Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 8 CRUZANDO EL UMBRAL (Elena)
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CAPÍTULO 8 CRUZANDO EL UMBRAL (Elena)

La lluvia azota el cristal como si quisiera romperlo. Estoy sentada en el Bentley, inmóvil, las manos heladas anudadas en mi regaso. Él conduce. No mira hacia mí. Mira la carretera con una concentración feroz, como si estuviera librando una batalla contra la tormenta.

El coche huele a él. A cuero caro, a la lluvia que trae en el pelo, a ese perfume amaderado que ya reconozco. Es un olor que invade, que ocupa espacio. Como él.

No hay taxis. Es la mentira más obvia del mundo, y ambos la hemos aceptado. Ahora estamos aquí, encerrados en este silencio cargado, mientras Chicago se deshace en agua y oscuridad fuera.

Pisa el acelerador. El motor responde con un gruñido profundo que siento en los huesos. Toma Lake Shore Drive. A la izquierda, el lago es una bestia negra, furiosa, escupiendo espuma blanca. Debería asustarme. En cambio, me siento viva. Más viva que en los últimos seis años.

Lo miro de reojo. Su perfil es duro, recortado contra las luces que se deslizan sobre el parabrisas.

La mandíbula apretada, las manos fuertes sobre el volante.

Hay una tensión en él, una energía contenida que parece vibrar en el aire entre nosotros.

No es nerviosismo. Es expectación. La misma que me quema por dentro.

—¿Vives por aquí? —pregunto, solo para romper el silencio que se ha vuelto demasiado denso, demasiado significativo.

—Gold Coast —dice. Una sílaba. Un muro.

Asiento. No me sorprende. Encaja. La fortaleza inexpugnable.

Un camión enorme nos adelanta, lanzando una ola de agua sucia contra el cristal. Ni me inmutó. Él tampoco. Dos estatuas en una cápsula que avanza a través del diluvio.

—¿Siempre llevas a extrañas a tu casa durante tormentas bíblicas? —La ironía en mi voz es un pequeño desafío. Una forma de recordarme a mí misma que aún tengo voz.

Él gira la cabeza hacia mí. Sus ojos, en la penumbra, son dos fragmentos de noche. —Sólo a las que cierran libros como si fueran a declarar una guerra.

Sus palabras me detienen el corazón. Las siento como un golpe bajo, una verdad demasiado precisa. Me mira como si ya me hubiera leído, como si conociera esa guerra íntima que libro cada día contra la mujer que fingo ser.

—Quizá lo sea —digo, manteniendo su mirada—. Una declaración de guerra.

—¿Contra qué?

—Contra la versión de mí que se quedó leyendo en el bar.

Algo cambia en su expresión. Un parpadeo, un destello de algo que podría ser comprensión. O reconocimiento.

—Buena suerte con eso —murmura, y vuelve a mirar la carretera.

Pero no toma la salida hacia el Gold Coast. Sigue adelante.

No pregunto. Sé adónde va. Lo sé en la punta de los dedos, en el latido acelerado que empieza a martillear en mis venas. El silencio se transforma. Ya no es incómodo. Es eléctrico. Es la cuenta atrás antes de la explosión.

Puedo sentir el calor de su cuerpo a apenas medio metro. Imagino ese calor sin las barreras de la ropa. Imagino las manos que sujetan el volante sujetando otra cosa. A mí. Un escalofrío que no tiene nada de frío me recorre la espina dorsal.

Los rascacielos del centro se alzan ante nosotros, gigantes de luz y cristal. Conduce directamente al  Langham . Por supuesto. Discreto. Anónimo. Caro. El escenario perfecto para esto.

El portero se acerca con un paraguas. Él baja la ventanilla. La lluvia irrumpe, fría y violenta. —Buenas noches, Mr. Vance. ¿Necesita el garaje? —No —dice él, saliendo del coche sin importarle el agua que lo empapa de inmediato. Le da las llaves al portero—. Quédate con él.

La acción, tan decisiva, tan fuera de lo común, me deja sin aliento. Da la vuelta al coche y abre mi puerta. Me bajo, esquivando un charco. La lluvia me azota la cara. Me mira. Estoy empapada, seguramente parezco una loca. Pero en sus ojos no veo burla. Veo algo intenso, hambriento.

—¿No tienes paraguas? —pregunto, casi por decir algo, por aferrarme a la normalidad un segundo más.

—No —dice. Y entonces, extiende el brazo hacia mí, ofreciéndome su apoyo para cruzar los dos metros hasta la puerta.

Es un gesto tan absurdo, tan caballeroso y a la vez tan cargado de ironía, que casi me echo a reír. No tomo su brazo. Doy un paso firme hacia la puerta giratoria. Siento su mirada en mi espalda, caliente a pesar de la lluvia.

Dentro, el vestíbulo es una catedral de silencio y calor seco. Nuestros pasos resuenan. No hablamos. El sonido del agua goteando de nuestra ropa sobre el mármol es el único ritmo.

Llegamos a los ascensores. Entramos. Él se queda frente a mí. En el espejo, nuestras imágenes se multiplican: dos extraños empapados, con la respiración entrecortada, mirándose a través del cristal. Presiona el botón del piso diez. Las puertas se cierran con un suave zumbido.

El ascensor comienza a subir.

Y en ese instante, algo se rompe dentro de mí. La última cadena de la razón, del miedo, de la Elena Sterling que planifica cada movimiento. Un calor violento, urgente, me inunda. No puedo esperar. No quiero esperar.

Con un movimiento brusco, me quito el abrigo empapado, pesado como una losa, y lo dejo caer al suelo. El sonido es húmedo, definitivo.

Él me mira. Sus ojos grises arden. No hay sorpresa. Hay… rendición. A lo mismo que me rindo yo.

No sé quién se mueve primero. Pero de repente está ahí, sus manos en mi cara, frías por la lluvia pero llenas de fuego. Su boca encuentra la mía.

No es un beso.

Es un  ataque . Un reclamo mutuo.

Yo me aferro a él, mis manos se hunden en la tela mojada de su chaqueta, tirando de su cuerpo contra el mío.

Un gemido, bajo y gutural, se escapa de mis labios y se pierde en su boca.

El ascensor sigue subiendo, pero el mundo se ha detenido.

Solo existe la presión de sus labios, el sabor a lluvia y a whisky, la urgencia salvaje que nos une aquí, ahora, en esta jaula de cristal que asciende hacia lo desconocido.

Ya no hay vuelta atrás. El umbral no está en la puerta de la habitación 1012.

El umbral está aquí.

Y acabo de cruzarlo.