Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 10 SEXO 0 - LA EXPLOSIÓN (Julian)
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CAPÍTULO 10 SEXO 0 - LA EXPLOSIÓN (Julian)

La luz de la mañana es una intrusa.

Se filtra entre las cortinas, una cuchilla dorada y fría que corta la penumbra de la suite. Cae directamente sobre su rostro, sobre los párpados cerrados, sobre el mechón de pelo castaño que se le ha escapado del moño y ahora se curva sobre la almohada.

Elena.

Duerme.

Yo no.

Llevo horas despierto. Observándola. Su respiración es tranquila, profunda. En el sueño, toda la tensión, la inteligencia feroz, la guardia, se ha derretido. Parece más joven. Vulnerable. Una palabra que no cuadra con la mujer que anoche desabrochó su vestido como si estuviera desafiando al mundo.

Mi brazo sigue rodeando su cintura. Su piel es suave, cálida bajo mi palma. La curva de su cadera encaja perfectamente contra mí. Es una sensación… correcta. Demasiado correcta. Y por eso mismo, peligrosa.

Anoche no fue sexo. Fue una capitulación mutua.

Recuerdo cada detalle con una claridad que me aterra.

La manera en que sus dedos temblaron ligeramente al desabrochar el primer botón.

La revelación del encaje negro, una emboscada perfecta.

El sonido que hice al verlo, un gruñido de animal herido.

La delicadeza con la que desenganché su corsé, como si fuera algo precioso, no un obstáculo.

Y luego, el acto en sí. No fue la furia desesperada del ascensor.

Fue algo más lento, más profundo, más  intencional .

Cada movimiento fue una pregunta, cada respuesta suya, un territorio reclamado.

Cuando llegó, mirándome fijamente a los ojos como me había ordenado, supe que estaba jodido.

Porque no estaba solo viendo placer. Estaba viendo rendición.

Y algo más. Algo que se parecía al asombro.

Como si ella tampoco supiera que su cuerpo podía hacer eso.

Y yo… yo me perdí. En ella. En la sensación de posesión total, sí, pero también en la vulnerabilidad que ella despertó en mí.

En el deseo no solo de tomar, sino de  dar .

De verla deshacerse. De provocar esos sonidos, esos espasmos.

Fue egoísta y altruista al mismo tiempo.

Una contradicción que aún resuena en mis huesos.

Luego, el colapso. Y ese silencio. Y ese gesto estúpido, instintivo, de rodearla con mi brazo y atraerla hacia mí. Como si fuera mía para proteger. ¿Protegerla de qué? ¿De mí?

Ella se mueve ahora, un pequeño suspiro que agita el pelo en su frente. Sus párpados se agitan. Va a despertar.

Una parte de mí, la parte que ha construido una carrera en la anticipación y el control, ya tiene el guion preparado. El discurso del «fue increíble, pero esto es todo». La sonrisa fría y cortés. La retirada elegante. Es lo que hago. Es quien soy.

Pero otra parte, una parte que anoche salió a la luz y que se niega a volver a su jaula, solo quiere apretarla más fuerte contra mí. Quiere sentir de nuevo ese temblor que la recorrió justo antes de caer. Quiere oír mi nombre en sus labios, roto y urgente.

Abre los ojos.

Son del color de la miel bajo el sol de la mañana, confusos, desenfocados por el sueño. Parpadea. La realidad regresa a ellos en oleadas: la habitación de hotel, la luz, yo.

Su cuerpo se tensa levemente bajo mi brazo. No con miedo. Con… conciencia. Recuerda. Todo.

Nuestras miradas se encuentran. No hay sonrisa matutina. No hay vergüenza. Hay un reconocimiento profundo, silencioso. Estamos aquí. Esto ha pasado.

—Buenos días —digo. Mi voz suena ronca por el desuso y por… algo más.

—¿Qué hora es? —pregunta ella, su voz rasposa por el sueño y por los gemidos de anoche. El sonido me provoca un estremecimiento inmediato, involuntario.

—Temprano. Las siete y media.

Asiente, lentamente. Su mirada baja a mi brazo, que aún rodea su cintura. Luego vuelve a mis ojos. No me pide que la suelte. No se aleja.

—Julian —dice, y es la primera vez que dice mi nombre a la luz del día. Suena diferente. Más real.

—Elena —respondo. Es un eco. Un sello.

El silencio vuelve a caer, pero no es incómodo. Es un silencio de evaluación. De dos generales después de una batalla, contando sus bajas y sus victorias.

Ella es la primera en romperlo. Con un movimiento que parece requerir un esfuerzo enorme, se separa de mí y se sienta en la cama.

La sábana se le cae, revelando su espalda desnuda, la elegante curva de su columna, la palidez de su piel marcada aquí y allá por el rojo leve de mis dedos, de mis labios. Las marcas de la batalla.

Me incorporo también, apoyándome en los codos. La observo mientras ella busca su ropa con la mirada. El vestío negro, el corsé. Los tacones, tirados junto a la cama.

—Hay una bata en el baño —digo, aunque no quiero que se cubra. Quiero seguir viéndola.

—Gracias —murmura, pero no se mueve. Se queda sentada al borde de la cama, con la espalda hacia mí, los hombros un poco encorvados.

Es ahora. El momento de la retirada elegante. De poner las cosas en su sitio.

Me levanto. El aire frío de la habitación me golpea la piel desnuda. Camino hacia donde mi ropa está esparcida. Me pongo los pantalones, sin prisas. Me giro hacia ella. Ella sigue sentada, inmóvil, esperando.

—La noche pasada… —empiezo, buscando las palabras, el tono adecuado. El tono de Julian Vance, abogado, hombre de mundo, que no se deja atrapar por una noche de sexo—. Fue…

—Increíble —ella termina la frase por mí, girándose para mirarme. Sus ojos ya no están confusos. Están claros, intensos—. Intenso. Necesario. ¿Qué más?

Me desarma. Su frontalidad. No juega. No coquetea. Pone las cartas sobre la mesa.

—Sí —admito, porque es inútil negarlo—. Todo eso.

—Y ahora, ¿qué? —pregunta, y hay un desafío en su voz—. ¿Nos damos la mano y nos decimos que ha sido un placer? ¿Borramos el número y fingimos que no sabemos cómo suena el otro al gemir?

Su crudeza es un bálsamo y un veneno. Me acerca al borde de la cama, me siento a su lado, sin tocaría. —¿Qué quieres tú? —le devuelvo la pregunta. Es una táctica. Poner la pelota en su tejado.

Ella mira sus manos, luego el ventanal, luego a mí. —No lo sé —confiesa, y es la primera vez que la oigo insegura—. Esto… no era el plan. El plan era una noche. Alivio mutuo. Sin ataduras.

—El plan ha cambiado —digo, y es una afirmación, no una pregunta.

—Sí.

La palabra es pequeña, pero enorme. Flota en el aire entre nosotros.

—Yo no hago… esto —digo, haciendo un gesto vago que abarca la cama, la intimidad, la vulnerabilidad de la mañana después.

—¿Relaciones? —pregunta ella, con una ceja ligeramente arqueada. —Conexiones —corrijo. La palabra se me escapa antes de poder detenerla.

Ella me mira, largamente. Como si estuviera leyendo algo escrito en mi alma. —Yo tampoco —dice al fin—. Pero anoche no fuimos dos personas haciendo una transacción, Julian. Fuimos dos personas… encontrándose. En la oscuridad. De una manera que duele y que cura al mismo tiempo.

Coño. Lo ha dicho. Ha puesto en palabras el nudo de contradicciones que llevo en el pecho desde que se cerró la puerta del ascensor.

Me levanto otra vez, incapaz de quedarme quieto.

Camino hasta la ventana, aparto un poco la cortina.

Chicago despierta. La ciudad gris, eficiente, impasible.

Mi mundo. —Esto es complicado —digo, más para mí que para ella.

—¿Y lo simple te ha funcionado? —pregunta su voz a mi espalda—. ¿Te ha hecho feliz?

Me giro. Ella se ha puesto la bata blanca y esponjosa del hotel. Le queda enorme. La tela blanca hace que su piel parezca aún más pálida, sus ojos más oscuros. Parece pequeña, frágil. Pero sus ojos no lo son. Son implacables.

—No —respondo, y es la verdad más honesta que he dicho en años—. No me ha hecho feliz.

—A mí tampoco —susurra.

Nos miramos a través de la habitación. Dos náufragos en la misma isla desierta, reconociendo por fin que comparten el naufragio.

—No prometo nada —digo, y es una advertencia, para ella y para mí—. Soy malo para esto. Para… la ambigüedad emocional. Para la entrega.

Una sonrisa triste, comprensiva, se dibuja en sus labios.

—Yo también. Pero anoche entregué más de mí de lo que he entregado en seis años. Y tú estabas allí. No te fuiste.

No. No me fui. Y no quiero irme ahora.

—Podríamos… —trago saliva—. Podríamos intentarlo. Ver qué pasa. Con reglas.

—¿Reglas? —pregunta, y hay un destello de su antigua ironía.

—Sin expectativas. Sin invasión de nuestras vidas reales. Nos vemos cuando… cuando lo necesitemos. Así.

Es una propuesta de mierda. Es egoísta. Es cobarde. Es lo único que puedo ofrecer sin sentir que estoy saltando por un precipicio sin paracaídas.

Elena se levanta. Camina hacia mí, despacio. Se detiene frente a mí. La bata blanca se abre un poco en el escote. Veo el comienzo de la curva de sus pechos, el rojo de un pequeño moretón que le hice anoche. Mi pulso se acelera.

—De acuerdo —dice—. Reglas. Sin expectativas. Solo esto. —Extiende la mano, no para que la bese, sino para un apretón de manos. Un gesto de negociación.

La miro a la mano, luego a los ojos. Y en lugar de estrecharla, la cojo y la llevo hacia mí, hasta apoyarla contra mi pecho, sobre mi corazón.

—Esa es la primera regla rota —susurro—. No más apretones de manos. No más contratos impersonales.

Sus ojos se ensanchan. Siente el latido acelerado bajo su palma.

—¿Cuál es la regla entonces?

—La regla es que cuando nos veamos, sea real. Como anoche. Sin disfraces. Sin juegos de poder. Solo… verdad. Hasta donde podamos.

Ella asiente, lentamente. Su mano se aferra un poco más a mi pecho.

—Y cuando no podamos más… cuando esto se rompa o se vuelva demasiado complicado… nos decimos adiós. Sin dramas. Sin reproches.

—De acuerdo —digo.

Es el contrato más estúpido y arriesgado que he firmado en mi vida. No está escrito. No tiene testigos. Se basa solo en la palabra de dos personas rotas que encontraron un espejo en la oscuridad.

Bajo la cabeza y beso su frente. Es un beso suave, no de lujuria, sino de… sello. De promesa.

—Ve a vestirte, profesora. Te llevo a casa.

Ella asiente y se dirige al baño. La observo ir. La bata blanca arrastra por el suelo.

Cuando la puerta del baño se cierra, me quedo mirando la cama deshecha, las sábanas arrugadas que guardan la huella de nuestros cuerpos, el olor a sexo y a ella.

He hecho un trato con el diablo. O quizá con un ángel caído.

Solo el tiempo dirá cuál de los dos acaba destrozándome.