24 Capítulo veinticuatro
CAPÍTULO VEINTICUATRO
RIVER
Una hora más tarde, Callie está a mitad de subirle la cremallera de la chaqueta a Nora cuando le suena el móvil.
Su expresión cambia al contestar. Neutral al principio, antes de tensarse de preocupación.
Sea lo que sea lo que le estén diciendo al otro lado, no es lo que ella quiere escuchar, y se le tensa la postura.
Levanta la otra mano hacia su frente y se presiona las sienes ligeramente, como si eso fuese suficiente para contener el estrés.
—No, no pasa nada —murmura—. Descansa, ¿vale? Espero que te mejores.
Suspira y cuelga. Es la clase de suspiro que suena como si el peso del mundo entero acabase de aterrizar sobre sus hombros.
—¿Qué pasa? —pregunto, preparándome ya para lo que va a decir.
Me mira a los ojos, arrugando el entrecejo.
—Mi madre está enferma. Gripe, al parecer. Y mi padre tampoco se está encontrando muy bien. Así que, hoy, nada de hacer de niñeros.
Asiento lentamente, pensando ya en qué opciones tenemos.
—Suena como si fuésemos a necesitar un plan B.
—Sí. —Su mano acaricia el brazo de Nora antes de apretarle los deditos—. Tengo una vecina que se la ha quedado alguna vez, pero también cuida de un par de niños más. Nora siempre acaba enferma después de estar en ese sitio.
La forma en que su voz se apaga al final me dice todo lo que necesito saber sobre la situación. Le da pavor la idea y ya está intentando convencerse de lo contrario.
—¿Qué tal si la cuido yo? —le ofrezco.
Callie pestañea antes de volver a centrar su atención en mí.
—¿Qué?
—Puede quedarse conmigo —repito—. El equipo tiene el día libre. Los dos podemos quedarnos y pasar el rato aquí mientras tú estés en la pastelería.
Ella me mira fijamente como si yo hubiese perdido la cabeza.
—¿El día entero? Eso son como ocho horas.
Me encojo de hombros.
—Claro. Haremos un fuerte con cojines, veremos algunos programas en la tele, y tal vez lo desordenemos todo un poco. ¿A que sí, bichito?
Nora levanta la barbilla, animada, como si hubiese entendido cada palabra.
—¡Rivvy!
Sonrío y la cojo en brazos.
—¿Lo ves? Ella se apunta. Problema resuelto.
Callie titubea mientras un debate interno se desarrolla en tiempo real en su cara.
—¿Estás seguro?
—Del todo.
—Si surge algo, o si ella se pone quisquillosa, o si es más de lo que puedes manejar…
—Eso no va a pasar.
Me lanza una mirada suplicante.
—Solo promete que me llamarás. ¿Por favor?
Me acerco más, recolocándome a Nora en los brazos, hasta que puedo mirar a Callie a los ojos.
—Te lo prometo. Si sucede alguna cosa, serás la primera a quien llame.
Ella titubea un instante más y luego le da un beso rápido a Nora en la cabeza.
—Probablemente no seas consciente, pero ella puede ser muy revoltosa.
Le cojo los dedos antes de que pueda apartarse y les doy un rápido apretón.
—Nora estará bien. Lo mismo que tú. Vete a trabajar. Yo me encargo de esto.
Callie me examina como si estuviese intentando decidir si puede confiar en mí. Y justo cuando creo que va a decir que no, asiente brevemente antes de volverse para ir al ascensor.
En cuanto desaparece por la esquina, me vuelvo hacia Nora, que sigue acurrucada contra mi pecho.
—Bueno, bichito. ¿Qué deberíamos hacer primero?
Diez minutos después, la tengo sentada en su trona, y todo está hecho un desastre.
Está comiendo yogur de fresa como si fuera un deporte de competición.
Hay más yogur en su cara, en sus manos, y en la bandeja que dentro de su boca.
Estoy bastante seguro de que hasta le ha caído un poco en el pelo, y estoy empezando a cuestionar mi elección de desayuno.
A menos que planee darle un baño completo, no estoy seguro de cómo la voy a poder limpiar.
El teléfono me vibra mientras quito un goterón de yogur de la frente de Nora. Antes de contestar miro la pantalla y veo que es mi hermana.
—Oye, ¿qué pasa?
—Nada —dice con tono despreocupado—. Solo comprobando cómo anda la situación.
Frunzo el ceño, y me estrujo el cerebro.
—¿De qué situación estás hablando?
—Vamos, River. Espabila. De la madre soltera a la que le habías echado el ojo.
—Ah. Esa situación. —Le echo una mirada rápida a Nora, que está intentando darme de comer una cucharada de yogur con una mano vacilante—.
Ojalá me hubieses llamado quince minutos antes.
Probablemente me habrías dicho que dejar que una niña de dos años se coma sola un yogur no iba a resultar en nada bueno para mí.
—Error de principiante —dice Willow con una carcajada—. Aunque, si no te importa, me encantaría disponer de alguna evidencia fotográfica del delito.
—¿Para que Mav y tú os podáis partir el culo mientras os reís a mi costa? Ni de coña.
—Aaay, venga. Somos una pareja casada y aburrida. No nos prives de toda esa diversión.
Hago un rápido selfi de Nora y de mí. El yogur decididamente ha alcanzado su pelo, y creo que se le ha metido hasta en la nariz.
Willow suspira:
—¡Oh, Dios mío! Es adorable.
—Pues sí, lo es.
—Hablando de lo cual… —Willow cambia d e tema de una forma bien poco sutil—. ¿Ya le has pedido a Callie una cita? ¿Con vino y una cena y esas cosas? ¿Mostrándole todo ese encanto de los Thompson? ¿Qué jugada tienes en mente? Quiero todos los detalles.
Yo me reclino en la silla, todavía sujetando la cuchara que me ha dado Nora.
—¿No te he mencionado que está viviendo aquí?
Hay un momento de silencio anonadado antes de que Willow prácticamente chille:
—Perdona, ¿qué?
Hago una mueca.
—Sí. Es una situación temporal. Ocurrió sin más.
—¿Cómo es que esa no ha sido la primera frase de tus últimos diez mensajes?
Me paso una mano por la cara.
—Ella y Nora pasaban por un momento complicado, y me ofrecí a dejarlas quedarse aquí hasta que ella decida qué hacer.
—¿Y cómo va la cosa?
Miro a la niña, que está esparciendo el producto rosado por toda la bandeja con las dos manos, como si estuviese haciendo pintura de dedos.
—¿Sinceramente? Mejor de lo que esperaba.
—Suenas diferente, Riv. Como si esta mujer te gustase de veras.
—Así es —admito—. Me gusta un montón. —Hasta decir esto me parece poca cosa. Y aun así, no es suficiente, ni de lejos.
—Me encanta que te haya pasado eso. De verdad. Quiero que seas feliz.
—Lo sé —hago una pausa y trago saliva—. Ella todavía no lo sabe, pero no quiero que se marche. Quiero que esto se convierta en algo real.
—Entonces… ¿Ella no tiene ni idea de que esto es más bien algo permanente?
Una media sonrisa me curva los labios.
—Todavía no.
Willow se echa a reír.
—No puedo esperar a ver cómo se desarrolla todo esto.
—Sí, bueno, estoy aterrorizado por si la lío o la asusto y la hago marcharse.
—No lo harás —dice con tono convencido—. Solo sigue estando ahí para ella. Cada día. Eso es lo que importa.
Se me hace un nudo en la garganta. Uno que tengo que deshacer antes de poder volver a hablar.
—Le han hecho daño. Y puedo ver lo asustada que está. Cada vez que me acerco, ella se aparta, como si esperase que todo fuese a desmoronarse.
Willow murmura algo.
—Entonces sé el que no se va.
Asiento, aunque ella no pueda verlo.
—Ese es el plan.
—Oh, por cierto, Autumn y Haven te mandan un hola. Echan de menos a su tío, como locos.
—Yo también les echo de menos a ellos. Apuesto a que han crecido un par de centímetros desde la última vez que los vi.
—Siento como si estuviese comprando ropa nueva cada mes. Es ridículo.
—Tal vez cuando estéis por aquí para el partido, podáis pasaros y conocer a Callie y a Nora —digo, antes de poder vacilar—. Os caerán bien.
Hay una pausa al otro lado, como si ella entendiese todo lo que no estoy diciendo.
—Ese sí que es un gran paso.
—Lo es. Uno que estoy preparado para dar.
—Su comprensión hace que un fuerte tamborileo se esparza por mis venas—.
Pero, mantengamos esto entre nosotros por ahora.
Hazme un favor y no le comentes una palabra a mamá.
Ya sabes cómo se pone. Elegiría el local para la ceremonia y los arreglos florales antes incluso de que Callie la conociera.
Hay una pausa silenciosa.
—Bueno, sobre eso…
—Willow —digo, gruñendo.
—¡Oye! Que me estaba dando la lata con que cuándo pensábamos tener un tercer hijo. Me entró el pánico.
—Bueno, eso explica los cinco mensajes de voz que me ha dejado antes de las siete de la mañana.
—Lo siento. —No suena arrepentida ni en lo más mínimo de haberme lanzado a las fauces de los leones—. Tú diviértete con eso, ¿vale?
Antes de que ni mi hermana ni yo podamos despedirnos, oigo la campana del ascensor cortando el aire. Yo miro hacia la entrada, esperándome a medias que sea Callie. Por mucho que me encantase verla, lo último que querría es que volviese porque no se fiase de dejarme con Nora.
Pero con quien me encuentro es con Knox, Laiken, Steele, Oliver y Jax.
Laiken lleva a su hija de la mano. Sus deditos han desaparecido dentro de los más grandes de su padre, y lleva puesto un tutú rosa y unas mallas.
En cuanto los chicos entran en la cocina y ven a Nora, que actualmente está empleando a fondo sus dotes de Picasso, esparciendo alegremente el yogur por toda la bandeja de su trona, se quedan todos paralizados.
Un instante de asombrado silencio flota en el aire mientras todos captan la imagen al mismo tiempo.
—Ejem, no es que yo sea ningún experto en niños —dice Knox, arqueando una ceja mientras observa el desastre—, pero estoy bastante seguro de que se supone que ella debería comerse eso, no llevarlo puesto.
Steele suelta una risita y me da una palmada en el hombro.
—De cabeza a la parte profunda de la piscina, ¿no? Me gusta. Demuestra iniciativa.
Jax baja la voz, como si estuviese narrando un documental sobre naturaleza.
—Pueden ver aquí al macho domesticado en su hábitat natural. Observen la barba sin afeitar, los ojos cansados y la ropa salpicada de yogur. Lo que está claro es que ha aceptado su destino.
Laiken no pierde el ritmo. Se acerca con grandes zancadas, arranca unos cuantos trozos de papel de cocina, y se agacha delante de Nora como si hubiese estado en este mismo escenario una docena de veces antes.