Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 17 Capítulo diecisiete
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17 Capítulo diecisiete

CAPÍTULO DIECISIETE

CALLIE

Yo te veo, Callie. Sé todo lo que eres. Lo que has construido. El peso que soportas. Y lo quiero. Todo.

Por mucho que quiera creerle, es que… No lo hago.

No puedo.

La idea de permitirme abrirme a la posibilidad de sufrir el mismo tipo de dolor que la última vez es demasiado aterradora. Ni siquiera estoy segura de si este arreglo de convivencia va a durar una semana siquiera.

Dos, como mucho.

Este hombre no tiene ni idea de en lo que se ha metido.

Por el rabillo del ojo, miro cómo River se quita toda la ropa hasta quedarse solo en bóxers, como si fuese algo habitual y llevase años haciéndolo.

Todos los cotilleos de las chicas en la página de Railers Rumors sobre que River Thompson es uno de los jugadores de hockey más sexis de toda la liga son cien por cien acertados.

El tío tiene más en común con una estatua griega que con un hombre de carne y hueso.

Por mucho que no quiera quedarme totalmente hipnotizada por su aspecto, lo estoy.

En este preciso instante, me está resultando muy difícil obligarme a apartar mi atención.

La mirada se me va hacia la amplia línea de sus hombros, los músculos bien esculpidos de su pecho…

antes de deslizarse por los profundos surcos de la tableta de chocolate de su vientre.

Y luego están los tatuajes. Pero es el abrupto corte del músculo justo por encima del elástico de sus calzoncillos lo que hace que se me derrita el cerebro.

No se me ha perdido nada ahí abajo, pero aun así… aquí estamos.

Es oficial.

Estoy sobrepasada por todo esto, y perdiendo la cabeza.

Cuando por fin consigo salir del trance inducido por River Thompson, recojo mi bolsa de lona del suelo y salgo volando hacia el baño del dormitorio para aclararme las ideas.

Es la mejor opción.

La única que tengo disponible.

En el preciso instante en que pongo un pie dentro, me detengo bruscamente, anonadada por lo lujoso que es todo.

Igual que en la cocina, las paredes son de un gris antracita intenso que, no sé cómo, resulta tan elegante como relajante.

El color encaja perfectamente con los resplandecientes suelos de mármol blanco con nervaduras de un gris sutil.

La grifería cromada recoge la luz de la suave luz ambiental, reflejándola y aportando un toque de tranquila elegancia por todo el espacio.

Hay una bañera profunda con patas junto a un ventanal de suelo a techo que ofrece una vista panorámica espectacular de los rascacielos de la ciudad.

Es de esas que solo ves en anuncios de hoteles de lujo o casas de ensueño a la venta de algunas inmobiliarias.

Enfrente hay un armario de un oscuro color caoba a lo largo de toda la pared, con una encimera de mármol a juego y dos lavabos.

Las estanterías abiertas de la parte inferior contienen unas toallas ordenadas y plegadas que prácticamente están pidiendo a gritos que alguien las use para cubrir su piel desnuda.

Paso los dedos por la piedra pulida, admirándolo todo con los ojos muy abiertos, y luego me fijo en la ducha rodeada de mamparas de cristal al fondo de la habitación. Este baño será fácilmente más grande que mi salón al completo.

Probablemente hasta el doble de grande.

Y así, sin más, ya me encuentro a mí misma imaginándome la sensación del agua caliente cayendo sobre mí, del vapor enroscándose alrededor de mi cuerpo mientras me permito relajarme, aunque solo sea por unos minutos.

Sería una locura no aprovechar estas instalaciones como de spa mientras puedo.

En una semana o dos, esta ya no será mi realidad.

Pero, ¿ahora mismo?

Tiene mi nombre grabado.

Enderezo los hombros, levanto la barbilla y me dirijo de vuelta al dormitorio.

River está tumbado en la cama de matrimonio con las manos detrás de la cabeza, como si no tuviese ninguna preocupación.

Su postura hace que mis ojos se dirijan hacia la curva de sus bíceps, flexionados solo lo justo para que se me quede la boca seca.

Él mira hacia mí y sus ojos observan cómo me quedo parada en el umbral de la puerta, más consciente de mi propio cuerpo de repente de lo que desearía.

—¿Te parece bien que me dé una ducha? —pregunto, intentando sonar despreocupada.

Sus cejas se elevan solo una mínima parte.

—Callie, no tienes que pedirme permiso para hacer nada. Ahora esta es tu casa. Y también la de Nora.

La forma en que me dice eso hace que algo se deshilache en mi interior. Una fibra que llevo demasiado tiempo manteniendo apretada. El dolor que florece dentro de mí al escuchar el nombre de mi hija en sus labios me pilla desprevenida. Como si ya la viese como parte de su vida.

Me cuesta tragarme el nudo de emoción que se me había subido por la garganta.

—Gracias.

Sus labios dibujan una sonrisa.

—No hay problema.

Asiento, me doy la vuelta y vuelvo a deslizarme dentro del baño. En el momento en que la puerta se cierra a mis espaldas, busco la llave y la giro.

No es porque no me fíe de él.

Me fío.

Y probablemente, eso sea lo que más me inquieta.

Me apoyo contra la sólida madera e intento recobrar la compostura. Hay algo peligrosamente reconfortante en este espacio. En él. En la forma tranquila y constante en la que sigue demostrando que está presente.

Es territorio desconocido.

Y sin embargo, no siento que haya nada malo.

Siento que es el inicio de algo para lo que no tengo ni idea de si estoy preparada, pero de lo que no puedo obligarme a alejarme.

Sobre todo, necesito una pizca de control en una situación que parece estar yéndoseme cada vez más de las manos con cada segundo que pasa.

Giro los mandos de la ducha y observo cómo el agua cae en cascada desde el cabezal de efecto lluvia instalado en el techo.

Durante un largo instante, me quedo plantada, mirándolo, dejando que el sonido calme mis nervios crispados.

Luego me muevo en piloto automático, quitándome la ropa y dejando cada prenda sobre el suelo frío, en una ordenada pila.

Rebusco en mi bolsa de lona y encuentro una goma para el pelo, con la que me lo sujeto en un moño desordenado antes de entrar en la cabina.

En cuanto el chorro cálido me golpea la piel, suelto aire.

No es solo un suspiro, sin o algo que suena bastante cercano a un sollozo.

Cierro los ojos y levanto la cara hacia el chorro caliente, dejando que me caiga por todo el cuerpo, se funda con mis músculos y penetre por debajo del estrés que lleva meses residiendo en mis huesos.

La sensación es tan buena que podría echarme a llorar.

En vez de eso, apoyo las palmas de las manos contra la pared, dejo que mi frente descanse contra las baldosas e intento recobrar el equilibrio.

Parece que hayan pasado años desde la última vez que fui capaz de hacer eso.

No hay ninguna prisa.

Ni multitareas.

Nora no está gritando desde la habitación de al lado.

No hay ningún reloj marcando los segundos hasta la siguiente crisis.

Solo hay quietud.

Es maravilloso.

Por peligrosa que sea esa idea, puedo ver lo fácil que me resultaría acostumbrarme a esto.

A River.

A lo paciente que es y a cómo anticipa las necesidades que yo ni siquiera he verbalizado aún.

Todo en él, desde su tranquila actitud protectora hasta la forma tan considerada en la que habla, es como un bálsamo para mi piel expuesta e irritada.

Es la clase de consuelo que hace tiempo que había dejado de esperar.

Aparto la idea de mi mente antes de que pueda echar raíces.

Nadie se queda contigo para siempre.

Sobre todo, cuando las cosas se ponen difíciles.

Aunque desee quedarme debajo del agua hasta convertirme en una pasa, me obligo a cerrar el grifo.

Agarro una de las mullidas toallas de la estantería abierta y me la pongo alrededor del cuerpo.

Después de secarme, saco la única ropa limpia que me he traído.

Unos pantalones cortos para dormir y una cómoda camiseta de tirantes de algodón.

Se supone que no son sexis.

Pero cuando me miro al espejo, el estómago se me pone del revés. El tejido me marca cada curva y el aire helado del baño destaca lo fino que es el top. Se me marcan los pezones a través del algodón. Tiro de la tela, pero no sirve de nada.

No tengo nada más que ponerme en esa bolsa.

Perfecto.

Se me para un instante el pulso cuando entreabro la puerta del baño, lo suficiente para echar un vistazo al dormitorio.

La cabeza de River se gira de inmediato y sus ojos se clavan en los míos con la intensidad de un láser.

Cuando entro, su mirada desciende, paseándose con intensidad por mis piernas desnudas, deteniéndose en mis caderas y entreteniéndose en el borde de mi camiseta antes de subir lentamente hasta mi cara.

El calor trepa por mi cuello mientras tiro del borde de la camiseta hacia abajo, aunque eso no haga absolutamente nada por ocultar lo que ya está a la vista.

Él se queda en silencio.

No hay ninguna sonrisa irónica ni burla.

Pero la intensidad de su mirada lo dice todo.

Prácticamente me escabullo hasta la cama y me subo en ella, tapándome hasta la barbilla con la sábana y la manta como si fuesen algún tipo de escudo protector. El corazón por fin empieza a calmarse una vez estoy metida en mi capullo de tela.

El colchón se parece más bien a una nube, y siento las sábanas frescas y sedosas contra mi piel.

Y sin embargo, nada en este momento parece inofensivo.

El auténtico peligro es el hombre que tengo al lado.

Es lo fácil que me está resultando empezar a desearlo.

Él no pronuncia palabra mientras se queda ahí, estirado, a mi lado. Todo su cuerpo está cargado de músculo fibroso y fuerza tranquila. Es la clase de hombre que parece cómodo, seguro de sí mismo e inquebrantable.

Como si tener a una mujer en su cama no fuese nada nuevo.

Yo miro fijamente al techo mientras mi mente le da vueltas a muchas dudas y preguntas. En vez de quedarse en el fondo, suben a la superficie, igual que las burbujas en el agua hirviendo.

Antes de poder detenerme, se me escapa la que tiene más peso en mi mente:

—¿Qué es exactamente lo que esperas de mí?

Él cambia de postura y se vuelve hacia mí. Su codo se clava en el colchón, haciendo que él acabe todavía más cerca. Mis nervios se ponen en posición de firmes.

Él me observa un instante antes de que su mirada descienda hasta mi boca. Luego la vuelve a subir hasta mis ojos.

—Nada.

La palabra cae suavemente entre nosotros, pero yo la siento como un temblor sísmico.

Su mano se mueve despacio, como si me estuviese dando tiempo para apartarme. Cuando sus dedos me rozan la mejilla, yo doy un respingo, como un reflejo, no con miedo. Pero él no la aparta. En vez de eso, deja que su mano se acomode.

—No espero nada de ti. Callie —dice con dulzura—. No estoy aquí para tomar nada que tú no estés dispuesta a dar. No voy a acostarme contigo solo porque estemos en la misma cama. No hasta que tú también lo desees.

Esa es la clase de cosas que los hombres solo dicen en las películas. Algo escrito en un guion, preparado para hacer que una mujer se derrita ahí mismo.

Mis ojos se agrandan.

Y entonces, para mi sorpresa, me echo a reír. Es más como un alivio de toda la presión que se ha estado acumulando. Me pongo una mano en la boca, intentando ocultar el sonido, pero es demasiado tarde. La tensión desaparece, estallando en mil pedazos.

—Eso no va a ocurrir jamás —digo una vez consigo que mis nervios se calmen.

La boca de River se curva en una sonrisa burlona y perezosa.

—Eso ya lo veremos.

Sin decir otra palabra, se gira sobre su espalda y estira la mano hacia la mesita de noche para apagar la lámpara.

Aunque la oscuridad nos rodee, mis pensamientos se niegan a acallarse y mi pulso no da señales de ralentizarse.

Me quedo ahí tumbada durante mucho rato, mirando las sombras que hay sobre la cama.

El ritmo tranquilo de la respiración de River a mi lado es tan extrañamente tranquilizador como completamente inquietante.

Y después de todo lo que ha pasado hoy, desde la forma en que ha prendido un fuego en mi interior, pasando por la ternura que le ha mostrado a Nora, y por las palabras que ha dicho y que me tocan directamente en las partes de mí que no sabía que me estuviesen doliendo, una cosa me ha quedado dolorosamente clara:

No tengo ni idea de qué va lo de River Thompson.

Ni de lejos.

Y esa podría ser la revelación más aterradora de todas.