9 Capítulo nueve
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CAPÍTULO NUEVE
CALLIE
Me recuerdo a mí misma que esto solo es una reunión de negocios.
Nada más que eso.
Repito las palabras como una oración mientras mis manos pasan rápidas por un vestido que llevo tres años sin ponerme.
Me queda un poco justo a la altura de las caderas y tiene mucho más escote de lo que recordaba, pero es una de las pocas cosas de mi armario que clama a gritos: todavía lo tengo todo bajo control, aunque en realidad yo sienta todo lo contrario.
Y no debería importar, porque esto no es ninguna cita.
Justo cuando me estoy poniendo el brillo de labios, noto un suave tirón en la pierna.
—¡A mí! —Pide Nora, señalando mis labios con el tono exigente que solo puede utilizar una niña pequeña.
Con una sonrisa, me inclino y le doy un suave beso, juntando los labios para que tenga más efecto.
—Pues ya está. Ahora las dos brillamos.
Ella se ríe encantada antes de salir corriendo con su jirafa de peluche agarrada con fuerza entre sus brazos. Me duele el corazón al mirarla. Ella está creciendo tan deprisa… y yo estoy haciendo todo lo que puedo por darle la vida que merece.
Cuando suena el timbre, me da un vuelco en el estómago.
Me digo a mí misma que se trata de los nervios por la reunión.
Que tiene más que ver con lo que está en juego y absolutamente nada que ver con el hombre que se ha presentado voluntario para vigilar a mi hija durante unas horas.
Mis manos alisan la tela del vestido una última vez antes de abrir la puerta y encontrarme con River al otro lado, con una sonrisa traviesa y el pelo revuelto por el viento.
Lleva un jersey de cuello redondo del mismo tono de azul exacto de sus ojos, y que se le ajusta al pecho como si hubiese sido confeccionado especialmente para él.
Se retuerce para quitarse la chaqueta, y la forma en que sus músculos se mueven por debajo del tejido hace que se me olvide meter oxígeno en los pulmones por un segundo.
Tal vez más rato.
Su mirada me recorre lentamente de arriba abajo.
—Estás muy guapa.
Mis mejillas se calientan, y me encuentro atrapada por su mirada.
—Gracias. La voz que sale de mí suena un poco insegura, y eso solo hace que mi rostro se coloree todavía más.
Contrólate. Callie.
Veo la bolsa de tela que lleva en la mano y me centro en eso como si fuese un salvavidas.
—¿Qué hay en la bolsa?
Él me la da.
—¿Por qué no la abres y lo ves?
Yo miro dentro y veo libros de pintar, ceras de colores extragrandes y unos cuantos juguetes adecuados para niños que han sido claramente escogidos con cuidado. No son solo un montón de trastos reunidos al azar. Tampoco es nada caro ni extravagante.
Parece haber sido sorprendentemente meditado todo con esmero.
Todo se encoge en mi interior.
—No tenías por qué…
—Quería hacerlo —dice, cortándome antes de entrar en la casa—. He pensado que darle unas cuantas cosas nuevas la mantendría ocupada durante un rato.
El hombre no se equivoca.
—Así es. Bien pensado.
—¿Mí? —Nora mira por entre mis piernas para observar a River con interés. Esta no es la primera vez que se ven, pero ella no pasa demasiado tiempo con ningún hombre. Solo con mi padre. No estoy segura de cómo irá esto. Me estoy preparando por si se disgusta cuando se dé cuenta de que me voy.
—Hola, cariño —dice River, agachándose para ponerse a su nivel—. Qué jirafa más chula que tienes ahí. ¿Te importa que la vea?
Mis dedos se enredan en sus rizos.
—¿Te acuerdas de River?
Es casi un shock para mí cuando Nora da un pasito titubeante para salir de detrás de mí y dejar con cuidado su adorado peluche en sus manos. Sería difícil no notar lo grandes y masculinas que son estas comparadas con las suyas.
Él mueve el juguete con cuidado, dándole vueltas hacia un lado y hacia el otro, como si lo estuviese inspeccionando.
—¿Tiene él o ella algún nombre?
—Gaffy —susurra Nora.
River asiente, y su expresión se torna pensativa.
—Me gusta. ¿Y a Gaffy le gusta pintar?
Nora da otro paso adelante.
—¿Quieres mirar algunas de las cosas que te he traído para jugar?
Cuando ella levanta la vista hacia mí, asiento y le dedico una sonrisa alentadora.
—Qué bien que te lo vas a pasar mientras yo no estoy.
River le acerca la bolsa y Nora echa un vistazo al contenido antes de meter la mano dentro y sacar las ceras de colores gigantes.
Se queda mirando las pinturas antes de mirarle a él.
—¿Mí?
—Así es. Todo para ti.
Por mucho que intente que los muros se mantengan en pie en lo referente a River Thompson, están empezando a agrietarse.
Verle interactuar con mi hija es lo único quehace falta para descongelar mis reservas, normalmente gélidas, hacia este hombre.
Le ha prestado más atención en cinco minutos de la que le ha prestado Zane durante el último año.
Ese pensamiento basta para hacer que se me llenen los ojos de lágrimas.
Pestañeo para librarme de ellas cuando Nora coge a River de la mano y tira de él hacia el salón.
Él se incorpora con facilidad y la sigue.
Su mirada se cruza con la mía cuando se sienta en el sofá.
Nora se deja caer enseguida en su regazo mientras rebusca en la bolsa, sacando juguetes y jugando con ellos.
No creo que se haya acostumbrado nunca a la presencia de nadie con tanta facilidad. Les observo interactuar durante un largo momento, sin moverme.
No solo la está cuidando.
Se está relacionando con ella.
Con una sonrisa, River escucha mientras Nora habla, aunque no es posible que entienda todo lo que le está contando. El dolor que florece en mi interior es demasiado grande para poder ponerle nombre.
Toso suavemente, para romper el silencio.
—Voy a ir un momentito al baño antes de marcharme.
—No hay problema —dice River—. Aquí estamos todos bien.
Sí, eso parece. Y yo no podría estar más sorprendida.
Cuando estoy lista, cojo mi bolso de la mesa y reviso el contenido para asegurarme de llevar todo lo que necesito.
Mmm. Mi teléfono.
Miro alrededor y lo veo en la mesita de centro, cerca del sofá. Lo raro es que no recuerdo haberlo dejado ahí. Aunque no es raro que Nora lo coja y juegue con él. River me observa mientras me meto el fino dispositivo en el bolso. El calor de su mirada basta para abrasarme viva.
La tensión chisporrotea en el aire entre nosotros, escalando hasta que podría atragantarme con ella.
Resulta casi un alivio cuando se escucha como alguien llama a la puerta.
La abro y me encuentro con Beau, vestido con un elegante traje gris y con el pelo peinado hacia atrás.
Me dedica una sonrisa encantadora que tendría que hacer que se me acelerase el pulso, pero que no me hace absolutamente nada.
—Buenas noches, Callie. —Su mirada se desliza por detrás de mí, hacia el salón—. Y esta debe de ser Nora.
Mi hija le echa un vistazo desde donde está, sentada en el regazo de River, antes de tirarle un juguete a la cara.
Beau suelta una suave risita antes de olvidarse de ella y devolver toda su atención a mi persona.
—Una niña muy mona.
Durante un breve instante, me siento decepcionada porque no haya hecho ningún esfuerzo por conectar con Nora. En el preciso instante en que esa idea aparece mi mente, la realidad me golpea.
Vale.
Esto no es ninguna cita.
Él no tiene que hacerse amigo de Nora.
Aun así, una diminuta parte de mí desearía que lo hubiera intentado.
Beau me ofrece su brazo, claramente con prisas por salir de aquí, y si he de ser totalmente franca, yo también las tengo. Cuando me vuelvo hacia River veo que tiene su atención puesta en mí.
—Mi número y el horario nocturno de Nora están sobre la mesa de la cocina. Solo necesita que le lean un cuento antes de dormir, a las ocho.
River asiente.
—Hecho.
Esto es mucho más duro de lo que yo había previsto.
—Llámame si necesitas algo.
En vez de restarle importancia a mi preocupación, él me dedica una sonrisa de comprensión, como si entendiese exactamente lo duro que esto es para mí.
—Lo haré. Jugaremos un ratito y luego leeremos unos cuentos. Estaremos bien. Te lo prometo.
Asiento y me vuelvo para marcharme, pero algo me hace volver a mirarles otra vez. River le está sonriendo a Nora mientras ella parlotea emocionada, sentada en su regazo.
Cuando yo me quedo paralizada en el sitio, cautivada por esa visión, Beau me pasa el brazo por la cintura antes de conducirme fuera.
—¿Nos vamos?
Yo asiento.
—Sí, gracias.
Con una última mirada a la pareja, cierro la puerta tras nosotros y salimos al frío aire nocturno.
Beau me conduce hasta un elegante coche negro con las ventanillas tintadas aparcado al lado de la acera.
Un hombre vestido con un traje negro salta del asiento del conductor en cuanto nos ve antes de apresurarse a rodear el vehículo y abrirnos la puerta.
Yo titubeo durante un momento un poco demasiado largo antes de deslizarme en el asiento trasero. Beau me sigue al interior del lujoso sedán. Por un breve instante, no puedo evitar desear poder quedarme en casa.
O quizá desee que fuera River quien me sacara por ahí, y no Beau.
Entierro esa idea en lo más hondo de mí y la encierro bajo llave en una cámara acorazada para que nunca vea la luz del día. Luego me obligo a sonreír.
Esto son negocios.
Algo que puede salvar la pastelería y volvernos a poner en una posición económica segura.
Lo único que hace falta es que esto funcione.