me encanta lo fácilmente que encaja en mi vida, la forma tan natural en la que se agarra de mi mano, cómo ilumina cada estancia en la que entra corriendo.
Y Callie no solo está encajando en mi vida.
Se está convirtiendo en mi vida.
Hasta el punto en el que no puedo imaginarme un futuro que no las incluya a las dos.
Pero tener a Callie para mí solo, aunque solo sean unas horas, es un regalo que no sabía que necesitaba hasta que me ha sido ofrecido.
Nos vamos pasillo abajo para arreglarnos. Me afeito y me pongo un jersey oscuro de cuello alto y unos vaqueros. Algo sencillo y poco pretencioso. Aun así, me encuentro ajustándomelos delante del espejo, queriendo tener un aspecto perfecto para ella.
Tengo los zapatos a medio poner cuando se abre la puerta del baño y sale Callie. El mundo se paraliza cuando levanto la vista y la veo.
Lleva un vestido verde que abraza sus curvas de un modo tan delicado como innegablemente sexy. Le llega justo por encima de la rodilla, mostrando unas piernas que he tenido el privilegio de sentir enredadas con las mías por debajo de las sábanas.
No lleva nada brillante, nada ostentoso, nada de zapatos de aguja.
Solo es ella misma.
Y demonios, esta mujer es el paquete completo.
El auténtico misterio es cómo no se da cuenta.
—¿Es demasiado? —pregunta, pasándose las manos por las caderas, nerviosa. Su tono es despreocupado, casi juguetón, pero oigo cómo la incertidumbre parpadea en el fondo. Como si no se diese cuenta de que me acaba de dejar sin respiración.
¿Demasiado?
No es suficiente, ni de lejos.
Trago saliva con fuerza, mientras mi cerebro lucha por recordar cómo hacer cosas básicas como pronunciar palabras.
—Estás… —Me paso una mano por el pelo, como si ese movimiento me pudiese ayudar a encontrarlas—. Estás increíble.
Ella mira al suelo, como si se sintiese tímida de repente.
Y que me aspen si eso no me hace morirme del todo.
No solo es su aspecto. Es la dulzura de sus ojos. La tranquila vulnerabilidad que me está permitiendo ver. No está montando ningún espectáculo.
Callie solo está siendo ella misma.
Y yo no quiero apartar la mirada.
Ni ahora.
Ni nunca.
No hablamos mucho en el ascensor mientras bajamos al garaje.
En vez de ser incómodo, ese silencio está cargado.
Cargado con la conciencia de que algo entre nosotros está cambiando.
Puedo sentirlo en la forma en que ella se coloca solo un poquito más cerca de mí de lo necesario y en el sutil roce de su mano contra la mía.
El aroma floral de su champú flota en el aire, haciéndome imposible no fijarme en ella.
No desearla.
Cuando sus dedos vuelven a rozar los míos, me rindo y rodeo su mano más pequeña con la mía. Ella levanta la vista y nuestras miradas se cruzan en la superficie reflectante de las puertas del ascensor.
La emoción titila en sus ojos.
La incertidumbre, tal vez.
O quizás se trate de curiosidad.
Sea lo que sea, ella no aparta la mirada.
Para cuando llegamos a la camioneta, yo estoy luchando contra el impulso de empujarla contra la pared más cercana y dejarla inconsciente a besos. Cada parte de mí zumba de contención.
Apenas soy capaz de contenerlo dentro.
En vez de eso, la llevo a Gold Coast Table. He llamado antes y he reservado una mesa fuera, en la terraza, bajo las estufas. La atmósfera es tranquila e íntima. Romántica de una forma que no la hará salir corriendo, pero que todavía deja claro que esto no es solo una cena.
Ella sonríe, encantada, cuando nos conducen fuera.
—Este sitio es precioso. —Estira la servilleta sobre su regazo, como si intentase mantener las manos ocupadas.
—Tú eres preciosa —le suelto antes de poder pararme a pensarlo.
¿Cursi?
Quizás.
Pero es la pura verdad. Las palabras me brotan con tanta naturalidad que me parece menos una frase hecha para ligar y más como la marea llegando a la playa.
Ella levanta la vista rápidamente, como sobresaltada, durante medio segundo, antes de poner los ojos en blanco con una ligerísima sonrisa jugueteando con su boca.
—¿Eso te funciona normalmente?
Yo meneo la cabeza y me inclino ligeramente hacia adelante.
—¿Sinceramente? No soy capaz de recordar la última vez que usé esa frase con una mujer. Ni siquiera haber deseado hacerlo. Han pasado años.
Eso me arranca una risa. Es de esas risas cálidas y espontáneas, de las que parecen envolverme el corazón y apretarlo despacio, con intención.
Ella no tiene ni idea de cuánto poder tiene sobre mí.
Si me lo pidiese, le daría cualquier cosa.
El puto mundo entero.
Diablos, podría tenerme de rodillas sin siquiera intentarlo.
Pedimos pasta y compartimos una botella de vino.
Ella me habla de cómo cogían el metro con su madre los sábados, porque aparcar en el centro es demasiado caro.
Cómo preparaban sándwiches de mantequilla de cacahuete envueltos en papel de aluminio y se los comían en un banco, fuera del Museo Field, antes de entrar con las entradas gratis que su madre había conseguido pillar.
Habla de ponerse de puntillas junto al tanque grande del Acuario Shedd, deseando poder quedarse allí todo el día, y de cómo su padre patinaba con ella en el Parque Millennium cada invierno.
Yo le cuento cómo fue crecer con Willow.
Cómo éramos, básicamente, un equipo de demolición formado por dos niños.
Si uno de los dos tenía una idea, el otro ya estaba a medio camino de hacerla realidad.
En algún punto entre los palitos de pan y el postre, dejamos de sentirnos como dos personas dando vueltas alrededor de la idea del otro, y empezamos a sentirnos como algo más.
Algo sólido.
Algo que tiene el potencial de durar.
Callie se inclina hacia adelante y apoya los codos en la mesa. Hay un instante de titubeo antes de que se decida a hablar.
—¿Puedo preguntarte algo?
Yo asiento.
—Lo que quieras.
—¿Por qué no has llegado a sentar cabeza?
La pregunta me pilla con la guardia baja, pero no de una forma mala. Es la clase de pregunta que significa que ella quiere saber más cosas de mí.
Miro brevemente hacia las luces de la ciudad antes de volverme hacia ella.
—No lo sé —digo con honestidad—. Tal vez nunca haya conocido a nadie que me haya dado la sensación de ser mi hogar.
Ella parpadea.
—¿Es así como te hago sentir?
—Así es. No puedo explicarlo. Es como… Como cuando te vi en aquel club, con ese bonito vestido que te marcaba el cuerpo, ya no tuve nada que hacer. Había perdido la partida.
Sus ojos se agrandan ligeramente.
—Y entonces Zane te presentó como su novia —prosigo—. Esa fue la primera vez que deseé algo que era suyo.
—River…
Yo levanto un hombro.
—Es verdad. Jamás en mi vida había deseado tanto a nadie. Creía que se me pasaría, pero no fue así.
Ella baja la vista hacia su plato.
—Siento la forma en la que te he tratado. Estaba furiosa. Perdida. Venía de un tiempo doloroso. Y tú no te lo merecías.
Estiro el brazo por encima de la mesa y entrelazo mis dedos con los suyos antes de darles un apretón.
—No tienes nada por lo que disculparte. Estabas protegiéndote a ti misma, y a tu hija. Eso no es nada por lo que jamás tengas que disculparte.
Cuando sus ojos vuelven a encontrarse con los míos, la emoción chispea en ellos.
—Gracias por no rendirte conmigo.
Sonrío.
—Oh, cariño. Eso no iba a ocurrir.
Ella no responde.
Al menos, no con palabras.
Su expresión se relaja de una forma que hace imposible mirarla y no imaginar una vida juntos.
Levanto mi copa de vino.
—Por esta noche. Y porque, por fin, estás donde debes estar. Conmigo.
Ella se queda quieta antes de levantar su copa y brindar conmigo.
—Hacía mucho tiempo que algo no me parecía tan adecuado.
Me inclino hacia adelante.
—Te lo prometo, cielo, esto es solo el principio. Solo necesito la oportunidad de mostrarte cómo podría ser tu vida si yo formase parte de ella.
—Eres el primer hombre que viene y me mira como si yo importase.
Ese comentario inesperado me afecta mucho, porque ella es tremendamente importante.
Para Nora.
Para mí.
Para sus amigos.
Y lo sepa o no todavía, esto que hay entre nosotros…
No va a ninguna parte.
En el camino de vuelta al coche, le pongo la mano en la parte baja de la espalda, sintiendo la calidez de su cuerpo por debajo de la tela del vestido. Y cuando ella se acerca hacia mi mano como si llevase toda la noche esperando mi caricia, algo por fin encaja en su lugar.
Por mucho que quiera besarla ahora mismo, no lo hago.
Lo que estamos construyendo hace que valga la pena esperar.
Callie se merece que espere.
Y esperaré todo lo que haga falta para poder mostrarle que cada maldita palabra que digo es verdad.