Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 11 Capítulo once
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11 Capítulo once

CAPÍTULO ONCE

CALLIE

En el preciso instante en que pongo un pie en el restaurante de Beau, aumentan mis sospechas de que esto es más que una reunión de negocios. El espacio está tenuemente iluminado, con música suave y unas bonitas velas encendidas parpadeando en todas las mesas.

La atmósfera es íntima.

Más bien romántica.

Es la clase de sitio en el que un hombre se declara y se h acen planes de futuro.

Se supone que esto es una reunión de negocios sobre posibles contratos y pedidos de postres al por mayor. Pero cuando Beau aparta mi silla y me ofrece una sonrisa lenta y confiada, me doy cuenta de que no está pensando en bandejas de postres.

Me está mirando como si yo fuese el dulce más sabroso del menú.

Y yo no sé qué hacer con eso.

Estoy totalmente fuera de mi elemento.

Beau pide una botella de vino además de nuestras cenas antes de que yo haya tenido ocasión de echarle un vistazo al menú siquiera. Se pasa todo el tiempo engatusando a la camarera con su sonrisa.

Yo ya estuve con un hombre como ese. Alguien que te camelaba rápidamente para llevarte a la cama, y mientras lo hacía ya estaba pensando en su siguiente conquista.

Ese no es un error que pretenda volver a cometer.

Cuando llega el vino, le doy un sorbito por educación y luego dejo la copa en la mesa.

Beau es guapo. Listo. Seguro de sí mismo. Las mujeres literalmente se vuelven para mirarle cuando pasa por su lado.

Debería resultarme atractivo.

En vez de eso, lo único en lo que soy capaz de pensar es en si River se ha dado cuenta de que Nora insiste en leer dos veces Buenas noches, luna.

O en si ella le ha hecho poner voces. O en si le ha convencido de dejarla comer pepitas de chocolate directamente de la bolsa batiendo sus largas pestañas color castaño.

¿Le afectará eso de la misma forma en que me afecta a mí?

Pestañeo y me percato de que Beau me ha hecho una pregunta.

—Así que, River y tú… ¿Cuál es la historia?

Mis dedos se tensan agarrando el pie de mi copa de vino mientras nos dejan los platos de bistec delante.

—¿River?

Beau ladea la cabeza con una sonrisita, como si ya supiera la respuesta.

—Parecéis ser íntimos.

—No lo somos—digo un poco demasiado deprisa, mientras corto un trozo de bistec y luego unto una patata con mantequilla.

Su sonrisa se hace más amplia.

—Estupendo. Aunque daría igual si lo fueseis. Nunca me ha echado para atrás un poco de competencia.

Al oír esa frase, se me hace un nudo en el estómago.

El resto de nuestra comida está repleta de palabras.

Y con eso quiero decir que es Beau el que se encarga de soltar la mayoría de ellas.

Me habla de sus restaurantes, sus inversiones y sus planes para una futura expansión.

Yo asiento y murmuro cosas en los intervalos apropiados, mientras espero sin parar que me haga algunas preguntas sobre mí, o incluso sobre la pastelería.

Tal vez sobre la clase de postres en los que estoy especializada.

No lo hace.

Ni una sola vez.

Miro con cautela el móvil por debajo de la mesa por si hay algún mensaje que no haya visto, pero no hay ninguno. Lo que es bueno. Significa que Nora no le está dando problemas a River.

Vuelvo a centrar mi atención en el rostro de Beau. En las palabras que le salen por la boca. En la vela que titila entre nosotros.

No sirve de nada intentarlo.

En mi cabeza, solo veo a River agachándose para hablar con mi niñita.

Y la bolsa de juguetes que le ha traído.

La forma en que ella le ha dado su peluche, como si le conociera de toda la vida.

Luego está también el sonido de la voz tranquila y serena de River cuando me ha dicho que podía confiarle a Nora.

Vamos por la mitad de la cena cuando me vibra el móvil y yo me lanzo a mirarlo como si fuese una tabla salvavidas.

River: Solo quería que supieras que Nora me ha maniatado y está corriendo a lo loco por toda la casa.

Es broma. Estamos bien. Ha pintado una obra maestra para ti y la hemos colgado de la nevera.

Ahora está viendo la tele. Luego leeremos unos cuantos cuentos y será el momento de apagar las luces para esta señorita.

Siento una punzada aguda.

No sobre la parte en la que dice que ella le ha atado, sino al leer lo bien que se le está dando cuidarla.

—¿Callie?

Levanto la cabeza de golpe y dejo el teléfono a regañadientes sobre el mantel blanco de la mesa.

—Lo siento.

Él bebe un sorbo de vino.

—¿Hay algún problema?

Me obligo a sonreír mientras se llevan nuestros platos.

—No, en absoluto.

—Estupendo. Bueno, te estaba hablando de mis restaurantes.

—Sí. Es realmente interesante.

Se lanza a contarme cómo sus padres tenían unos cuantos y después él los usó como base para fundar su imperio.

Y eso es impresionante, de verdad. Estoy segura de que cuesta mucho trabajo gestionar tantos negocios distintos.

Pero él no empezó de la nada ni construyó su empresa desde abajo.

Resulta mucho más duro cuando el único activo que tienes para invertir es tu propio sudor.

Beau continúa con su cháchara monótona y me cuesta un momento darme cuenta de que he vuelto a desconectar.

—Guau —le digo, esperando que no se haya percatado de mi lapsus.

—No tienes ni idea.

Murmuro algo que pretende expresar que estoy de acuerdo. Entonces, un hombre de unos cuarenta y tantos años se detiene junto a la mesa. Con una sonrisa, Beau se pone en pie. Se estrechan la mano y se ponen a hablar de su partida de golf.

Cuando el móvil me vuelve a vibrar con otro mensaje de texto, lo deslizo en la palma de mi mano y lo leo rápidamente.

River: Si no sé nada de ti en dos minutos, voy a ir a buscarte. Para que lo sepas. Sé dónde estás.

Se me acelera el pulso mientras miro la pantalla.

¿Lo sabe?

Miro rápidamente hacia Beau, aliviada porque siga charlando y riendo con su amigo.

Yo: Vale, voy a cargarme tu farol. ¿Dónde estoy?

La respuesta es inmediata.

River: Sweet Surrender.

Me da un bajón y tecleo lentamente la pregunta que ocupa ahora mi mente por completo.

Yo: ¿Has encendido mi ubicación?

River: Considéralo una medida de seguridad.

Yo: Es un poco como de acosador.

River: Acordemos que no estamos de acuerdo en eso.

Debería estar enfadada porque haya pensado que es perfectamente normal que invada mi privacidad. ¿Pero cómo puedo estarlo cuando me entra una foto de Nora sentada a su lado, encantada y viendo la tele?

En serio, qué raro es esto.

¿Quién se habría imaginado que River Thompson, la superestrella del hockey, era en realidad un encantador de niños en su tiempo libre?

Tal vez él tenga razón y yo no sepa tanto de él como había supuesto.

Yo: ¿Va todo bien?

River: Ella está perfectamente. Solo quería ver qué tal le iba a su mamá.

¡Ay, este hombre! No estoy segura de a qué está jugando, pero no me gusta ni un pelo.

Yo: Todo va bien. No me quedaré mucho más rato.

Espero.

River: Estupendo.

No pienso examinar esa respuesta más a fondo ni con un palo de cinco metros.

Por lo que sé, estará deseando volver a su velada normal ahora que ha hecho su buena obra de este año.

Estoy segura de que tiene una lista de mujeres haciendo cola para tener rollos de una noche con él.

Esa idea se queda engastada en el fondo de mi estómago, como una pesada roca.

En lugar de regodearme en ella, la aparto de mi mente, pero sigue molestándome con insistencia, sin importar lo mucho que finja que no lo hace.

Yo: Gracias otra vez.

River: Que disfrutes del resto de la velada.

Otro mensaje aparece inmediatamente después.

River: Pero no demasiado.

Yo: Lo intentaré.

Me quedo mirando a la pantalla un poco más de tiempo del necesario, mientras una extraña calidez florece en mi interior.

—¿Va todo bien? —pregunta Beau.

Yo pongo rápidamente el móvil boca abajo.

—Así es. Solo estaba comprobando qué tal le iba a River. Probablemente deba volver pronto a casa.

Beau frunce el ceño.

—¿En serio? Esperaba que pudiésemos pasarnos por uno de mis clubs después.

Dejo escapar una carcajada.

Cuando me doy cuenta de que no lo ha dicho en broma, mi risa se desvanece hasta dejar un silencio incómodo.

—Lo siento, yo ya no frecuento los clubs de moda.

La sorpresa cruza rápidamente por su rostro antes de encogerse de hombros y llamar a nuestra camarera.

—Espero que hayas disfrutado de la cena.

—Así es —le aseguro—. Todo estaba fantástico.

Dicho eso, la noche no se ha desarrollado de la forma que yo esperaba. Todavía no tengo ni idea de lo que opina de la pastelería ni de mis postres.

Igual que ha hecho toda la noche, Beau no deja de hablar durante el trayecto en coche hasta casa. Una cosa es segura: el hombre tiene mucho que decir. Me obligo a sonreír con educación y a asentir, sin dejar de contar los minutos que faltan para poder escapar de los confines de este sedán.

Lo que ha quedado claro es que esta noche ha sido un auténtico fiasco.

Aunque no quería que mis esperanzas se desbocaran, contaba con su colaboración comercial para salir a flote.

Eso habría hecho mi vida un poquitín más fácil y nos habría dado algo de espacio para maniobrar.

Hace tanto tiempo que no lo vivo que ya ni recuerdo lo que es tener una vida sin complicaciones.

Por suerte, no tardamos mucho en llegar a mi casa. Cuando el vehículo se detiene, Beau se gira hacia mí, y nuestras rodillas se rozan.

Se inclina más hacia mí y entonces me invade el pánico y le suelto atropelladamente:

—Bueno, gracias otra vez por la cena. —Me pego contra la puerta y echo mano al picaporte—. Si tienes alguna pregunta sobre los postres, házmelo saber.

—Estaba pensando en que podríamos empezar por varios centenares a la semana —dice con una risita—. Gabby, mi ayudante, se pondrá en contacto contigo el lunes con las cifras exactas.

Me quedo boquiabierta.

—¿En serio? Eso es alucinante.

Su sonrisa se suaviza al tiempo que su mirada desciende hasta mis labios.

—También me gustaría volver a salir contigo.

Bueno, demonios.

—¡Oh! Yo, ejem. Me siento halagada. Es solo que… No estoy segura de si es momento ahora mismo para que empiece a salir con nadie.

Él se encoge de hombros.

—¿Es de verdad necesario ponerle una etiqueta a lo que sea que esto resulte ser?

Ejem…

Me cuesta esfuerzo mantener la sonrisa en su sitio.

—Por mucho que aprecie la oferta, preferiría que nuestra relación se atuviese a lo estrictamente profesional.

Él arquea una ceja.

—Tal vez pueda hacer que cambies de idea sobre eso.

Poco probable.

Meneo la cabeza.

—Gracias también por la oportunidad. Estoy deseando ver qué me cuenta tu ayudante.

Antes de que él pueda ofrecerse a hacerme cambiar de idea, o de que rescinda su oferta, yo ya me he bajado apresuradamente del coche y estoy sobre la acera.

Solo me cuesta un momento enderezarme y sacudirme el polvo antes de estar ya a medio camino en los escalones del adosado.

Una vez allí, me giro y saludo con una mano.

Abro y me deslizo al interior de mi casa, a salvo.

Solo entonces la tensión que llevo toda la noche cargando sobre mis espaldas se hace menor y mis hombros se relajan.

Da igual lo que River me haya mandado antes, me espero encontrarme en pleno pandemónium en cuanto entre. Probablemente Nora esté hecha una fiera y negándose a irse a la cama, y con todos los juguetes que posee desparramados por todas partes.

Pero en vez de eso me encuentro con las luces atenuadas y la tele a un volumen bajito. Mis pasos se ralentizan al ver a River en el sillón y a Nora acurrucada contra su pecho, profundamente dormida, con la mejilla apretada contra su jersey y agarrada fuerte de la tela con la manita.

Me quedo helada y todo se encoge en mi interior.

Están tan monos los dos juntos…

Como si así fuera como debieran estar.

Lo que más me duele es que Zane nunca la ha cogido así en sus brazos. Nunca ha abrazado a nuestra hija como si fuese todo su mundo ni ha actuado como si ella fuese la mejor parte de su día.

Pero, ¿River?

Ahí está, como si fuese la cosa más natural del mundo.

Sus labios se curvan con una sonrisa perezosa mientras nuestros ojos están clavados los unos en los otros.

Me quito la chaqueta y después los zapatos.

Siento cada paso que doy como si fuese algo intencionado.

Magnético. Como si alguna clase de energía invisible me estuviese atrayendo hacia él.

Una a la que no tengo ni la fuerza ni la voluntad de resistirme.

Nunca antes me había sentido así.

Con nadie.

Incluyendo a Zane.

Entonces, confundí su atención con afecto.

Me vi atrapada en la vorágine de ser deseada por un atleta profesional que me decía las cosas correctas…

Hasta que el brillo se esfumó y la verdad apareció en primer plano.

Él no me quería. Solo disfrutó del juego de conseguirme.

Para cuando yo lo averigüé, ya estaba embarazada y metida demasiado hasta el fondo como para poder echarme atrás.

Pero con River…

Esto no es ninguna tormenta.

Es algo que no reconozco

Y no estoy segura de si debería acercarme más… O echarme a correr.