Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 22 Capítulo veintidós
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22 Capítulo veintidós

CAPÍTULO VEINTIDÓS

RIVER

Se suponía que masturbar a Callie en la bañera iba a aliviar un poco mis impulsos. Tendría que haber atemperado levemente el incendio forestal que me corre por las venas desde el mismo instante en que la he visto.

En todo caso, ha hecho que el deseo que me inunda se haga cien veces peor.

Ahora sé exactamente lo suave que es su piel por debajo de mis dedos, y la forma en que arquea la espalda y jadea cuando está al límite de correrse.

Cómo pronuncia mi nombre, no como una maldición o un reto, sino como una promesa.

Como si significase algo.

Esto es lo que sé: deseo muchísimo más que su cuerpo.

Deseo cada mirada cautelosa, cada respiración contenida, todas las partes que mantiene encerradas a cal y canto porque el mundo le ha enseñado a no confiar en nadie. Quiero su risa, esa risa fácil que ella ha olvidado cómo dejar escapar.

Quiero sus mañanas, sus noches, sus «para siempre».

Me detengo en el umbral del cuarto de Nora antes de abrir la puerta despacio, con cuidado, para no hacer ningún ruido.

La lamparita nocturna lanza un resplandor pálido por el espacio, decorando de sombras las paredes.

Descubro de inmediato su pequeña forma. Tiene las mejillas sonrosadas por el calor del sueño, y una de sus manitas se agarra con fuerza del borde de su manta mientras que con la otra aprieta a Gaffy contra ella.

Parece tranquila. Como si nada en el mundo pudiese tocarla. Esa visión hace que se me haga un nudo en la garganta.

Por el peso de lo que deseo darles a las dos.

Miro las paredes desnudas con sus colores neutros, y la alfombra que es más práctica que divertida. Todo es funcional y sirve a su propósito. Pero no es lo apropiado para una niña.

Nora se merece algo mejor.

Las dos se lo merecen.

Tomo nota mental, ya haciendo planes. Mañana llamaré a una decoradora.

Alguien que sepa cómo llenar de luz y color ese espacio.

Alguien que pueda hacer que este dormitorio cobre vida.

Paredes rosas, si quiere. Una cama con dosel y telas de gasa.

Tal vez algunas lucecitas parpadeantes como estrellas.

O un acogedor rincón de lectura lleno de cojines y animales de peluche.

Podríamos añadirle un mural. Con conejitos y estrellas, o hasta un arcoíris.

Cualquier cosa con la que Nora sueñe, encontraré la manera de hacerla realidad.

Tal vez sea demasiado, y demasiado rápido, pero me importa un comino.

Quiero construir algo para ellas.

No, quiero construir algo con ellas.

Un hogar.

Un futuro.

Una vida que me parezca algo más que limitarme a hacer lo que toca en cada momento.

Le echo una última mirada al cuerpo de Nora, profundamente dormido, y cierro la puerta. Averiguaré la manera de conservar tanto a Callie como a su hija, da igual lo que cueste.

Cuando vuelvo a entrar en el dormitorio, la lámpara de la mesilla está iluminándolo todo con el color dorado de la miel.

Callie ya está acurrucada bajo las sábanas, y puedo distinguir su silueta en la penumbra.

Su cabello rubio se extiende como la seda sobre la almohada, y verla así, en mi cama, entre mis sábanas, con pinta de estar donde debe estar, hace que todos mis instintos aúllen de deseo.

Ella levanta la vista cuando entro y sus ojos se encuentran con los míos en el amortiguado silencio de la habitación.

Durante un instante, todo se detiene. El enorme peso de lo que siento por ella cae sobre mí y me empuja hacia abajo, enroscándose en mis costillas con la fuerza de un tornillo de banco.

Sin decir palabra, me quito la camiseta. El algodón se me engancha ligeramente en el hombro. Su mirada no se separa de mí ni un segundo. Siento su calor como una marca sobre mi piel. El sonido de la tela vaquera resuena en el silencio cuando me desabrocho los pantalones y los dejo caer al suelo.

Pero aun así, ella no aparta la mirada. Su respiración cambia y se hace más superficial y lenta, mientras se agarra del borde de la manta como si tuviese el poder de hacer que ella mantuviese el control.

Lo más sorprendente es que no intenta ocultar su interés.

Quizás sea solo un pequeño detalle. Pero significa mucho. Es una diminuta grieta en los muros que ella ha levantado a su alrededor. Un breve atisbo de la mujer curiosa y valiente que se oculta tras esa fachada.

Dios, quiero que ella deje de resistirse a esto.

Quiero que ella se deje llevar por lo que sea que se esté gestando entre nosotros.

Quiero ser el lugar mullido en el que por fin se permita tumbarse a descansar.

Su comentario rompe el silencio:

—Tienes tatuajes.

Me detengo, y la miro a los ojos, permitiéndole que me vea por completo.

—Unos cuantos.

Su mirada desciende, siguiendo las líneas de tinta de mi costado izquierdo, y su curiosidad lucha por liberarse.

—¿Qué significa ese?

Cada movimiento es cuidadoso, como si me estuviera acercando a un animal asustadizo que fuera a salir corriendo si me movía demasiado deprisa.

—Ese es por Willow.

Su mirada vaga sobre mí.

—Vosotros dos debéis de estar muy unidos.

Asiento, instalándome al borde del colchón, lo bastante cerca para que nos podamos tocar.

—Sí —murmuro—. Le diagnosticaron leucemia cuando íbamos al instituto. Y durante algún tiempo, las cosas estuvieron mal. Muy mal. —Cuando las palabras se me atascan en la garganta, trago saliva y luego prosigo—. Hubo veces en las que creí que íbamos a perderla.

Los rasgos de Callie se relajan y, por un instante, toda la distancia cautelosa que ella mantiene entre nosotros desaparece.

—Lo siento —dice suavemente—. Eso debió de ser aterrador. Ni siquiera puedo imaginármelo.

—Lo fue. —Bajo la vista hacia mis manos, hacia la tinta de mi piel, antes de volver a mirarla a ella—. Pero ahora ya está bien. Casada, en realidad. Con Maverick McKinnon.

Sus cejas se levantan de golpe, y la tensión del cuarto se aligera cuando sonríe traviesa.

—Espera… estamos hablando de ese Maverick McKinnon?

Sonrío.

—Déjame adivinar. Tú crees que es guapo.

Sus ojos brillan divertidos mientras se encoge de hombros.

—O sea, ¿y quién no?

La sonrisa tira más fuerte de mi boca mientras el calor se acumula en la parte baja de mi vientre.

—¿Ah, sí?

Me abalanzo en un solo movimiento fluido, sujetándola por las muñecas contra el colchón mientras evito echarle encima todo mi peso y me sostengo unos centímetros por encima.

Nuestros cuerpos no se tocan del todo, pero el espacio que hay entre ambos genera chispas igual que un cable pelado.

Es algo eléctrico y volátil, que palpita al ritmo de todas las cosas que no hemos dicho.

Sus labios se abren, ella exhala y su pecho se eleva. El deseo que está intentado contener con tanta maldita energía resplandece por un instante en sus ojos, atravesando la superficie como una chispa incendiaria.

Su pulso se acelera bajo mis dedos, allí donde la sujeto por las muñecas, mientras su mirada permanece clavada en la mía. Tiene los ojos muy abiertos e inundados de algo primario y sin palabras.

Es la hostia de tentador besarla.

Diablos, nada me gustaría más que devorarla de un solo y sabroso bocado.

En vez de ceder a la tentación, me quedo inmóvil e inhalo su suave aroma, permitiéndole sentir el poder de este momento y saber que le pertenece a ella.

No estoy aquí para tomar nada sin permiso.

Estoy aquí para darle a ella la opción.

El permiso de decidir.

Cuando no se aparta, bajo la cabeza lo suficiente como para poder saborear el aire que hay entre nuestras bocas y sentir el hambre que me clava las garras en las costillas.

—Es mejor que tengas cuidado, cariño. —Mi voz es grave y hosca, mostrando los límites desgastados de mi contención—. Si sigues diciendo cosas así, no seré capaz de controlarme.

Ella traga saliva lentamente, mientras un escalofrío la recorre y sus piernas se remueven inquietas por debajo de mí. Hay una batalla librándose en sus ojos. No está segura de si quiere rendirse o escapar.

¿Debería ceder al deseo o agarrarse a su instinto de supervivencia?

Dios, cómo deseo a esta mujer.

No solo esta noche.

Ni por ahora.

La deseo para siempre.

Mi mirada desciende hacia su boca. El ligero temblor de su labio inferior y la sutil invitación escrita en su cara afecta a algo primario en lo profundo de mí.

Pero, aunque sus labios se abran y sus ojos se llenen de deseo, yo no me muevo.

Callie no es ninguna distracción, ningún apaño temporal, ninguna evasión de la realidad de una sola noche. Ella es el futuro que no sabía que me estaba perdiendo hasta que ella entró en mi vida.

La triste realidad es que no está preparada todavía.

No como necesito que lo esté.

No para lo que le estoy ofreciendo.

Deseo algo más que su cuerpo tenso bajo el mío.

Deseo su confianza.

Su verdad.

Su corazón.

Cada cicatriz.

Cada lugar oscuro.

Todas las partes que nunca deja que nadie vea.

Ya me he dado cuenta de que si la presiono ahora y cojo más de lo que está dispuesta a darme, podría perderlo todo.

Así que hago lo único que puedo hacer y me obligo a retirarme.

Mis dedos le sueltan las muñecas y me deslizo hasta dejar de tocarla, aunque todas las partes de mi cuerpo estén protestando. Vuelvo a sentarme en la cama lentamente, dejando espacio entre nosotros, aun cuando siento como si estuviese arrancándome una parte de mí mismo al hacerlo.

El silencio se extiende mientras la observo con más detenimiento. Sería imposible no notar el cambio en su expresión. Cómo procesa lo que no ha ocurrido.

Aunque solo hayan pasado unos días, la leo cada vez mejor.

La decepción cruza fugazmente por sus ojos antes de que ella pueda ocultarla. Y eso casi me rompe por dentro. Podría haberla besado y haberle dado lo que ambos deseábamos. Lo siguiente que aparece es la confusión. No entiende por qué he parado ni lo que eso significa.

Y por fin, la emoción que me indica que he hecho lo correcto.

Un gesto de alivio pequeño y pasajero, como si llevase demasiado tiempo contenido en su interior.

Cuando levanto la mano y le acaricio suavemente la mejilla con los nudillos, ella se reclina contra ellos antes de poder pensárselo mejor.

Es instinto.

El inicio de la confianza.

Y lo es todo.

—Duerme un poco, Callie. —Mi voz suena ronca, cargada con todo lo que estoy luchando por contener.

Como que sería capaz de arrasar el mundo entero para hacer que ella se sintiese a salvo.

Como que la esperaría toda la vida si eso fuera lo que ella necesitase de mí.

Cómo ya es dueña de mi corazón y ni siquiera es consciente todavía.

Antes de que ella pueda responder ni yo cambiar de idea y ceder a la atracción gravitatoria que hay entre nosotros, me pongo de pie.

Cada uno de mis músculos aúlla, protestando, mientras doy la vuelta hasta el otro lado de la cama.

El colchón se hunde bajo mi peso cuando me tumbo a su lado, cuidando de dejar un diminuto espacio entre nosotros.

No porque yo quiera que haya esa distancia.

Sino porque ella la necesita.

Ponerme impaciente y presionarla ahora sería la forma más rápida de perderla.

El dormitorio se queda en silencio. Es de esa clase de silencio que vibra con todo lo que no ha sido dicho.

De esa clase de silencio que parece contener el aliento y estar esperando.

Miro al techo, todo el tiempo intentando calmar la tormenta desatada en mi interior y olvidar la sensación de su piel contra mis manos. La forma en que me ha mirado, como si yo pudiera ser más que el hombre que creía que era.

Como si tal vez pudiese ser el hombre al que ella dejase entrar.

A mi lado, las sábanas suenan con el movimiento.

Un pequeño cambio de postura, luego otro, y por fin se ha dado la vuelta y está de cara a mí.

Yo no me muevo.

Espero mientras un largo momento entre nosotros pasa, y luego su pecho empieza a moverse arriba y abajo con un ritmo más lento, y la tensión en el cuarto se aligera con cada segundo que pasa.

Inhala.

Exhala.

Regular y confiada.

Como si, fuese cual fuese la batalla que estaba librando en su interior, se hubiese detenido por fin lo suficiente para permitirle dormir.

Aunque nuestros cuerpos no se estén tocando, jamás me había sentido tan cerca de ella. Nunca había sentido nada más íntimo que cuando ella se ha vuelto hacia mí en la oscuridad y se ha permitido a sí misma descansar.

No tiene que decirlo. No en voz alta.

Porque lo siento.

Me está dejando entrar.

Centímetro a centímetro.

Y pienso ganarme todos y cada uno de ellos.

Esto que hay entre nosotros no va de lujuria.

No va de la euforia del momento.

Va de ella.

Se trata de estar ahí, presente, y de ser la clase de hombre con la que ella y Nora puedan contar.

Cada maldito día.

Así que me quedo exactamente donde estoy mientras el silencio nos envuelve. Y en la oscuridad, hago una promesa que no tengo que pronunciar en voz alta para que signifique algo.

No voy a irme a ninguna parte, cariño. Cuando estés preparada para algo más, cuando estés preparada para mí… Aquí estaré yo, esperando.