3 Capítulo tres
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CAPÍTULO TRES
CALLIE
Los nervios me siguen bullendo bajo la piel. Incluso después de que la puerta se cierre tras de River. Su presencia sigue flotando en el aire, imposible de ignorar. No entiendo por qué él me afecta tanto.
Me pongo la mano en el pecho e intento convencer a mi cuerpo de que deje de treparme la ansiedad por dentro.
En realidad, no es para tanto. Ese hombre es un cliente como cualquier otro de los que entran a buscar un café y un bollo.
Solo resulta que es un cliente peligrosamente atractivo, ridículamente alto, con unos preciosos ojos azules y que tiene por costumbre hacerme sentir cosas que me he pasado años tratando de evitar.
Tampoco es para tanto.
En absoluto.
Cuando lo que quedaba de la hora punta de media mañana se va yendo poco a poco, me dejo caer en un taburete detrás del mostrador, mientras Sloane termina de limpiar una mesa con la bayeta antes de asomarse y lanzarme una mirada que me indica que se muere por explotar.
—Ese hombre lleva ya semanas presentándose por aquí a diario. —Puede que su tono sea inocente pero su sonrisita burlona es de todo menos eso—. ¿Crees que por fin conseguirá reunir el valor para pedirte una cita?
Hago una mueca y me froto la nuca, como si fuese posible que un masajito me quitase la tensión que su presencia conjura en mí.
—Espero de verdad que no.
—Chica… Ese hombre te mira como si fueses un sabroso cupcake.
Yo pongo los ojos en blanco.
—No estoy interesada. En nadie. Pero en él, menos aún.
La mentira me sale un pelín demasiado fácil. Un pelín demasiado rápido. Por primera vez en años, siento una punzada de decepción por detrás de esas palabras.
La verdad es que estoy cansada de hacer todo esto sola.
Aunque me diga a mí misma que no tengo tiempo para ningún hombre, eso no significa que no quiera uno.
Así que sí… Tal vez sí que desee un poco que alguien me invite a salir.
Solo que no él.
River Thompson es una copia exacta de mi ex.
Esta es la primera vez desde que nació Nora en que me he planteado siquiera la idea de tener una cita.
Es decir, ¿quién tiene tiempo entre las tomas nocturnas, mantener la pastelería alejada de los números rojos e intentar no hundirse tras la destrucción que causó Zane? Cuando se marchó, fue igual que si hubiese detonado una bomba.
El romanticismo murió.
Junto con la esperanza.
Y la confianza.
Yo quería a Zane.
Le quería de verdad.
Puse toda mi fe en ese hombre y en todas las bonitas promesas que me hizo. Le entregué mi corazón entero, además de mi cuerpo y de mi futuro.
En vez de sostenerlo con cuidado en sus manos, él lo tiró a un lado como si no fuese nada.
No solo me abandonó a mí, abandonó también a nuestra hija sin siquiera una mirada atrás. No tengo ni idea de cómo pudo hacer algo así. Con solo echarle un vistazo a su preciosa carita unos segundos después de nacer, yo ya estaba perdida.
No hay nada que no haría por esa pequeñina. Trabajaría cualquier número de horas que hiciese falta para asegurarme de poner un techo sobre nuestras cabezas y comida en la mesa. Y no tendría problema en privarme de ambas cosas para poder ofrecerle a ella el mundo.
Me asombra y me frustra ver que él no siente lo mismo. En vez de eso, contribuye con unas migajas de pensión alimenticia y explicaciones que me hacen sentirme estúpida por haberme creído alguna vez que él era mi caballero de brillante armadura.
¿Cómo te recuperas de algo así?
¿De aprender por las malas que a la única persona a la que le vas a importar un carajo y va a intentar salvarte eres tú misma?
Fue una lección dolorosa que asimilar.
Pero lo hice.
Y que me aspen si vuelvo a cometer otra vez el mismo error.
Esto ya no va solo de mí.
Va de Nora.
—¿Estás segura de eso? —pregunta Sloane suavemente.
La pregunta me saca de golpe de mis pensamientos. Ella ya lleva un par de años trabajando en la pastelería, y no nos costó demasiado hacernos amigas íntimas. Sloane tiene la habilidad innata de leer a las personas. No hay demasiadas cosas que yo sea capaz de ocultarle.
—Al cien por cien. —Mi lengua sale rápidamente de mi boca para humedecerme los labios—. Además, es jugador de hockey.
Sloane ni pestañea.
—¿Y…?
—Y… —Suelto aire—. Zane también era atleta profesional. Creo que las dos sabemos que ese estilo de vida no combina bien con el mío. Aunque River no se pareciese en nada a él, me niego a volver a hacer algo así. Ya me han roto una vez el corazón.
En realidad, decir que me lo rompieron sería quedarse corto.
Sería más correcto decir que me lo destrozaron por completo.
Me levanto del taburete, porque necesito moverme para quitarme de encima toda esta energía contenida.
—Solo quiero centrarme en Nora y en la pastelería. Y ya está.
Y es más que suficiente.
Sloane abre la boca para discutir y entonces suena la campanita de encima de la puerta, y Evelyn Kingston entra despreocupadamente, vestida como si estuviese a punto de salir por la pasarela de un desfile. Nunca he conocido a nadie como ella.
Fue un shock cuando vino por aquí hace unos meses y me preguntó si estaría dispuesta a suministrar mis postres para un evento de los Railers.
Por tentador que fuese lanzarme de cabeza y aceptar esa oportunidad, tuve que pensarlo largo y tendido, por el hecho de que eso me colocaría de nuevo dentro de la órbita de Zane.
Pero al final, era una oportunidad que no podía dejar escapar.
Ella nos sonríe a las dos.
—Le he pasado tu teléfono a Beau —dice a modo de saludo—. Pronto te hará una llamada. Está muy interesado en trabajar con una pastelería local, y no podía dejar de hablar de tus mantecados con glaseado de limón.
La esperanza prende dentro de mí igual que una vela que se enciende.
—Eso es alucinante. Gracias —consigo decir, intentando mantenerme tranquila.
Por dentro, estoy haciendo un alegre bailecito y rezando por que esto vaya bien.
Necesito esta oportunidad más de lo que ella cree.
Esto mantendrá este sitio funcionando un poco más y me hará ganar tiempo poniéndome al día con algunas de las facturas.
Tal vez hasta salve el negocio para el futuro de Nora.
La puerta vuelve a abrirse y yo miro hacia allí y veo como entra un hombre alto. Tiene los hombros anchos, bien marcados por el traje caro que lleva. Su pelo entreverado de canas está perfectamente peinado, y desprende una poderosa seguridad en sí mismo.
Solo me cuesta un segundo caer en de quién se trata.
Hugh Landry.
Mientras Evelyn posee la mitad de los Railers, Hugh es el dueño de la otra mitad.
Rina, una de nuestras amigas más íntimas, también resulta ser la jefa de relaciones públicas de los Railers.
Siempre nos trae las primicias de lo que está pasando entre bastidores.
En parte porque es su trabajo que el equipo no se meta en problemas y en parte porque es tremendamente cotilla.
Nos ha contado en confianza más de una vez que ese hombre lleva más de veinte años siendo un grano en el culo para Evelyn.
Esta se tensa y entorna los ojos. Su humor relajado se esfuma, y es reemplazado por una tensión cortante como una cuchilla de afeitar.
—¿Ahora también me sigues?
La sonrisa de Hugh es suave como la seda pero blindada de acero.
—¿Seguirte? ¿Por qué tendría que hacer eso?
—Entra más adentro en la tienda antes de echar un vistazo al interior—.
Solo estaba por ahí estirando las piernas y he pensado en tomarme un café antes de nuestra reunión de las once.
—Entonces, como si no pudiese resistirse a pincharla, añade, malicioso—: Además, ¿por qué tendría que seguirte cuando te has despertado en mi cama esta mañana?
Me quedo totalmente boquiabierta.
Ejem… ¿Perdona?
Mi cerebro renquea intentando procesar lo que él acaba de soltar por la boca.
Por todo lo que sé sobre Evelyn, ella no soporta a Hugh, y no se molesta en ocultarlo.
Debo de haberme perdido algo. La Evelyn que yo conozco preferiría prenderse fuego a lo bonzo antes que calentarle a él las sábanas.
Por otra parte, ¿no se dice que la línea entre el amor y el odio es delgada?
La espalda de Evelyn se pone tiesa, y sus ojos se llenan de una furia asesina.
—Eso no es algo que vayamos a discutir ahora mismo —farfulla, entre dientes.
Hostia puta.
La sonrisa de Hugh se hace más pronunciada, como si se estuviese divirtiendo.
—Oh, no veo que daño puede hacer eso. A todo el mundo le gusta una buena historia romántica.
¿Romántica?
Esa palabra es como un trueno cayendo en medio de la pastelería. Las cejas de Sloane prácticamente alcanzan la línea donde empieza su pelo cuando me mira con los ojos muy abiertos. Sus labios se retuercen en silencio, como si se estuviese muriendo por soltar un millón de preguntas.
No puedo decir que yo no sienta lo mismo.
Carraspeo, intentando no mirarles fijamente. La tensión que chisporrotea en el aire entre ellos es lo bastante espesa como para ahogarte si intentases respirarla.
—¿Café? —le ofrezco.
Cuando Hugh se vuelve hacia mí con esa sonrisa encantadora suya, casi me fallan las rodillas. Es así de guapo. Nunca había pensado que me gustaran los zorros plateados, los tíos de mediana edad, pero mira…
Dejémoslo así.
—Sí, por favor —acepta—. Solo. Sin azúcar.
Evelyn suelta un sonido que es más bien un bufido. Cuando se cruza de brazos, la pulsera de diamantes que lleva en la muñeca resplandece bajo el sol que entra a raudales por los escaparates.
—¿No tienes ningún otro sitio en el que estar? Falta una hora para nuestra reunión.
Los dedos de él rozan los míos cuando le paso su vaso para llevar, y un escalofrío me recorre el cuerpo. No tiene nada que ver con el roce y todo que ver con la forma en que Evelyn parece dispuesta a hacerle jirones con los dientes.
—En realidad, no —dice Hugh con aire reflexivo, después de darle un lento sorbo a su café—.
Se está bien aquí. Calentito y cómodo. Sin mencionar que huele deliciosamente.
—Su mirada se desliza hacia mí y luego hacia el expositor—.
Callie, no tuve ocasión de hablar contigo la noche del evento, pero varios de nuestros patrocinadores se quedaron impresionados con Lakeshore Sweets.
No me sorprendería que eso derivase en varias propuestas de acuerdos comerciales.
—Gracias, lo agradezco de veras.
Él me lanza otra sonrisa deslumbrante que casi hace que me caiga de culo en la silla.
—Si necesitas algo, dímelo. Una vez entras a formar parte de la familia de los Railers, siempre serás parte de ella.
Por el rabillo del ojo, veo cómo se relaja el gesto de Evelyn.
Un poquito.
O tal vez solo sea por un engañoso efecto óptico, porque cuando vuelvo a mirar, ella está otra vez frunciendo el ceño.
Sloane suspira en su café latte.
No tengo ni idea de cómo responder. Por mucho que aprecie el espíritu de lo que ha dicho, yo no siento a los Railers como a mi familia. Más bien como algo que debería evitar.
Por otra parte, eso suena a lo que pasa también con ciertos familiares.
Evelyn se acerca más.
—Ya has tentado suficientemente a la suerte por hoy. Creo que es hora de que te vayas.
Hugh se inclina hacia ella y murmura:
—Y aun así, tú me permites seguir haciéndolo.
Es como si estuviera viendo una partida de ajedrez cuyas reglas no entiendo. Lo que sí sé es que esto no es algo romántico.
No realmente.
Esto es algo mucho más complicado.
Más oscuro.
Evelyn parece estar luchando por respirar en un espacio que Hugh controla.
Sloane me da un codazo y me susurra por la comisura de su boca:
—Tú también estás viendo esto, ¿verdad? ¿No estoy alucinando?
—No —le respondo yo con otro susurro—. No alucinas.
Cuando Hugh levanta su vaso haciendo un brindis burlón hacia Evelyn, no puedo quitarme de encima la sensación de que, sea lo que sea que esté pasando entre ellos, está a punto de estallar.
Seguimos con unos minutos más de conversación forzada antes de que la mujer se vaya con tanta elegancia y gracia como entró. Hugh sale tras ella, con apenas un atisbo de sonrisa. Es como si existiese algún hilo invisible que los mantuviese atados entre sí.
En cuanto se van, mis músculos se relajan.
—Bueno, eso ha sido verdaderamente interesante.
Sloane sonríe.
—Me muero por enterarme del trasfondo de esto.
Las comisuras de mis labios se elevan.
—Y yo. Tendremos que apretar a Lilah y ver qué sabe ella.
—O a Rina. Trabajan codo con codo. Tal vez Evelyn haya mencionado algo sobre su relación con Mr. Alto, Moreno y Taimado.
Resoplo y miro rápidamente hacia la caja registradora.
Mierda.
La carta del banco.
Probablemente tendría que volver a meter la carta en su sobre y esconderlo en el bolso antes de que Sloane pueda verla.
Pero no está ahí.
Frunciendo el ceño, miro en el suelo, en la repisa de debajo del mostrador y otra vez en la pila de correo.
El pánico hace nido en mi vientre cuando mi búsqueda resulta infructuosa.
No ha habido nadie más detrás del mostrador esta mañana.
Y sé que estaba ahí, con el resto de papeles.
Me obligo a tragar saliva, mientras odio la idea de que uno de mis clientes pueda haberlo cogido por accidente y ahora esté enterado de lo de mi situación financiera.
Qué humillación.
Si Sloane lo hubiese encontrado, me habría preguntado, preocupada. Es una de las personas más directas que he conocido jamás.
Me mordisqueo el labio a la vez que la campanilla sobre la puerta resuena con la llegada de un nuevo cliente y yo me fuerzo a mostrar una sonrisa en la cara y vuelvo al trabajo.