Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 13 Capítulo trece
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13 Capítulo trece

CAPÍTULO TRECE

CALLIE

Para cuando por fin llego a la pastelería a la mañana siguiente, estoy funcionando a base de cafeína y nervios.

Nora se ha despertado con unas décimas de fiebre.

Aunque no era nada serio, no he podido quitarme de encima la ansiedad que se me clava en las tripas con uñas y dientes.

Parecía estar bien para cuando la he dejado en casa de mis padres, pero todavía estoy preparándome por si recibo una llamada de teléfono.

Así que cuando entro y veo una banderola púrpura y con brillitos que reza «¡Felicidades!», me quedo clavada en el sitio. En el mostrador hay un pastel con un glaseado de color rosa chillón. Antes de que me dé tiempo a reaccionar, me encuentro atrapada en un abrazo de grupo.

Rina me estruja tan fuerte que casi me rompe una costilla.

—¡Qué orgullosas estamos de ti!

Sloane sonríe.

—Sabía que lo tenías comiendo en la palma de tu mano. El año que viene por estas fechas, estarás abriendo un segundo local en las afueras.

Lilah me ofrece una taza de mi té de menta favorito.

—Te lo has ganado, Cal.

Casi me resulta un shock descubrir que se me llenan los ojos de lágrimas y se me hace un nudo en la garganta. Solo soy capaz de apretar una mano contra el pecho y tratar de contener toda la emoción que intenta liberarse.

—Gracias. En serio, de verdad que os lo agradezco.

Las cuatro nos apretujamos en la mesa de atrás, junto a la ventana, y le hincamos el diente al pastel mientras Rina arquea las cejas.

—Así que… Beau. Ese sí que es un hombre sexi.

—Definitivamente, es guapo —asiento.

Sloane se inclina hacia adelante.

—Cuéntanoslo todo. ¿Fue una cena de negocios… —Menea las cejas—. O una cena con negocio?

Me echo a reír.

—Fue solo una cena de negocios. Aunque el restaurante me pareció más romántico de lo que me había esperado, y él pidió vino. Y luego, al final… Me pareció como si fuese a intentar besarme.

—¿Y? —pregunta, inquieta, Rina, sentándose más derecha—. ¿Y qué pasó entonces?

Es casi embarazoso admitir la verdad.

—Puede ser que le dijera que no creía que fuera buena idea mezclar los negocios con nada personal antes de pasarme medio minuto intentando abrir la puerta del coche y salir corriendo.

Lilah suelta una risita.

—¡Oh, no!

Lilah levanta las manos.

—Ay, chica. Yo me habría pegado a ese hombre como el glaseado a un donut.

—Sí, bueno… —Me encojo de hombros—. No sentí que fuese lo adecuado. Tampoco es que él hiciese nada malo. Solo es que yo no lo sentía así.

Sloane inclina la cabeza a un lado.

—Mmm… ¿Fue eso porque estabas demasiado ocupada pensando en cierto jugador de hockey rubio con kilómetros de músculos?

Yo pongo los ojos en blanco.

—Por supuesto que no. Se quedó cuidando de Nora y eso fue todo.

—Eso fue tan encantador por su parte… —dice Lilah.

Lo fue.

Es imposible luchar contra la sonrisa que se dibuja en mis labios.

—Vale, lo admitiré. Él estuvo genial con ella.

Yo pensaba que se pondría triste cuando me fuera, pero apenas notó que me había ido.

Pintaron, jugaron con sus juguetes y vieron la tele.

Cuando llegué a casa, me encontré a Nora dormida encima de él.

—Un instante de silencio sigue a esa afirmación—.

Ver lo bueno, paciente y amable que fue con ella significó para mí más de lo que yo me habría esperado.

Sloane arquea una ceja.

—Continúa. Esto me está encantando, un montón.

Rina hace una mueca traviesa.

—¿Quieres decir que derritió tu corazón helado e independiente, solo un poquito?

Antes de que pueda responderle, suena la campanilla de la puertaa mis espaldas y, así, sin más, ahí está él plantado en la entrada, como si lo hubiese conjurado directamente con mis pensamientos.

Es alto, resplandeciente como si fuera de oro, y está irritantemente sexi con su sudadera desgastada y sus vaqueros. Su mirada se posa en mí como si yo fuese lo único que pudiese ver. Siento la chispa de electricidad que siempre parecemos generar alcanzando los dedos de mis pies.

Rina murmura:

—Hablando del diablo…

Sloane sonríe.

—Puntual como un reloj.

River se dirige derecho hacia nosotras, lanzándoles a las otras mujeres unas miradas rápidas a modo de saludo.

—He oído que anoche hiciste de canguro —dice Rina—. ¿Vas a cambiar el hockey por un trabajo de niñero?

Él ni siquiera parpadea, y su atención sigue clavada en mí.

—Eso depende de a quién tenga que cuidar.

Ese comentario hace que me suba el calor por el cuello.

Sin estar muy segura de cómo responder, me levanto.

—Iré a buscar tu pedido de siempre.

Sería difícil no sentir su presencia mientras me sigue hasta el mostrador.

Se me queda la mente en blanco y las palmas de las manos se me inundan de sudor. Es de lo más ridículo que he sentido en la vida. Rebusco en mi cerebro algo que decir antes de soltar torpemente:

—Gracias otra vez por cuidar de Nora anoche.

—Fue un placer.

Unos escalofríos me recorren la piel.

—¿Sigue en pie lo del sábado?

Si yo fuese lista, me echaría atrás en lo de esa excursión de compras, tan rápido como pudiese. Me está dando la ocasión perfecta. Solo tengo que aprovecharla.

Pero en vez de eso, asiento.

—Sí.

Meto el bagel en una bolsa y le sirvo un café antes de entregárselo.

Él pasa su tarjeta de crédito por el lector antes de volver a mirar a las chicas y dedicarles un rápido gesto de despedida con la cabeza.

En el preciso instante en que la puerta de cristal se cierra tras él, en la pastelería estalla una andanada de veloces comentarios.

—Oh. Dios. Mío —exclama Rina—. Casi se me han prendido fuego las bragas, ellas solitas. No puedo decir que ninguno de mis matches de Tinder haya tenido tanta química últimamente. O quizás nunca.

—Y hay quien habla de la diferencia que hacen veinticuatro cortas horas… —añade Sloane, meneando la cabeza.

Lilah me dirige una sonrisa anhelante.

—Estoy a punto de desmayarme. En serio, si tú no le besas pronto, lo haré yo.

—Estoy bastante segura de que Steele tendría algo que decir al respecto —dice Rina, y resopla.

Yo vuelvo a dejarme caer en mi silla con el vientre lleno de mariposas.

—No, no es como si…

—Ni se te ocurra decirlo —me interrumpe Sloane.

Aprieto las palmas de la mano contra la mesa y me obligo a serenarme mientras la verdad se hace presente con un peso aplastante.

Ya no estoy segura de si quiero que River deje de intentar meterse a la fuerza en mi vida. Pero tengo un miedo mortal de lo que puede pasar si de verdad tiene éxito y lo consigue.