15 Capítulo quince
CAPÍTULO QUINCE
CALLIE
Todavía estoy pensando en la forma en que los cálidos dedos de River han rodeado los míos cuando aparcamos frente a mi casa. En cuanto detiene el motor, salgo de la camioneta y abro la puerta para llegar hasta Nora. Entonces es cuando me doy cuenta de que se ha quedado dormida.
River se detiene a mi lado, y su mirada se posa en ella.
Su expresión se vuelve tierna.
—¿Cómo es posible que sea todavía más adorable cuando duerme?
Yo resoplo, con una sonrisa asomando en mis labios.
—Ni idea. Pero sé que es todo un torbellino cuando está despierta, y que está empezando a ser demasiado mayor para echarse siestas. Tenía la esperanza de que eso tardase al menos otros seis meses.
Él cambia ligeramente de postura.
—¿Deberíamos esperar a que despertase o intento sacarla de ahí ahora?
—Hagamos un intento. Estoy segura de que quieres meter la cama ahí dentro y montarla. Probablemente tendrás planes para esta noche.
—Pues no. Ninguno. —Sus ojos se encuentran con los míos—. Soy todo tuyo, todo el tiempo que quieras.
Titubeo y tomo aire de golpe, buscando alguna respuesta en mi cabeza.
Pero no encuentro ninguna. Me he quedado totalmente en blanco.
Me obligo a toser para serenarme.
—Probablemente deberías sacarla tú.
Me dedica una sonrisita antes de desabrochar el arnés y pasárselo a Nora por encima de los hombros, intentando crear espacio para maniobrar.
Nora se remueve pero no se despierta. Al menos, todavía no.
Él le pasa con cuidado las manos por debajo de los brazos y la saca del asiento.
En cuanto su cuerpo laxo queda libre, él se la acerca contra el pecho y la sostiene de forma que la cabeza de ella queda colocada debajo de su barbilla.
Ver a mi hija acurrucada contra este hombre me hace sentir algo extraño por dentro. Aparte de la ayuda de mis padres cuando me hacen de canguros, esta es la primera vez en años que no siento que tenga que hacerlo todo sola.
Mientras recorremos el camino hacia la puerta, River dice:
—Parece que te han dejado algo pegado a la puerta.
Pestañeo para salir de mis pensamientos.
—¿Eh?
Él hace un gesto con la cabeza hacia allí, y es entonces cuando veo el sobre. De un blanco brillante, con mi nombre y dirección impreso en la parte delantera. Parece algo oficial. Algo me atenaza por dentro.
¿Será del banco, por los pagos atrasados del préstamo?
¿No vendrían hasta mi casa en fin de semana, verdad?
Mis pasos vacilan mientras el terror se acumula en mi interior. Tengo miedo de averiguar lo que hay ahí dentro. Ya sé que, sea lo que sea, no será nada bueno.
Con River observándome, me obligo a cogerlo y despegarlo con cuidado de la puerta. Me tiemblan los dedos mientras lo abro y leo rápidamente el contenido. Frunzo el ceño y vuelvo a leerlo por segunda vez, intentando entender los párrafos. Sin previo aviso, siento que el mundo se me viene abajo.
—¿Va todo bien? —pregunta River por detrás de mí, con Nora todavía dormida en sus brazos.
Aviso de subida del alquiler: 500, 00 $, aplicable el mes que viene.
Las palabras del papel se me hacen borrosas.
Quinientos dólares.
Estoy dándole vueltas a esa cifra en silencio.
Ni siquiera el pedido de postres para los restaurantes de Beau será suficiente para cubrir todos mis gastos. Da igual cuánto trabaje, siempre aparece algo que se traga mis ahorros.
Es agotador.
¿Cuánto tiempo más podré seguir haciendo esto?
Soy igual que un hámster dando vueltas en una rueda eterna.
Lo que es aterrador es ser consciente de golpe de que estoy a solo un desastre más de perderlo todo.
Se me escapa un sonido que está a medias entre una risa y un sollozo.
—Me van a subir el alquiler quinientos dólares —susurro, mientras el papel tiembla en mi mano—. El casero ni siquiera me ha dado treinta días de preaviso.
No me doy cuenta de que las lágrimas están rodando por mis mejillas hasta que tengo la mano de River apoyada en la parte de abajo de mi espalda.
—Estoy seguro de que hay alguna forma de luchar contra ello. Al menos para conseguir treinta, o incluso sesenta días. Lo que está haciendo tiene que ser ilegal.
Meneo la cabeza.
—He oído por algunos de los vecinos que quiere vender este sitio a una promotora. Y subirme el alquiler de golpe es una forma de obligarme a marcharme.
Él se acerca un paso más.
—¿Y si pudiese ofrecerte una solución?
Yo le miro, mientras se me pone el cerebro del revés.
—¿Una solución?
Hay un instante de silencio mientras sus ojos azules se clavan en los míos, ardientes.
—Múdate a mi casa.
Se me arruga la frente.
No es posible que le haya oído bien.
—Nora y tú podéis quedaros conmigo —repite—. No os cobraría alquiler. Sin estrés. Podría ayudarte con ella. No tendrías que hacer todo esto tú sola.
No es posible que lo esté diciendo de verdad.
Yo meneo la cabeza y estudio su rostro.
—¿Por qué ibas a ofrecerme algo así?
Su expresión no vacila ni un instante.
—¿Quieres la verdad? ¿O una versión que sea más fácil de digerir?
El pulso se me para y luego vuelve a arrancar.
—La verdad.
Su mirada firme se queda clavada en la mía.
—Llevo años deseándote, Callie. No solo de pasada, o como una fantasía.
Te he deseado a ti. A tu yo de verdad. Al yo que hace pasteles cuando está estresada y se muerde el labio cuando piensa más de la cuenta.
A la mujer que ha construido una vida para su hija sin la ayuda de nadie.
Apareciste en mi mundo y e hiciste pedazos todos mis planes.
Y me parece como si hubiese estado esperando mi oportunidad desde entonces.
La fuerza de sus palabras me golpea y me deja sin palabras, sin ninguna de las defensas que creía tener.
Cuando me quedo callada, insegura sobre cómo responder, él estira el brazo y me sostiene la mejilla con la mano. Me acaricia con el pulgar, justo por debajo de uno de los ojos.
—Me he sentido así desde la primera vez, cuando Zane nos presentó —dice con voz queda—.
Fue después de un partido. En algún club del centro.
Tú entraste con ese vestido negro y las sandalias de tiras, y te lo juro, toda la maldita sala se esfumó.
Era incapaz de dejar de mirarte. —Su tono se vuelve más áspero—.
En aquel entonces, consideraba a Zane mi amigo.
Pero, ¿verte a ti a su lado? ¿Viendo cómo le mirabas?
No creo haber odiado a nadie tanto en mi vida.
Y llevo desde entonces anhelando en secreto lo que él nunca supo apreciar.
No consigo recuperar el aliento.
Cada palabra me ha puesto del revés.
—¿Eso has hecho?
Él asiente.
—Todo el tiempo.
Cambio de postura ligeramente, mirándole a los ojos en busca de alguna señal de duda, alguna grieta en su sinceridad. Ya me he equivocado antes, y no quiero jugármela y volver a equivocarme.
Una pregunta flota hasta colocarse en primer plano. Una que pesa demasiado como para poder ignorarla.
—¿Qué quieres a cambio?
Él ni se inmuta ni aparta la vista.
—Te quiero en mi cama. Y cuando estés lista para entregarte a mí, querré eso también. Pero lo que de verdad quiero va mucho más hondo… —Hay una pausa—. Lo quiero todo de ti. Cada parte caótica, complicada y brillante de ti.
Y así, sin más, todo el aire se esfuma de mis pulmones.
No tengo ni idea de cómo responder.
Mi cerebro me grita que salga corriendo, pero, ¿qué otra elección tengo?
Necesito un sitio seguro para Nora.
Si solo estuviese yo, podría arreglármelas de algún modo.
Mi mirada se pasea de su rostro al de mi hija, que todavía está dormitando en sus brazos. Mentiría si no admitiese que una parte de mí quiere decirle que se vaya al infierno. Llevo años peleando sola, y puedo seguir haciéndolo.
Pero, mi corazón…
Maldita sea, está tan cansado de estar solo…
De ir río arriba sin parar.
Dejo caer los hombros cuando ese último pensamiento resuena en mi cabeza.
—¿Tengo alguna otra elección?
Él se inclina hacia mí y desliza la mano suavemente en mi nuca, anclándome en el sitio.
—Siempre hay alguna elección, Callie. Una es seguir haciéndolo todo por tu cuenta. —Su mirada desciende hasta mi boca antes de regresar a mis ojos—. La otra es permitirme que te ayude.
—Por un precio —murmuro, porque necesito decir la verdad en voz alta.
Él inclina la cabeza y me acaricia la oreja con los labios.
—Te prometo que no será uno que te importe lo más mínimo pagar.
Su voz es grave.
Llena de confianza.
Íntima.
Y así, sin más, un escalofrío de fuego me recorre, haciendo que cada una de mis terminaciones arda en llamas.
Examino su rostro, cada sombra y cada línea, pero no puedo encontrar ni una sola razón para decir que no.
Si tengo que ser honesta conmigo misma, hay una parte de mí que no quiere hacer eso.
Es imposible que este respiro dure mucho.
River se ha quedado cuidando de Nora unas horas antes de su hora de acostarse.
No tiene ni idea de lo que es convivir con una niña pequeña las veinticuatro horas del día.
Después de una semana o dos, día más o día menos, la canción será otra.
Tendré suerte si la cosa dura un mes. Solo el tiempo que haga falta para que yo pueda pensar en una solución más permanente para vivir.
—De acuerdo —susurro.
El alivio le cruza rápidamente por el rostro, junto con algo más.
Algo para lo que yo no estaba preparada.
Posesividad.
Casi como si ahora que he dicho que sí, no tuviese intención alguna de dejarme marchar jamás.
Tengo que recordarme a mí misma que ya he visto esa mirada antes.
Zane también la tenía al principio.
Esta vez, soy más vieja.
Más sabia.
No me dejaré engañar por palabras bonitas envueltas en promesas vacías.
—¿Cuándo comienza este arreglo? —pregunto.
—Ahora mismo. Entra y recoge lo que Nora y tú vayáis a necesitar durante unos días. Contrataré a una empresa de mudanzas mañana para que te traiga el resto.
Un escalofrío me recorre al ver lo rápido que está ocurriendo todo, y titubeo.
—¿Estás seguro de esto, River?
—No he estado tan seguro de nada en toda mi vida.
Me obligo a hacerle la siguiente pregunta.
—¿Y qué pasa con Zane? Es tu amigo y compañero de equipo. ¿Eso no va a causarte problemas?
Él recorre la poca distancia que quedaba entre nosotros hasta que está lo bastante cerca para que yo sienta la suave presión de Nora contra mi pecho.
—Hace mucho tiempo que Zane y yo ya no somos amigos —dice con tono suave—. Me he pasado años esperándote pacientemente. Y ahora, ya he acabado de esperar.
Sus palabras hacen que un innegable estallido de emoción me atraviese.
En este momento, no puedo decir si acabo de tomar la mejor decisión de mi vida…
O una que me destrozará por completo.