Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 13 LA ESTRATEGIA DEL SILENCIO (Elena)
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CAPÍTULO 13 LA ESTRATEGIA DEL SILENCIO (Elena)

Pero hoy, las palabras me traicionan.

—El  fin'amor , el amor cortés —digo, recorriendo el estrado con las manos metidas en los bolsillos de mi chaqueta de tweed—, se basaba en la  abstinencia . El deseo se alimentaba de la distancia, del obstáculo. La posesión física era la muerte del ideal.

Mis ojos se posan en una alumna del fondo, Sarah, que toma notas con fervor. Me pregunto si alguna vez ha sentido deseo. El tipo de deseo que no se alimenta de la distancia, sino que la arrasa. El que no idealiza, sino que  posee .

Porque yo lo he sentido. Hace cuarenta y ocho horas.

« ¿Un día bueno? »

El mensaje de Julian llegó ayer por la tarde.

Breve. Una piedra lanzada al estanque tranquilo de mi lunes.

Lo leí una docena de veces. Cuatro palabras que pesaban más que cualquier tratado medieval.

No respondí. No inmediatamente. Había una estrategia en su silencio de la mañana, después de dejarme en mi puerta.

Había una pregunta en ese mensaje. Y yo tenía que decidir si contestar con la verdad, con otra mentira útil, o con más silencio.

Opté por el silencio. Por ahora.

—Profesora Sterling —dice un chico con gafas, Marcus—, pero si el deseo nunca se consuma, ¿no se convierte en pura fantasía? ¿En algo… irreal?

Sus palabras me golpean en el esternón.  Irreal.  ¿Fue irreal lo de anoche? ¿Fue una fantasía construida con sudor y gemidos en una habitación de hotel? No. Fue la cosa más real que he tocado en años.

—A veces —respondo, eligiendo mis palabras con cuidado—, la fantasía es un refugio. Una forma de explorar el deseo sin arriesgar… lo real. Pero el amor cortés no era una fantasía para ellos. Era un sistema de creencias. Una religión donde la dama era la deidad inalcanzable.

Inalcanzable.  Como yo, para Julian, entre semana. Como él, para mí, ahora, a las once de la mañana de un martes, mientras doy clase. Un sistema de creencias nuevo y frágil, basado en un pacto de verdad y necesidades.

Suena el timbre. La clase termina. Los alumnos recogen sus cosas. Yo me quedo junto al atril, fingiendo ordenar mis notas. En realidad, estoy conteniendo la respiración, esperando a que se vacíe el aula. Cuando por fin estoy sola, me desplomo en la silla tras el estrado.

El silencio del aula vacía es ensordecedor. Me saco el móvil del bolsillo. La pantalla está en negro. Lo enciendo. Nada. Ni un mensaje más de él. Mi silencio ha generado… más silencio.

¿Es un juego? ¿Está probando mi paciencia, mi interés? ¿O simplemente ha aceptado mi no-respuesta como una respuesta en sí, y ha seguido adelante?

Un pánico frío, estúpido, se agarra a mi garganta.

La posibilidad de que haya malinterpretado todo.

De que para él fuera solo sexo excepcional, y el mensaje fuera solo un gancho para otra ronda.

De que yo, la profesora solitaria, haya construido una epopeya de conexión sobre los cimientos tambaleantes de una transacción sexual.

Pero entonces recuerdo sus ojos en la mañana. El cansancio en ellos. La forma en que dijo « Probablemente. Probablemente antes de lo que debería. » No era la voz de un hombre que jugaba. Era la de un hombre que reconocía un peligro, y se acercaba igual.

Cojo el teléfono. Abro nuestro hilo de mensajes. Solo está su texto. Yo, en blanco.

Mis dedos se ciernen sobre la pantalla. Podría escribir «Sí». Simple. Podría escribir «Demasiado bueno. Peligrosamente bueno.» Podría escribir «Necesito verte.»

Todas serían verdades. Todas serían errores.

Porque daría demasiado, demasiado pronto.

Anoche fue una capitulación mutua. Hoy, debo ser estratégica.

Debo recordar que, más allá del encaje negro y los gemidos, somos dos extraños con vidas paralelas que chocaron.

Y los choques, si no se manejan con cuidado, dejan heridas.

Cierro la aplicación del teléfono. Me levanto. Recojo mis cosas. Salgo al pasillo helado de la facultad.

Mi despacho me espera, con sus pilas de libros y su silencio acostumbrado. Pero hoy, ese silencio no es paz. Es una sentencia. Es el sonido de mi vida antes de él. Y ahora que he probado el ruido —el glorioso, desordenado, vital ruido de dos cuerpos encontrándose— ya no puedo soportar el silencio.

Me siento. Enciendo el ordenador. Hay docenas de correos: peticiones de estudiantes, convocatorias de congresos, un recordatorio del comité de ética. El mundanal ruido de mi vida profesional. Lo miro todo como si fuera escrito en un idioma extranjero.

En el cajón de mi escritorio, mi mano busca sin pensar.

Encuentra la cajita de terciopelo. La abro.

La perla única, la que compré después de visitar  Agent Provocateur , brilla con una luz suave y fría.

La saco. La hilo sigue siendo el hilo de plata barato.

Me la pongo. La perla reposa en el hueco de mi clavícula, un peso pequeño, constante. Un recordatorio.

No de él. De  mí . De la mujer que entró en esa tienda. De la mujer que se desabrochó el vestido. De la mujer que hizo un trato en la luz fría de la mañana.

No soy la dama inalcanzable del amor cortés. Soy una mujer de treinta y dos años que ha decidido, conscientemente, meterse en algo complicado, peligroso y potencialmente devastador con un hombre que apenas conoce.

Y necesito actuar como tal.

No con la desesperación de quien teme perder algo.

Con la calma estratégica de quien está explorando un territorio nuevo.

Él lanzó un mensaje. Un sondeo. Mi silencio ha sido mi primera contrajugada.

Ahora debo esperar. Ver si insiste. Ver si su «necesidad», como la llamó, es lo suficientemente fuerte como para romper su propio protocolo, su control.

Porque si no lo es, entonces esto no era más que fuego de paja. Y yo, Elena Sterling, no he sobrevivido seis años de soledad para quemarme por un fuego de paja.

Suena el teléfono del despacho. Es interno. Salto. —¿Sí? —Profesora Sterling, soy Sarah. ¿Tendría un momento para revisar el esquema de mi tesis?

Es mi alumna. La voz es tímida, llena de esa veneración que me cansa y me sostiene a la vez. —Claro, Sarah. Pasa.

Cuelgo. Me quito la perla y la guardo en el cajón. Cierro los ojos un segundo. Cuando los abro, soy la profesora otra vez. O al menos, una imitación convincente.

Sarah entra, con sus papeles y sus dudas. Le hablo de bibliografía, de metodología, de la importancia de las fuentes primarias. Mientras lo hago, una parte de mi mente, una parte que ha despertado y no se va a volver a dormir, observa desde la distancia.

Observa a la profesora seria que da consejos académicos. Y observa también a la mujer que lleva la marca de unos dientes en el muslo interno, oculta bajo la falda de tweed. Las dos son yo. Y por primera vez, no estoy segura de cuál es la máscara y cuál es el rostro verdadero.

Cuando Sarah se va, agradecida, miro el reloj. Las dos de la tarde.

El teléfono móvil sigue en silencio.

Mi estrategia del silencio continúa. Pero ahora, en la soledad de mi despacho, con el eco de mis propias palabras académicas flotando en el aire, la estrategia se siente menos como poder y más como una condena autoimpuesta.

Porque hay una verdad que no puedo negar, por mucho que la analice, la diseccione y le ponga etiquetas medievales:

Lo necesito. No solo su cuerpo. Lo necesito  a él . A la complicidad de su mirada. A la brutal honestidad de sus manos. A la manera en que, en su presencia, la mujer del corsé negro y la mujer del tweed dejan de estar en guerra y se convierten, simplemente, en yo.

Y esa necesidad es más aterradora, y más real, que cualquier texto antiguo sobre el deseo.

El silencio ya no es una estrategia. Es la prueba de fuego. Y no sé cuál de los dos vamos a salir quemados.