Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 31 Capítulo treinta y uno
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31 Capítulo treinta y uno

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

CALLIE

Mi corazón resuena atronador mientras miro mi reflejo en el espejo e intento, por centésima vez, o eso me parece a mí, entender lo que pasa en mi vida.

Estoy a punto de conocer a la hermana del hombre con el que vivo.

Ese con el que he estado a un tris de acostarme.

Con el que ni siquiera estoy saliendo.

Técnicamente.

Hace unas semanas, me estaba ahogando, apenas era capaz de mantenerme a flote. La pastelería me estaba dejando seca, Nora crecía tan rápido que sentía que no podía seguirle el ritmo, y yo sobrevivía a base de cafeína, adrenalina y esa clase de obstinación que raya en lo insensato.

Y ahora estoy aquí.

Con River.

Viviendo en su ático.

Aunque todavía no me parezca del todo real, las cosas están mejor.

Yo estoy mejor.

Y decididamente, Nora está mejor.

Está contenta y extrañamente bien adaptada.

Así que tal vez eso signifique que se me permite desear esto.

A él.

A nosotros.

Sin embargo, mentiría si dijera que no deseo quedarme escondida en este baño unos minutos más. Vale, tal vez el resto del día. Tengo las palmas de las manos húmedas y un nudo en el estómago.

¿Y si Willow me echa un vistazo y ve cada uno de mis fallos?

¿Y si piensa que no soy más que una carga para River?

¿O un error?

Solo una madre soltera en apuros que se ha colado en la vida de su hermano, intentando cazar a un deportista de élite para casarme.

Enderezo la espalda.

Puede que ella no se dé cuenta, pero yo no soy así.

Y tampoco es quien River cree que soy.

Después de darme una pequeña charla motivacional, abro la puerta del baño, atravieso el dormitorio y salgo al pasillo.

Echo un vistazo en el cuarto de Nora y me sorprendo al encontrármelo vacío.

Vaya, demonios.

Parece que estoy sola.

Se me acelera el pulso mientras voy pasillo abajo, hacia las voces, y vuelvo la esquina. Me encuentro a Nora sentada en medio de la cocina, con las rodillas dobladas y el pelo revuelto, riendo. Hay dos niños más a su alrededor, construyendo torres con piezas magnéticas.

Lo que no se puede negar es que mi hija irradia felicidad.

Una alegría pura y sin filtros.

Hay una mujer guapa agachada a su lado y veo cómo le acerca un zumo a mi hija con una cálida sonrisa. Su larga cola de caballo rubia se balancea tras ella cuando se ríe por algo que ha dicho uno de los niños.

Nora le sonríe como un rayito de sol.

Caigo en el motivo de golpe. Es un dolor lacerante entre mis costillas, porque no suele tener ocasión de jugar y reír con otros niños de forma regular.

He estado tan ocupada haciendo equilibrios con el trabajo, las facturas y el estrés que los momentos como este han sido escasos y alejados entre sí.

Pero, ¿verla ahora riéndose así?

Me rompe algo por dentro.

Es una prueba de que no estoy fracasando.

Sigo atrapada en el momento cuando River me pasa un brazo por la cintura.

Se inclina hacia mí.

—Has conseguido salir del baño. Estoy orgulloso de ti.

Yo hago una mueca de exasperación, con una sonrisa involuntaria asomando en mis labios.

—Habría saltado por la ventana, si esto no fuese un ático.

Él se ríe suavemente y ese sonido se desliza como un fantasma sobre mi piel antes de que me dé un beso en la mejilla.

—Ven a conocer a Willow y a su familia.

La rubia se endereza, secándose las manos en los vaqueros, antes de atravesar la estancia con una tranquila seguridad en sí misma.

Es hermosa de una forma natural y sin esfuerzo.

Tiene el pelo dorado como los rayos del sol y unos ojos azul claro.

Es la misma firmeza tranquila que he aprendido a reconocer en River.

—Hola, soy Willow —me dice, acercándose sin titubear y rodeándome con un abrazo auténtico—. He oído hablar tanto de ti…

Me pilla con la guardia bajada con esa calidez, y pestañeo.

—Oh. Espero no todo fuese malo.

El alegre sonido de su risa hace que algo se tranquilice en mi interior.

—Solo los comentarios sobre lo terca que eres.

—Culpable —digo con una sonrisita, sintiendo la lenta relajación de mis hombros, como si un peso que no me había dado cuenta que cargaba se hubiese desprendido por fin.

Y entonces le veo.

A Maverick McKinnon.

Ese Maverick McKinnon.

Justo aquí.

En carne y hueso.

Con ropa informal, pantalones de chándal y jersey con capucha, relajado y encantador, con una sonrisa de miles de vatios de intensidad, mientras se agacha junto a mi hija en el suelo de la cocina como si no tuviese al mundo entero del hockey a sus pies.

¿Y esa sonrisa?

Es solo para ella.

—Vale —está diciendo, mientras saca dos rotuladores—. ¿Qué color deberíamos usar para el pelo del unicornio? ¿Rosa o púrpura?

—¡Los dos! —grita Nora, aplaudiendo encantada.

Se me cae literalmente la mandíbula al suelo.

Willow se da cuenta de la expresión de mi cara y sonríe.

—Es buenísimo con los niños.

Yo asiento lentamente, todavía anonadada.

—Eso… No es lo que me esperaba.

—La mayoría de la gente cree que solo piensa en el hockey, pero Mav se derrite del todo con los pequeñajos.

No lo admitiría nunca, claro está. Pero es el primero que se tira al suelo y el último en levantarse.

—Se acerca a mí y su tono se vuelve confidencial—.

No le cuentes que he dicho eso. Lo seguirá negando hasta que llegue a la tumba.

—Mentiras —dice Maverick con una sonrisa irónica y una mirada cariñosa hacia su mujer—. Todo mentiras.

Nos reímos juntos y el sonido parece fácil, casi como si este fuese mi sitio, con esta gente, en esta cocina. Al darme cuenta de eso, algo se desliza silenciosamente en su sitio, y derrama calidez en mi interior.

Me acerco hasta uno de los taburetes de la isla con movimientos casi cautelosos, como temiendo gafar el momento.

River se va derecho hacia la elegante cafetera, donde pulsa unos cuantos botones con la naturalidad que se adquiere con la práctica.

Un minuto después, me pone una taza delante y me apoya suavemente una mano en la nuca.

La caricia me centra de una forma que me hace sentir que todo debe ser así.

Como si ambos tuviésemos que estar así.

Agarro la taza con las manos y le miro. Él tiene la atención centrada en Nora y la boca curvada con esa media sonrisa que solo veo aparecer cuando la mira a ella. Hay algo en esa mirada que me corta el aliento.

Este hombre cepilla el pelo de mi hija sin titubear. Le permite remover la mezcla de las tortitas, hasta cuando acaba salpicada por todas partes. Recuerda sus frutas favoritas y cómo dice pes en lugar de pez. Le compró juguetes, no para ganársela, sino porque sabía que la alegraría tenerlos.

En algún punto entre el café, la tranquila risa, y la sensación de su mano sobre mi piel, caigo en la cuenta de que me estoy enamorando de él.

No de esa forma insensata en la que me he enamorado antes.

No hay miedo, desesperación ni la necesidad de agarrarme a algo que sé que va a deslizárseme entre los dedos.

Esta sensación es diferente.

Estable.

Real.

Y no solo espero que dure.

Creo que lo hará.