Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 4 Capítulo cuatro
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4 Capítulo cuatro

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CAPÍTULO CUATRO

RIVER

Vale, admitiré que no pensaba hacer ninguna parada más después del entrenamiento. Si hubiese estado pensando con claridad me habría ido directo al ático para relajarme un rato antes de encontrarme esta noche con el equipo. Tal vez hasta habría visto alguna película.

En el preciso instante en que Evelyn mencionó que Beau iba a contactar con Callie, algo se rompió dentro de mí.

Sé exactamente quién es ese tío.

Puede que Chicago sea una gran ciudad, pero en lo que de verdad importa también es un pañuelo.

Después de cierto tiempo, acabas viendo las mismas caras en las fiestas o en las discotecas.

Por lo que he oído de Beau, disfruta luciendo a una mujer hermosa colgada del brazo.

Callie no es solo una cara bonita.

Es lista y trabajadora. Lo último que necesita es verse envuelta con un mujeriego que no esté interesado en sentar cabeza ni en ser su auténtico compañero en todos los sentidos.

Así es exactamente como acabo en el bistró del centro, sentado en una mesa junto a la ventana con unas vistas espectaculares del río, y con un vaso de agua delante, mientras espero a que aparezca el propietario.

—¿Está seguro de que no necesita que le traiga nada más? —pregunta la maître, inclinándose más hacia mí y mostrándome su generoso escote.

Lo que imagino es que le gustaría que le pidiese su número de teléfono.

Pero eso no va a ocurrir.

Solo hay una mujer en la que esté interesado.

Tiene una pastelería y la niñita de dos años más adorable que he visto en la vida.

Aparte de los hijos de mi hermana gemela, por supuesto. Autumn y Haven tienen un factor de adorabilidad muy serio a su favor. Sobre todo cuando muestran sus hoyuelos al sonreír.

—No, estoy bien.

Ella da un pasito atrás a modo de retirada.

—Vale. Si necesita algo, no deje de decírmelo. Hágame un gesto para que venga. Estaré allí mismo, observándole. —Señala el atril de al lado de la puerta.

Bueno… Ejem. Eso no suena raro en absoluto.

Me obligo a sonreír.

—Gracias. Te lo agradezco.

Ella sonríe de oreja a oreja antes de irse a regañadientes hacia una mesa que lleva cinco minutos intentando atraer su atención.

Esta clase de comportamiento no tien e nada de fuera de lo común. Las mujeres llevan echándoseme encima desde la universidad. Y cuando me hice profesional, fue como si se hubiesen abierto todas las compuertas.

¿Que si me aproveché de la adoración de las fans al comienzo de mi carrera?

Culpable.

Y durante algún tiempo, esos encuentros casuales llenaron un vacío.

Hasta que conocí a la nueva chica de mi mejor amigo y compañero de equipo.

Desde entonces, me resultó imposible olvidar su cara.

Incluso cuando me estaba follando a otras mujeres.

Como esa situación solo resultó ser sostenible durante cierto tiempo, dejé del todo de liarme con nadie. Llevo tres años sin sexo.

¿Y, sinceramente?

Ni siquiera he sentido una necesidad imperiosa.

Lo cual es desconcertante, por decirlo suavemente.

Salgo de golpe de esos pensamientos cuando Beau Masterson se desliza en la silla de enfrente. Él es una pura exhibición de superficialidad, con un Rolex carísimo en la muñeca izquierda y un traje confeccionado a medida para acomodar sus anchos hombros.

—¿A qué debo este placer, Thompson? —pregunta él con una rápida sonrisa.

Como he dicho, esta es una ciudad grande que parece ser una pequeña.

Me reclino contra el respaldo de mi asiento, intentando parecer tranquilo y sereno.

—He oído que estabas interesado en ofrecer algunos postres de Lakeshore Sweets en tus restaurantes, así que he pensado en pasarme por aquí y tener una breve charla contigo.

Tengo que contener mis ganas de gemir cuando sus ojos resplandecen con hilaridad e interés, a partes iguales.

—¿No me digas? Continúa.

Cuando aprieto los labios con fuerza, su sonrisa se hace más amplia.

Beau Masterson viene de una familia rica, con montones de dinero. Está acostumbrado a conseguir lo que quiere. Y si le hace falta pagar por ese placer, también lo hará.

—Entonces, dime, ¿tienes interés en esa pequeña pastelería? —Hay una breve pausa silenciosa—. ¿O en la bonita rubia que la dirige?

—Callie es una buena amiga —digo con tono despreocupado, esperando que se lo trague. Sería la hostia de bochornoso que le preguntara a ella por nuestra inexistente relación—. Estoy más interesado en saber cuáles son tus intenciones.

Beau se echa a reír, y está claro que se está divirtiendo.

—Mira, te voy a ser sincero. Ella es una mujer hermosa. Y obviamente, con talento. Tiene ese atractivo de la chica de lado, que le sienta muy bien. Estaba pensando en tener una cita con ella y conocerla mejor.

Maldición. Sabía que esto no iba sencillamente de postres.

Flexiono los dedos por debajo de la mesa.

—Callie no es la clase de mujer con la que sales normalmente —digo, haciendo un esfuerzo consciente por bajar el tono.

Él se encoge de hombros.

—Tal vez ande buscando algo un poco distinto.

Aunque odie estar dándole más información, admito:

—Ella es madre.

Beau inclina la cabeza a un lado.

—Tiene una niñita, ¿verdad? Entonces, ¿cuál es tu posición en todo esto, Thompson?

—Se inclina ligeramente hacia mí —¿Eres así de protector con todas tus amigas?

¿O hay algo más que está sucediendo entre bastidores?

—Hay una breve pausa silenciosa—. Por lo que he oído, Zane Holloway es el papá de la cría. ¿O me equivoco?

Un tic aparece en mi mandíbula.

Mi genio pende de un fino hilo.

Vaya un capullo más grande.

Le miro a los ojos y le mantengo la mirada sin vacilar.

—Zane y ella estuvieron juntos y ahora no lo están. Callie no es la clase de mujer a la que haces perder el tiempo. Tiene a Nora y su pastelería. En eso se centran sus prioridades. Si solo estás interesado en ofertar sus postres, genial. Pero que sepas que cualquier otra cosa está fuera del menú.

Su sonrisa se hace más pronunciada.

—Eres tú quien dice que eso es así, ¿no? ¿Lo sabe ella?

No me molesto en responderle, ya que no tengo ninguna buena respuesta que darle. Al menos, no una que esté dispuesto a compartir con este gilipollas.

Pero Beau sigue hablando.

—¿Quién dice que no desee algo de diversión en su vida? A mí me parece que se la merece.

No me costaría demasiado rodearle el cuello con las manos y apretar hasta dejarlo sin aire. Lentamente. Si no deja de decir gilipolleces, eso es exactamente lo que va a ocurrir.

—Se merece más de lo que ofrecen los tíos como tú —digo, sin emoción alguna.

Beau levanta las dos manos y una expresión de falsa inocencia brilla en sus ojos.

—Oye, que si me dice que no, lo dejaré estar. ¿Pero si me dice que sí? No me pienso disculpar por hacer que una mujer pase un buen rato.

Yo tamborileo con los dedos sobre la mesa.

—Mantente alejado, Masterson. O tendrás que vértelas conmigo.

Beau me mira fijamente durante un largo instante, antes de soltar una risita grave cargada de burla.

—Maldita sea. De verdad sientes algo por ella, ¿no?

Cuando me quedo en silencio, él se relaja repantigándose en la silla.

—Tomo nota.

Como no tengo nada más que decir, me levanto y me voy hacia la entrada. Aunque he venido hasta aquí con la intención de darle a Beau algún consejo con amabilidad, dejo el restaurante con un incendio en las venas y otro haciéndole eco dentro de mi cabeza.

Ya no puedo permitirme por más tiempo sentarme a un lado y esperar a que llegue mi momento.

No en lo que se refiere a Callie.

Ni a su hija.

No cuando algún gilipollas pagado de sí mismo cree que puede ponerle las manos enci ma a lo que yo llevo cinco años custodiando en silencio.