Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2)
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1 Capítulo uno
CAPÍTULO UNO
CALLIE
Puede que haya tardado unas cuantas horas, pero la pastelería por fin está en silencio. La hora punta matutina llegó y pasó, dejando tras de sí un rastro de tazas de café vacías, manchas de azúcar en las vitrinas de cristal, y agotamiento, después de una noche sin dormir.
Me seco las manos en un trapo y me apoyo contra el mostrador.
Sloane suelta aire a mi lado, limpiándose un poco de harina de la mejilla.
—De verdad, creía que la mamá con el carrito de bebé iba a causar disturbios cuando nos hemos quedado sin cruasanes de almendra —dice, cogiendo su botella de agua.
Yo consigo dibujar una sonrisa.
—Probablemente esté redactando el borrador de su crítica para Yelp mientras hablamos. Y no va a ser bonita.
Las dos nos echamos a reír y yo me permito disfrutar de ese momento. Solo un bendito segundo de paz. Hasta que veo la pila de correo en la mesa de trabajo del fondo. Es lo único que me hace falta para que se me haga un nudo en el estómago.
Me acerco hacia la pila sin poder remediarlo, y reviso lentamente las facturas y el correo basura.
La mayoría son cosas que tiro a la basura sin más, hasta que me fijo en un sobre blanco y delgado con el logo oficial de mi banco.
Obligo a mis dedos temblorosos a romperlo para abrirlo.
Incluso antes de leer rápidamente las palabras de dentro, ya sé lo que van a decir.
Se me ha pasado el plazo de pago de la siguiente cuota del préstamo.
Nos encaminamos ahora hacia la marca de los sesenta días.
Si no les abono pronto el dinero, lo considerarán un impago. Lo que significa que podría perder la pastelería.
Mi pastelería.
Esa por la que he trabajado tan duro.
La estancia se me hace ligeramente borrosa, y me sujeto al borde de la mesa.
Por enésima vez, me estrujo el cerebro pensando en alguna forma de salir de este embrollo. No puedo recurrir a mis padres. Me ayudarían si pudieran, pero no les queda nada que darme.
¿Y Zane, mi ex?
¿El padre de mi hija?
¡Ja!
Es jugador de hockey profesional y gana millones al año. Sin embargo, siempre me paga tarde la pensión. Es un misterio casi insondable cómo es posible que consiga pulirse tantísimo dinero cada mes.
Lo que he aprendido a lo largo de los años es que él no es alguien en quien se pueda confiar.
Por desgracia, cuando me di cuenta de eso ya era un poquito tarde.
Desde que era niña, he tenido que arreglármelas por mi cuenta, y esta situación no es muy distinta.
No tengo elección.
El fracaso no es ninguna opción.
No cuando Nora cuenta conmigo para darle un hogar estable.
—¿Qué es eso? —la pregunta de Sloane atraviesa el torbellino de mis pensamientos. Parpadeo para salir de ellos y me la encuentro mirándome con el ceño fruncido.
Me obligo a mostrarle una sonrisa que siento que podría romperme la cara en dos, antes de menear la cabeza y dejar la carta en el mostrador, cerca de la caja registradora.
—Nada. Solo más correo basura.
El alivio me inunda cuando se abre la puerta. No quiero que Sloane me haga más preguntas. No es tan solo mi empleada, sino también una buena amiga. Lo último que querría sería mentirle.
Levanto la vista, metiéndome ya en modo trabajo, y veo a River Thompson entrando tranquilamente.
Es alto, de anchos hombros y demasiado guapo para mi paz mental.
Será por el pelo rubio y alborotado y esos penetrantes ojos azules que parecen atravesarme por completo.
Él me hace sentir observada de una forma que no me resulta nada cómoda.
Cuando entra en una habitación, lo noto hasta en los huesos.
El hombre se mueve con la gracia de un atleta.
De alguien que se encuentra cómodo en su lugar del mundo.
Eso debe de estar bien.
No creo haberlo sentido ni un solo día en toda mi vida.
Esta mañana lleva puestos unos vaqueros y una sencilla sudadera con capucha de los Railers.
Cuando cruza el umbral, la temperatura de la pastelería se eleva.
O tal vez solo sea la mía.
Se me acelera el pulso, y me cuesta trabajo pisotear y aplastar mentalmente la atracción que me recorre las venas.
Odio la forma en que mi cuerpo reacciona frente a él.
Es amigo de Zane.
O lo era.
Francamente, no es asunto mío qué relación haya entre ellos.
Lo que sí sé es que él se quedó allí parado, sin decir nada, mientras Zane me dejaba en ridículo.
Devuelvo mi atención a la caja registradora, esperando que pida rápido y se vaya.
Si tengo suerte, Sloane intervendrá enseguida y me ahorrará tener que mantener alguna conversación intrascendente. Esas conversaciones siempre resultan incómodas.
Una mujer con un niño pequeño entra justo detrás de él. Me sonríe antes de mirar hacia él, y luego volver a mirarle, mientras sus ojos se agrandan.
—¡Oh Dios mío! —exclama—. Tú eres River Thompson. Mi marido está loco por los Railers.
River le dedica una sonrisa amable, relajada y encantadora.
—Es bueno saberlo. Dile que le mando un «hola».
El niñito que viene con ella probablemente tenga unos cinco o seis años. Se asoma por detrás de su pierna, agarrando con fuerza un coche de juguete.
Sin perder comba, River se agacha para ponerse casi a su altura.
—¿Te gusta el hockey, coleguita?
El niño levanta la vista hacia su madre antes de asentir.
River se mete la mano en el bolsillo trasero de los vaqueros y saca un disco de hockey reluciente.
—Si tienes un rotulador, te lo firmo. ¿Te gustaría eso?
La mujer revuelve en su bolso con frenesí antes de mirarme, desesperada.
—¿No tendrás por casualidad un rotulador, verdad?
—Mmm. —Miro por el mostrador antes de abrir un cajón y sacar uno—. Aquí tienes.
Ella chilla de placer antes de arrancármelo de los dedos y pasárselo a River.
—Mi marido se va a morir cuando lo vea…
River garabatea su nombre en la lisa superficie.
—Aquí tienes —dice, entregándoselo al chiquillo—. Esto es para cuando metas tu primer gol.
Yo hago un gesto de exasperación con los ojos antes de poder contenerme. Por supuesto que tiene un disco a mano para poder dárselo a los fans.
¿Y quién no?
Y al parecer, al hombre también se le dan bien los niños.
Odio esa parte de mí a la que ha conmovido su pequeño gesto.
Me mosquea de la hostia.
No quiero sentir nada de nada en lo que a este hombre respecta.
La mujer sigue parloteando unos minutos más antes de sacar el móvil y pedirle un selfi, a lo cual él accede. Después de más de dos docenas de fotos, ella pide un donut para su hijo y por fin se va, probablemente subiendo ya todas las fotos a sus redes a la vez que camina.
La mirada de River vuelve a clavarse en la mía mientras él se acerca al mostrador.
—Hola, Callie.
Baja la voz, que se vuelve más grave e íntima. Ese tono de barítono me envuelve antes de oprimirme con fuerza. Hay una dulzura impregnándolo. Por alguna razón, me imagino que este es el tono exacto que usaría para intentar calmar a un animal nervioso.
—Hola —me decido por mostrarme distante—. ¿Qué te pongo? —Cuando él sigue rebuscando en mis ojos, como si estuviera hurgando en mis pensamientos, le suelto—: Estamos algo ocupadas ahora mismo. Así que…
Él interrumpe el contacto visual lo suficiente para que su mirada se pasee por las mesas ahora vacías mientras arquea una ceja.
—¿En serio? Parece que acabo de librarme de la hora punta de la mañana.
El calor me inunda la cara mientras cambio mi peso de un pie al otro por detrás del mostrador.
—Me refiero a que tenemos que acabar de preparar muchas cosas.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba, como si estuviese acostumbrado a mi gélido tratamiento y no le importase el corte.
—¿Me puedes poner un café solo, de tueste intermedio? —Apunta hacia la segunda fila de la vitrina—. Y quizás uno de esos rollitos de canela.
—Bollos —digo sin inflexión.
—Sí, bueno, un bollo —repite él, como si fuese una palabra extranjera.
Meto la pasta rápidamente en una bolsa y se la doy, esperando poner fin a esta conversación.
Por el contrario, él sigue ahí sin marcharse.
—Bueno, pues. ¿Cómo te ha ido últimamente? —pregunta.
Mis manos aprietan más fuerte el mostrador mientras sus ojos prosiguen sondeando los míos en busca de unas respuestas que me niego a proporcionarle.
—Estoy bien.
¿Qué otra cosa se supone que voy a responder?
¿Que estoy a un solo recibo impagado de perder todo por lo que he estado trabajando tan duro?
¿Que no tengo nadie a quien recurrir?
¿Ninguna red de seguridad?
Parece como si él quisiera decirme algo más, pero yo me doy la vuelta antes de que sea capaz de soltar una palabra.
Lo último que necesito ahora mismo es un hombre.
Sobre todo, uno que se quedó al margen mirando cómo mi vida se iba una vez más al garete.
Es un alivio que la puerta vuelva a abrirse y entre otra clienta.
Ignoro a River y centro mi atención en ella.