Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 16 EL ECO DEL SILENCIO (Julian) #2
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CAPÍTULO 16 EL ECO DEL SILENCIO (Julian) #2

Un silencio. Brevísimo, pero elocuente. Lo he sorprendido. La he arrastrado de golpe de su mundo al nuestro. Bueno. —Mr. Vance —responde, y ahora su voz ya no es tan lisa. Hay una fisura, una tensión apenas audible bajo la cortesía—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Llamo respecto a los detalles logísticos de nuestra… colaboración de esta noche —digo, eligiendo la palabra «colaboración» por su carga de doble sentido, por su falsa inocencia—. Necesitaba confirmar la ubicación.

—Ah, sí —dice ella, y ahora detecto el esfuerzo por mantener el tono neutral. Oigo un leve roce, quizá se endereza en la silla, quizá cierra un libro—. Tengo el bloc delante. Adelante.

—El lugar acordado es el Waldorf Astoria —anuncio, dejando que las palabras caigan con el peso de un martillo sobre terciopelo—. Suite 1420. La documentación de acceso estará en recepción a su nombre.

—Suite… 1420 —repite ella, y en la pausa entre las palabras, en el temblor casi imperceptible al decir el número, escucho todo lo que no dice. La anticipación. Los nervios. El eco de lo que «suite» significa para nosotros—. Anotado.

—La sesión está programada para comenzar a las nueve en punto —continúo, convirtiéndome en el director de proyecto más sádico del mundo—. Sin embargo, dada la…  naturaleza intensiva  del material que vamos a revisar, le recomiendo encarecidamente una puntualidad estricta.

—¿Naturaleza intensiva? —pregunta, y esta vez no puede evitar un dejo de intriga, un desafío que se cuela en su voz profesional. Le gusta este juego. Le gusta que la acorrale en su propio despacho con palabras de negocios que significan otra cosa.

—Extremadamente —afirmo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado que sé que hará que se lleve el auricular más cerca del oído—. Va a requerir su concentración absoluta, profesora. Y una…  disposición total a seguir instrucciones.

Al otro lado de la línea, un jadeo. Ahogado, rápido, pero inconfundible.

Luego, un silencio elocuente. La visualizo perfectamente: sentada en su silla de madera, rodeada de libros polvorientos, con la luz del tarde cayendo sobre su pelo recogido, mientras mis palabras manchan de deseo la atmósfera académica.

Su piel, bajo el traje de profesora, recordando las órdenes de anoche.

—Comprendo —dice finalmente, y su voz es ahora un susurro ronco, íntimo, que contradice todo el decorado de la llamada—.

Me aseguraré de llegar… debidamente preparada.

—Eso es esencial —digo, y permito que la máscara se resquebraje, que el hombre de negocios dé paso al hombre que la conoce—.

Porque esta noche, Elena, no habrá teléfonos que nos separen.

No habrá distancia. Esta noche, voy a reclamar en persona cada sonido que te arranqué anoche.

Voy a ver de cerca cómo se te rompe la voz cuando llegas.

Y voy a asegurarme de que el único nombre que recuerdes sea el mío.

La crudeza, saliendo de esta conversación formal, tiene el efecto de una detonación.

Oigo cómo traga saliva con dificultad. Cómo su respiración se acelera, haciéndose audible a pesar de su intento de contenerla.

—Julian… —susurra, y es una advertencia, una rendición, una plegaria.

Mi nombre, dicho así, aquí, ahora, en este contexto, es más poderoso que cualquier obscenidad.

—Suite 1420 —repeto, implacable, marcando cada sílaba—. Nueve en punto. No me hagas esperar.

Y cuelgo.

El clic del auricular al descansar en la base suena como el portazo de una celda. Me quedo inmóvil, la mano aún sobre el teléfono. El silencio del despacho es absoluto, pero dentro de mí hay un clamor.

La llamada ha durado menos de tres minutos.

Ha sido «técnica», correcta, incluso aburrida para cualquiera que la hubiera escuchado.

Pero ha sido, también, una de las interacciones más cargadas, más perversamente íntimas de mi vida.

Hemos tenido sexo con palabras de oficina.

Hemos manchado su viernes de profesora con la promesa cruda del viernes de la mujer que lleva encaje negro bajo la toga académica.

Me levanto. Las piernas me responden con una solidez que contradice el temblor interno.

Camino hasta la ventana. Chicago se adorna con las primeras luces del atardecer, doradas y mentirosas.

Dentro de unas horas, la ciudad será un manto de oscuridad salpicado de frío.

Y en la suite 1420, habrá un infierno de dos.

Esta llamada no era para darle un número. Era para recordar las reglas del juego que  yo  inventé. Era para afirmar que, aunque anoche nos rendimos igualados, el territorio sigue siendo mío. Yo marco el cuándo y el dónde.

Pero al colgar, una duda corrosiva, nueva, se enciende en la parte más profunda de mi cerebro: ¿y si el territorio no es mío?

¿Y si el verdadero campo de batalla no es la suite del Waldorf, sino ese espacio eléctrico que se crea entre nosotros cuando nuestras miradas chocan?

¿Y si, en esa guerra particular, no hay generales, solo dos prisioneros condenados a arderse el uno al otro?

Sacudo la cabeza, rechazando el pensamiento. No. El control es lo único que tengo. Lo único que me mantiene a salvo de este… este desmoronamiento que ella provoca.

Miro el reloj. 4:23 p.m.

Faltan cuatro horas y treinta y siete minutos.

Cuatro horas y treinta y siete minutos durante las cuales ella, en algún lugar de Hyde Park, estará terminando su día, preparándose, vistiéndose… pensando en la suite 1420. Pensando en mis palabras. En mis órdenes.

Y yo estaré aquí, contando cada segundo, sabiendo que he ganado una batalla con una llamada telefónica, pero que la guerra… la guerra de verdad, la guerra por no perder por completo la cabeza por ella, esa guerra acaba de empezar.

Y tengo el presentimiento aterrador de que, por primera vez en mi vida, voy a perderla.