Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 21 Capítulo veintiuno
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21 Capítulo veintiuno

CAPÍTULO VEINTIUNO

CALLIE

Miro de reojo a River desde el refugio de mis pestañas entrecerradas.

Le sonríe a Nora como si ella fuese la luna y las estrellas, totalmente cautivado por la forma en que se empeña en comer sola.

Su puñito rodea el mango del tenedor, que va clavando en los fideos y los tiernos pedacitos de ternera con la determinación propia de una niña pequeña.

Tiene salsa en la barbilla, en la mejilla y hasta en las pestañas, pero a él no parece importarle.

En todo caso, parece estar hechizado. Como si nada de lo que ella hiciera pudiese estar mal.

¿Por qué no puedo dejar de mirarle?

Aun cuando me obligo a volver a centrarme en el plato que tengo delante, mi mirada vuelve sin querer hacia él. Es más fácil observar a River cuando está así de entretenido con Nora y no se fija en que le estoy mirando.

Esa es otra cosa más que hace que esta situación me parezca peligrosa.

La forma en que ha adaptado su vida sin ningún esfuerzo y nos ha abierto su casa.

El ritmo pausado que hemos adquirido. Las cenas compartidas, las risas y la calidez que han surgido entre nosotros.

La forma en que se mueve en su espacio como si siempre estuviese previsto que nos incluyera a nosotras.

No debería ser tan fácil.

Nada en mi vida ha sido tan simple en años.

Enrosco los fideos en el tenedor, intentando librarme del pesar que me oprime.

Cuando puedo volver a soportarlo, miro al otro lado de la mesa, hacia él, y me sorprendo por las palabras que brotan de mi boca:

—Me vas a malacostumbrar.

Suenan más como una acusación.

Él no deja pasar una.

—Ese es el plan.

Cojo mi vaso de agua porque necesito algo que evite que me desmonte por completo. La sensación fresca me hace centrarme, pero solo un momento. Doy un sorbo e intento tragarme los sentimientos que están empezando a echar raíces dentro de mí como si fueran malas hierbas rebeldes.

Nora balbucea algo para sí misma entre bocado y bocado, al parecer totalmente cómoda en este sitio nuevo.

En esta nueva vida.

Con River.

Jamás me habría esperado que se adaptase tan rápido ni con tanta facilidad.

Después de cenar, me mantengo ocupada en la cocina, freg ando los platos y cargando el lavavajillas.

Cada pocos minutos, echo un vistazo al comedor, por la fuerza de la costumbre.

Me he acostumbrado tanto a ser multitarea…

Trabajar, limpiar y hacer de padre y de madre.

Nunca hay ningún momento en el que esté totalmente libre de obligaciones.

Es raro y un poco inquietante saber que mi hija está al cuidado de alguien que no sea yo.

Ni mis padres.

Les veo de pie junto a la ventana. River lleva a Nora en brazos y le está señalando el brillante paisaje urbano. Ella tiene la manita apoyada contra el cristal, sin duda dejando manchurrones y diminutas huellas dactilares en él. En vez de saltar o de corregirla, él la deja a su aire.

Y eso me afecta de una forma que no puedo describir en palabras.

Este hombre, imposiblemente estable, amable y protector en silencio, no se parece a nadie que haya conocido en mi vida. Cuanto más me permito sentir la emoción, más me doy cuenta de lo desesperadamente que quiero creer que esto es real.

Aunque no esté segura de que deba hacerlo.

Vale, eso no es totalmente cierto. Steele Sanderson es así.

El hombre está comprometido sin remedio y totalmente obsesionado.

Lleva una década enamorado de Lilah. Eso siempre ha sido obvio para cualquiera que tuviese ojos.

Solo fue cuestión de tiempo que dejase de fingir que no era así y revelase sus sentimientos.

Y, ¿siendo sincera?

Me encanta que eso le haya pasado a ella.

Mi amiga se merece a alguien que la mire como si fuera la responsable de que las estrellas brillen en el cielo. Un hombre que esté presente sin cuestionar nada, y a su lado pase lo que pase.

Steele va a ser un padre increíble. Puedes verlo en la forma en la que ya está cuidando de Lilah y planificando su futuro juntos. Posee una fuerza tranquila, y una lealtad inquebrantable hacia aquellos que ama.

Es algo poco común en los tiempos que corren.

Mentiría si no admitiese que me siento un pelín celosa.

No en plan amargado, solo con anhelo. Como si estuviese viendo a alguien viviendo el sueño que yo una vez tuve para mí misma, solo para ver cómo se desmoronaba antes de que pudiese hacerse realidad.

Para cuando termino de recoger la cocina, Nora y River están acurrucados en el sofá. Hay una película en la tele, con el volumen bajo, y un resplandor amortiguado se desparrama por la habitación. Nora está encima de él, con su cabeza apoyada en su muslo como si fuese la cosa más natural del mundo.

Yo me acomodo a su lado, en e l otro extremo del sofá, procurando no estropear el momento. Nosotros tres, uno al lado del otro, en un hogar que no es realmente el mío. Y, sin embargo, la escena que se desarrolla a mi alrededor tiene una domesticidad que me resulta extraña.

Esto es exactamente lo que solía imaginarme cuando estaba embarazada y todavía creía, tonta de mí, que Zane iba a estar a la altura. Que querría a nuestro bebé nonato de la misma forma en que yo ya lo quería. Que construiríamos una vida juntos, una familia, un hogar.

Pero él nunca estuvo a la altura.

No en cuanto a las cosas que realmente cuentan.

Pero. ¿River?

No solo está a la altura. Nos ha abierto la puerta sin titubear. Ha sido amable, paciente y constante.

Y ahora mi hija está acurrucada contra él como si hubiese conocido a este hombre durante toda su vida.

Pasados unos treinta minutos, los ojos de Nora empiezan a cerrarse. Le acaricio la espalda con la mano.

—Vale, cariño. Es hora de ir a la cama.

Ella levanta su mirada soñolienta hacia mí antes de desviar su atención hacia River y estirar los brazos hacia él.

—Rivvy.

La dulzura y la confianza que desprende su voz me atraviesan por completo.

River ni siquiera pestañea. La toma con cuidado en brazos y le besa la coronilla.

—Quédate aquí —me dice—. Yo me encargo.

Luego desaparece pasillo abajo con Nora. Ella le rodea el cuello con los brazos, como si estuviese hecha para estar en esa postura.

Cuento hasta sesenta.

Sesenta segundos enteros antes de acercarme de puntillas y detenerme en la puerta.

Echo un vistazo dentro y les veo sentados en el sillón.

Nora está envuelta en una manta, bien tapadita en su regazo.

La voz de River es suave y relajante. Está leyéndole Buenas noches, luna, volviendo cada página con cuidado.

De vez en cuando, mi hija levanta hacia él unos ojos que están llenos de admiración, como si él fuese todo su mundo.

Y tal vez lo sea.

Cada vez me resulta más difícil decirme a mí misma que no lo es.

Retrocedo y me trago el nudo de emoción que se me había subido por la garganta. Me llevo una mano al centro del pecho, como si eso fuese suficiente para mantener físicamente en el sitio a mis emociones desbocadas.

Sin saber muy bien qué hacer conmigo misma, me dirijo sin pensar al dormitorio de River y me detengo en cuanto entro. Paseo la vista por el espacio, fijándome en los detalles, intentando buscar alguna pista de quién es él en realidad.

Ya no estoy muy segura de saberlo.

No pertenece a la clase de hombre dentro de la que yo le había catalogado.

Es más profundo.

Más dulce.

Amable de una forma que parece no costarle ningún esfuerzo.

Y en lo referente a mi hija, es tan paciente y atento que hace que se me salten las lágrimas. Si hay alguna forma de atravesar mis defensas, es a través de ella.

Se esté dando cuenta o no, cada día está erosionando los muros que llevo años levantando a mi alrededor. No con ningún gran gesto dramático, sino con momentos tranquilos y consistentes que se deslizan dentro de mí cuando me distraigo.

Una foto con marco de plata que hay en la mesilla capta mi atención, y me siento atraída hacia ella antes de cogerla para examinarla.

En ella River está con una mujer rubia y guapa, los han pillado abrazándose en plena carcajada.

No hay duda en cuanto al parecido. Esta tiene que ser su hermana gemela.

Es una versión suya más delicada y femenina, pero con los mismos rasgos marcados y los mismos ojos azules y cálidos.

¿Sabrá ella que ha invitado a una mujer y a su hija pequeña a quedarse en su casa?

¿Me juzgaría por no ser capaz de ofrecerle a mi hija un techo estable?

¿O pensaría que soy una embaucadora cazafortunas buscando alguien que la mantenga?

Me encojo al pensarlo, y dejo la foto de vuelta en su sitio con suavidad antes de retroceder con cautela.

Lo más probable es que no esté aquí el tiempo suficiente para que eso llegue a importar.

Aun así, mientras me acerco al baño y cierro la puerta tras de mí, esos pensamientos siguen dándome vueltas. Mi mirada se posa en la inmensa bañera delante de los ventanales de suelo a techo. No soy capaz de recordar la última vez que me di un baño de verdad.

¿Quién tiene tiempo de eso con una niña pequeña, un negocio y una interminable montaña de responsabilidades esperándola?

No esta de aquí.

Inclino la cabeza y escucho en busca de señales de disgusto por parte de Nora. Cualquier cosa que me indique que hago falta. Que él no es tan capaz de encargarse de ella como había supuesto. Pasan un puñado de segundos y aun así el ático permanece en silencio.

Reina la paz.

Me muerdo el labio inferior mientras una batalla silenciosa se libra dentro de mi cabeza.

El deber contra el agotamiento.

Solo serán quince minutos.

Eso es todo lo que voy a permitirme.

Si River me necesita, ya averiguará dónde estoy.

Con la decisión tomada, abro el grifo y empiezo a llenar la bañera.

El agua cae mientras me quito la ropa y me sumerjo en el cálido líquido, dejándome que me acune.

En cuanto me relajo contra la suave curva de la porcelana, no tardo mucho en sentir que se me cierran los párpados y se afloja la tensión de mis hombros.

Por primera vez en una eternidad, respiro.

Debería parecerme una liberación.

Pero en vez de eso, siento como si fuese una trampa.