12 Capítulo doce
CAPÍTULO DOCE
RIVER
Nora está totalmente noqueada sobre mi pecho, rodeándome las costillas con un brazo como si yo fuese su animal de peluche personal. Tiene los labios ligeramente entreabiertos y sus dedos retuercen el tejido de mi jersey.
Probablemente debería meterla en la cama antes de que Callie entre por la puerta. Quiero hacer que las cosas le resulten lo más fácil posible.
Pero no muevo ni un músculo.
Por contra, me quedo ahí en el sillón, encantado de tener a esta pequeñina roncando en mis brazos.
Hay algo reconfortante en la calidez de su cuerpo.
En la confianza que invade su cara cuando me mira con unos ojos del mismo tono exacto que los de su madre.
Podría haberme pedido un pony, y yo solo habría querido saber de qué color.
La puerta de la entrada se abre con un clic, sacándome abruptamente de mis pensamientos, y Callie entra.
Por un instante, me la como con los ojos.
Vale, voy a decir la verdad.
Es más de un instante.
Siempre que tengo a esta mujer cerca, me encuentro a mí mismo olvidándome de todo lo demás que esté pasando alrededor.
Es un alivio que tenga el mismo aspecto que cuando se marchó. Preciosa, tranquila y compuesta. Se quita la chaqueta y la cuelga en el perchero antes de inclinarse para desabrocharse los zapatos, uno tras otro.
Eso no debería ser tan sexi.
Nuestras miradas se quedan clavadas la una en la otra mientras ella atraviesa el espacio que nos separa hasta que no está a más de medio metro.
—¿Puedo suponer que la reunión ha ido bien? —pregunto, negándome a llamarla «cita».
—Así es. Ha aceptado llevar mis postres.
—Eso es genial —le digo, de corazón—. Me alegro por ti.
Me preparo mentalmente cuando ella se inclina para coger a Nora. Lo primero que me golpea es su aroma. Es algo ligero y floral. Es injusto lo rápidamente que se me sube a la cabeza. Inhalo una bocanada de ella antes de poder contenerme.
Sus ojos se agrandan, clavándose en los míos, y los dos nos quedamos inmóviles por un instante.
Tal vez menos.
Pero es suficiente para descolocarme.
Nora se remueve y Callie se aparta, como si hubiese tocado un cable pelado, antes de recolocar a su hija en sus brazos con facilidad. Es casi como si Nora fuese una extensión de su propio cuerpo. Verlas juntas hace que me duela algo por dentro.
Sin más palabras, ella desaparece pasillo abajo. Le doy un par de minutos antes de seguirla. Me la encuentro de pie junto a la cuna de Nora, de brazos cruzados, mirando cómo duerme su hija, como si estuviera intentando absorber ese momento.
Cuando me coloco a su lado, ella da un respingo.
—Solo por si te lo estabas preguntando, se ha portado muy bien conmigo —susurro, porque no quiero despertar a la niña.
Una sonrisa eleva las comisuras de los labios de Callie. No es un gesto que esté acostumbrado a ver. Sobre todo dirigido a mí.
—Me alegro. Estaba algo preocupada. Siempre se porta bien conmigo o con mis padres. Pero pensaba que tal vez se pasaría llorando todo el tiempo que estuviese fuera.
Hago un gesto de negación con la cabeza, solo deseando sosegar sus preocupaciones.
—Pues no. Ha estado estupendamente. —Frunzo el entrecejo mientras observo a la niña con más atención—. Parece que la cuna se le ha quedado pequeña.
Callie suelta una risa cansada.
—Sí, lo sé. Tengo que trasladarla a algo más grande.
Las palabras son simples pero comportan un gran peso.
Me pregunto si será cosa de dinero.
O de tiempo.
O quizás de todo lo que carga sobre los hombros a la vez.
—Podríamos hacerlo este fin de semana —le sugiero.
Su cabeza se vuelve de golpe hacia mí.
—¿Qué?
—Tengo algo de tiempo. Y una camioneta. Podríamos ir y elegirle algo y luego puedo montarlo para ella.
—No tienes que hacerlo.
Sería imposible no notar la confusión que ha cobrado vida en sus ojos castaños.
—Quiero hacerlo —digo, acercándome un poco más.
Cuando ella permanece en silencio, añado:
—¿Recuerdas cuando tuvimos una conversación el otro día sobre cómo está bien aceptar ayuda de vez en cuando? Esta sería una de esas veces.
Sus hombros descienden solo un poco, al tiempo que ella aparta la mirada.
—Hace mucho tiempo que nadie me ayuda.
Yo levanto la mano y le coloco suavemente los dedos debajo de la barbilla. Su piel es tan suave, maldita sea. Y más cálida de lo que yo me esperaba. Resulta casi una sorpresa que ella no se resista cuando giro su cara hacia mí.
—Lo sé —murmuro—. Y lo siento mucho. Si tú me lo permitieses, me gustaría ayudar.
Ella me observa en silencio un puñado de momentos.
Incluso bajo esta luz tenue, veo todas las emociones que combaten por imponerse las unas a las otras en sus ojos.
Tanto su orgullo como su temor. El interminable agotamiento de ser madre soltera y llevar un negocio sin nadie que la apoye.
Y tal vez una chispa de algo que ella no desea admitir.
Ni ante sí misma ni delante de mí.
—Vale —susurra.
Yo no me muevo.
Ni digo nada.
Solo me quedo allí a su lado, lo bastante cerca como para ser consciente del movimiento ascendente y descendente de su pecho.
Y en el silencio subsiguiente, algo delicado se instala entre nosotros.
Algo peligrosamente parecido a un ablandamiento que yo no creía posible.