14 Capítulo catorce
CAPÍTULO CATORCE
RIVER
Cuando aparco a la entrada del adosado de Callie, ya he comprobado tres veces las correas de la parte trasera de mi camioneta y he ajustado el nuevo asiento infantil que instalé anoche. No quiero que a ella le preocupe ni una maldita cosa hoy.
Seguramente estaba esperando junto a la ventana. En cuanto paro el motor, sale con Nora a la cintura y una bolsa de pañales colgada del hombro. Lleva el pelo recogido en un moño informal, y su ropa es sencilla, unas mallas y un jersey holgado. No parece llevar ni una pizca de maquillaje.
Y, lo juro, nunca me ha parecido más sexi que ahora.
—Hola. —Salgo de un salto y cierro la puerta de golpe.
—Hola. —Ella se recoloca a Nora en brazos mientras yo rodeo la camioneta por delante y me reúno con ellas en la acera.
En cuanto llego a su lado, estiro la mano y acaricio una de las aterciopeladas mejillas de Nora con un dedo.
—Hola, bichito. ¡Qué día tan emocionante! ¿Estás preparada para una cama de niña mayor?
Ella sonríe, mostrando sus dientes blancos como perlas.
—¡Rivvy!
Callie pestañea, mirando fijamente a su hija primero y luego a mí.
—¿Rivvy?
—Le debe de resultar más fácil de pronunciar que River. Así que dejemos que lo haga. —Cuando las cejas de Callie se juntan en el centro de la frente, dejo escapar una tos suave y cambio de tema—. ¿Estás lista?
—Sí. —Señala hacia un pequeño utilitario que ha conocido días mejores aparcado calle arriba—. Cogeré mi coche y nos veremos allí, porque llevo el asiento adaptado para niños.
Abro la puerta de atrás de la camioneta y le enseño el asiento nuevo que he comprado.
—No es necesario que lo hagas.
Ella se detiene, titubeando.
—Un momento… ¿Tienes uno?
Yo asiento.
—Así es.
—¿Por qué? —Su voz suena insegura, como si la pregunta tuviese demasiados niveles de significado y ella tuviese miedo de la respuesta.
Me encojo de hombros, intentando parecer despreocupado.
—No quería que tuvieses que sacar el tuyo y luego tener que encargarte de volver a instalarlo. Esas bases son un auténtico coñazo.
Por segunda vez en cuestión de minutos, ella me mira con los labios ligeramente entre abiertos, mientras un torbellino de emociones le cruza el rostro. Sorpresa, confusión, y algo que se parece sospechosamente a la gratitud.
—No tenías por qué hacerlo —dice, ahora más tranquila.
—Lo sé. Pero quería hacerlo. Facilita las cosas.
Sin decir nada más, sujeta a Nora suavemente al asiento antes de subirse al del pasajero, delante.
Cuando ella no se abrocha su propio cinturón de seguridad, me acerco lo suficiente como para que el débil aroma de su champú me envuelva.
Mis dedos le acarician el costado cuando me estiro para agarrar el cinturón y me tomo mi tiempo antes de pasárselo por encima del pecho.
Ella se queda paralizada después de coger aire de repente cuando mis nudillos le rozan el borde de un pecho antes de descender a abrochárselo. En vez de apartarse, mi mano permanece ahí, con los dedos descansando suavemente sobre el cierre.
Cuando por fin levanto la vista, sus ojos están muy abiertos y clavados en los míos. Tiene las pupilas dilatadas y los labios solo ligeramente separados. Siento que el aire entre nosotros está cargado, como si el más ligero movimiento fuese capaz de hacernos caer por el borde del precipicio.
—Gracias —me susurra.
Mi mirada desciende hasta sus labios y se queda ahí un instante antes de volver a ascender hasta sus ojos.
—De nada.
Cierro la puerta suavemente y luego me apresuro a rodear el capó y sentarme a su lado. Tenerla tan cerca tiene algo que me afecta más profundamente de lo que me esperaba. Sinceramente, no es un momento que jamás hubiese creído que iba a disfrutar.
Pulso el botón de arranque y nos alejamos de la acera.
Nora patalea y balbucea todo el camino hacia el hipermercado para bebés.
Callie permanece en silencio, removiéndose nerviosa a mi lado.
Yo rebusco en mi cerebro algo que pueda romper la tensión, pero se queda obstinadamente en blanco.
En cuanto aparcamos en el parking, Callie se desabrocha el cinturón y salta de la camioneta.
Para cuando abre la puerta de atrás, yo ya estoy ahí, apartándola suavemente de mi camino y soltando a Nora de su sillita.
—Puedo llevarla yo —dice Callie, estirando los brazos para coger a su hija.
Yo digo que no con la cabeza, ya cambiando a Nora de posición en mis brazos.
—No, ahora nosotros dos somos superíntimos. Nos hicimos amigos la otra noche. —Miro a la pequeña—. ¿No es verdad, bichito?
Nora se ríe y agarra con fuerza un puñado de la tela de mi chaqueta, como si estuviese totalmente de acuerdo.
Callie murmura:
—En realidad no lo entiendo en absoluto. Ella no se va así con cualquiera.
Una lenta sonrisa se extiende por mi rostro.
—Supongo que está claro que yo no soy cualquiera, entonces.
Dentro de la tienda huele a toallitas con aroma de lavanda y a talco para bebés. Yo llevo a Nora mientras recorremos tranquilamente los pasillos con Callie a mi lado. Su mirada salta rápidamente entre las camas infantiles y yo, como si estuviese intentando procesar las dos cosas a la vez.
Una dependienta se nos acerca. Es todo entusiasmo y energía.
—¡Ay, cielos! ¡Vuestra hija es adorable! ¡Y es igualita a ti!
Cuando Callie abre la boca, más que probablemente para aclarar nuestra relación real, digo antes de que ella pueda pronunciar palabra:
—Gracias.
Callie, a mi lado, se queda callada, pero siento su mirada sobre mí cuando Nora me dedica una gran sonrisa y luego apoya la cabeza en mi hombro.
Le decimos a la dependienta qué es lo que estamos buscando, y ella nos conduce hasta una lujosa selección de camitas para niños. Encontramos una de líneas elegantes, con una alta puntuación de seguridad y que cuesta tanto como una entrada para los playoffs.
Callie le echa un vistazo a la etiqueta del precio y menea la cabeza.
—No, esto es demasiado…
—¿Te gusta? —le digo, cortándola—. ¿Crees que a Nora le gustaría dormir en ella? ¿Es algo que le puede valer mientras crece?
Callie evita mi mirada con decisión mientras se mordisquea el labio inferior.
—Sí.
—Entonces, no tenemos nada más que discutir. —Saco la tarjeta antes de que ella pueda argumentar nada más, y se la entrego a la vendedora—. Nos la quedamos.
La mujer poco menos que chilla.
—¿Y el colchón?
—Nos quedaremos uno de esos también.
Ella arquea una ceja.
—¿Y una garantía ampliada?
—Así es.
Con mi tarjeta en la mano, se aleja para pasarla por el lector y cerrar la compra.
En cuanto desaparece por la esquina del pasillo, Callie se vuelve hacia mí.
—River, me encanta la cama, y creo que a Nora le encantará también, pero… —El rubor se extiende por sus pálidas mejillas—. Es demasiado. No puedo permitírmelo.
Le sostengo la mirada.
—Es un regalo. No hace falta que tú pagues nada.
—No espero que tú nos compres la cama. Nora es responsabilidad mía. Y soy más que capaz de cuidar de nosotras dos. —Levanta la barbilla, mientras le tiembla el labio inferior—. Llevo casi tres años haciéndolo por mi cuenta.
Esa confesión hace que el corazón me duela un poco. Me parece tentador levantar la mano y acariciarla para aliviarle el dolor.
—Lo sé. Eres una de las personas más fuertes que jamás he conocido, Callie. De verdad que admiro eso de ti…
Ella pestañea, y su mandíbula se queda fuertemente apretada, como si no supiese bien cómo responder al cumplido.
Por tentador que sea acercarla a mí y rodearla con mis brazos para aliviar algo del dolor que lleva dentro, me quedo inmóvil.
—Nora se merece una cama que pueda crecer con ella. Y tú también. Así que déjame que haga esto.
Justo cuando pienso que va a continuar discutiendo o a rechazar el regalo directamente, ella mueve la cabeza asintiendo con brusquedad.
—Vale. Pero solo esta vez.
Su capitulación es como una pequeña victoria para mí.
Como si estuviese un paso más cerca de que ella me dejase entrar en su vida.
Después de firmar el recibo, cargamos las enormes cajas en la parte de atrás de la camioneta y las atamos con firmeza. Callie me observa todo el tiempo con el ceño ligeramente fruncido, como si estuviese viendo algo que no sabe bien cómo manejar.
Nora parlotea todo el camino de vuelta mientras mira por la ventanilla y la llena de huellas dactilares. No puedo evitar sonreír. Aunque Callie se quede en silencio, sus pensamientos se oyen alto y claro.
La miro de reojo antes de volver a centrar mi atención en la carretera que se extiende frente a nosotros.
—¿Te encuentras bien?
Ella asiente, un poco demasiado rápido.
—Sí. Solo cansada.
—Siento que hayas tenido que pasar por todo esto tú sola. Zane tendría que haber sido una pareja mejor. —Miro a Nora por el retrovisor, y algo se derrite en mi interior—. Un padre mejor, al menos.
Ella traga saliva lentamente y me mira a los ojos.
—Lo creas o no, no me arrepiento de haber tenido algo con él.
De no haberlo hecho, ahora no tendría a Nora.
Y ella es mi mundo entero. Es la razón por la que me levanto de la cama cada día y trabajo tanto como lo hago.
Ojalá Zane estuviese más implicado, pero tal vez sea mejor que no lo esté.
Solo me faltaría que Nora desarrollase apego por él, y que él la dejase tirada cuando fuese lo bastante mayor para entenderlo y para que su indiferencia le hiciese daño.
Ni siquiera pienso en estirar la mano y coger la suya.
Solo lo hago.
Por la forma en que sus ojos se agrandan y ella se queda inmóvil en su asiento, está tan sorprendida por el inesperado gesto de consuelo como yo. No me sorprende del todo que retire los dedos para soltarse antes de entrelazarlos sobre el regazo, nerviosa.
Ninguno de los dos pronuncia palabra durante el resto del camino.
El silencio no es incómodo pero sí está cargado.
Cargado de cosas que los dos estamos evitando.
Aprieto con firmeza el volante y me centro en la carretera que tenemos por delante, aunque cada parte de mí esté pendiente de ella.
De la forma en que se remueve en su asiento.
Del lento ritmo de su respiración. Del leve aroma de su perfume, revoloteando por el aire.
Me digo a mí mismo que tengo que estar satisfecho con lo que sea que ella esté dispuesta a darme.
Pero la verdad es que ya he dejado atrás ese punto.
Quiero más.
Más de lo que ella está preparada para dar.
Más de lo que ella tal vez esté jamás dispuesta a dar.
Y no importa cuánto intente frenarlo, ya no hay vuelta atrás.