Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 16 Capítulo dieciséis
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16 Capítulo dieciséis

CAPÍTULO DIECISÉIS

RIVER

La cama está montada y Nora duerme como un tronco en su nueva habitación.

Tengo a Callie al lado, cruzada de brazos y tensa, como si estuviese abrazándose a sí misma, preparándose para algún impacto.

No la culpo por ser precavida. Después de soltarle cuánto la he deseado desde siempre, podrías haberle pinchado y no haber sacado una gota de sangre.

Y sigue todavía sorprendida.

—¿Tienes hambre? —le pregunto, intentando centrar su atención en otra cosa.

Desde que la he recogido esta mañana, no he podido evitar darme cuenta de que lleva todo el día sin probar bocado. Ni siquiera cuando hemos hecho una parada técnica para comprarle a Nora unos Nuggets y unas patatas fritas de camino a mi casa.

Le lanzo una mirada de reojo.

Eso se acaba ahora mismo.

Callie necesita cuidarse más. Debería comer bien y dormir las horas suficientes. No puede seguir funcionando siempre en reserva.

Lo que se merece es a un hombre que la ponga a ella por delante.

Cada maldita vez.

Cada maldito día.

Todavía no sabe que ha encontrado uno.

Puede que no se crea la diferencia que existe entre su ex y yo, pero voy a enseñarle exactamente lo equivocada que está. Zane y yo no nos parecemos en nada.

Tal vez en los inicios de mi carrera yo permitiese que el dinero y la fama se me subieran a la cabeza. Me relacionaba con jugadores que generaban titulares cada vez que ponían un pie en el hielo o entraban en algún club. Pero no me costó demasiado enderezarme.

Vale, bien… Si vamos a ponernos técnicos, puede que Willow, mi hermana gemela, haya tenido algo de influencia en hacerme entrar en razón. Ser un buen modelo de comportamiento para mi sobrina y mi sobrino solo fue la guinda del pastel.

Ella se encoge de hombros.

—Puede que un poco.

—Vamos —le digo—. Podemos seguir hablando durante la cena.

Ella mira a Nora por última vez, mostrándose algo reacia a dejarla sola, antes de seguirme hasta la cocina.

Su mirada recorre la estancia de arriba abajo.

Es un espacio completamente abierto, con líneas limpias y ventanas que dejan que la luz se extienda sobre los suelos de madera maciza.

Hay encimeras de mármol gris, grifería cromada y armarios con puertas de cristal.

Por mucho que me gustase saber qué opina de mi casa, me guardo la pregunta bien adentro. Ya está bastante nerviosa. No necesito inquietarla todavía más diciéndole que podríamos encontrar otro sitio, uno que le gustara más.

—¿Vino? —pregunto, felicitándome internamente por mantener la conversación ligera mientras cojo una copa del armario.

—Probablemente esa sea buena idea. Necesito algo para tranquilizarme un poco.

Sirvo el vino y le paso una copa llena a medias antes de reclinarme contra la isla y dejar que mi mirada se detenga sobre ella solo lo suficiente para hacer que el color florezca en sus mejillas.

No puede sentirse tan ambivalente respecto a mí si la hago ruborizarse con tanta facilidad.

Y con eso, desde luego, puedo trabajar.

—Te prometo que no será tan malo.

Con su mirada clavada en la mía, ella levanta la copa y le da un largo sorbo.

—¿Te gustan los espaguetis? —pregunto, cambiando de tema y moviéndome a un terreno más seguro.

—Sí. ¿De qué sitio vas a pedirlos?

Sonrío burlonamente.

—De ninguno. Voy a hacerlos yo mismo.

Ella le da otro sorbito al vino.

—Bueno, considérame oficialmente sorprendida.

Vuelvo a mirarla rápidamente y la veo acomodarse en la isla de mármol. No puedo decir que no me guste la imagen de Callie poniéndose cómoda en mi cocina, bebiendo una copa de vino mientras le preparo la cena.

Es una a la que decididamente podría acostumbrarme.

Ella se queda en silencio mientras yo preparo nuestra comida.

Lleno una olla grande con agua y la pongo en los fogones para que hierva.

Abro la nevera, saco un recipiente lleno de una salsa que hice hace unos días, y la echo a una sartén.

Entonces cojo media hogaza de pan italiano, la corto longitudinalmente y la cubro con una mezcla de mantequilla, ajo y parmesano.

No tarda mucho en hervir el agua y calentarse la salsa.

Añado la pasta fresca que he comprado en un mercado de especialidades italianas.

En tres minutos como máximo estará al dente.

Todo debería estar listo más o menos a la vez.

Los espaguetis son un plato sencillo y reconfortante.

Durante todo el tiempo que estoy trabajando, Callie se sienta en el taburete al otro lado de la isla y me observa.

Me hace preguntarme si alguna vez se ve en la situación de que alguien cuide de ella, en vez de ser siempre ella quien cuida de todo el mundo.

No demasiado a menudo, dada la expresión de su cara.

—¿Cocinas mucho? —pregunta.

—Más de lo que habrías podido imaginarte —digo, removiendo la salsa—.

Fue algo que me acostumbré a hacer después de la universidad.

Lo creas o no, la comida a domicilio acaba volviéndose tediosa.

Y resulta que me gusta cocinar. El ritmo que requiere hacerlo es tranquilizador.

Es una forma estupenda de relajarse al final del día.

Ella murmura, mirando su copa:

—Jamás me lo habría figurado.

Yo vuelvo la cabeza y me encuentro con su mirada interrogante.

—No estoy seguro de por qué t e sorprende esto. Tampoco es que sepas demasiado de mí.

Ella frunce el ceño y deja la copa en la encimera, haciendo un sonido de cristal contra mármol.

—Hay muchas cosas que sí sé. Eras amigo de Zane, y eso fue más que suficiente.

Cuando la pasta está lista, sirvo los platos y le pongo uno delante antes de sentarme en otro taburete junto a la isla.

Me recuerdo a mí mismo que cambiar la percepción de Callie sobre mí llevará tiempo y paciencia.

Por suerte, dispongo de ambas cosas.

—Tienes razón —admito—. Yo era su amigo. Pero ya hace algún tiempo que no estamos muy unidos.

Sus hombros suben y bajan, pero ella no responde.

En vez de insistir en el tema, lo dejo estar. Comemos unos minutos en silencio. Es un silencio de los que ocultan muchas cosas detrás, y no de los cómodos.

Ella se termina más o menos la mitad de la cena antes de dejar los cubiertos y decir con voz queda:

—De verdad que no entiendo por qué estás haciendo esto.

No le respondo enseguida. En vez de eso la miro detenidamente, observando la forma en la que está sentada, tiesa como un palo de escoba, con los músculos cargados de tensión. Sería imposible no darse cuenta del tono a la defensiva que se ha colado en su voz.

—Tú mereces algo mejor, Callie. Mereces algo más. Y quiero ser yo quien te lo dé.

Sus dedos se aprietan agarrándose del delicado pie de su copa.

—Incluso mientras estabas con… —Mi voz se suaviza, al tiempo que giro mi silla hacia ella—. Yo te veía. Y veía cómo él te trataba.

Ella pestañea rápidamente, como si estuviese intentando procesar algún idioma extranjero.

—Pero no había nada que yo pudiese hacer —añado—. Tú estabas con él, y yo lo respetaba. Aunque odiase cada puto segundo.

Esta vez ella levanta la copa con una mano temblorosa y le da un trago más grande. Es tan tentador estirar la mano y rodear la suya con mis dedos para que deje de temblar…

Pero llevo esperando este momento mucho tiempo.

Puedo esperar un poco más.

Cuando haya acabado con esta mujer, no habrá ningún otro sitio en el que desee estar, ni deseará que nadie más la toque.

Maldita sea, pienso asegurarme de ello.

Ella mira hacia abajo, hacia su copa casi vacía del todo y dice con voz suave:

—¿Podrías tan solo… hacerme un favor?

—Lo que quieras.

Cuando ella intenta esquivar mi mirada, yo le pongo los dedos por debajo de la barbilla, sosteniendo su cara hacia arriba hasta que sus ojos se encuentran con los míos.

Necesito que me vea.

Que me vea de verdad.

Si vamos a hacer esto, si voy a darle cada maldita cosa que se merece, tiene que entender que lo hago en serio.

Abre los labios, y cuando su lengua se desliza rápidamente para humedecérselos, mi autocontrol flaquea. Sería tan fácil inclinarme hacia adelante, recorrer esos últimos centímetros y probar su sabor…

Pero en vez de eso, sus palabras atraviesan la neblina.

—Sé que piensas que es esto lo que quieres, pero confía en mí, no lo es. En un par de semanas, se te habrá pasado. Te aburrirás, cambiarás de idea y querrás que nos marchemos de aquí. Solo avísame con algo de antelación para poder encontrar otro sitio para vivir.

Yo meneo la cabeza y mi mirada desciende hasta esos labios turgentes en los que no he dejado de pensar desde el día en que nos conocimos.

—Eso no va a ocurrir, Callie. No en unas cuantas semanas. Ni en unos cuantos meses. Ni en años. Ni nunca.

Sus cejas se juntan rápidamente en el centro de su frente.

—¿Cómo puedes decir eso? Vives solo y eres libre de hacer lo que quieras. No sabes lo que es cuidar de una niña pequeña. Igual que la comida a domicilio, acabará volviéndose tedioso para ti. Confía en mí, a Zane no le costó demasiado aburrirse. E igual que él, nos querrás fuera de aquí.

El tenue y amargo temblor de su voz casi me desgarra por dentro.

En ese momento, quiero encontrar a Zane Holloway y retorcerle el maldito cuello con mis propias manos por hacerla dudar de su valía, por convertir el amor en algo que le dejó unas cicatrices que ella sigue sufriendo.

No solo le rompió el corazón. Le arrancó la seguridad en sí misma.

Su creencia de que alguien podría elegirla y quedarse con ella.

Le pongo los dedos por debajo de la barbilla y mi pulgar se desliza por su labio inferior. Es una caricia tan pequeña… Pero la ternura que siento ahí hace que todo se paralice en mi interior.

—Yo no soy él —digo—. No hago promesas que no pretendo cumplir. Y no me largo cuando las cosas se ponen difíciles.

Un resplandor atraviesa fugazmente sus ojos, algo frágil que brilla dentro de ellos. Pero ella lo contiene. Quiere creerme.

Pero no puede.

Todavía no.

—Antes no estabas con un hombre —prosigo—.

Estabas con un crío egoísta que no sabía apreciar el valor de lo que tenía.

Le entregaste tu corazón, tu lealtad, una familia, y él lo despreció todo.

Pero yo te veo, Callie. Sé todo lo que eres.

Lo que has construido. El peso que soportas. Y lo quiero. Todo.

Ella se queda inmóvil y el silencio entre nosotros está ahora cargado de cosas que han quedado sin decirse.

—No voy a irme a ninguna parte —añado—. Así que no me confundas jamás con la clase de tío que haría eso.

Sus labios se abren, y ella suelta un suspiro tembloroso.

—¿Qué es esto para ti, River?

Yo no titubeo.

—Esto —digo, apoyando mi frente contra la suya—, es todo lo que siempre he deseado. Tú. Nora. Esta vida.

Ella traga saliva lentamente.

—No te creo.

Aunque la respuesta me decepcione, no me sorprende.

Asiento despacio mientras le sigo sosteniendo la cara.

—Eso está bien. No tienes que hacerlo. Todavía no. Zane te hizo algo muy gordo, y lo entiendo. Pero quiero que sepas que voy a demostrártelo cada día hasta que lo único en lo que creas sea yo.

Sus ojos brillan por las lágrimas contenidas, pero no se aparta.

Es algo muy pequeño, que se quede quieta y me deje acercarme aunque solo sea este poquito.

Pero ahora mismo, siento como si lo fuera todo.