5 Capítulo cinco
CAPÍTULO CINCO
CALLIE
La risa de Nora resuena por el adosado cuando le doy la vuelta en el aire a su tortita para que caiga en su plato de plástico. Aterriza un poco torcida, pero ella me aplaude como si yo fuese una de esas chefs célebres que vemos en la tele.
Desayunar para cenar es una de las cosas favoritas de Nora. Y como es buena para mi presupuesto, también lo es para mí.
—¡Mamá! —Agarra su tenedor infantil como si fuese una varita mágica antes de señalar con él la botella de sirope de arce.
—Si te doy más de esto acabarás rebotando por las paredes —bromeo, haciendo llover gotitas del azucarado sirope hasta que ella chilla.
Durante un breve instante, todo parece relajado y feliz, de una forma poco habitual.
Nora parlotea mientras come. Sus pies se balancean colgando de la trona y lleva el pelo peinado en unas coletitas despeinadas que no sobrevivirán ni una hora. No puedo evitar mirarla y sentir cómo la emoción se desborda dentro de mí. No sé cómo he tenido tanta suerte con mi dulce pequeña.
Por mucho que desee estar presente en el momento, mis problemas financieros no dejan de abrirse paso por los lados hasta que son lo único en lo que soy capaz de pensar. Intentar mantenernos a flote me parece más difícil con cada día que pasa.
—Maz, mamá —dice ella, limpiando del plato el último pedazo de esponjoso dulzor.
Vuelvo a la realidad y le pongo la siguiente tortita, antes de untarla de mantequilla y cortársela.
Una vez que Nora ha terminado de comer, limpio la cocina y luego nos dirigimos al baño para que ella se divierta un rato con sus juguetes en la bañera.
Es igual que una sirenita en el baño. El verano que viene será lo bastante mayor para ir a clases de natación.
Espero que encontremos alguna en el centro recreativo local que no me cueste un riñón.
Cuando llegue ese momento, tendré que hablar de ello con Zane.
La pensión que me pasa por la niña no alcanza para tanto como solía hacerlo.
Tiene suerte de que mis padres cuiden gratis de Nora mientras yo trabajo.
Si tuviese que pagar una guardería, comprar comida supondría un reto todavía mayor.
Y por supuesto, no podría permitirme esta casa adosada cerca de la pastelería.
Solo después de que los deditos de Nora se hayan arrugado como pasas, la envuelvo en una toalla y la seco.
Una vez le he puesto el pijama de unicornios, ponemos algo en la tele y ella se sienta tranquilamente a mi lado en el sofá con su chupete, pasando las hojas de un libro ilustrado.
Cuando cumplió los dos años, me dije a mí misma que era hora de que dejase el chupete.
Ahora, cuando le faltan pocos meses para cumplir los tres, todavía no he hecho nada al respecto.
No es una batalla que esté deseando librar.
Cuando estoy a punto de meter a Nora en la cama, alguien llama a la puerta. Dejo escapar un suspiro mientras sopeso si ignorarlo.
Sé exactamente a quién me voy a encontrar al abrirla.
Aunque le he pedido a Zane que no lo haga, tiene la costumbre de presentarse sin avisar, normalmente justo antes de la hora de meter a Nora en la cama. Ella se revoluciona con la visita, y hacer que se calme después para dormirse es todavía más difícil.
Nora pestañea, sacudiéndose la somnolencia de sus ojos.
—¿Papi?
Me obligo a sonreír y asiento.
—Sí, eso creo.
Casi se me parte el corazón cuando ella aplaude con sus regordetas manitas y corre hacia la puerta.
Está prácticamente rebosando de emoción.
Ella está deseosa de recibir su atención, mientras que para él no es más que un pensamiento pasajero.
Aunque Zane en realidad no sea el peor padre del mundo, tampoco va a ganarse ningún premio por hacer grandes esfuerzos.
Yo solo deseo poner el mundo a los pies de mi pequeña, y ni siquiera puedo darle un padre que esté de verdad interesado en ella.
Es descorazonador.
Nora bailotea alrededor de mí con su pijama cerrado en los pies mientras abro la puerta. Su cara se ilumina cuando Zane entra tranquilamente con unas gafas de sol y un jersey con capucha de diseño que probablemente valgan más de lo que yo me gasto en comida en un mes.
—Hola, enana. —Se inclina y revuelve los rizos dorados de Nora sin prestar mucha atención antes de irse directo hacia el sofá. En cuanto se deja caer en él, se mete la mano en el bolsillo y saca el móvil.
—Qué bien que te hayas podido pasar por aquí —le digo con tono cortante.
Con una sonrisa, él se guarda el fino aparato.
—No hay problema. Llevo un tiempo guardándome una gran noticia y quería que tú fueras la primera en saberlo. —Antes de poder prepararme mentalmente para el golpe, él me anuncia—: Gigi y yo vamos a prometernos y grabaremos un especial de la boda. Va a ser algo enorme.
Yo pestañeo mientras mi cerebro da vueltas de campana. No tengo ni idea de qué decir. Mientras, él me mira expectante.
—¡Guau! Eso ha sido, ejem… rápido.
Él se echa a reír, sin ofenderse por ese comentario.
—Rápido es lo que se lleva ahora, nena. La gente devora esas mierdas. Tenemos a la cadena respaldándonos, la grabación planeada para la playa, dos diseñadores compitiendo por diseñar el vestido…
Empiezo a no distinguir bien sus palabras mientras dirijo la mirada a Nora, que se ha subido al sofá y está sentada a su lado, mirándole igual que un cachorrito que solo quiere una pizca de atención.
Es doloroso darse cuenta de que él no le dirige ni una sola mirada. En cambio, la tiene clavada en mí. Quiero sacudirle por estar tan obsesionado con la fama. Ya tiene un montón gracias a su carrera de hockey.
Pero eso no es suficiente. Quiere más.
No tiene ni idea de cuánto significaría para su hija que le dedicara solo veinte minutos de su atención plena. Una migaja de afecto. Ella no necesita un equipo de cámaras ni falsas bodas de cuento de hadas.
Solo necesita que esté presente para ella.
Por desgracia, Zane es incapaz de eso.
Después de pasarme tres años explicándole suavemente ese concepto, él sigue negándose a escuchar lo que estoy intentando decirle. Se está perdiendo tantas cosas… Me entristece, tanto por él como por ella.
Zane continúa hablando, ajeno al hecho de que a mí me importe un bledo su vida privada. Lo único que me importa es cómo vaya a afectar a su hija.
—Va a ser una locura. Piensa en un arco de diez episodios hasta llegar a la boda. Gigi está trabajando con una florista en Bal…
—Zane —le interrumpo antes de que toda la conversación se salga de control—. Tengo que hablar contigo.
Sus cejas se elevan al mirarme.
—¿Qué pasa?
Por mucho que odie pedirle nada, me he quedado sin opciones. Así que si tengo que tragarme mi orgullo para poder mantenernos a flote, eso es exactamente lo que haré.
—Llevo retraso con los pagos del préstamo de la pastelería. Tal como está la economía ahora mismo, el negocio ha sufrido. Estoy intentando hacer que funcione, pero de verdad que me vendría bien algo de ayuda. Solo por esta vez.
Él frunce el ceño.
—Maldita sea, chica. Ojalá pudiese, pero lo tengo todo invertido en el programa. Estamos poniendo pasta en la producción, los estilismos, las localizaciones…
Yo solo puedo pestañear.
Estará de broma, ¿verdad?
El tío lleva unas gafas de sol que valen más que seis meses de alquiler.
—Zane —le repito, esta vez con más firmeza—. Necesito ayuda.
Se puede decir más alto, pero no más claro.
Él se remueve en su asiento y luego mira a Nora, que le coge de la mano con su manita y le sonríe.
—No es el mejor momento, la verdad. Iba a hablar contigo sobre reducir los pagos de la pensión de la niña. Tal vez dejar de pagártelos durante un tiempo.
Abro la boca de golpe y mi cerebro sufre un cortocircuito.
—¿Qué?
Él se encoge de hombros.
—Las cosas están un poco justas, y Gigi y yo estamos mirando propiedades en las que invertir.
Tal vez una que esté por renovar podría aportar cosas al programa.
La gente devora esas mierdas de programas de reformas.
—Se da unos golpecitos en la sien con el dedo—.
Siempre hay que ir tres pasos por delante, en todo momento.
Además, he pensado que Nora todavía es pequeña.
¿Cuántas cosas necesita una niña de dos años en realidad?
Su inconsciencia me deja anonadada, y le suelto:
—¿Crees que criar a una niña es barato? —Me es imposible mantener el tono sereno—. ¿Crees que el alquiler, la comida y la ropa aparecen sin más, por arte de magia? Chas. Aquí están.
—Tú eres asombrosa, Cal —dice, soltando su mano de la de Nora y levantándose de golpe antes de dirigirse hacia la puerta—. Ya se te ocurrirá algo para solucionarlo. Siempre se te ocurre.
Se va sin decirle siquiera adiós a su hija.
Yo solo puedo quedarme mirando fijamente la puerta ahora cerrada.
—Adiós, papi —dice Nora, moviendo su manita regordeta en el aire aunque su padre haga rato que se haya ido.
Por mucho que me gustase poder derrumbarme, esa no es una opción. En cambio, cojo a Nora en brazos y me obligo a sonreír.
—¿Qué tal si hacemos palomitas y vemos algo más en la tele antes de irnos a la cama?
Sus ojos resplandecen.
—Mitas-mitas.
—Así es. Las palomitas lo arreglan todo —murmuro, llevándola hasta la cocina.
Salvo el alquiler.
Y los pagos atrasados.
Sin embargo, Zane tiene razón sobre una cosa. De alguna manera, siempre se me ocurre algo.
Y así seguirá siendo mientras sea necesario.
Esto ya no va solo de mí. Va de asegurarme de que a mi hija no le falte de nada.