Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 18 Capítulo dieciocho
32%

18 Capítulo dieciocho

CAPÍTULO DIECIOCHO

RIVER

Un sonido suave e irregular atraviesa la oscuridad y yo me siento en la cama como impulsado por un resorte, con la adrenalina corriéndome por las venas. Durante un instante, estoy desorientado, todavía entre el sueño y la vigilia.

Entonces es cuando recuerdo que no estoy solo.

Callie está enroscada a mi lado, y su respiración suave acaricia la almohada. El aroma floral de su champú me abraza antes de deslizarse furtivamente alrededor de mi corazón hasta que me resulta imposible desenredarlo.

Antes de que pueda acercarme un poco más y aspirarlo por completo, otro sonido atraviesa el silencio.

Un sollozo entrecortado por hipidos.

Y así, sin más, me quedo helado por dentro.

Nora.

Mi cuerpo se mueve antes de que mi cerebro pueda ponerse al día del todo.

Yo miro a Callie. Está profundamente dormida, con una mano debajo de la mejilla.

Sus rasgos se han relajado y están por fin en paz.

Necesita dormir. He visto lo mucho que se esfuerza, el agotamiento que lleva encima como si fuese un peso extra al que se hubiese acostumbrado.

Salgo silenciosamente de la cama, poniendo cuidado en que el colchón no se menee. Siento el suelo frío bajo los pies al salir descalzo al pasillo. La puerta de enfrente está entreabierta, y el resplandor de una diminuta luz nocturna crea un cálido círculo de color ámbar contra la oscuridad.

La abro un poco más y entro.

Nora está sentada en la cama y todo su diminuto cuerpecito se estremece con los sollozos. Tiene el pelo revuelto y las mejillas húmedas por las lágrimas. Pestañea, me mira con sus ojos grandes y húmedos y, en cuanto me ve, estira los brazos hacia mí con el labio inferior temblando.

—Rivvy…

Su voz es poco más que un suspiro pero me arrolla como un tren de carga.

Una sensación ligeramente dolorosa me inunda mientras cruzo la habitación con tres grandes zancadas y la cojo en mis brazos.

Ella se sujeta a mí sin titubear, como si ya entendiese que soy alguien en quien puede confiar.

Sus brazos me rodean el cuello y yo le beso la coronilla.

—Bueno, bichito —murmuro, acunándola suavemente—. ¿Has tenido una pesadilla?

Ella no responde, solo deja escapar un cansado gimoteo y apoya la cabeza en mi hombro.

Me acomodo en el sillón de la esquina, agarro la manta de lana colgada del respaldo y la envuelvo con ella. Nora deja escapar un suspiro soñoliento y se mete el pulgar en la boca, antes de acurrucarse más contra mí.

Cambio ligeramente su peso, acunando su cuerpecito contra el mío y empiezo a acariciarle la espalda de forma lenta y circular. Se supone que es para tranquilizarla, pero acaba relajándome también a mí.

La tensión que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo abandona mis músculos.

Ella se recoloca más cerca de mí todavía, con todo su cuerpo cálido y su confianza. Solo con eso, algo se tensa en mi interior. Es la clase de tensión que me dificulta respirar, pero de la mejor manera posible.

Miro alrededor en la habitación y mis ojos se posan en la esquina vacía en la que una cómoda mecedora quedaría perfectamente. Lo primero que haré mañana será pedir aquella que vimos en la tienda.

Pasan varios minutos.

Tal vez más.

La habitación está tranquila y en penumbra, iluminada solo por la luz nocturna y el débil resplandor que proviene del pasillo.

El murmullo de la ciudad llega amortiguado a través de las ventanas, pero me parece que estáen otro planeta, lejísimos del mío, en el que estoy ahora, con esta niñita acurrucada encima de mí y sus latidos sincronizándose con los míos.

Nora no lleva aquí ni veinticuatro horas, ya me tiene a su merced.

No sé qué dirá eso de mí.

O tal vez sí.

Apoyo la cabeza contra el sillón y dejo que se me cierren los ojos solo un momento. Mis brazos la sostienen muy cerca, como si nos estuviese anclando a los dos en el sitio.

Me digo a mí mismo que solo estoy descansando un poco.

Dándole un minuto o dos para que se quede profundamente dormida.

Pero la verdad es que no quiero moverme.

Ni estar en ninguna otra parte.

Ni en la pista de hielo.

Ni en el Rail Yard.

Ni siquiera en mi enorme cama.

Con esta niñita profundamente dormida en mis brazos y su madre al otro lado del pasillo, siento que tengo lo que siempre he deseado. Como si estuviese exactamente donde siempre había tenido que estar.

Ahora solo tengo que convencer a Callie de que este es también su sitio.