27 Capítulo veintisiete
CAPÍTULO VEINTISIETE
CALLIE
Sloane se seca las manos en un trapo antes de mirar el reloj de la pared.
—¿Quieres que me quede un rato y te ayude a cerrar?
Meneo la cabeza, y le ofrezco una sonrisa cansada.
—Pues no. Vete a casa. Sé que tienes clase esta noche.
Sus hombros se relajan con gesto de alivio.
—Gracias. Ya tengo el cerebro hecho papilla y eso que aún no he abierto el libro de texto.
Suelto una risita mientras ella se mete en su chaqueta y coge las llaves.
—Nos vemos mañana.
—Bien tempranito, como siempre.
Ella se despide rápidamente con la mano antes de deslizarse por la puerta. Yo me vuelvo hacia el largo mostrador y empiezo a limpiarlo con movimientos lentos y precisos. El aroma a canela y azúcar glas todavía pende en el aire.
Es tan familiar como reconfortante.
Menos de cinco minutos después, vuelve a abrirse la puerta.
Como doy por sentado que es Sloane, no me molesto en mirar.
—Oh, oh. ¿Qué te has olvidado?
El silencio subsiguiente hace que se me erice el pelo de la nuca. Me vuelvo y me quedo helada al ver a la persona que hay ahí de pie.
Zane.
No puedo recordar la última vez que se pasó por la pastelería, y menos aún a esta hora de la tarde. Examino su cara y veo que hay una tormenta gestándose.
Sin pensar, doy un rápido paso hacia atrás.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Su labio de arriba hace un mohín.
—¿Por qué diablos estás arrejuntada con River Thompson?
La forma en que dice eso, como si fuera algo sucio, me hace dar un respingo.
—No lo estoy —digo, automáticamente, pero las palabras suenan vacías en cuanto salen por mi boca. La verdad es que estoy viviendo con River ahora, durmiendo en su cama, y dejándole que me toque.
Me hace sentir cosas que no había sentido desde hacía mucho tiempo.
Recupero la compostura y levanto la barbilla.
—Por si no lo recuerdas, te pedí ayuda a ti y no quisiste molestarte. Así que cuando River se ofreció, le dije que sí. Así de sencillo.
Zane se acerca un paso, con los dientes apretados.
—No me gusta que andes tonteando con uno de mis compañeros de equipo.
La ira hace saltar chispas dentro de mi pecho.
—Eso no es lo que está pasando.
Él arquea una ceja, incrédulo.
—¿Estás segura de eso?
Abro la boca y me preparo para defenderme y explicar que solo estoy intentando mantenerme a flote, pero me detengo y aprieto los labios.
—Nosotros ya no estamos juntos. Esa fue tu decisión. Tú has pasado página y estás hablando de casarte. Mientras que tu vida no tenga un impacto negativo sobre Nora, eso no es asunto mío. Y no diré ni una palabra al respecto.
Aunque su expresión se hace más tensa, yo prosigo.
—Y en cuanto a cómo vivo yo la mía… —Me llevo una mano al pecho—.
Eso ya no es tu problema. Los dos sabemos que jamás haría nada que arriesgase el bienestar de nuestra hija.
Soy yo la que está ahí cada día, haciéndole la comida, ayudándole con sus puzles, cepillándole el pelo, besándole sus heriditas y leyéndole el mismo cuento antes de dormir cuatro veces seguidas porque ella me lo pide.
Zane se remueve y su rostro se sonroja.
—¿Qué estás intentando decir? ¿Que crees que soy un mal padre?
Las palabras hacen piruetas en la punta de mi lengua, listas para alzar el vuelo.
Sí. Sí, eso creo.
Siempre llegas tarde, y eso si te molestas en aparecer. El año pasado olvidaste su cumpleaños. Me dejas tirada constantemente, y a ella decepcionada.
Como no quiero tener una pelea, me lo trago todo.
Lo que es más, no pienso dejar que Nora acabe atrapada en medio.
Así que me tomo un momento para controlar mi genio.
—Lo que estoy intentando decirte es que yo siempre pongo a nuestra hija primero. Y que eso no cambiará nunca.
Zane me mira fijamente y durante un segundo, parece como si fuese a discutir. Entonces baja la vista y murmura:
—Si tanto necesitas el dinero, moveré algunos hilos y veré qué puedo hacer.
Eso no es en absoluto lo que me esperaba de él.
—Gracias —le digo con voz queda—. Te lo agradezco.
Él asiente bruscamente y retrocede hasta la puerta.
En cuanto la cierra a sus espaldas, yo me dejo caer contra el mostrador.
Me tiemblan las piernas, y el peso de esa confrontación me cae encima de pronto.
El alivio me golpea en mareantes olas, pero la tensión sigue flotando en el aire, adueñándose de la comodidad que normalmente me proporciona este lugar.
Me obligo a terminar de limpiar las superficies, a apagar las luces y por fin, a cerrar la puerta. La rutina me ayuda a calmar los nervios. Para cuando cojo el abrigo y el bolso, la tensión se ha atenuado al nivel de un murmullo aceptable.
De camino al edificio de River, mis pensamientos vuelven de nuevo a Zane. Me enorgullece no haberme achantado frente a su ira ni haber intentado suavizar las cosas. Me he mantenido firme. Y estoy orgullosa de mí misma por eso.
Después de aparcar en el garaje, cojo el ascensor privado hasta el piso de River.
El suave zumbido me parece algo surrealista, como si me hubiese colado en la vida de otra persona.
El lujo de este sitio sigue descolocándome.
Todos estos elegantes acabados, el arte bien elegido, la forma en que todo huele débilmente a sábanas limpias y colonia cara…
Cada vez que entro en el ascensor o en el vestíbulo, una parte de mí se prepara para que el personal me pregunte qué estoy haciendo ahí antes de recordarme que ese no es mi sitio.
Pero lo es.
Al menos por el momento.
Aparto esas ideas de mi mente antes de entrar en el recibidor y dirigirme hacia la cocina, preparándome para el caos que me voy a encontrar.
Nora ha estado bajo la responsabilidad de River todo el día.
A estas horas de la tarde, normalmente mis padres ya están agotados, y preparados para entregarme a su nieta como si fuese una bomba de relojería.
Espero encontrarme con muchos juguetes esparcidos por todas partes, el volumen de la tele a tope, y tal vez hasta con River a punto de tener un ataque de pánico y cuestionándose cada una de las decisiones que le han traído hasta este punto de su vida.
Pero en vez de eso, me encuentro con calma.
Silencio.
Es casi inquietante.
Miro hacia el salón. Hay unos cuantos juguetes tirados en la zona de la mullida alfombra. Algunos me resultan conocidos y otros me parece que son nuevos. Lo que significa que River ha salido a comprarle más cosas con las que jugar.
Por supuesto que lo ha hecho.
Meneo la cabeza y una sonrisa involuntaria juega con las comisuras de mis labios.
Estoy a punto de llamarle en voz alta cuando lo oigo.
Risas.
Y no es la risa de Nora.
Ni la de River.
Unas risas de mujer resuenan por el pasillo.
Son tan cálidas como contagiosas.
Con eso, algo afilado se retuerce en mi vientre y yo me acerco lentamente hacia la dirección de donde viene el sonido, con pasos que resultan cada vez más y más pesados.
Tal vez la intimidad que hemos compartido no haya significado nada para él. Tal vez todo lo que ha dicho sobre desearme todos estos años era mentira.
Solo una frase para conseguir llevarme a la cama.
No sería la primera vez que me engañan unas palabras bonitas.
Lo que más me duele es que después de todo lo que he pasado, le había creído.
¡Soy una pedazo de idiota!
La voz profunda de River flota por el pasillo, mezclándose con la de la mujer. Es grave, cálida y familiar, y me atraviesa en tirabuzones con esa clase de dolor del que es imposible librarse.
El temor me golpea cuando me doy cuenta de que sale del cuarto de Nora.
No, no es su cuarto.
Es solo el espacio en el que ha estado durmiendo.
Me detengo a unos metros del umbral, y cada parte de mí está tensa, como si estuviese preparándome para un golpe.
Lo primero que haré después de enfrentarme a River es llamar a mis padres y preguntarles si me puedo quedar en su casa hasta que encuentre algún otro sitio donde vivir. No será fácil, pero no me quedan muchas opciones.
En vez de merodear por el pasillo, me obligo a entrar en el cuarto.
River está de pie al lado de las ventanas, hablando con una mujer a la que no reconozco.
Ella es alta y elegante, con un estilo que yo jamás podría tener.
Tiene el pelo oscuro metido por detrás de una oreja y se inclina para enseñarle algo a él en el móvil.
La sonrisa que decora sus labios no es nada forzada y su lenguaje corporal es un poco demasiado familiar. Como si se conocieran bien.
Nora está sentada a los pies de River, pasando las hojas de un libro ilustrado de cartoné, con Gaffy en su regazo.
La escena me golpea en pleno pecho. Es hogareña y despreocupada. Como si ellos ya fuesen una pequeña familia y yo fuese la intrusa.
Antes de poder contenerme, carraspeo.
River levanta la cabeza de golpe y una sonrisa se dibuja veloz en su cara.
—¿Ya estás en casa?
Ehhh, ¿perdona?
Se pasa las manos por los vaqueros y se acerca a mí.
—Quería que lo de la habitación fuese una sorpresa.
¿La habitación?
La mujer me muestra una sonrisa brillante y ligera.
—Tu marido es un amor total. Te lo prometo, te va a encantar todo lo que hemos estado hablando hoy. ¡Oh! —Soy Anna, por cierto. —Atraviesa la estancia y me ofrece una mano con manicura perfecta—. Me alegro muchísimo de conocerte.
Mi cerebro se atasca con una palabra.
Marido.
Cuando abro la boca para corregirla, River se me adelanta, con un guiño.
—Eso es lo que no dejo de decirle: que es mi mujer.
Anna recoge sus muestras y nos dice adiós con la mano al salir.
—Volveré en unos días para empezar a trabajar en el espacio. Estoy impaciente por que veáis el resultado final.
Miro a River fijamente mientras los tacones de Anna se alejan resonando por el pasillo.
—¿Has contratado a alguien para decorar tu cuarto de invitados?
—No. He contratado a alguien para que decore el cuarto de Nora —me corrige—. He pensado que ella se merecía un espacio que pudiera sentir como suyo. Algo divertido y bonito.
Mi mirada se dirige rápidamente hacia el umbral vacío.
—Sí, bueno, en realidad ella era guapa.
En el preciso instante en que esas palabras escapan por mi boca, deseo volver a meterlas dentro, en su sitio. Miro a River con los ojos muy abiertos.
—Te has puesto celosa. —La lenta sonrisa que se extiende por su cara se transforma en una expresión de puro disfrute.
—No, eso no es verdad. —Siento que se me han incendiado las mejillas—. Ha sido más bien una observación.
—Oh, seguro que te has puesto celosilla —murmura él, con una chispa maléfica prendiéndose en sus ojos al acercarse más—. Por suerte para ti, lo encuentro sexi de la leche.
Abro la boca para negarlo antes de volver a cerrarla de golpe.
El hombre tiene razón.
Me he puesto celosa.
River atraviesa veloz el espacio entre nosotros con unas zancadas cargadas de seguridad en sí mismo antes de ponerme un dedo por debajo de la barbilla y guiar mi cara para que nuestros ojos puedan encontrarse.
—En este punto, deberías saber que no hay nada de lo que debas preocuparte. Solo hay una mujer a la que yo deseo… Y ella resulta que está aquí, de pie delante de mí.
Mi corazón resuena como unas castañuelas.
Él deja caer la mano. Entonces, como si fuese lo más natural del mundo, vuelve sobre sus pasos y se agacha para coger a Nora en brazos antes de salir por la puerta.
—¡Oye! —le grito una vez soy capaz de hacer que mis labios formen las palabras—. ¡Tienes que dejar de comprarle tantos juguetes!
Él vuelve la cabeza con una sonrisa traviesa tirando de las comisuras de sus labios y una expresión divertida chispeando en sus ojos.
—Oh, ella no es la única a la que le he comprado juguetes.
Yo pestañeo.
—¿Disculpa?
En vez de contestar, desaparece por la esquina con Nora riendo en sus brazos, dejándome clavada en el sitio, con el pulso desbocado.
—¿Qué significa eso? —grito.
Pero no recibo respuesta.
Solo el sonido de su risa profunda mezclándose con los chillidos de deleite de Nora. Y por alguna razón, eso se me clava en lo más hondo, encaja ndo en su sitio como si siempre hubiera tenido que estar ahí.