Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 17 — BLOQUE I #2
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CAPÍTULO 17 — BLOQUE I #2

Avanzo entre las amplias galerías, pasando frente a escaparates de moda rápida y tiendas de tecnología.

Mi destino está en la planta alta, en el ala de lujo.

Subo por las escaleras mecánicas, observando el paisaje humano que se despliega a mis pies: familias con carritos, grupos de adolescentes riendo, parejas cogidas de la mano.

Me dirijo hacia una zona más discreta, con alfombras más gruesas y escaparates menos abarrotados.

Y allí está:  Éclat . El nombre, en letras plateadas y cursivas, brilla sobre una fachada de cristal esmerilado.

No se ve el interior desde fuera, solo siluetas y la promesa de intimidad.

Es una de las boutiques de lencería fina más exclusivas de la ciudad.

Tomo aire y empujo la puerta, pesada y silenciosa.

El interior es un contraste absoluto con el bullicio del centro comercial.

Reina un silencio acolchado, roto solo por el suave susurro de un sistema de ventilación.

El aire huele a vainilla y a tela nueva.

Las paredes son de un gris perla, y la iluminación, tenue y estratégica, cae sobre maniquíes que visten creaciones en seda y encaje. Es un santuario.

—Buenas tardes, señora. ¿La atienden?

La voz es suave, profesional. La mujer que se acerca podría tener cuarenta años, quizá menos.

Lleva el pelo negro recogido en un moño bajo y viste un traje pantalón de color crudo, impecable.

Su sonrisa es cordial, pero sus ojos, oscuros y atentos, ya me están evaluando, no con juicio, sino con la precisión de un radar.

—Buenas tardes. Sí, por favor —respondo, y noto que mi voz suena más segura de lo que esperaba.

—¿Busca algo en concreto? ¿O prefiere inspirarse?

Me acerco a una vitrina donde un  body  de encaje negro se despliega como una flor nocturna. Lo señalo.

—Algo así. Pero en rojo. Un rojo intenso.

El cambio en la expresión de la dependienta es sutil, pero la veo. El brillo de interés profesional se aviva. Ya no soy una clienta más. Soy un proyecto.

—Una elección magnífica. El rojo, cuando es el adecuado, no es solo un color. Es una declaración —dice, y su tono se vuelve casi confidencial—. Tenemos una nueva colección de encaje de Calais, con detalles en satén. El rojo es… un espectáculo. Permítame.

La sigo hacia la parte trasera de la tienda, donde los artículos más especiales están en vitrinas con iluminación propia. Otra dependienta, más joven, con el pelo corto y rubio, se acerca al ver nuestro recorrido.

—Lucía, ¿podrías traer el  body  “Scarlet” en la talla 38 para la señora? —pide la primera, cuyo nombre, veo ahora en una discreta placa, es Sofía.

—Enseguida, Sofía —responde Lucía, desapareciendo entre unos biombos de seda.

—Siéntese, por favor —me indica Sofía, señalando un sofá bajo y amplio, tapizado en terciopelo color humo—. ¿Le apetece algo de beber? Agua, café, una copa de cava…

—Un agua, gracias. Sin gas.

Mientras Lucía trae el agua en una copa de cristal fino, Sofía despliega ante mí, sobre una mesita baja de mármol, varios catálogos con fotografías artísticas de las prendas.

—El “Scarlet” es un diseño único —explica, pasando las páginas hasta encontrar la imagen—.

Se inspira en la línea de los años 50, pero con una sensualidad muy contemporánea.

La espalda es una U profunda, y el cierre es una fila de diminutos botones de perla en la entrepierna. Una obra de ingeniería y provocación.

Lucía regresa con la prenda. No está en una percha normal. Está extendida con reverencia sobre un brazo, sobre un forro de satén negro. El rojo es exactamente el que había imaginado: profundo, vibrante, un rojo que parece tener su propia fuente de luz.

—El probador está listo —dice Lucía, señalando una puerta corredera de madera oscura.

Entro. El probador es más grande que mi dormitorio de la residencia universitaria.

Tiene tres espejos de cuerpo entero que se reflejan infinitamente, una banqueta acolchada y una percha de latón.

Me desvisto con una calma que me sorprende.

Me quito el jersey de cachemir y los vaqueros, la ropa interior sencilla, de algodón blanco.

Por un momento, me observo en el espejo.

La profesora Saura. La monja. La divorciada.

Luego, tomo el body .

La sensación del encaje contra mi piel es un susurro.

Me lo pongo con cuidado, sintiendo cómo se ajusta a cada curva como si lo hubieran moldeado para mí.

Los tirantes son finísimos. Los botones de perla en la entrepierna son un desafío delicado que logro abrochar con dedos que no tiemblan.

Por último, me giro para ver la espalda en el espejo.

La imagen me quita el aliento.

La mujer que me devuelve la mirada es poderosa. Sofisticada. Peligrosamente hermosa. El rojo es un grito silencioso contra mi palidez. El encaje, un mapa de jardines secretos. Me siento… reconstruida.

Llamo al timbre discreto junto al espejo. Sofía entra, seguida de cerca por Lucía. Las dos se detienen. El silencio que se hace es el mejor de los cumplidos.

—Dios mío —murmura Lucía, con sinceridad absoluta.

—Es… usted  es  ese  body  —dice Sofía, con una sonrisa que trasciende lo profesional—. La talla es perfecta. La caída, la sujeción… Es sublime. ¿Ve lo que le decía? Es una declaración.

—Necesito verlo con medias —digo, y mi voz suena extraña, nueva, como si saliera de la mujer del espejo—. Altas. Con liga.

—Negras —afirma Sofía, con un brillo en los ojos—. Lucía, el juego de medias “Barcelona”, de encaje negro, con la liga bordada. Talla única.

Mientras Lucía va a buscarlas, Sofía me observa, pensativa.

—Con ese tono de piel y ese corte de pelo… tiene un estilo muy francés, muy  Jane Birkin  en su versión más intelectual y sexy. El rojo es su color. Debería plantearse un vestido de noche en este mismo tono.

Lucía regresa con las medias. Son tan finas que parecen hechas de sombra. La liga es una banda ancha de encaje negro con delicadas florecillas bordadas. Me las pongo sentada en la banqueta, bajo la atenta mirada de ambas, que ahora son cómplices, sacerdotisas de este ritual.

—Le queda un momento, ¿verdad? —dice Lucía, arrodillándose para asegurarse de que la liga queda derecha en mi muslo—. Para una cena especial, o…

—O para una cita consigo misma —interrumpe Sofía suavemente, sosteniendo mi mirada en el espejo—. A veces, las mejores noches son las que no tienen testigos.

Sus palabras me atraviesan. Asiento, sin poder articular una respuesta. Tiene razón.

Durante la siguiente hora, me convierto en su obra maestra.

Me prueban un sujetador balconette y una braga tipo  string  del mismo rojo escarlata.

Un camisón de gasa negra que flota alrededor de mi cuerpo como una nube.

Un conjunto de seda color burdeos oscuro que me hace sentir como una reina de alguna corte prohibida.

Sofía y Lucía trabajan en perfecta sincronía, trayendo, ajustando, opinando.

—Esa línea le va de maravilla —apunta Lucía.

—El negro mate es su neutro, créame —afirma Sofía.

Al final, decido llevármelo casi todo. El  body  escarlata, el conjunto a juego, las medias de encaje, el camisón y el conjunto burdeos. Sofía empaqueta cada prenda con un cuidado exquisito en cajas planas de cartón negro, forradas de tissue paper del color de la crema.

—Por su compra de hoy, y por su ojo exquisito —dice Sofía, presentándome una tarjeta de plástico negro con el logo plateado de  Éclat —, le damos la bienvenida al círculo “Éclat Privé”.

Tendrá acceso preferente a nuevas colecciones, una persona de enlace y un descuento del quince por ciento permanente.

Firmo el recibo, una cifra que justifico sin dudar. No estoy comprando lencería. Estoy comprando armadura. Estoy comprando una nueva piel.

—Ha sido un verdadero placer, señora Saura —dice Sofía, entregándome las grandes bolsas de compra, elegantes y discretas.

—Un honor —añade Lucía, con una sonrisa cómplice—. Esperamos verla pronto. Para cuando necesite otra declaración.

Salgo de la boutique. La transición es brutal. Del silencio perfumado al rugido del centro comercial. De la intimidad sagrada al anonimato de la multitud.

Pero llevo conmigo el cambio.

Camino hacia las escaleras mecánicas, las bolsas balanceándose ligeramente en mi mano.

Y no puedo evitarlo. Una sonrisa comienza a brotar en mis labios, pequeña al principio, luego más amplia, imparable.

No es una sonrisa discreta como la del auditorio.

Es una sonrisa que me cruza el rostro de oreja a oreja, que me llega hasta los ojos, que hace que la gente que pasa a mi lado me mire dos veces, preguntándose qué he hecho, qué sé yo que ellos no saben.

Es la sonrisa de un secreto a todo color, escarlata y negro, guardado en bolsas de lujo. La sonrisa de quien, después de años de vivir en blanco y negro, ha encontrado por fin la paleta completa.