Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 2 Capítulo dos
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2 Capítulo dos

CAPÍTULO DOS

RIVER

Noticia bomba: ni necesito ni deseo café.

Ni siquiera me gusta.

Y aunque la bollería tenga un olor delicioso, no es algo que coma normalmente. Soy más de proteínas que de carbohidratos vacíos.

Me costó varios años, pero por fin reuní el valor necesario para entrar en Lakeshore Sweets.

Ahora, vengo cada día después del entrenamiento, puntual como un reloj.

No podría mantenerme alejado aunque lo intentase.

Soy como un yonqui en busca de su dosis.

Los cinco minutos que paso aquí, o los diez si consigo encontrar alguna excusa para remolonear, son la mejor parte de mi día.

Intento absorber cada detalle, porque sé que este encuentro tendrá que bastarme hasta el siguiente.

La primera vez que puse los ojos en Callie Westbrook fue hace varios años, cuando Zane empezó a traerla consigo como si fuese un nuevo y brillante juguetito del que no podía evitar presumir. Lo que no me esperaba era enamorarme de la guapa novia rubia de mi compañero de equipo.

La deseé desde el primer momento en que me sonrió educada y me miró a los ojos como si no tuviese ni idea de lo hermosa que era. Y la he deseado cada vez más con cada día que ha ido pasando.

Cada mes.

Cada año.

Y mejor ni hablar de cuando estaba embarazada de otro hombre, con el vientre abultado, resplandeciendo de una forma que no tenía nada que ver con Zane y sí con la clase de madre en la que iba a convertirse.

Y yo odié cada puto segundo.

Odiaba verla en las gradas durante los partidos, con la camiseta de Zane. Odiaba saber que el tío no podía mantener la polla guardadita en sus pantalones, ni siquiera cuando ella estaba embarazada de su hija. Odiaba saber que ella se merecía el puto mundo y recibía tan poco de él.

¿Y ahora?

Ahora odio que ella me mire con recelo, como si yo no fuese mejor que su ex.

No sabe que lo presencié todo, y que aunque odiaba la idea de que estuviesen juntos, aun así intenté hacer que Zane viese lo que se estaba arriesgando a perder.

Odiaba saber que él estaba acostándose con otras por ahí a sus espaldas.

Pero lo que resultó más odioso de todo fue ver cuánto daño le hizo.

El pasado se desvanece mientras la observo moverse con gracia detrás del mostrador, atando una caja de galletas con una cinta rosa y sonriéndole a un niño que luce una mancha de chocolate en la mejilla.

Esa sonrisa es igual que el sol asomándose por detrás de las nubes.

Me acerco más, esperando que ella levante la vista y me mire, pero ella evita deliberadamente mi mirada.

Y solo puedo quedarme por aquí cierto tiempo antes de que se vuelva incómodo.

Demonios, ya he rebasado ese punto.

Sobre todo porque, para empezar, ella no me quiere en su tienda.

Doy un paso atrás para marcharme, a regañadientes.

Justo cuando estoy a punto de irme, veo un papel doblado en el suelo, justo donde termina el mostrador, y medio enganchado por debajo.

Me inclino y lo saco de entre el mueble y la baldosa.

Ni siquiera se me pasa por la cabeza no echarle un vistazo al contenido.

Se me revuelven las tripas al leer las primeras líneas.

Entonces lo leo otra vez para asegurarme de no haberme precipitado llegando a la conclusión equivocada.

Cuando vuelvo a levantar la vista, Callie está atendiendo a un nuevo cliente, totalmente ajena a que yo haya vislumbrado su situación financiera.

Sin pensarlo, doblo el papel y me lo meto en el bolsillo de atrás de los vaqueros. El cerebro me da vueltas, pensando en posibles maneras de ayudarla. La parte complicada es que si me ofrezco a hacerlo, ella me rechazará sin pensárselo dos veces.

Callie es muy orgullosa.

Y luego está lo de que me odia a muerte y no se fía de mí.

Necesito tiempo para pensar.

Un plan.

Cuando ella se da la vuelta, yo ya tengo mi bollo en la mano y el café en la otra.

—Gracias.

Su mirada se eleva rápidamente hacia la mía con cautela, a la vez que la luz radiante de su rostro se nubla.

—No hay problema.

Y así, sin más, vuelve a darme con la puerta en las narices, dejándome fuera.

¿Cómo de triste resulta que yo solo viva por los escasos momentos en los que ella me mira?

Son los únicos en los que siento que puedo respirar.

Empujo la puerta para salir al fresco y limpio aire otoñal y casi me choco contra Evelyn Kingston, una de las propietarias del equipo de hockey de los Railers.

Ella lleva un elegante abrigo de piel sintética y su cabello color ébano va recogido en un peinado exquisito que parece haber conseguido sin esfuerzo alguno.

Su mirada desciende rápidamente hacia la bolsita y el café que llevo en las manos y luego regresa hasta mi cara con una sonrisa astuta.

—¿Fan del café y la bollería, entonces? —pregunta, como si no conociese de antemano la respuesta.

—Entre otras cosas.

—Bueno, no eres el único. Callie está a punto de recibir mucha más atención.

Me quedo helado del todo por dentro.

—¿Oh? ¿Y por qué es eso?

Su sonrisa se vuelve ladina.

—Beau Masterson quiere contactar con Callie para incluir sus postres en sus restaurantes. ¿No son eso fantásticas noticias?

Lo son.

Al cien por cien.

Pero también, no lo son.

Ahora mismo me estoy imaginando a Callie bajo el foco mediático, enfrentándose a todavía más presión.

Aunque se merezca que el negocio le vaya de maravilla, una parte de mí sabe que esa clase de exposición pública implica complicaciones.

Sobre todo cuando eres una madre soltera sin un sistema de apoyo con el que poder contar.

Y si he de ser sincero del todo, no me gusta la idea de que Beau Masterson ande metiendo las narices por donde está Callie. Ese tío es un rico playboy, y Chicago es su coto de caza.

Cuando yo me quedo en silencio, Evelyn se acerca más a mí antes de hacer una pausa, mirándome a los ojos, y luego seguir:

—Si tenías planes de mover ficha, River, yo no esperaría demasiado.

Ese comentario me pilla desprevenido. Antes de que se me pueda ocurrir alguna respuesta, ella ya ha entrado en la pastelería y ha desaparecido de mi vista.

Me quedo unos segundos allí plantado, contemplando a Callie a través del cristal.

Evelyn tiene razón. No me puedo permitir esperar más. Ya he desperdiciado demasiado tiempo.

Si no tengo cuidado, ella va a escapárseme de entre los dedos.

Y no voy a permitir que eso ocurra.