21 Capítulo veintiuno #2
Soy demasiado lista para creerme que este descanso de la realidad vaya a durar. Es tan solo un interludio. Un momento de paz antes de que todo vuelva a cambiar.
Llaman a la puerta, y eso es lo que me saca de la maraña de mis pensamientos. Me siento ligeramente más recta, y el agua sube y baja contra los bordes de la bañera.
—¿Sí?
La puerta se abre despacio y entra River con una copa de vino en la mano.
—Nora está dormida —dice con voz suave—. Ni siquiera ha llegado al segundo libro.
Sus ojos se clavan en los míos y se quedan ahí. Por tentador que me resulte cruzarme de brazos para cubrirme los pechos, no lo hago. En vez de eso, le sostengo la mirada, permitiéndole que me vea.
Cuando no le pido que salga, él reduce la distancia entre nosotros antes de dejar la copa en el borde de la bañera.
—He pensado que esto te vendría bien. ¿Necesitas alguna cosa más?
—No —murmuro—. Estoy bien.
El aire entre nosotros se vuelve más cargado, con algo a lo que no soy capaz de ponerle nombre.
River remolonea.
—¿Debería irme?
Es una pregunta lícita.
Del tipo que requiere una respuesta honesta.
Es casi un shock para mí descubrir que no quiero que se vaya.
Digo que no con la cabeza, una sola vez.
Es lo único que hace falta para que sus ojos se oscurezcan.
Ahora que le he dado permiso, su mirada desciende hacia mi cuerpo desnudo.
No hay nada de apresurado ni de libidinoso en la forma silenciosa en la que lo evalúa.
Es la mirada de un hombre que está saboreando algo inusual y precioso.
Algo que lleva tiempo esperando y que no estaba seguro siquiera de poder conseguir.
Su voz se hace más grave y áspera. Rasca una partede mí que llevaba años dormida.
—¿Te gustaría que te lavase?
La respuesta se me queda atascada en la garganta.
Lo único que soy capaz de hacer es asentir tensa y brevemente.
River se sube las mangas de su camiseta Henley, descubriendo unos fuertes antebrazos salpicados de vello oscuro, antes de arrodillarse al lado de la bañera.
Esto no debería ser tan sexi.
—Inclínate hacia adelante.
Hago lo que me dice, y mi cuerpo cambia de postura en el agua creando pequeñas ondas. El calor me envuelve, pero no es nada comparado con el incendio propagándose por debajo de mi piel.
Sus manos, resbaladizas por el jabón, encuentran mi espalda. Se mueven lentamente, describiendo suaves círculos. Mis hombros se relajan y dejo de apretar la mandíbula. El estrés que llevaba puesto como una armadura empieza a abandonar mi cuerpo.
Es tan cuidadoso… como si yo fuese algo que pudiese romperse.
Algo valioso.
Sus dedos se levantan y se deslizan por mis hombros, y luego bajan por mis brazos. Se pasean por mis costillas y por la curva de mi cintura, provocándome un estremecimiento. Cuando alcanza la parte delantera, aplana las manos, coloca las palmas contra mi estómago, y todo en mi interior se detiene.
Hace una pausa, esperando a que diga que no.
A que le detenga.
Pero no lo hago.
No puedo.
Sus manos se levantan y me sostienen los pechos.
Sus palmas son cálidas y firmes, pero es la forma en que sus pulgares se mueven en círculos lentos sobre los sensibles pezones lo que me hace quedarme paralizada.
La caricia suave como una pluma envía una oleada de calor por mi espina dorsal, algo que se expande y florece en mi interior hasta que la siento en sitios que no sabía que podían notarla.
Se me escapa un jadeo antes de poder contenerlo, y mi espalda se arquea instintivamente, ofreciéndome a él antes de que mi mente lo haya decidido siquiera. Sus movimientos son lentos y deliberados. Controlados de una forma que me parece más que mera seducción.
Es adoración.
Sus manos van más abajo, dibujando cada curva, como un hombre memorizando un nuevo idioma que jamás desease olvidar. La curva turgente de mis caderas. La incitante línea de mis muslos. Cada caricia es enloquecedora por lo contenida que parece. No pretende provocarme, sino saborearme.
Mi cuerpo vibra de deseo, y mis caderas se levantan de la porcelana, con un silencioso ruego, pidiendo más, pero él no se apresura.
Aun cuando estoy temblando bajo sus manos, me obligo a quedarme quieta y a dejarle explorar, simplemente sentir. En algún sitio en lo profundo de mí, me doy cuenta de que esto es algo que va a dejar una marca. No sobre mi piel, sino en las partes de mí que nadie ha tocado jamás.
Cuando sus dedos rozan por fin el punto más caliente de entre mis piernas, el placer que me recorre no es solo potente y electrizante: es pura rendición. Es ser tratada como algo precioso en vez de como algo roto. Es ser vista, con mis cicatrices y todo, todavía ser deseada.
River me toca como si ya conociera cada una de las partes frágiles de mí que he intentado ocultar, y deseara todas y cada una de ellas.
—¿Debería seguir? —pregunta, con voz ronca y entrecortada.
La calidez de su aliento flota como un fantasma sobre la curva de mi oreja, y el tono ronco de la pregunta hace que cada una de mis terminaciones nerviosas estalle en llamas.
Asiento, incapaz de contenerme.
En vez de moverse, él se queda quieto, con la mano apoyada junto a donde más le necesito. Sin presionar ni provocar. Solo esperando algo más que un sí silencioso.
—Necesito oírte decirlo —murmura—. Con palabras, cariño.
Un sonido tembloroso se desliza por mi boca.
—Sí —susurro, apenas más alto que el sonido de los pequeños movimientos del agua—. Quiero que me toques.
El efecto es inmediato.
Me giro solo lo necesario para ver cómo sus ojos se nublan y su color azul se convierte en una tormenta, con algo primitivo brillando en ellos. Su mandíbula se tensa y su mano se flexiona sobre mi muslo como si estuviese conteniéndose por pura fuerza de voluntad.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que te corriste?
El calor inunda mis mejillas, enmarcado suavemente por la vergüenza.
—Desde antes de Nora…
River suelta un juramento. Durante un instante, apoya su frente contra la mía. Sus dedos me aprietan la cadera, manteniéndome sujeta en el sitio.
—Por Dios, Callie. —La forma en que pronuncia mi nombre hace que algo se tense en lo más profundo de mí—. ¿Y los juguetes? —pregunta suavemente, escudriñando mis ojos—. ¿Nada para darte algo de alivio cuando lo necesitas?
Una risa nerviosa y autocrítica se me atasca en la garganta.
—No.
Su frente se arruga y él se aparta solo lo suficiente para examinarme.
—¿Por qué diablos no?
Me encojo de hombros, avergonzada.
—Nunca había tiempo. Y nunca sentía que fuese importante.
Su gesto se suaviza, y el deseo en sus ojos no desaparece, sino que se transforma en algo que parece posesividad envuelta en devoción, lo bastante feroz como para protegerme del mundo y lo bastante dulce como para hacerme desear dárselo todo.
—Tú eres importante —dice él—. Y tu placer también lo es. ¿Me entiendes?
Su boca me roza la comisura de los labios. Apenas puede calificarse de beso; es más bien una promesa.
—Ahora, quiero que me pidas lo que necesites.
Trago saliva, y esta vez las palabras me salen más fácilmente.
—Quiero que me toques.
—Buena chica —dice.
Su elogio hace que algo se incendie dentro de mí, igual que una chispa prendiendo la yesca seca. Su mano se mueve por fin, lenta y segura, exactamente donde la necesito.
Menea la cabeza mientras algo feroz e inflexible brilla en sus ojos.
—Te equivocas en eso —dice, con un tono que contiene la clase de convicción que no deja lugar a la discusión—.
Tener orgasmos no es ningún lujo que tengas que ganarte.
No es ninguna recompensa por ser lo bastante buena o trabajar lo bastante duro.
Es autocuidado básico. Todas las mujeres se merecen esa clase de liberación.
Recordar lo que su cuerpo puede sentir y de lo que es capaz de hacer.
Su mano se desliza más arriba, rozando una piel ya sensible y despierta por sus caricias anteriores.
—Deberías saberlo. Deberías sentirlo a menudo. Y si nadie más te lo ha recordado últimamente… —Su mirada se clava en la mía—. Entonces, permíteme que lo haga yo.
La ternura de esas palabras me atraviesa como una cuchilla, abriéndome en canal en sitios que no me había dado cuenta de que seguían cerrados a cal y canto.