Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 21 Capítulo veintiuno #3
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21 Capítulo veintiuno #3

Las yemas de sus dedos se mueven con una tranquila determinación, dibujando patrones lentos y devastadores que me hacen tensarme contra él.

Cada vez que los pasa por encima de mí lo hace sin prisa, como si tuviese todo el tiempo del mundo y ninguna intención de permitirme que acelere el momento.

No me lo da todo de golpe. Se acerca, me provoca, y se aleja antes de regresar.

Cada caricia se acumula sobre la anterior hasta que mi cuerpo es como un cable pelado, echando chispas por debajo de sus manos.

La presión se acumula más y más, y la expectación se desenrolla por mi cuerpo hasta que me parece que todos mis nervios están al límite de romperse. Mi respiración se acelera y se vuelve superficial y entrecortada. El sonido se mezcla con el suave golpear del agua que nos rodea.

Cada caricia es un recordatorio de que él tiene el control, de que sabe exactamente cómo hacer que yo lo pierda, y de que está decidido a exprimir hasta el último gramo de placer de mi cuerpo antes de dejarme caer por fin.

Mis caderas se levantan, pidiendo más y más sin pretenderlo. Hay una súplica atrapada en mi garganta, pero las palabras se niegan a tomar forma.

Su boca encuentra un lado de mi cuello, y el calor de sus labios roza el punto sensible justo por debajo de mi oreja.

El contraste de su cálido aliento contra mi piel húmeda me hace estremecerme.

Su mano me acaricia el coño, provocándome cerca de mi abertura antes de hacer círculos alrededor de mi clítoris.

Él juega conmigo, manteniéndome al filo, en esa delgada línea entre el alivio y el tormento, lo bastante cerca como para que mis caderas se sacudan, solo para apartarse y volver a ejecutar la misma danza lenta y mareante de nuevo.

El provocativo ritmo es enloquecedor y cada deliberada caricia aumenta más la tensión acumulada.

Oigo mi pulso latiendo en mis oídos, en mi garganta, en todos los sitios que sus caricias han conquistado ya.

Su contacto es eléctrico, y lanza relámpagos por mi cuerpo en oleadas que soy incapaz de controlar.

Pero no solo son sus manos las que me desmontan.

Es la forma en que se inclina y susurra palabras que me hacen romperme de dentro afuera.

—Mientras estés aquí —me dice, y cada sílaba cala más hondo que la anterior—, yo cuidaré de ti. En todo lo que necesites.

La promesa engarzada en su voz no solo me llega hondo. Me rodea, instalándose sobre mi piel como algo cálido e imposible de apartar. Un escudo que no sabía que estaba deseando ponerme.

Echo la cabeza hacia atrás y mis labios se abren para soltar su nombre con un grito entrecortado, mientras el éxtasis aumenta hasta convertirse en algo salvaje e imparable.

La ola crece y rompe, esparciendo mis pensamientos por todas partes, hasta que no soy nada más que una sensación.

Mi cuerpo tiembla bajo su mano y cada movimiento espasmódico me hace descender más y más, cada latido un recordatorio de que él es el que me está sosteniendo ahí.

Cuando por fin abro mis temblorosas pestañas, él sigue mirándome atentamente. No con arrogancia, sin o con un sobrecogimiento silencioso.

Las gotitas cuelgan de sus brazos allí donde le he salpicado, corriendo en lentos riachuelos plateados por su piel. Espero que se quite la ropa y se meta conmigo en el agua, que elimine lo que queda del espacio que nos separa.

Pero él se inclina y me aparta suavemente un húmedo rizo de la frente, con tanto cuidado que su gesto amenaza con volver a romperme por dentro de nuevo. Su pulgar descansa contra mi sien y sus ojos están clavados en los míos como si intentase memorizar este preciso instante.

—Te mereces que alguien te toque así cada maldito día —dice—. Que se ocupen de ti hasta que no recuerdes cómo era vivir sin esto.

Sus palabras me llegan muy adentro, abriendo una parte de mí que lleva años cerrada y en silencio.

Y entonces se levanta, sale del baño y cierra la puerta a sus espaldas, con un suave clic.

El silencio me inunda como la marea mientras me sumerjo más en el agua, sin fuerzas en los brazos y las piernas y con la piel todavía vibrando por sus caricias.

Pero en mi mente solo hay calma.

La calidez del agua me envuelve igual que una manta, pero no suaviza la tormenta que él ha dejado tras de sí. Mi cuerpo me traiciona, persiguiendo una verdad que no estoy preparada para admitir.

Sé que esto no iba solo de placer.

Iba de él, y de lo que esto significa.

De cómo todo acaba de cambiar entre nosotros.

Me quedo mirando al techo, esperando conseguir un poquito de claridad.

De respuestas.

De algo que me diga cómo demonios se supone que le voy a encontrar sentido a esta cosa que no debería importar pero que de repente me parece que lo es todo.

Tendría que haber sido solo un alivio.

Un simple favor.

Algo casual.

Pero no me parece ninguna de esas cosas.

Ni por asomo.

Lo que River me ha dado no ha sido solo placer. Ha sido algo mucho más profundo. Algo auténtico.

Y eso es aterrador.

Lo último que deseo es enamorarme de River Thompson.

Pero… ¿y si ya es demasiado tarde y eso es exactamente lo que está ocurriendo?