Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 30 Capítulo treinta
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30 Capítulo treinta

CAPÍTULO TREINTA

RIVER

Me despierto a la mañana siguiente con la cálida mano de Callie flotando sobre mí y me parece más bien un puto sueño. Durante un instante, mantengo los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, temeroso de que el más mínimo movimiento pueda romper el hechizo.

Sus caricias son tan tentadoras, maldita sea. Sus dedos pasan justo por debajo de la goma de mis bóxers, como si estuviera memorizando mi cuerpo.

Como si deseara esto.

Como si me deseara a mí.

Yo solo puedo pensar en anoche y en la mirada de sus ojos cuando por fin se dejó llevar. En la forma en que tembló su cuerpo cuando aprendió a darse placer a sí misma. En los sonidos suaves y entrecortados que hizo al correrse. En cómo se apoyó contra mí después, como si por fin se sintiera segura.

En ese momento, todo cambió entre nosotros, volviéndose más permanente.

Como si hubiésemos cruzado algún umbral invisible y no hubiese vuelta atrás.

Incluso mejor, como si ella no deseara que la hubiese.

No está dando un paso gigantesco atrás ni retirándose con necesidad de recomponerse.

Cuando su mano baja más y se vuelve más descarada, casi pierdo el control. Antes de que yo pueda decir palabra, me pasa una pierna por encima y me cabalga a la altura de las caderas, con los muslos encerrando mi cintura como dos paréntesis.

Abro los ojos rápidamente y me encuentro con una Callie desnuda.

La rubia melena le cae por los hombros y tiene las mejillas sonrosadas por el sueño.

No creo haber visto en la vida nada más hermoso que esta mujer.

Mi mirada recorre su cara, intentando grabar este momento a fuego en mi cerebro para toda la eternidad.

—Si esto es algún sueño —digo con voz ronca—, no me despiertes, por favor.

Sus labios tiemblan y se le escapa una carcajada.

—No lo es.

Incapaz de resistirme a tocarla, mis manos se deslizan por sus muslos para acabar finalmente descansando en sus caderas. Aunque tengo todos los músculos del cuerpo en tensión por el esfuerzo de contenerme, mis manos la sujetan con suavidad.

—¿Qué es lo que quieres de mí, Callie? —pregunto, clavando mi mirada en la suya—. Te hice una promesa, y no soy la clase de hombre que incumple su palabra. Puede que ahora no lo entiendas, pero lo harás.

Su expresión cambia. La provocación juguetona se desvanece antes de ser reemplazada por algo crudo y abierto. Y es la cosa más sexi que he visto en mi vida.

Ella se inclina hacia adelante y sus ojos buscan los míos.

—Te quiero a ti —susurra—. Quiero sentirte dentro de mí, llenándome.

Joder.

Las palabras me golpean como un puto tren de mercancías. Fuerte, rápido e imposibles de ignorar.

—¿Estás segura?

Ella asiente, pero no me basta con eso.

No para esto.

Estiro la mano y le acaricio los labios con dos dedos.

—Palabras, Callie. Necesito oírte decirlo. No quiero que exista ni el más mínimo segundo en el que tengas dudas sobre esto. O peor aún, lo lamentes.

—No lo haré —dice ella—. Te lo prometo. Te deseo a ti.

Eso es lo único que necesito.

Cuando se inclina hacia abajo, la suave turgencia de sus pechos me roza el torso, y yo ladeo la cabeza hasta que mi boca encuentra su pezón antes de chuparlo suavemente y pasar la lengua por la punta hasta que jadea y se arquea contra mí. Entonces me cambio al otro y le dedico la misma atención.

Sus dedos se enredan en mi pelo y tiran de él mientras sus caderas se menean contra las mías.

—Tu cuerpo es tan hermoso, maldita sea. —Le dibujo un sendero de besos por el monte del pecho—. Y ha fabricado a Nora. Eso lo convierte en un puto milagro.

Ella se queda paralizada.

Es solo un segundo, pero es más que suficiente para que yo pueda sentirlo.

Yo también me detengo y la miro.

—¿Qué sucede?

Le brillan los ojos por las lágrimas, pero no los aparta.

—Zane no pensaba eso —admite, con la voz tan queda que casi no consigo distinguir las palabras—. No me encontraba atractiva cuando estaba embarazada.

Sus palabras me golpean tan bajo que casi me matan.

Se me inunda el pecho de furia y tengo que contenerla antes de cogerle la cara con las manos. Quiero que no solo oiga lo que estoy a punto de decirle sino que también lo sienta.

—Cuando estabas embarazada, yo pensaba que eras tan sexi que me resultaba imposible pensar con claridad, joder.

Tiene los ojos muy abiertos e inundados de incertidumbre cuando los levanta hacia los míos.

—¿Tienes alguna idea de cuántos días he tenido que mantenerme alejado de ti porque no podía dejar de imaginarme la forma en que cambiaba tu cuerpo?

¿Cuántas veces me he dado cuenta de que estaba mirando fijamente la turgencia de tus pechos o la curva de tus caderas?

Miraba tu vientre y pensaba en lo radiante que estabas.

No voy ni a intentar decirte cuántas veces me hice una paja pensando en tu hermoso cuerpo.

El rubor que le sube por las mejillas solo hace que sea aún más arrebatadora.

—Ni siquiera estoy avergonzado por eso —añado con una risa seca—. Bueno, quizás un poco. Es una cifra alarmante. Zane es un puto idiota. No os merecía ni a ti ni a tu hija. Ni entonces, ni ahora, ni nunca.

Ella abre la boca, tal vez para desviar la acusación, o discutir, pero no se lo permito.

—No. —Le paso los pulgares por los pómulos—. No te atrevas a pronunciar su nombre ahora mismo. Aquí no. No cuando estés conmigo. Si todavía sigues pensando en él, significa que no estoy haciendo un trabajo lo bastante bueno manteniéndote centrada en mí.

El color desciende por su cuello antes de extenderse por su pecho con un rubor que quiero perseguir con la boca.

Le paso las manos por el cuerpo, masajeando sus pechos, trazando la delicada línea de su cintura y la curva de sus caderas.

La levanto solo lo suficiente para que entienda lo que le estoy pidiendo.

Ella se mueve hacia adelante hasta que sus caderas quedan a los lados de mi cabeza y su coñito está a centímetros de mi boca antes de descender.

En cuanto su calor se aprieta contra mi lengua, pierdo toda noción del espacio y el tiempo.

De nada que no sea esta mujer.

Tiene un sabor celestial. Gruño contra su cuerpo, rodeándole las caderas con los brazos y acercándomela todavía más.

El sonido de sus gemidos basta para dejarme temblando.

—No tienes ni idea —le digo entre lametón y lametón—, de cuánto tiempo llevaba queriendo hacer esto. De cuántas noches me he estado preguntando a qué sabrías.

Trabajo en ella lentamente al principio, jugueteando con sus labios, lamiendo su clítoris con suavidad antes de describir círculos más profundos, dejando que la presión crezca.

Sus dedos se clavan en el cabecero por encima de mí, sujetándose mientras sus caderas empiezan a moverse y ella se va deshaciendo, un estremecimiento tras otro.

Eso solo hace que sea más consciente de lo hambriento que estoy de ella.

De toda ella.

De todo lo que esté dispuesta a darme.

Entierro la cara entre sus suaves muslos. Su aroma a miel, su calidez, el sonido de cómo se está desmoronando por encima de mí, todo eso me abrasa y me consume. La agarro por las caderas, la muevo hasta tener el ángulo correcto y dejo que mi lengua adore su delicada piel.

Esto no va de hacer que se corra.

Va de mostrarle lo que se siente al ser adorada.

Al ser deseada.

Al ser apreciada de la forma en que siempre debió serlo.

—Qué bien sabes, joder —murmuro contra su húmeda entrepierna—. Podría quedarme aquí todo el día, alegremente.

Suelta mi nombre con un ronco gemido y suena muchísimo a rendición.

Deslizo una mano por su zona lumbar y la mantengo derecha. Mi boca no tiene piedad. Primero suave, luego firme. Quiero que ella se corra y sepa sin lugar a dudas que está a salvo en mis brazos.

Que jamás haría nada que le hiciese daño.

—River… Eso es tan bueno.

Aprieto la boca contra ella, dejándola perseguir la cresta de la ola mientras crece.

Mi mundo se hace más estrecho, hasta que no existe otra cosa que no sea Callie.

Su sabor, los ruidos que hace y la forma en que se mueve por encima de mí.

Si no estuviese tan empeñado en devorar a esta mujer admitiría que tiene razón… Que esto es la hostia de bueno.

Pero, ¿ahora mismo?

No quiero parar.

Tengo la polla dura como una roca, muriéndose de ganas por hundirse en lo más profundo de ella, de sentir ese tenso y húmedo agarre de calor como me he imaginado más veces que las que soy capaz de contar.

¿Pero en este momento?

¿Nuestra primera vez?

Todo gira en torno a ella.

Y va de mostrarle cómo un hombre ama a una mujer.

Sus caderas se menean contra mi boca y su piel húmeda está resbaladiza por la excitación y el calor cuando se aprieta contra mi lengua.

La lamo más fuerte, y luego más profundo, adorando cada centímetro.

Quiero que jadee cuando se corra. Quiero que no pueda estar con nadie más después de no haber probado más que mi boca.

Ella tiembla, sus muslos me aprietan la cabeza y sus gritos rompen contra mi nombre, como olas.

Su cuerpo se tensa con la fuerza del orgasmo y sus caderas tiemblan mientras su coñito palpita alrededor de mi lengua.

Su sabor adictivo me inunda, y me doy cuenta de que no me costaría correrme solo haciendo esto.

Y si no tengo cuidado, eso es exactamente lo que va a suceder.

Pero no dejo de besarla durante las réplicas. Las exprimo hasta que todo su cuerpo se desploma y sus dedos se enroscan en mi pelo, sosteniéndome en el sitio.

Le doy un beso final en el clítoris, tan tierno que ella deja escapar una exhalación temblorosa, y luego levanto la cabeza.

Con cuidado, la echo para atrás y la coloco sobre su espalda, cubriendo su cuerpo con el mío mientras me coloco entre sus piernas.

La evidencia de su placer me cubre la polla cuando me muevo suavemente contra su abertura, jugueteando con la entrada en la que llevo años deseando hundirme.

Mi autocontrol pende de un solo puto hilo.

—No hemos hablado de anticonceptivos —susurro.

Sus ojos son suaves y líquidos al mirar los míos.

—No, es verdad.