CAPÍTULO 11 LA MAÑANA FRÍA (Elena)
El agua de la ducha está tan caliente que casi quema.
Dejo que me golpee la espalda, los hombros, la nuca, intentando borrar la sensación de sus manos, de su boca, de su peso sobre mí.
Pero es inútil. Mi piel ha grabado cada detalle.
El mapa de anoche está impreso en mí: el rojo tenue de sus dedos en mis caderas, la sensibilidad dolorosa entre mis muslos, el leve dolor muscular en lugares que no recordaba que existían.
Me visto con la ropa de ayer. El vestido negro parece una reliquia de otra persona.
El tejido se siente extraño contra mi piel desnuda, ahora hipersensible.
Cada costura, cada etiqueta, es una agresión.
Echo de menos el corsé, la armadura elegante que elegí para la batalla. Esto es solo la cáscara vacía.
Cuando salgo del baño, él ya está vestido. Pantalones de vestido, una camisa limpia pero sin corbata, las mangas remangadas. Parece haber borrado toda huella del desorden de anoche. Es Julian Vance otra vez, el abogado impecable. Solo los ojos, grises y cansados, guardan el eco de lo que pasó.
—Lista? —pregunta, su voz neutra.
Asiento. No confío en mi voz.
El viaje en el Bentley es silencioso. La ciudad de día es una bestia diferente. Gris, eficiente, ruidosa. La tormenta ha pasado, dejando charcos que reflejan un cielo plomizo. Marco conduce. Julian mira por la ventana. Yo miro mis manos, anudadas otra vez en el regazo.
¿Qué he hecho?
La pregunta me golpea una y otra vez, con el ritmo monótono de los neumáticos sobre el asfalmo mojado.
He hecho un trato con un extraño. Un trato para seguir haciendo…
esto. Lo que sea que esto sea. Sexo sin compromiso, pero con una intimidad que ya ha traspasado todas las barreras del sexo casual.
Hablamos de verdad. De heridas. De hambre.
Es una locura.
Pero también es lo más lógico que he hecho en años.
Porque por primera vez desde que Robert se fue, no me siento sola.
Y no me siento sola en una cama con un extraño.
Me siento… vista. Comprendida, en una forma primitiva, no intelectual.
Él no sabe mis teorías sobre la mística medieval.
Sabe el sonido que hago cuando llego. Y esa verdad es más grande que todas las demás.
El coche se detiene frente a mi edificio en Hyde Park. Un edificio de ladrillo rojo, modesto, anónimo. Fuera de lugar junto al Bentley negro y reluciente.
Julian baja y me abre la puerta. Es un gesto automático, de educación, pero aquí, ahora, después de todo, se siente cargado. Bajo del coche. El aire frío de la mañana me golpea.
—Aquí —dice él, y me tiende una tarjeta de visita sencilla, blanca. Solo un número de teléfono móvil escrito a mano. Ni nombre, ni dirección. Un hilo directo a él, a esto.
La cojo. El cartón es liso, frío. —¿Cuáles son las reglas para llamar? —pregunto, y no puedo evitar el tono ligeramente sardónico.
—Cuando lo necesites —dice, repitiendo sus propias palabras—. Cuando lo necesites , Elena. No cuando sea conveniente. No cuando estés aburrida.
Su énfasis en la palabra «necesites» me quema. Porque anoche, lo necesité. Lo necesité de una manera física y emocional que me aterra.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Me llamarás tú?
Él mira mi edificio, luego mis ojos. —Probablemente. Probablemente antes de lo que debería.
Es una confesión. Una grieta en su armadura. Un regalo.
Asiento. No hay nada más que decir. Un «adiós» sería ridículo. Un «hasta luego» sería una promesa que aún no estamos seguros de poder cumplir.
Me giro y camino hacia la puerta de mi edificio. Siento su mirada en mi espalda, igual que la sentí anoche cuando salió del bar. Pesada. Intensa.
Al abrir la puerta, me detengo. Me giro. El Bentley aún está ahí. Él sigue de pie junto a él, observándome.
Levanto la mano, un gesto pequeño. Un reconocimiento.
Él asiente, una vez. Luego entra en el coche. El vehículo arranca y se aleja silenciosamente, absorbiéndolo a él, y a la noche que pasamos, en el tráfico matutino de Chicago.
Subo las escaleras hacia mi apartamento. Cada paso es un esfuerzo. Cuando abro la puerta, el silencio me golpea como un muro. Es el mismo silencio de ayer, pero ahora lo noto. Lo siento . Es el silencio de la ausencia, de la vida no vivida.
Dejo mi bolso y la tarjeta con su número sobre la mesa de la entrada. Me quito los zapatos. Camino hasta el dormitorio. La cama está hecha, impecable, las sábanas planchadas. Nada se ha movido desde que salí ayer.
Me siento en el borde del colchón. El contraste con la cama del Langham , deshecha, viva, llena de olor a sexo y a él, es abismal. Aquí todo está en orden. Muerto.
Me tumbo, de lado, en la misma posición en la que me desperté esta mañana con su brazo alrededor de mi cintura. Pero aquí no hay brazo. No hay calor. Solo el frío del algodón limpio y el vacío.
Un sollozo se me escapa, seco, desgarrado. No es de tristeza. Es de… desorientación. He pasado la noche en otro planeta. Y ahora he vuelto a casa, y mi casa ya no me cabe.
Mis ojos se posan en el libro que dejé en la mesilla de noche.
La parte maldita , de Bataille. Abro la página al azar.
Mis ojos leen palabras, pero mi mente no las procesa.
Veo, en su lugar, sus ojos grises mirándome fijamente mientras me hundía en el orgasmo.
Oigo su voz ronca diciendo: «Quiero oírte. »
Cierro el libro con fuerza.
Me levanto. Voy a la cocina. Preparo café. El ritual mecánico me ancla. Pero cuando me llevo la taza a los labios, el olor me recuerda al whisky que bebimos anoche. Al whisky que había en su aliento cuando me besó por primera vez.
Estoy infectada. Cada rincón de mi vida, cada gesto cotidiano, está contaminado por el recuerdo de él. De lo que hicimos. De lo que acordamos.
Cojo la tarjeta blanca de la entrada. El número está escrito con una letra firme, clara. De abogado. Marco el número en mi teléfono. No llamo. Solo lo guardo en los contactos.
No le pongo «Julian». No le pongo «Abogado». Le pongo una «J». Simple. Ambigua. Un secreto en mi propio teléfono.
El resto del domingo pasa como en un sueño. Hago las tareas domésticas. Intento leer. Intento corregir unos trabajos. Pero mi mente está en otra parte. En una suite del piso diez, con las cortinas entreabiertas y un hombre que me conoce más íntimamente que nadie en el mundo.
Cuando llega la noche, el silencio del apartamento es insoportable. Me meto en la ducha otra vez. Me pongo el pijama más viejo y cómodo que tengo. Me meto en la cama.
Y entonces, en la oscuridad, finalmente me permito pensar en ello. No con culpa. No con arrepentimiento.
Con hambre .
La misma hambre que él vio en mis ojos en el bar. La hambre que anoche, por unas horas, quedó saciada de la manera más brutal y gloriosa posible.
Extiendo la mano en la cama vacía a mi lado. Donde esta mañana estaba su cuerpo caliente, ahora solo hay frío.
Y sé, con una certeza que me hiela y me calienta al mismo tiempo, que voy a usar ese número. Pronto. Demasiado pronto.
Porque he probado el antídoto contra mi propia vida ordenada y muerta. Y ahora, el veneno del aburrimiento, de la soledad elegida, ya no me basta.
La profesora Elena Sterling se acuesta sola.
Pero la mujer que se desabrochó el vestido ante un extraño anoche, esa mujer ya no existe.
Y la que ha tomado su lugar… esa mujer tiene un número de teléfono en la mesilla.
Y un fuego en las entrañas que solo una cosa puede apagar.
Y esa cosa tiene ojos grises y se llama Julian.