CAPÍTULO 9 EL DESPOJO (Elena)
La puerta de la suite se cierra. Un sonido definitivo. El ruido de la ciudad se convierte en un murmullo lejano.
Él se queda junto a la puerta, observándome. El abrigo empapado ya no está sobre mis hombros; lo dejé caer en el ascensor. Ahora solo tengo el vestido negro, sencillo, de manga larga. Me siento vulnerable, pero no asustada. Hay una diferencia.
La suite es amplia, minimalista. La luz de la ciudad se filtra entre las cortinas medio cerradas, dibujando franjas plateadas sobre la alfombra. Un jarrón con una sola orquídea blanca. Todo en orden. Todo esperando.
—¿Otro whisky? —pregunta Julian, su voz más grave aquí, en la intimidad.
—No —digo. Mi voz suena más firme de lo que me siento.
Se acerca. No con la urgencia del ascensor. Con calma. Midiendo el terreno. Sus ojos no dejan de mirarme.
—Estás temblando.
—Hace frío —miento.
—No es el frío —dice, y está a solo un paso de mí. Su calor es tangible. Su olor me envuelve: lluvia, lana mojada, esa madera ambarada que le define.
No retrocedo. Levanto la barbilla. Es el momento. El juego cambia ahora. En el bar, en el ascensor, fue instinto puro. Ahora es elección.
Mis manos, que han estado junto a mi cuerpo, se elevan. No hacia él. Hacia mí.
Mis dedos encuentran el primer botón de mi vestido, en la base del cuello. Es de nácar, pequeño, frío. Lo desabrocho. Un clic suave.
Julian se queda inmóvil. Sus ojos siguen el movimiento de mis dedos.
Desabrocho el segundo botón. Luego el tercero. No me apresuro. Cada botón es una declaración. Cada centímetro de piel que revelo es un territorio que le ofrezco. No por fuerza. Por deseo.
El vestido se abre, dejando ver el comienzo de mi esternón, el hueco de la clavícula. Hace frío, pero un calor profundo empieza a arder dentro de mí.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta él, pero no es una pregunta de protesta. Es de reconocimiento.
—Mostrándote algo —respondo, y mi voz es un susurro.
El cuarto botón. El quinto. El vestido se separa lo suficiente como para que él vea lo que hay debajo. No hay algodón blanco, nada práctico. Hay encaje . Negro. Fino como una telaraña.
Me detengo. El vestido está abierto hasta justo por encima del sujetador. Él puede ver el borde superior, el detalle delicado y perverso contra mi piel pálida.
Su respiración se acelera. Lo noto. Sus ojos, que no se han apartado de mis manos, se oscurecen.
—Continúa —dice, y es una orden, pero hay algo roto en su tono. Hambre, sí. Pero también sorpresa. No esperaba esto. No esperaba este control.
Sonrío, una sonrisa pequeña, solo para mí.
Desabrocho el siguiente botón. Y el siguiente.
El vestido cae abierto por completo por delante, sostenido solo por mis hombros.
Ahora puede verlo todo: el corsé de encaje negro que me ciñe el torso, realzando la curva de mis pechos, marcando mi cintura.
Es más que lencería. Es arquitectura. Es intención.
Dejo que el vestido se deslice de mis hombros. Cae a mis pies con un susurro de tela. Quedo ante él, de pie, en el centro de la suite, vestida solo con el corsé negro, las medias de seda con liguero, y los tacones negros sencillos que llevaba.
El aire acondicionado me golpea, pero el rubor en mi piel no es por el frío. Es por su mirada. Me recorre como una caricia física, lenta, intensa. No es la mirada de un depredador que ha capturado a su presa. Es la de un coleccionista que descubre una pieza única, inesperada.
—Dios mío —murmura, y es la primera vez que le oigo algo que suena a asombro genuino.
Da un paso hacia mí. Luego otro. Ahora está lo suficientemente cerca como para tocar. Pero no lo hace. Sus ojos beben cada detalle: el encaje sobre mi piel, la sombra entre mis pechos, la línea de mis caderas donde el corsé termina y comienza la seda de las medias.
—¿Esto es para mí? —pregunta, su voz ronca.
—Es para esto —corrijo. Y añado, retando—: ¿Te gusta?
En lugar de responder, levanta una mano. Sus dedos se acercan al encaje que cubre mi costado. No me toca a mí. Toca la tela. Siente su textura. Es un gesto extrañamente reverente, íntimo.
—Es… una emboscada —dice finalmente, y hay una sonrisa torcida en sus labios.
—Sí —admito.
Su mano se desliza del encaje a mi piel, justo por encima de la cintura del corsé. Su tacto es cálido, áspero en contraste con la suavidad de la seda. Un escalofrío recorre mi espalda.
—Has pensado en esto —no es una pregunta.
—Todo el día.
Esa confesión parece romper algo en él. El último vestigio de distancia. Con un movimiento fluido, sus manos encuentran los pequeños ganchos al frente del corsé. Pero no los forza. Los desabrocha con una delicadeza que contradice todo lo que hemos vivido hasta ahora. Clic. Clic. Clic.
Cada gancho que cede me libera, me expone un poco más. Siento cómo el corsé pierde tensión. Cuando el último cede, él lo aparta con sus manos, dejándolo caer. No al suelo. Sobre el sofá cercano, como si fuera algo valioso.
Ahora solo quedan las medias, las ligas y yo.
Su mirada cae sobre mis pechos, libres, y su respiración se corta. Extiende una mano, pero se detiene a centímetros de mi piel, como si temiera quemarse.
—Eres… increíble —susurra.
Esta vez, no es un cumplido vacío. Es una observación cargada de genuino asombro. Y eso, más que cualquier palabra sucia, más que cualquier gesto brusco, es lo que finalmente me derrite por dentro.
Cierro la distancia final. Pongo mis manos sobre su camisa mojada, sobre el calor sólido de su pecho. Siento el latido de su corazón, rápido y fuerte, bajo mis palmas.
—Ahora tú —digo, y mis dedos buscan los botones de su camisa.
Esta vez, soy yo quien despoja.
Y cuando al fin no hay nada entre nosotros, cuando su piel se encuentra con la mía, no es un choque. Es un encuentro. Un reconocimiento táctil de que esto, esta locura, es exactamente donde queremos estar los dos.
Él me lleva hacia la cama, pero ya no hay prisa. Hay la certeza lenta y profunda de que el juego ha cambiado. Que empezó como una transacción y se ha convertido en algo más. Algo que ninguno de los dos nombra, pero que palpita en el aire entre nuestros cuerpos entrelazados.