29 Capítulo veintinueve
CAPÍTULO VEINTINUEVE
CALLIE
Ningún hombre me había tratado antes como lo hace River.
Decididamente, no Zane.
Ni siquiera cuando las cosas iban bien, cuando yo creía que el amor significaba compromiso y callada resignación, me puso a mí primero.
Es difícil explicar lo que me provoca darme cuenta de eso.
Cómo me golpea hondo, aflojando una madeja que yo ni siquiera había notado que estaba ahí, enroscada y tirante.
Como un complejo nudo que llevaba años soportando en el pecho, demasiado acostumbrada a la presión como para percibir siquiera que estaba ahí.
Hasta River.
Lo que ahora comprendo es que River no es solo amable en las cosas grandes, arrolladoras, como sacadas de una película.
Es amable de una forma callada y considerada.
En cosas que nadie más ve.
Es la manera en la que me observa por el rabillo del ojo, para asegurarse de que estoy bien.
La forma en que se agacha a ayudar a Nora con sus zapatos sin esperar a que nadie se lo pida, como si cuidar de ella fuese algo natural para él.
La forma en que me da espacio cuando lo necesito, pero nunca tanto como para que vuelva a sentirme sola.
No le entiendo.
¿Cómo puede un hombre como River, un atleta profesional, seguro de sí mismo, arrolladoramente atractivo y capaz de conseguir a la mujer que quiera, ser tan dulce?
¿Tan generoso?
¿Estar así de presente?
¿Cómo es que siempre está pensando en mí?
¿Y en mi hija?
¿En lo que nosotras necesitamos, a veces incluso antes de que lo haga yo misma?
Es como si el peso que llevaba años cargando se hubiese aliviado por fin.
No hay ninguna presión ni expectativa en la forma en que me abraza.
Solo calidez. Una fuerza serena que me envuelve igual que una promesa que no estoy acostumbrada a que me hagan.
Tal vez por eso no le doy demasiadas vueltas.
Por eso no me convenzo a mí misma de apartarme de algo que siento que está bien.
Las palabras se deslizan simplemente de mis labios.
—De acuerdo.
River se aparta ligeramente, lo justo para verme la cara. Sus ojos escudriñan los míos con esa paciencia que reconozco, como si no estuviese solo buscando mi consentimiento sino también cualquier sombra de duda que ni siquiera yo sepa que tuviese.
—¿De acuerdo? —repite él como un eco.
Esta vez, no lo dudo. Una pequeña y nerviosa sonrisa me mueve los labios mientras asiento.
—Quiero que me lo enseñes.
Sus cejas se fruncen ligeramente.
—¿Estás segura?
Una ráfaga de agitación nerviosa aletea bajo mis costillas. La idea de que él me esté mirando mientras hago algo tan vulnerable hace que la piel se me cubra de calor, pero no es a causa del miedo.
No con él.
Vulnerabilidad… sí.
Pero es muchísimo más que eso.
Es confianza.
De esa clase que es profunda, tranquila y firme.
—Sí, estoy segura.
Algo cambia en su expresión y una tierna sonrisa se extiende por su rostro, que parece mostrar algo peligrosamente cercano a la adoración. Como si le hubiese entregado un pedazo de mi corazón y él supiese exactamente lo frágil que es.
—¿Por qué no te das una ducha y te relajas? —me pregunta con suavidad—. Estaré aquí, esperándote, cuando termines.
Asiento y me libero de sus brazos. Inmediatamente, noto la ausencia de su calidez.
En el baño, me tomo mi tiempo. Cada prenda de ropa se desprende lentamente, como si estuviese librándome de mi piel vieja y dejando marchar todas las partes de mí misma que una vez creyeron que tenía que ganarme el afecto o demostrar mi valía.
Siento las baldosas frías contra los pies. El vapor dibuja volutas alrededor de mí cuando me meto en la ducha, y el agua caliente cae como la lluvia sobre mi piel, limpiándome y calmándome al mismo tiempo.
Me lavo el pelo dos veces.
Una para dejarlo limpio.
Y luego otra más solo para sentir la silenciosa comodidad de estirar el momento un poquito más. No es que esté titubeando. ¿Cómo podría, si cada parte de mí está vibrando de esperanza, curiosidad y sí… de nervios?
Y cuando por fin salgo y me seco con la toalla, me siento un poco más ligera.
Un poco más estable sobre mis pies.
Un poco más valiente.
Cojo su albornoz. Es grueso y esponjoso, y me envuelve por completo. Lo que más me gusta es que huele exactamente a él. Limpio, con un toque a madera y ese fondo cálido y especiado que hace que se me encoja el estómago y que el pulso me tartamudee un poco.
Envuelta en la re confortante sensación de su presencia, me tomo un momento para dejar que todo se asiente antes de mirar alrededor, detenerme junto al lavabo y revisar un cajón y luego otro en busca de un secador.
Cuando mi búsqueda resulta infructuosa, salgo descalza al dormitorio, todavía secándome el pelo con la toalla con una mano. River está sentado al borde de la cama. Sus ojos se alzan en el preciso instante en que aparezco, antes de repasarme de arriba abajo lentamente.
Un ligero tic aparece en su mandíbula.
—Mi albornoz te queda bien.
El calor vuelve a escalar por mi cuello y me cruzo de brazos, como si no me afectase el comentario ni me sintiese rendirme un poquito más con cada conversación.
—¿Tienes un secador?
—Así es. Está en el cajón de debajo del lavabo. Déjame ir a buscarlo y te lo doy.
Se levanta, pasa por mi lado hacia el baño y abre el único cajón en el que yo no había pensado en mirar, sacando un secador elegante y de alta gama.
—Siéntate. —Hace un gesto con la cabeza hacia el pequeño taburete del tocador.
Me pilla con la guardia bajada y pestañeo.
—No, no hace falta. Puedo…
—Siéntate, Callie. —Su voz es tranquila pero firme—. Déjame ayudarte.
No hay ninguna presión en su tono.
Ninguna exigencia.
Solo una insistencia firme, espolvoreada de cariño.
De esa clase a la que no estoy acostumbrada.
De la clase que me derrite un poco más cada vez que me la ofrece.
Una oleada de calidez que no tiene nada que ver con los nervios y sí todo que ver con este hombre tamborilea en mi interior mientras me dejo caer en el asiento. River coge mi cepillo, enchufa el secador y me pasa los dedos suavemente por los húmedos mechones antes de empezar.
El murmullo del secador llena la estancia y el aire cálido me besa la nuca.
Sus manos se mueven con cuidado, deshaciendo los enredos con tal paciencia que mis músculos no tardan en destensarse.
Las cerdas del cepillo se deslizan por mi cuero cabelludo, seguidas por sus dedos.
Es un ritmo que me parece extrañamente íntimo.
Desde detrás de las pestañas, le observo en el espejo. Su expresión está centrada y es tierna. Como si lo que está haciendo fuese algo que tuviese que ser saboreado.
Cuando el albornoz se me baja ligeramente por un hombro, é l me lo ajusta sin mediar palabra, cuidando de que no me enfríe.
Mis ojos no tardan demasiado en cerrarse mientras la tensión de mi espalda se desvanece.
Las caricias regulares en mi pelo me acunan hasta dejarme en un estado somnoliento y feliz.
—Nadie me había hecho esto nunca —admito, sorprendida por lo crudas que suenan esas palabras al decirlas en voz alta.
Él se detiene un segundo, como permitiendo que el peso de la confesión se acomode entre nosotros.
—¿No iba siendo hora de que alguien lo hiciera?
Aunque su voz suena suave y firme, hay una intensidad tranquila detrás de esa pregunta que me golpea por dentro y hace que algo se afloje y caiga.
Trago saliva, con fuerza, pestañeando para controlar la amenaza del súbito escozor de las lágrimas.
No es por el gesto, sino por el cuidado que ha puesto tanto conmigo como con mi hija desde la primera vez que pusimos un pie en su casa.
Cuando termina, desenchufa el secador y lo deja todo en un lado antes de buscar mi mirada en el espejo. No sonríe ni se mete conmigo. En vez de eso, me mira con una expresión tan seria que hace que me duela la garganta.
Me vuelvo ligeramente en el asiento para mirarle.
—Gracias.
Él estira la mano y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—De nada.
Eso es lo principal que he notado de River. No presiona ni mete prisa. Me da el espacio necesario para elegir.
Y, de alguna forma, eso hace que elegirlo parezca más fácil.
Me levanto, con los nervios palpitando como las alas de un colibrí en mi estómago. El dormitorio tiene un aire acogedor y tenuemente iluminado por la lamparita de la mesilla, que lanza sombras doradas sobre el colchón.
River va delante de mí y se acomoda con la espalda apoyada contra el cabecero de la cama y las piernas estiradas cómodamente delante de él. Solo entonces da unas palmaditas al espacio entre ellas.
—Ven aquí.
Un escalofrío de expectación se despereza dentro de mí.
Lo que está ocurriendo me parece mucho más que algo simplemente físico.
Es la clase de cercanía que no se puede fingir.
Me subo con cuidado al colchón con el pulso resonándome atronador en la garganta.
Mis rodillas se hunden en la superficie mullida mientras gateo hacia adelante y me instalo entre sus piernas, con la espalda apoyada contra su pecho.
Sus brazos me rodean por la cintura. Los siento cálidos y protectores.
Es exactamente lo que necesito. Me roza la parte de arriba de la cabeza con la mejilla y yo cierro los ojos.
El albornoz se me pega a la húmeda piel mientras la anticipación se enrosca con fuerza dentro de mí. De momento, nos quedamos quietos. Solo el uno abrazado al otro, como si esa hubiera sido siempre la forma en que debía ser.
Me acaricia ligeramente con el pulgar por el interior de la muñeca. Es una caricia sencilla que parece más bien una promesa.
Cuando habla, su voz es grave y algo ronca. Y yo siento cada palabra, como si no solo fuesen enunciadas, sino también grabadas sobre mi piel.
—¿Todavía sigues queriendo hacerlo? No pasa nada si no.
Yo asiento, dejando caer la cabeza hacia atrás, sobre su hombro.
—Sí que quiero.
Y lo digo en serio. Cada palabra. Cada sílaba.
Por primera vez en lo que me parece una eternidad, me siento vista. No por quien se supone que debería ser, sino por quien soy en realidad. Me siento cuidada de una forma tranquila y serena, no ostentosa ni condicional.