Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 30 Capítulo treinta #2
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30 Capítulo treinta #2

—¿Estás tomando algo? —La punta de mi polla le acaricia la entrada recogiendo su excitación.

—La píldora.

—Quiero que sepas que estoy limpio, Callie. Iba en serio cuando te dije que no he estado con nadie desde… —Hago una pausa—. Desde mucho antes de que naciese Nora.

Su mano encuentra la mía y le da un suave apretón.

—Yo tampoco.

Ese contacto pequeño y simple casi me hace correrme.

Apoyo la frente contra la suya y deslizo mi polla por su coño empapado, luchando contra el instinto de meterme en ella y perderme.

—Quiero hacerlo a pelo —admito—. Quiero sentir tu carne rodeándome. Tensa, caliente, y mía. Quiero moverme tan profundo dentro de ti que seguirás sintiendo que estoy ahí después de que me haya ido.

Sus pupilas se dilatan y sus piernas se abren aún más.

—Quiero que sepas exactamente cómo es cuando un hombre te adora. Quiero que te sea imposible acostarte con nadie más, igual que tú hiciste imposible para mí acostarme con nadie más hace tiempo.

Abre los labios, pero no se escucha ni un sonido saliendo de ellos. Veo la respuesta escrita en su cara y la siento en la forma en que su cuerpo se abre para recibir al mío. En la forma en que se acerca a escuchar mis palabras en vez de encogerse al oírlas.

Y aun así, tengo que entregarle una última verdad antes de poseerla.

—Una vez esté dentro de ti —murmuro, arrastrando lentamente la punta de mi polla por su abertura—, me perteneces.

Ese coño me pertenece. He esperado tanto tiempo que, que me condene si alguna vez lo dejo ir.

Prometo que lo mantendré tan feliz, tan pleno, tan bien follado y satisfecho que se olvidará de que alguna vez haya habido alguien más. Y sabrá quién es exactamente su dueño.

Cuando se le escapa un gemido de protesta, todo mi cuerpo se tensa.

—Pero no es solo eso. —Con una mano le levanto la barbilla, obligándola a que me mire—. Tú ya me posees, Callie. Cada parte de mí. Cada respiración. Mi polla solo desea lo que siempre ha deseado. A ti.

Se le humedecen los ojos y traga saliva como si estuviese intentando digerir todo lo que acabo de confesarle.

En ese momento, no puedo evitar preguntarme si no habré dicho demasiado.

Si he eliminado demasiadas capas.

Si he hecho añicos la línea entre desearla y necesitarla, porque esto es lo que es.

Ansia.

No estoy aquí para jugar a ningún juego.

Y no quiero fingir ni guardarme nada dentro.

Se me está cayendo la máscara pero no me importa una mierda.

No con ella.

Ya no.

Después de probar su sabor una sola vez, la parte de mí que siempre he tenido bien sujeta se ha soltado como una correa que se parte de golpe.

La bestia de mi interior se ha liberado.

Y está hambrienta.

Es territorial.

Pero sobre todo, le pertenece a ella.

Mis ojos se clavan en los suyos y por un instante, todo lo demás desaparece.

Solo quedamos nosotros.

Y el ansia que me colma el corazón.

Junto con la verdad que me he guardado dentro durante años.

—Necesito que entiendas exactamente en qué te estás metiendo —le digo—. No voy a dejarte marchar. Al menos, no fácilmente. No como hizo él.

Su mirada no flaquea.

—Estupendo.

Algo dentro de mí se afloja al escuchar lo fácil que consiente a ello. Es como un nudo que hubiesen atado demasiado tirante y que cediese por fin.

Le aparto un mechón de pelo de la mejilla.

—Y si alguna vez acabas llevando un bebé mío en el vientre, joder, te pondré un anillo en el dedo tan deprisa que te dará vueltas la cabeza. Y arrastraré ese trasero sexi tuyo hasta el altar. Sin hacer preguntas.

Una sonrisa tira de las comisuras de su boca.

—¿Y si digo que no?

Yo gruño, provocándola, con la punta de mi polla contra su entrada, viéndola arquearse contra mí como si me necesitase tanto como yo la necesito. Solo hacen falta una caricia o dos para que se le escape un gemido.

—¿De verdad pretendes decirle no al hombre que adora el mismísimo suelo que pisas? —pregunto con voz ronca, arrastrándome contra su suave piel.

Ella suelta aire de golpe y hace un gesto de negación con la cabeza.

—No, no lo haría. Pero…

—No hay ningún pero —gruño—. Ahora, ¿estás lista para que te follen tal como tendrían que haberte estado follando todo el tiempo?

Ella echa la cabeza hacia atrás y un gemido ansioso se derrama de su boca.

—¡Dios, sí!

Eso es lo único que me hacía falta oír.

Cada parte de mí pide a gritos que conquiste su coño. Que por fin me deslice en esa calidez con la que llevo años soñando. Que la haga mía en todos los sentidos que cuentan.

Me muevo hacia adelante, con la polla apuntando a su empapada abertura, y con su cuerpo abierto y ansioso frente a mí…

—¿Hola? —Se escucha llamar a una mujer, creando un eco por el pasillo. Suena amortiguado pero inconfundible—. ¿River? ¿Dónde estás?

Callie se queda inmóvil por debajo de mí, abriendo de golpe los ojos.

Doy un gruñido y apoyo la frente contra la suya con gesto de derrota.

—Tiene que ser broma, joder.

—¿Quién es esa?

—Mi hermana —murmuro—. Willow.

Nos quedamos mirando el uno al otro durante un largo instante. Su rostro está ruborizado y el pecho le sube y le baja deprisa. Yo aún la tengo tan dura que duele, y ella está jadeando.

—¿River? —Vuelvo a escuchar la voz, esta vez más fuerte y mucho más cerca.

Suelto una maldición.

Y entonces, como si lo hubiésemos acordado silenciosamente, nos levantamos rápidamente. Medio riendo, medio presa del pánico, me aparto de Callie y ella coge la manta y se tapa el cuerpo desnudo con ella de un tirón.

Doy un gruñido y salgo de la cama, todavía duro como una piedra, todavía con el sabor de su dulzor en mi boca, y meneo la cabeza con una sonrisa de culpabilidad.

—Tan cerca, maldita sea.

Callie me mira, jadeante y sorprendida, con el pelo revuelto creando un halo salvaje alrededor de su cabeza.

En serio, es la mujer más hermosa que he visto en la vida.

Pero es mucho más que eso.

Es sencillamente ella.

Sus labios se estremecen.

—Sí… cerca.

Mientras le echo un último vistazo allí, en mi cama, enredada en mis sábanas, con los labios todavía entreabiertos por todas las cosas que casi hemos hecho, sé algo con absoluta certeza.

Si ya no estuviese enamorado de ella, este sería el momento en que me enamoraría.

Y, ¿la verdad?

No estoy seguro de que jamás pueda dejar de estarlo.