26 Capítulo veintiséis
CAPÍTULO VEINTISÉIS
RIVER
Los deditos pegajosos de Nora golpean la vitrina de cristal y dejan unos leves rastros de la galleta a medio comer que le di hace diez minutos.
Estamos en una tienda de artículos deportivos del centro comercial, y el jersey que llevo en la mano ya está arrugado gracias a sus entusiastas esfuerzos al ayudarme a elegirlo.
Ella lleva un gorrito con brillos y pompones que le tapa las orejas y le hace parecerse a una bola de nieve andante.
La adolescente que trabaja en la caja se inclina sobre el mostrador, casi embobada .
—Su hija es una monada, tanto que casi me hace desear tener una yo.
—Es decididamente adorable —digo con una sonrisa, mientras saco la cartera.
La niña se ha hecho hueco de alguna manera en cada rincón de mi corazón en tiempo récord, y no hay nada que no haría por protegerla.
Paso la tarjeta y miro el montón de jerséis que llevo en la mano.
—Uno para mi chica —digo, señalando con la cabeza hacia Nora—, y otro para su mamá.
La sonrisa de la cajera se hace más amplia.
—Apuesto a que le va a encantar.
—Eso espero. —No tengo ni idea de lo que dirá Callie cuando le pida que venga al próximo partido en casa, pero sí sé cómo voy a sentirme yo si ella no está ahí.
Vacío.
Extraño.
La quiero en las gradas y llevando mi número. Y quiero a Nora sentada en su regazo con esa enorme sonrisa en la cara, saludando emocionada.
Después de que la dependienta meta los jerséis en una bolsa, cojo a Nora en brazos y nos dirigimos hacia la salida del centro comercial. Cuando estamos a medio camino, una potente voz atraviesa el ruido de la multitud.
—Oh, vaya, mierda.
La reconozco de golpe, y todo mi cuerpo se queda inmóvil. Sin volverme, ya sé a quién me voy a encontrar.
Zane.
Por desgracia, no me equivoco.
Está a unos metros de mí, con el aspecto de haber salido directamente de la portada de la revista GQ.
Esa chaqueta de diseño le queda como si se la hubiesen hecho a medida, y sus gafas de sol están subidas sobre su cabeza, como se hubiese olvidado de que estamos dentro y no en la calle.
¿Y son esos unos vaqueros pitillo? Es totalmente posible que se los hayan pintado encima.
El tío no tiene ni idea de lo que importa en la vida y está demasiado ocupado persiguiendo todas las cosas equivocadas. Su expresión de suficiencia se borra en el momento en que su mirada se posa en Nora.
Sus ojos se mueven de la niña que tengo en brazos hacia mí.
—¿Es esa mi hija?
Mi mandíbula se tensa.
—Sí, lo es.
Él nos mira fijamente, como luchando por procesar lo que acabo de decirle.
—¿Por qué diablos la tienes tú?
Me recoloco a Nora contra el cuerpo mientras ella apoya la cabeza contra mi hombro.
—Los padres de Callie no se encontraban bien esta mañana —digo, manteniendo un tono neutro—. Yo tenía que trabajar, así que me he ofrecido a cuidarla.
La frente de Zane se frunce.
—¿Por qué demonios sois tan amiguitos vosotros dos? ¿No tendría que haber sido yo el primero a quien avisara si necesitaba algo?
Me salto la primera pregunta y voy directamente a la segunda.
—¿Te habrías quedado tú con Nora todo el día?
Ambos conocemos la respuesta.
Cambia el peso de un pie al otro antes de apartar la vista.
—Eso da igual. Tendría que haber recurrido a mí primero. No había ninguna necesidad de involucrarte a ti.
Su mirada vuelve a dirigirse hacia Nora, estudiándola durante un momento demasiado largo antes de posarse de nuevo en mí. Prácticamente puedo ver los engranajes moviéndose en su cabeza mientras su cara se agría.
—¿No hay nada entre vosotros dos, verdad? —Deja escapar una aguda risita, que no afecta a la expresión de sus ojos—. Tú no me harías eso, bro. ¿Verdad?
La emoción se tensa en mi pecho. Sabía que esta conversación iba a llegar en algún momento. Tal vez sea mejor arrancar la tirita de golpe y acabar con ello de una vez por todas. Mis sentimientos por Callie no van a cambiar. En todo caso, solo se han hecho más fuertes.
¿Y ahora que está viviendo conmigo?
No quiero que se vaya jamás.
—Yo no te he hecho nada —digo.
La expresión de Zane cambia y sus ojos se agrandan. No necesita ayuda para leer entre líneas.
—¿Qué cojones significa eso?
—Vigila tu lenguaje —le advierto, cogiendo de otra forma a Nora cuando se remueve al oír su tono brusco.
Su mandíbula se tensa.
—No me digas cómo tengo que hablar delante de mi hija.
—Callie está viviendo en mi casa con Nora.
Él retrocede de golpe.
—¿Por qué diablos iban a hacer eso?
—Le han subido el alquiler quinientos dólares al mes, y no podía pagarlo.
—Mantengo el tono neutro, sin querer que la situación escale.
La gente que nos rodea ya empieza a lanzarnos miradas de curiosidad.
Lo último que necesito es que alguien nos reconozca y decida grabar nuestra conversación.
Acabaría en la web de Railers Rumors antes de que yo fuese capaz de pestañear.
Y a diferencia de Zane, no necesito ni deseo la atención externa.
—Tal vez no lo hayas notado, pero ella ha estado partiéndose el culo trabajando y apenas consigue pagar las facturas. Yo tengo espacio más que suficiente. Así que la estoy ayudando.
La mandíbula de Zane se mueve arriba y abajo mientras él procesa el comentario en silencio.
—Eso suena como si estuvieses haciendo algo más que solo ofrecerle un sitio donde quedarse.
Sería imposible no captar el matiz mordaz de su voz.
Antes de que pueda responderle, Nora cambia de postura en mis brazos y su pulgar se desliza en su boca mientras sus ojos se cierran y abren de sueño.
—Rivvy —murmura, enroscando la mano en el cuello de mi jersey con capucha—. Casa.
Se me atenaza el pecho. No hay ni una sola cosa que yo no haría para proteger a esta niñita. Aunque eso signifique que la persona de la que tengo que protegerla es de su propio padre.
Zane nos observa y veo el momento en que se da cuenta de que esta no es ninguna situación temporal. No soy solo un tío cualquiera echándole una mano a Callie. Ahora formo parte de sus vidas.
—Parece que mi ex se ha acomodado bastante contigo, ¿no? —dice él.
—Sí, así es —le sostengo la mirada con firmeza. De ninguna puta manera pienso retroceder. Hay demasiadas cosas en juego—. Y tú no tienes nada que decir al respecto.
Él abre la boca como si quisiera ponerse a discutir antes de cerrarla otra vez de golpe. Piense en lo que piense, se lo guarda para sí.
Sin pronunciar otra palabra, gira sobre sus talones y se marcha.
¿Pero la mirada que me echa volviendo la cabeza al marcharse?
Lo dice todo.
Me ajusto a Nora en los brazos y le doy un beso en la cabeza. Huele a fresas con nata.
Es la hostia de reconfortante.
Tal vez Zane se creyera que podía entrar y salir de sus vidas siempre que le plazca. Tal vez creía que Callie siempre iba a estar esperándole en la sombra.
Pero no puede ser padre solo cuando le convenga.
¿Y Callie?
Ella ya no es suya.
Y si yo tengo algo que decir al respecto, jamás lo volverá a ser.