Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 17 — BLOQUE I
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CAPÍTULO 17 — BLOQUE I

El murmullo de mil almas contenidas se eleva hacia las altas cúspides del auditorio principal de la Universidad, un mar humano ondeante que ocupa cada butaca, cada hueco en las escaleras de mármol, cada centímetro de suelo libre.

Estoy detrás del gran podio de roble, mis dedos rozan los bordes pulidos mientras observo aquel mosaico de rostros expectantes.

La luz de los focos, cálida como miel de verano, me envuelve, separándome sutilmente del mundo para colocarme en ese lugar donde la palabra se vuelve hechizo y la idea, un ser vivo.

Respiro hondo. El aroma a papel viejo, a madera pulida y a juventud ansiosa me llena los pulmones. Y entonces, comienzo.

—Hoy —digo, y mi voz, amplificada pero íntima, llena cada rincón con una claridad de cristal— no vamos a hablar de teorías.

Vamos a tejer, juntos, un telar de sombras y luces.

Vamos a perseguir el concepto de “el Otro” no como un extraño, sino como el espejo más fiel y a la vez más traicionero que poseemos. ¿Se atreven a asomarse?

Un silencio absoluto, cargado de electricidad, es la primera respuesta.

Luego, una marejada de atención tan densa que casi puedo palparla.

Comienzo a urdir el discurso, hilvanando filosofía con poesía, citando a Lévinas no como un nombre muerto en un libro, sino como un susurro constante detrás de nuestro hombro.

Hablo de la mirada que nos constituye, de la responsabilidad que nace antes que la libertad, no como una carga, sino como el primer latido de nuestra humanidad.

—Imaginen —prosigo, caminando lentamente por el escenario, mi vestido azul noche fluyendo con el movimiento— que la conciencia no es una fortaleza, sino una ventana.

Y que en el instante en que el rostro del otro aparece en ella, no vemos unos ojos, una nariz, una boca.

Vemos un mandato. Un “no me matarás” que es, en esencia, el “tú eres” que me define. Sin ese rostro, yo… ¿sería?

Alzo la vista hacia el inmenso anfiteatro. Decenas de manos se alzan, brotes ansiosos en un campo fértil. Señalo a una joven sentada en los escalones, cerca del pasillo central.

—Tú, con la trenza castaña. ¿Cuál es tu nombre?

—Camila —dice con una voz que titubea solo un segundo.

—Camila. Dime, cuando alguien te pide ayuda en la calle, ¿qué ocurre en ese preciso instante  antes  de que decidas responder o no?

La joven parpadea, piensa. El auditorio contiene el aliento.

—Siento… que me agarran por dentro. Que no puedo mirar a otro lado, aunque a veces lo haga. Es como si esa persona, por un segundo, se apoderara de mi voluntad.

—¡Exacto! —exclamo, y una sonrisa se dibuja en mis labios—. Ese “agarre” es la huella dactilar de lo infinito en lo finito. No es piedad, Camila. Es reconocimiento. Es arquitectura del alma, ladrillo a ladrillo, encuentro a encuentro.

Se produce un murmullo de asentimiento. Otra mano, esta vez de un chico en primera fila.

—Profesora… ¿y el odio? ¿El racismo? ¿Eso también es “reconocimiento”?

Una pregunta excelente, punzante. Me acerco al borde del escenario, agachándome ligeramente para estar más a su altura.

—Gran pregunta. ¿Tu nombre?

—Mateo.

—Mateo, el odio, el prejuicio… son el fracaso catastrófico de ese reconocimiento.

No es que no vean al otro. Es que lo han visto, y en un acto de terror cósmico, han decidido reducirlo, mutilarlo en su mente, convertirlo en una caricatura para no sentir el peso de su mandato.

Matan al espejo para no ver su propio reflejo.

Es el intento desesperado y violento de cerrar la ventana de la que hablábamos.

Pero la ventana sigue allí, Mateo. Y por ella se cuela, siempre, el viento frío de nuestra conciencia.

La analogía corre por el auditorio como un escalofrío colectivo.

Durante la siguiente hora, el diálogo fluye.

Manos que se alzan, voces que preguntan, ejemplos de la vida cotidiana que yo tomo y devuelvo, transformados en joyas conceptuales.

Hablamos del amor como la máxima aceptación del mandato del otro, de la política como la organización (o el fracaso) de ese encuentro, de la soledad como el hambre atroz de rostros que nos constituyan.

Soy una tejedora, y ellos, mil pares de manos que me pasan los hilos de su curiosidad, de su duda, de su inteligencia cruda y brillante.

Finalizo con una cita de Rilke, pronunciada casi como un secreto que el micrófono, sin embargo, lleva a cada oído.

— El amor no consiste en que dos miradas se dirijan juntas en la misma dirección, sino en que una mirada se reconozca a sí misma en la otra.

Hay un instante de silencio perfecto. Y entonces, el estallido.

Los aplausos surgen como una ola, crecen hasta convertirse en un trueno continuo que hace vibrar el suelo bajo mis pies.

Se ponen de pie, todos, una marea humana que ovaciona no a una profesora, sino a la experiencia compartida, a la chispa que hemos encendido juntos.

Yo, con los ojos ligeramente húmedos, sonrío y saludo, con una mano en el corazón y la otra levantada, agradeciendo a cada uno de aquellos rostros que, por un momento, han sido mi espejo y mi mandato.

Los aplausos comienzan a ceder, transformándose en un rumor de movimientos y conversaciones reanudadas. Recojo mis notas, el viejo cuaderno de tapas de cuero que siempre me acompaña, cuando veo acercarse por el lateral del escenario a dos figuras.

Uno es el profesor Ricardo Márquez, director del Departamento de Filosofía, rostro conocido, amable, de sonrisa paternal y corbata siempre un tanto desajustada.

A su lado, un hombre más joven, quizá en sus treinta y cinco, de porte alto, pelo oscuro y ordenado, y una mirada inquisitiva tras unas gafas de fina montura.

—Elena, magistral, simplemente magistral —exclama Ricardo, estrechándome la mano con ambas las suyas—. Has hipnotizado a la audiencia. Hacía años que no veía este auditorio tan… electrizado.

—Gracias, Ricardo. Es fácil cuando el público está tan entregado —respondo, con sinceridad.

El hombre joven espera, y Ricardo hace el gesto de presentación.

—Elena, déjame que te presente al profesor Javier Mora, nuevo en el departamento de Sociología, se incorporó este semestre. Javier, la profesora Elena Saura.

Javier Mora me tiende la mano. Su apretón es firme, seguro.

—Es un honor, profesora Saura. Su conferencia ha sido… reveladora. Ha dado cuerpo a intuiciones que yo solo atisbaba. Me ha impresionado profundamente su forma de conectar la ética con la experiencia fenomenológica más pura.

—Gracias, profesor Mora. El honor es mío. Bienvenido a la universidad.

—Javier está muy interesado en algunas líneas de investigación que se solapan con tus últimos trabajos sobre la alteridad en la era digital —interviene Ricardo, ajustándose las gafas.

Javier asiente, su mirada directa y llena de interés.

—Así es. De hecho, me atrevería a pedirle, profesora Saura, si tendría algún hueco en su agenda para una breve reunión. Me gustaría exponerle unas ideas, quizá explorar posibles sinergias. Su perspectiva me parece fundamental.

Su entusiasmo es palpable, genuino. No es la adulación vacía de quien busca favores, sino el fuego del que ha encontrado a un colega que puede entenderle.

—Por supuesto, Javier —digo, sacando mi agenda digital—. ¿La semana que viene? Puede escribirme a mi correo y concretamos día y hora.

Una sonrisa amplia, de auténtico agrado, ilumina su rostro.

—Se lo agradezco muchísimo. No le quitaré mucho tiempo, se lo prometo.

Intercambiamos unas palabras más de cortesía sobre lo abrumador del primer semestre, sobre lo bien que suena el proyecto del nuevo máster interdepartamental. Luego, ambos profesores se despiden y se dan la vuelta para salir por la puerta trasera del escenario.

Yo me quedo un momento más, guardando mi portátil en la funda, recogiendo el vaso de agua ya vacío. El bullicio del auditorio que se vacía es un rumor lejano, apagado por las gruesas cortinas.

Fue entonces cuando, en el umbral de la salida, el viento arrastra hasta mí un fragmento de conversación. La voz de Ricardo, baja pero nítida en su tono confidencial, llega clara:

—… no te ilusiones, Javier. Es brillante, sí, única. Pero no tienes nada que hacer con ella. En la facultad la llaman “la monja”. Desde que se divorció de ese imbécil de Andrés, hace algo más de seis años, no ha vuelto a salir con otro hombre. Vive para los libros y sus alumnos. Es inaccesible.

Mis manos se detienen sobre la cremallera de la funda. No me giro. No me muevo. Escucho, como desde una gran distancia, la respuesta muda del joven Javier, quizá un murmullo de asombro o decepción.

Y sonrío.

No es una sonrisa triste, ni amarga, ni tampoco la de quien guarda un secreto a voces. Es una sonrisa discreta, íntima, que nace en algún lugar profundo de mi pecho y se posa en mis labios con la suavidad de una pluma. Una sonrisa que solo yo puedo entender.

Porque el personaje del que hablan, esa mujer herida que se había refugiado tras los altos muros de la academia y el luto perpetuo, la Elena Saura que había decidido que el amor y el deseo eran capítulos cerrados de un libro que ya no quería releer… esa mujer, sencillamente, ya no existe.

Ella murió hace tiempo. Y quien sonríe ahora, sola en la penumbra del escenario vacío, soy yo. Alguien completamente nuevo.

BLOQUE II

La energía del centro comercial me golpea nada más cruzar las puertas automáticas: una marejada de luz artificial cálida, el rumor lejano de fuentes, el ritmo de una música ambiental que no reconozco y el constante fluir de gente.

Es el sábado por la tarde, y el lugar hierve.

Me detengo un momento, dejando que la atmósfera me envuelva.

No suelo venir a estos templos del consumo; mi mundo son las bibliotecas silenciosas y los cafés tranquilos.

Pero hoy el objetivo es otro. Hoy busco algo que no se encuentra entre las páginas de un libro.