CAPÍTULO 14 EL PRIMER MENSAJE (Julian)
He pasado el día entero como un espectro.
Las reuniones, las llamadas, la apelación Henderson…
todo ha pasado como una película muda proyectada frente a mis ojos.
Mi mente, mi maldita y precisa mente, que normalmente opera con la frialdad de un superordenador, se ha convertido en un bucle obsesivo de cuatro palabras y un punto de interrogación.
¿Un día bueno?
La envié ayer. Nada. Veinticuatro horas de silencio radioactivo.
No es un rechazo. Un rechazo sería un «No» o un «Déjame en paz». El silencio es peor. Es un agujero negro donde se tragan todas mis certezas. ¿Está pensando? ¿Está asustada? ¿Se arrepiente? ¿Me está haciendo sudar a propósito?
Cojo el teléfono por enésima vez. Abro el hilo. Mi mensaje sigue ahí, solo, ridículo. Como un náufrago en una isla desierta.
Podría enviar otro. «¿Recibiste mi mensaje?» Patético. «Necesito verte.» Demasiado. Demasiado verdadero.
La rabia me surge, repentina y caliente. Rabia contra ella, por este juego. Rabia contra mí, por estar jugando. Por estar aquí, en medio de este lujo estéril, esperando como un adolescente a que una mujer me conteste un puto mensaje.
Me levanto de la butaca de cuero. Camino hasta el ventanal. Mi reflejo en el cristal me devuelve la imagen de un hombre con un traje caro y una expresión de idiota. He negociado fusiones de miles de millones. He destrozado testigos en el estrado. ¿Y ahora esto? ¿Un mensaje de texto?
Pero no es solo un mensaje. Es la llave.
La llave para volver a ese lugar donde, por unas horas, no fui Julian Vance, el tiburón.
Fui simplemente un hombre. Un hombre con hambre.
Un hombre que encontró a otra persona con el mismo hambre.
Y que se alimentaron el uno del otro hasta casi morir de ello.
El silencio de ella es un muro. Y yo he construido mi vida derribando muros.
Decido. No con el corazón, que es un órgano estúpido e inútil en estas cosas. Decido con el cerebro, con la parte de mí que evalúa riesgos y toma acciones decisivas.
No voy a enviar otro mensaje de texto.
Voy a llamarla .
Es una violación mayor de nuestras no-reglas. Un texto es discreto, se puede ignorar, se puede responder con calma. Una llamada es una invasión. Es una demanda de atención inmediata. Es real.
Mis dedos encuentran su número en el historial de llamadas. El de ayer, el que no contesté. Lo pulso.
Llevo el teléfono a la oreja. El tono de llamada suena, un pitido monótono y agonizante. Uno. Dos. Tres…
La imaginación, esa perra traidora, me muestra escenarios: ella viendo la pantalla, frunciendo el ceño, rechazando la llamada. Ella en clase, con el teléfono en silencio, ignorándome. Ella riendo con alguien más, borrando mi número.
Cuatro tonos. Va a ir al buzón de voz.
Entonces, se corta.
No es el tono del buzón. Es el silencio abrupto de una llamada contestada.
Y luego, su voz.
—Hola.
Una sola palabra. Clara. Neutral. Ni fría ni cálida. Un territorio en blanco.
Me trago. La boca se me ha secado de repente. —Elena.
—Julian.
Mi nombre en su boca, por el teléfono, me da una descarga. Suena diferente. Más distante. Más… profesora. —Recibiste mi mensaje —digo. Es una estupidez. Claro que lo recibió.
—Sí.
—Y no contestaste.
Una pausa. La oigo respirar al otro lado. No con nerviosismo. Con… deliberación. —No. No contesté.
—¿Por qué? —La pregunta sale más brusca de lo que pretendía.
Otra pausa. Más larga. Puedo oír un murmullo de fondo, tal vez una cafetera, tal vez un televisor lejano.
Está en casa. En su apartamento. Me la imagino sentada en un sofá, con esos pantalones cómodos y ese jersey grande que debe usar para estar sola.
El contraste con la mujer del encaje negro es vertiginoso.
—Porque un mensaje como ese —dice al fin, su voz baja pero firme— requiere una respuesta pensada. Y ayer no sabía qué responder.
Su honestidad me desarma. Esperaba un juego, una excusa. No esto. —¿Y ahora? ¿Ahora lo sabes?
—Ahora sé que era un día bueno. Peligrosamente bueno. —Hay un matiz en su voz, una ironía ligera, que me hace soltar el aire que no sabía que retenía—. Y que los días peligrosamente buenos dan miedo.
—A mí también me dan miedo —admito, y es otra verdad que no planeaba decir.
El silencio vuelve, pero ya no es hostil. Es compartido. Es el silencio de dos personas reconociendo que están en el mismo barco, en medio del mismo mar embravecido.
—¿Por qué llamas, Julian? —pregunta ella—. ¿Para ver si contestaba? ¿Para romper el silencio que tú mismo empezaste?
—Para oír tu voz —digo, y es la verdad más pura y estúpida de todas.
Al otro lado del teléfono, ella se queda callada. Luego, un sonido suave. ¿Un suspiro? ¿Una risa ahogada? —Bueno, ya la has oído.
—No es suficiente.
—¿Qué sería suficiente?
La pregunta me deja sin palabras. ¿Qué sería suficiente? ¿Otra noche? ¿Diez? ¿Despertar a su lado sin la prisa por irse? No lo sé. Y esa ignorancia es lo que me está matando.
—No lo sé —repito en voz alta.
—Yo tampoco —dice ella. Y luego añade, su voz un susurro casi inaudible—: Pero el silencio… el silencio duele más.
Algo se rompe dentro de mi pecho. Una tensión que llevaba acumulándose desde que la dejé en su puerta. Ella lo siente también. Este tirón absurdo, este vacío que solo el otro puede llenar, aunque sea temporalmente, aunque sea peligroso.
—El viernes —digo, las palabras saliendo antes de que pueda pensarlas—. El Waldorf. A las nueve.
No es una pregunta. Es una propuesta. Un nuevo contrato, para una nueva noche.
El silencio de su lado es total. Ni siquiera respira.
—¿Regla número uno? —pregunta finalmente, y su tono es de negociación pura.
—Regla número uno: sin disfraces. Sin juegos. Solo nosotros. —Hago una pausa—. Y la perla. Llévala puesta.
Una inhalación brusca. Se ha sorprendido. Bien.
—¿Cómo sabes que tengo una perla?
—Porque eres tú. Y porque anoche, cuando te vestías, la buscaste con la mirada. La necesitas. Como yo te necesito a ti el viernes.
Es demasiado. He dicho demasiado. He usado la palabra «necesitar». He mostrado la carta que no debería mostrar.
Pero en lugar de retirarse, de colgar, su voz suena más cercana, más íntima, cuando responde:
—De acuerdo. Viernes. Nueve. El Waldorf. —Hace una pausa—. Y Julian.
—¿Sí?
—No vuelvas a dejarme colgada veinticuatro horas. Si necesitas algo, dilo. Si yo necesito algo, lo diré. Esa es la regla número dos.
Un acuerdo. Un avance. Un riesgo monumental.
—De acuerdo. Regla número dos.
—Buenas noches, Julian.
—Buenas noches, Elena.
Cuelga ella primero. Yo me quedo con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el silencio de la línea muerta.
Bajo el brazo. El ático ya no parece un sarcófago. Parece… una estación de espera. Un lugar de tránsito entre mi mundo y el suyo.
He llamado. He roto el silencio. He conseguido lo que quería: otra noche, otro encuentro.
Entonces, ¿por qué siento que, en lugar de ganar terreno, acabo de saltar por un precipicio del que ya no hay vuelta atrás?
Porque lo que ha pasado en esta llamada no ha sido una negociación de sexo. Ha sido una negociación de necesidad. Y las necesidades, a diferencia de los deseos, no se apagan con un orgasmo.
Se alimentan.
Y la mía acaba de dar el primer bocado.