23 Capítulo veintitrés
CAPÍTULO VEINTITRÉS
CALLIE
Me despierto gradualmente de esa clase de sueño profundo y devorador que se te mete en los huesos y permanece atrapado en tus músculos mucho después de que hayas abierto los ojos.
La habitación está en silencio y la luz es tenue.
Siento como si mi cuerpo no tuviera huesos y estuviera envuelto en calidez y en algo todavía más inusual.
Seguridad.
Me cuesta un instante entender de qué se trata.
Tardo algo más de la cuenta en ver lo extraña que es esta sensación de estar totalmente a salvo.
Como si por fin hubiera dejado de prepararme para el siguiente golpe.
Hacía tanto tiempo que no me permitía relajarme…
tanto tiempo que no me dejaba llevar por esta comodidad.
Entonces comprendo la razón súbitamente.
River.
La idea se propaga en mi mente como una onda en el agua tranquila. Suave, pero imposible de ignorar.
Estoy acurrucada contra él, con la mejilla apretada contra su duro pecho, en el que el rítmico latido de su corazón tamborilea contra mi oído.
Tengo una pierna enroscada en la suya y la rodilla colocada sobre su muslo.
Siento su piel cálida y firme debajo de la mía.
Su cuerpo es pura fuerza y seguridad en calma.
¿Cómo no me he dado cuenta de la forma en que, sin esfuerzo, me hace sentirme pequeña y protegida al mismo tiempo?
Como si nada de lo que hay fuera de esta cama pudiese hacerme daño.
Y, Dios, este hombre tiene un olor delicioso. Como a jabón y a algo que no puedo nombrar pero que reconozco al instante como suyo. Debería moverme antes de que se despierte y se dé cuenta de que prácticamente me he arrastrado por encima de él.
Antes de que me olvide de que esto no es real.
Pero me quedo ahí, sin moverme. El calor que irradia de su cuerpo me parece demasiado bueno.
Él me parece demasiado bueno.
Y más aún, no quiero hacerlo.
Después de haberme pasado años con los escudos levantados, ahora mismo no estoy a escasos segundos de acabar destrozada. Me siento a salvo.
Con la clase de seguridad que ni siquiera sabía que estaba deseando. De esa clase que me duele por dentro porque había olvidado que fuese posible siquiera.
Zane nunca me hizo sentirme así.
Ni siquiera cuando las cosas iban bien.
O cuando yo intentaba convencerme de que él me quería.
Y ahora River lo está haciendo sin intentarlo. Calma la tormenta que ruge en mi interior solo siendo él mismo. No ha habido ningún gesto exagerado ni declaraciones de amor locas. Solo esta presencia tranquila e inquebrantable que hace que todo me afloje por dentro.
Cambio ligeramente de postura, intentando desenredar la maraña de ideas que se acumula en mi cabeza, mientras trato de convencerme de que todavía no estoy perdida del todo. Entonces es cuando noto su gruesa erección por debajo de las sábanas, presionando contra el fino algodón de sus bóxers.
Se me corta la respiración y los ojos se me abren de golpe.
Oh.
El calor fluye dentro de mí como lava líquida.
No me muevo.
Ni siquiera pienso demasiado.
Si lo hiciera, puede que no fuera capaz de dejar de pensar en cómo sería estirar la mano y tocarlo.
Eso es lo único que me hace falta para que la tentación eche raíces en la parte baja de mi vientre, hasta que me r esulta imposible ignorar cómo bulle justo por debajo de la superficie y cómo esparce su calor por cada centímetro de mi cuerpo.
Mis dedos se retuercen y la necesidad de tocarle palpita dentro de mí con una fuerza que resulta imposible contener.
Tengo que parar, en serio.
O girarme para el otro lado y conseguir el espacio que tanto necesito, mientras me recuerdo a mí misma por qué esto es tan mala idea.
Antes de poder enumerar todas las razones por las cuales no debería estar haciendo esto, mi mano se mueve lentamente.
Se me hace un nudo en la garganta, tan apretado que casi no puedo respirar .
Ni siquiera le he puesto la mano encima todavía y ya me siento como si estuviese a punto de estallar.
—Puedes tocarme, Callie. Te lo prometo, no me molestará en absoluto.
Su comentario corta el silencio bruscamente y yo levanto la cabeza tan deprisa que casi me causo un latigazo cervical.
Él tiene los ojos abiertos y no hay nada de despreocupado en la forma en que me mira. Ni pizca de incertidumbre o de duda. Solodeseo, constante e inquebrantable.
Debería detenerme antes de que la situación se salga de control.
Pero en cambio, echo las sábanas para atrás.
Me tiembla la mano cuando la estiro hacia él, pongo la palma contra la parte delantera de sus bóxers y le rodeo la dura verga con los dedos.
Sus caderas dan un saltito y una brusca inhalación atraviesa silbando sus labios.
Sus músculos se tensan bajo mi mano, como si su contención pendiese de un solo hilo.
El deseo se desprende de él en oleadas pesadas y sofocantes.
Casi resulta sorprendente cuánto quiero esto.
No solo la parte física, sino la forma en que él me mira, como si yo fuese algo que jamás creyó que podría tener.
Algo por lo que vale la pena esperar.
El algodón no tarda mucho en humedecerse debajo de mi mano.
Un ronco gruñido resuena en su garganta, y juro que es el sonido más sexi que yo haya escuchado jamás.
Su contención, la tensión en su mandíbula, la forma en que aprieta los puños a ambos lados del cuerpo…
Todo eso hace que mi pulso ande dando volteretas.
Él me está permitiendo elegir el ritmo y dándome el espacio para poder hacerlo.
Y esa elección tiene su propia clase de poder.
Las palabras se me escapan de la boca antes de que pueda frenarlas.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde tu última vez?
Casi de inmediato, me arrepiento de haber preguntado.
Si ahora me dice algo descuidado, algo que rompa la frágil conexión que se está formando entre nosotros, no sé si seré capaz de evitar retroceder y reconstruir cada una de las paredes que le he permitido derribar.
Me preparo para recibir su respuesta, como si fuese un golpe.
Él no aparta la mirada, ni siquiera pestañea.
—Tres años.
Mis cejas se juntan en el centro.
—¿En serio?
Él asiente.
Examino su rostro en busca de una señal, de un gesto que indique que miente.
—No te creo.
Una de las comisuras de sus labios se eleva formando algo que no es del todo una sonrisa.
—Es verdad. Me cansé de rollos pasajeros que no significaban nada. —Su voz desciende de tono, y se hace más profunda y algo entrecortada—. Aparte de que no ayudó precisament e que la mujer que yo deseaba estuviera con otro.
No pregunto a quién se refiere porque ya lo sé.
Solo me faltaba eso para que la tensión sexual entre nosotros aumente todavía más, y el silencio se vuelva tan pesado que me cubre hasta que el resto del mundo desaparece y se convierte en nada.
Solo existimos River y yo.
Y yo.
Junto con la atracción que nos obliga a acercarnos con una fuerza que no consigo entender del todo.
—Por más que intentara fingir con otras mujeres —dice, e n voz baja--, el problema es que ninguna era ella. Ni se le acercaba.
Mis dedos se detienen cuando siento esas palabras aterrizar, con fuerza.
Son demasiado.
Demasiado honestas.
Demasiado reales.
Y algún instinto testarudo me dice que me dé la vuelta y vuelva a ponerme la armadura antes de que esto me arrastre más hondo.
Da igual cuánto intente negarlo, una parte de mí todavía se muere por creerle. Por confiar en que esto sea distinto. En que lo que está pasando entre nosotros no es otro error que me lamentaré más adelante.
Lo más duro es lo real que me parece. Como una verdad que se cuela en lo profundo de mí y se me mete en los huesos.
Sin embargo, soy más lista que eso y no voy a caer por unas bonitas promesas que nunca llegan a cumplirse.
En vez de apartarme, me muevo despacio, observando como su cuerpo reacciona a mis caricias.
La tensión en su mandíbula. Cómo su pecho sube y baja más rápido, su respiración se acelera, sus caderas se retuercen por debajo de mi mano y él parece estar luchando contra todos sus instintos para no perder el control.
Su cabeza cae de nuevo sobre la almohada, y cierra los ojos con fuerza.
—Callie… —Mi nombre brota de sus labios con el tono de una áspera advertencia—. No voy a durar mucho si sigues haciendo eso.
De ninguna manera pienso parar.
No cuando soy yo la que tiene el control y estoy haciendo que él pierda el suyo.
El significado de lo que está a punto de ocurrir inunda mi vientre como un líquido.
No es solo devolverle el favor que él me hizo anoche.
Es también saber lo fácilmente que puedo afectarle.
Que puedo ser yo quien le desmonte, cuando siempre aparenta tenerlo todo bajo control.
Ser consciente de eso resulta embriagador.
Me hace sentirme poderosa, deseada y dolorosamente viva de una forma que jamás había experimentado.
Uno de sus puños se aferra con fuerza a las sábanas.
Se le ponen blancos los nudillos, como si estuviesen hechos solo de hueso, y con la otra mano, me agarra la muñeca.
Es una presión que no resulta dura ni intenta detenerme.
Es firme. Como si necesitase ese punto de contacto para seguir anclado a la tierra.
—Te lo digo en serio —farfulla entre dientes—. Voy a correrme. Y eso no era algo que entrase en mis planes.
La advertencia hace que se me dispare el pulso y que los muslos se me aprieten con intensa expectación. Le sujeto la polla con más fuerza.
—Estupendo. Quiero ver cómo te corres.
El sonido grave que hace es como un gruñido de rendición, y me atraviesa de parte a parte.
Sus caderas se menean una vez, dos, antes de empezar a moverse con un ritmo desesperado, balanceándose contra mi mano, como si no pudiera contenerse más.
Los músculos de su vientre se flexionan frente a mis ojos, y cada una de sus duras líneas cambia de lugar.
Ahora está totalmente a mi merced.
Cada movimiento brusco y errático de sus caderas hace que vaya más y más al límite.
La tensión se enrosca con fuerza en su cuerpo, hasta que por fin, la cuerda se rompe.
Echa la cabeza hacia atrás y una palabrota soez se le escapa de los labios mientras un calor espeso y líquido brota en la palma de mi mano y empapa la fina tela de algodón de sus calzoncillos.
Incluso cuando las oleadas de su orgasmo van desapareciendo, su pecho sigue subiendo y bajando con movimientos entrecortados y el sudor perlándole la frente.
Mis dedos siguen agarrándole, suavizando la presión y haciendo mis atenciones lentas y persuasivas.
Mi pulgar dibuja unas caricias lentas y ligeras como plumas sobre el húmedo tejido, notando cada estremecimiento y cada réplica.
Sus pestañas aletean rápidamente y su boca se relaja mientras sigo tocándole.
En el silencio subsiguiente, con su cuerpo relajado bajo mi mano y después de haberle arrebatado el control, me doy cuenta de que este momento no va solo sobre su rendición.
También va sobre la mía.
Cuando por fin abre los ojos, son más oscuros que antes y sin embargo, de alguna forma, más dulces.
—Hostia puta. Qué intenso ha sido eso.
Algo cambia en el aire entre nosotros. No solo por lo que hemos hecho, sino por cómo lo he sentido. Algo más profundo se instala en mí, algo para lo que no estoy segura de estar preparada.
Él me agarra por la muñeca antes de que yo pueda apartarme, y sus dedos me rodean suavemente. Entonces levanta mi mano y le da un beso en la palma, justo encima de donde palpita mi pulso en la muñeca. Es insoportablemente tierno. Y de alguna forma, me desmonta más que ninguna otra cosa.
—Espero que seas consciente de que esto no iba solo de correrme —dice, con su mirada clavada a la mía—. Ha significado algo.
Lo que es una locura es que yo también lo siento así.
Pero mis palabras se niegan a salir.
Se quedan atascadas en el fondo de mi garganta, demasiado confusas por el pánico para moverse hacia adelante. No sé cómo decirlas sin arriesgarlo todo.
En cambio, me obligo a sonreír. Es una sonrisa débil y no se refleja del todo en mis ojos.
—Probablemente deberías limpiarte un poco. —Ya estoy apartando las sábanas porque necesito poner algo de espacio entre nosotros. Mis pies tocan el suelo y yo cruzo el cuarto con las piernas temblorosas y el corazón golpeando tan fuerte que lo ahoga todo salvo el sonido de mi propio miedo.
Porque tiene razón.
Ha significado algo.