Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 12 LA INVASIÓN DE LO MUNDANO (Julian)
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CAPÍTULO 12 LA INVASIÓN DE LO MUNDANO (Julian)

En la pantalla, un correo de Miranda me recuerda una llamada con un juez a las diez.

Pero lo que veo no son palabras. Veo la curva de su espalda desnuda a la luz de la mañana, la palidez de su piel interrumpida por el rojo de mis dedos.

Veo la manera en que su pelo se deshizo del moño y se enroscó en la almohada.

Veo sus ojos, despiertos, claros, aceptando nuestro estúpido y peligroso pacto.

« Solo esto. Hasta donde podamos. »

¿Y hasta dónde es eso? ¿Otra noche? ¿Dos? ¿Hasta que el sexo deje de ser suficiente y empecemos a querer desayunar juntos, a contarnos nuestros días, a dormir abrazados sin la excusa del deseo?

Cojo el bolígrafo de mi escritorio. Es un Montblanc, pesado, caro. Lo giro entre mis dedos. Anoche, estos mismos dedos trazaron la línea de su columna vertebral. Sintieron el temblor que la recorrió antes del clímax. Se aferraron a sus caderas como si fueran un ancla en una tormenta.

Dejo el bolígrafo con un golpe seco contra el cristal del escritorio. El sonido resuena en el silencio de la oficina.

Esto es una distracción. Una variable no controlada.

Elena Sterling es un riesgo calculado que se ha salido de todos los cálculos.

Tiene el poder de sentarme aquí, a sesenta pisos sobre la ciudad, con la mente completamente vacía de todo excepto del recuerdo de cómo su boca sabía a whisky y a rendición.

Un golpe en la puerta. —Adelante.

Es Richard, uno de mis socios júnior. Lleva una carpeta y una expresión de preocupación. —Julian, los del equipo de Henderson están en la sala de conferencias 3. Quieren repasar la estrategia de la apelación. Parecen… nerviosos.

Claro que están nerviosos. Su empresa se juega novecientos millones. La vida de la gente normal gira en torno a esas cifras. A mí, esta mañana, me importan un comino.

—Diles que empiecen sin mí. Tengo una llamada —digo, sin apartar la vista de la pantalla en blanco.

Richard parpadea, sorprendido. Nunca delego, nunca me retraso. —¿Una llamada? ¿Debería…

—Es personal, Richard. Sal.

Mi tono no admite réplicas. Él asiente, incómodo, y sale cerrando la puerta sin hacer ruido.

«Personal.» La palabra sabe a mentira en mi boca. Nada en mi vida es «personal». Todo es transaccional. Hasta anoche. Hasta ella.

Mi teléfono está boca abajo sobre el escritorio. Lo giro. La pantalla está en negro. Podría llamarla. Podría decir algo estúpido como «¿Cómo estás?» o «¿Has pensado en nosotros?». Sería un error. Rompería el frágil equilibrio de nuestro acuerdo.

En lugar de eso, abro el cajón superior de mi escritorio. Dentro, entre clips y documentos sellados, está la perla. La única que recuperé del suelo del  Langham  después de que ella se fuera. Es pequeña, perfecta, fría al tacto. La cojo. La luz del día hace que su irisación brille débilmente.

Es un trofeo. Un recordatorio. Un símbolo de lo que se rompió y de lo que nació.

Suena el teléfono. No es ella. Es Miranda, desde el intercomunicador. —Mr. Vance, el juez Albright está en la línea 1.

La realidad regresa con la fuerza de un martillazo. El juez Albright. La apelación Henderson. Novecientos millones. Mi mundo.

Dejo la perla en el cajón y la cierro. —Pásamelo.

Pongo el auricular en la oreja. La voz del juez es seca, legalista, llena de la arrogancia tranquila del poder. —Julian, necesito que me aclares el punto sobre la jurisdicción en el tercer recurso. Tu escrito es ambiguo a propósito, y no me gustan las ambigüedades.

Normalmente, este es mi terreno. Donde soy el maestro.

Donde las ambigüedades son armas y las palabras, trampas.

Hoy, las palabras del juez suenan a ruido de fondo.

Miro por el ventanal. Allá abajo, en Hyde Park, ella estará dando clase.

Hablando de textos antiguos, de deseos espirituales, con el mismo cuerpo que anoche se retorció bajo el mío gritando mi nombre.

—Julian? ¿Estás ahí?

El juez suena impaciente. —Disculpe, su señoría. La línea se cortó —miento sin titubear—. La ambigüedad es estratégica. Queremos que la otra parte gaste recursos intentando descifrarla. Les daremos la aclaración en la vista oral, cuando ya sea demasiado tarde para que se reorganicen.

Es una jugada sucia, inteligente. La clase de jugada que me ha hecho rico y temido.

El juez emite un sonido que podría ser una risa seca o un gruñido de desaprobación. —Sucio, Vance. Como siempre.

—Efectivo, su señoría. Como siempre —corrijo.

Colgamos. Debería sentir la satisfacción fría de una jugada bien ejecutada. Solo siento un vacío.

Me levanto y vuelvo a la ventana. La ciudad se extiende, un circuito impreso de poder y dinero.

He pasado quince años aprendiendo a navegarlo, a dominarlo.

Y ahora, una profesora de literatura medieval con un moño severo y unos ojos que ven demasiado, ha hecho que todo esto, todo  esto , se sienta como un decorado de cartón piedra.

Suena el teléfono de nuevo. Esta vez es el móvil. Un número desconocido. Mi pulso, que es estable durante los juicios más tensos, da un salto salvaje.

No contesta.

Espero a que termine de sonar. Espero un mensaje de texto. No llega.

¿Fue ella? ¿Probando los límites? ¿O fue solo un robot ofreciéndome una tarjeta de crédito?

La incertidumbre es un ácido en mis entrañas. No estoy acostumbrado a la incertidumbre. La controlo, la fabrico para los demás. No la siento yo.

Decido. Cojo mi teléfono personal. Abro los contactos. Su número no está guardado. Lo memorice anoche, después de que ella se fuera. Una serie de dígitos que ahora parecen tallados en mi cerebro.

Escribo un mensaje. No «Hola». No «¿Qué haces?». Escribo, simplemente:

¿Un día bueno?

Las mismas palabras del bar. El código. El disparador.

Lo envío.

Y luego, hago algo que no he hecho desde que era un pasante con miedo: dejo el teléfono sobre el escritorio y me quedo mirándolo, esperando una respuesta como un adolescente nervioso.

La oficina, con sus metros de mármol y su vista millonaria, de repente me parece la celda más pequeña del mundo. Porque mi libertad, mi atención, mi maldita paz, ya no están aquí. Están en un teléfono silencioso, esperando a que una mujer en Hyde Park decida si hoy es, efectivamente, un buen día.

Y por primera vez en mi vida adulta, estoy completamente a merced de alguien más. Y la parte más jodida es que, en el fondo del pozo de mi propio desconcierto, eso no me aterra.

Me excita.