Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 25 Capítulo veinticinco
49%

25 Capítulo veinticinco

CAPÍTULO VEINTICINCO

CALLIE

Cuando entro en Lakeshore Sweets, Sloane ya está detrás del mostrador, arremangada y con el pelo retorcido en un moño informal, rellenando la vitrina de bollería con la facilidad que proviene de la práctica. Cuando suena la campanilla de encima de la puerta, levanta la vista y me lanza una sonrisa.

Lo que hace que me detenga ahí mismo son las voces que salen de la parte trasera de la tienda.

Miro en esa dirección y veo a Lilah y a Rina sentadas en la mesa del rincón, con un rollo de canela a medio comer entre las dos. Rina se está riendo. Lilah gesticula animada con su taza de té, como si estuviese en medio de contar una historia.

Levanto la mano y las saludo.

—Oye, no sabía que vosotras dos ibais a pasaros por aquí hoy.

Rina no responde de inmediato. En cambio, me mira lentamente de arriba abajo, entornando los ojos de una manera que enseguida me hace sentirme algo cohibida.

—Mmm. Hay algo diferente en ti —dice, señalándome con el palito de remover el café.

—¿Ah, sí?

Sloane apoya el codo en el mostrador y arquea una ceja.

—En realidad, Rina tiene razón. Tienes esa mirada.

Yo pestañeo.

—¿Qué mirada?

—La de «acabo de echar un polvo y aún tengo ese brillo» —dice Sloane.

Lilah se atraganta con el té y se pone a toser contra su manga, mientras Rina exhibe una sonrisita traviesa.

—Eso era exactamente lo que yo estaba pensando.

La risa que se me escapa es un poco demasiado rápida y un poco demasiado estridente.

—Oh, vamos. No fastidies.

—Un momento. —Rina se levanta—. Eso no es negarlo, de ningún modo. Ha sido más bien una maniobra de evasión. Estás en ello, chica.

—Das un poquito de miedo, ¿sabes? —gruño mientras ella se acerca más.

Una sonrisa de oreja a oreja se le extiende por la cara.

—Gracias. Siempre intento servir mi intimidación con solo una pizca de amenaza espolvoreada por encima.

—Algún día podría decidir usar sus poderes para el bien en vez de para el mal—dice Lilah.

—Yo no contaría con eso—replica Sloane, mientras prepara otr a cafetera. Coge un buñuelo de miel y lavanda de la vitrina y lo pone en un platito. Pero, mientras tanto, esto me parece decididamente una mañana de bollería e interrogatorios.

Unos minutos después, todas estamos sentadas en la mesa del fondo, con las tazas de café humeantes y un surtido de cosas dulces y ricas en el centro. A los rollitos de canela se les han unido un par de cruasanes, el buñuelo y algo que Sloane jura que es el mejor bollo de limón que haya hecho jamás.

Después de darle un mordisco, tengo que estar de acuerdo.

Delicioso.

Hay un cálido runrún en mi pecho que no me esperaba. Una sensación de comodidad. De ser vista y comprendida.

No he tenido demasiadas amigas en el pasado.

No de esas que están ahí para ti sin que se lo pidas o que se meten contigo en broma, pero que también irían a la guerra por ti si hiciera falta.

De alguna manera, sin que yo me haya dado cuenta siquiera, estas tres se han convertido para mí exactamente en eso.

Son mi gente.

Mientras estoy ahí sentada, riendo con ellas, un poco avergonzada pero muy agradecida, sé que no cambiaría esto por nada.

Rodeo la taza con las manos y la sensación de calidez me centra.

—Bueno, vale.—Las miro a los ojos, una tras otra—. Estoy viviendo en casa de River.

Tres bocas se abren asombradas en perfecta sincronía. El buñuelo de Sloane vuelve a caer en su plato. Lilah se mueve hacia adelante tan rápido que casi tira su taza con el codo. Y Rina solo me mira y parpadea, anonadada, como si su cerebro estuviese procesándolo.

Sloane es la primera en recuperarse.

—Viviendo en su casa, ¿cómo, de visita o viviendo con él?

Arqueo una ceja.

—¿Hay alguna diferencia?

—Ejem, sí—dice Lilah—. Lo primero significa que ambos dormís bajo el mismo techo. Y lo segundo es que tú te lo estás tirando.

Rina deja escapar una breve carcajada.

—Dime que no acabas de decir eso.

Sloane se inclina hacia mí.

—Vamos a necesitar que empieces por el principio, y ni se te ocurra dejarte nada. Y si te saltas las partes jugosas, me despido del trabajo aquí mismo.

Suelto una risa burbujeante antes de poder evitarlo. Cuando el pequeño terremoto pasa, lo que deja detrás es una sensación bastante más ligera.

Más libre.

Como si el peso que he estado cargando no fuese tan aplastante con estas tres sentadas a mi lado.

Y sí, tal vez nada sobre mí y River sea sencillo. Tal vez sea confuso y complicado y lleno de cosas que no sé cómo decir en voz alta. Pero ahora mismo, con sus rostros expectantes y las cálidas bebidas y la simple camaradería, me doy cuenta de que no tengo que intentar entenderlo yo sola.

Rina vuelve a pestañear. Y luego otra vez. No estoy segura de si la había visto nunca quedarse sin palabras.

—Lo siento, ¿me he desmayado un instante? Estoy casi convencida del todo de que acabas de decir que estás viviendo con River Thompson. O sea, con el mejor amigo de tu ex. El mismo tío con el que te negabas a mantener contacto visual hace solo unas semanas.

—Aunque…—Lilah levanta su taza de té con una sonrisa cómplice—. Él estuvo cuidando de Nora el fin de semana pasado.

—Sigue siendo un salto enorme—dice Sloane, arqueando una ceja—. De hacer de niñero a vivir bajo el mismo techo.

Me encojo de hombros e intento fingir que no tiene importancia mientras las comisuras de mis labios se retuercen.

—No te has desmayado. Y si lo has hecho, culpa a Oliver. No a mí.

Rina gruñe y echa la cabeza hacia atrás.

—La única palabra que empieza por O de la que quiero hablar es orgasmo. No Oliver.

Sloane se anima como si hubiese estado esperando a este preciso momento.

—¿Alguna posibilidad de oír esas dos palabras en una misma frase?

Rina le tira una servilleta, pero el rubor que le sube por las mejillas la delata.

Lilah sonríe y se remueve en su asiento, con una mano apoyada ligeramente sobre su creciente vientre de embarazada.

—Esa sí que es una situación a la que, decididamente, tenemos que volver para examinarla a fondo. Pero ahora mismo, quiero oírlo todo sobre cómo ha surgido esta convivencia sorpresa con River.

Dejo escapar un suspiro mientras mi cerebro regresa al fin de semana.

—Mi casero me pegó una nota a la puerta diciendo que iba a subirme quinientos dólares el alquiler.

Los ojos de Lilah se agrandan.

—¿Quinientos? Eso es…

—Una locura —acabo la frase por ella—. Con todo lo demás que está pasando ahora mismo, no había forma de poder pagar eso.

—¿Y River te ofreció su casa sin más? —La sorpresa atraviesa rápidamente el rostro de Sloane—. O sea, «¿aquí tienes un dormitorio de invitados y un sistema de apoyo incluido, sin pedir nada a cambio?»

Asiento lentamente, omitiendo la parte sobre compartir su cama.

—Sí. Dijo que tenía sitio. Que no era ningún problema que Nora y yo nos quedásemos con él hasta que pensase en qué iba a hacer después.

Hay una pausa, y Lilah deja escapar una suave risa.

—Sí, si lo recuerdas bien, a mí me soltaron el mismo discurso. —Se frota el vientre con una sonrisa tan tierna que noto como algo se me retuerce en lo profundo del pecho—. Y mírame ahora.

Rina le da un codazo, sonriente.

—Nunca te había visto más feliz ni satisfecha. Así que todas sabemos que ese hombre está haciendo algo bien.

—Soy feliz —dice Lila, con aire soñador—. Estoy asentada, de una forma que no creía que fuese posible. No ocurrió de la noche a la mañana, pero mudarme con Steele fue el principio. Entonces fue cuando todo empezó a cambiar entre nosotros.

—Te lo mereces, cielo—dice Rina, dándole un apretón en la mano—. Steele te adora. Eso sí que es una relación ideal.

Me tomo un largo sorbo de café, esperando que se queden centradas en el romántico cuento de hadas de Lilah solo un ratito más.

Pero no tengo tanta suerte.

Siento el momento en que la atención vuelve hacia mí con la determinación de un boomerang.

Tres pares de ojos. Ninguna ruta de escape. Cada una de ellas me está mirando como si tuviesen más preguntas cargadas y apuntándome a la cabeza.

Sloane me señala con el buñuelo que lleva en la mano.

—Vale, explícame por qué has entrado aquí tan radiante.

No radiante porque estés embarazada ni nada—añade—.

Pero algo ha ocurrido, seguro. Y yo al menos necesito los detalles.

Creo que todas sabemos que mi vida amorosa ha estado desaparecida sin rastro desde…

Para ser honesta, ni siquiera quiero ponerle una fecha al tuntún. Así que, hazme feliz y escúpelo todo.

Aunque seamos las únicas en el local, miro a mi alrededor, recorriendo la pastelería con la vista antes de inclinarme hacia ellas y decir:

—Anoche me hizo tener un orgasmo.

Por segunda vez esta mañana, tres mandíbulas se abren de par en par al unísono.

Sloane casi deja caer su buñuelo.

Otra vez.

—Espera, ¿qué? ¿Te has acostado con él? —casi grita Sloane.

—¡No! —replico rápidamente, levantando las manos en el aire—. Pero él… —Mis ojos se abren más y agacho la cabeza—, ya sabéis.

Lilah me mira con los ojos como platos.

—No me esperaba eso. Pero solo para que quede claro, me encanta que te haya pasado.

Con una sonrisa, Rina se inclina hacia delante.

—Ya era hora de que alguien digno de ti apareciese en el menú.

Sloane suelta aire con gesto dramático.

—Dios, estoy tan celosa… Es decir, lo único que he estado haciendo yo en la cama últimamente es acurrucarme con mi manta eléctrica y ver maratones de podcasts de asesinatos. Si a alguna le hace falta librarse de algún cuerpo, soy vuestra chica.

Eso consigue arrancar una ronda de risitas, pero entonces, la expresión de Lilah se vuelve más seria, y yo sé que es lo que viene ahora.

—Entonces, ¿cómo te sientes tú con todo eso?

Las risas se apagan y la verdad se me escapa por sí sola.

—No estoy segura.

Jugueteo con el borde de mi servilleta, intentando encontrar las palabras adecuadas.

—River está resultando ser distinto de lo que yo me esperaba. Y es asombroso con Nora. —El temor que ha estado gestándose por debajo de la superficie bulle y antes de poder detenerme, suelto—: No puedo permitirme que vuelvan a hacerme daño.