CAPÍTULO 7 EL DUELO VERBAL
El ascensor del Langham asciende en un silencio sepulcral.
Julian está a mi lado, inmóvil, mirando al frente.
El aire entre nosotros está cargado, espeso.
He aceptado su oferta después de que la tormenta hiciera imposible encontrar un taxi.
Un gesto práctico, pero aquí, en este espacio cerrado y acristalado que sube hacia lo desconocido, la práctica se siente como el preludio más obsceno.
El Bentley Continental GT negro era una jaula de lujo.
Él condujo, sus manos grandes y seguras sobre el volante de cuero.
No hablamos. La ciudad, lavada por la lluvia, desfilaba como un sueño húmedo tras los cristales.
Yo miraba mis propias manos, anudadas en el regazo, y trataba de no pensar en lo que se avecinaba.
En lo que yo había elegido que se avecinara.
Cuando el ascensor se detiene con un suave ding , el sonido me hace saltar el corazón a la garganta. Las puertas se deslizan abriéndose a un pasillo silencioso, alfombrado, infinito.
La suite es enorme, fría, impersonal. Un ventanal muestra a Chicago, ahora un mosaico de luces temblorosas bajo la llovizna persistente. Hay un sofá, una mesa, una barra con botellas. Todo perfecto. Todo vacío.
La puerta se cierra. El sonido es definitivo.
Me giro. Él se ha quitado la chaqueta y la ha colgado con una precisión que delata costumbre. Ahora está en mangas de camisa, las mangas remangadas hasta los antebrazos. Me mira. No con el hambre bruta de antes, en el bar. Con algo más peligroso: curiosidad .
—¿Whisky? —pregunta, su voz un ronroneo bajo que llena el silencio.
—Sí —digo, y me sorprende lo firme que suena mi voz.
Se mueve hacia la barra. Yo me quedo en el centro de la habitación, sintiéndome expuesta, ridícula. Mis dedos se enroscan en los bordes de mi abrigo, pero no me lo quito. Es mi última capa de defensa.
—Has leído a Bataille —dice él, de espaldas a mí, sirviendo dos vasos bajos.
La afirmación me desconcierta. Es lo último que esperaba oír. —¿Cómo lo sabes?
—El libro que cerraste en el bar. La parte maldita . No es lectura común para… una cita.
Vuelve hacia mí, sosteniendo los dos vasos. Me tiende uno. Nuestros dedos se rozan al tomar el mío. Una chispa.
—Soy profesora de literatura —digo, dando un sorbito. El whisky es suave, caro, y me quema de todas formas—. Leo cosas. No todas son para citas.
Es una respuesta evasiva, académica. Él no se la traga.
—Bataille habla del exceso, del derroche, de traspasar límites —dice, acercándose un paso. No me invade, pero reduce la distancia. Su presencia física es abrumadora—. De gastar energía sin propósito, solo por el acto en sí. ¿Es eso lo que buscas aquí, Elena? ¿Gastar energía?
Su uso de mi nombre real, aquí, ahora, es una violación deliberada de nuestras propias reglas. Un desafío. Siento una punzada de irritación. No es el único que puede jugar.
—Bataille también habla de la transgresión como acceso a lo sagrado —contraataco, manteniendo su mirada—. De que para tocar lo divino, a veces hay que mancharse las manos. ¿Es eso lo que tú buscas, Julian? ¿Un poco de divinidad en una suite de hotel?
Un destello de algo —¿sorpresa? ¿aprobación?— cruza sus ojos grises. Bebe un sorbo, sin apartar la vista de mí.
—Yo no busco divinidad. Busco… autenticidad. Todo en mi vida es transacción. Calculada. Esto —hace un gesto vago con su vaso, abarcando la habitación, a nosotros—, esto no tiene precio. No tiene contrato. Eso lo hace interesante.
—¿Interesante? —pregunto, y no puedo evitar que mi tono sea ligeramente burlón—. ¿Es ese el criterio de un tiburón como tú? ¿El interés?
Él sonríe. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de un depredador que ha encontrado a una presa que muerde.
—El interés es lo único que me mantiene vivo —dice, su voz más baja—. Y tú, profesora, eres la cosa más interesante que he encontrado en años. Una mujer que cita a Bataille mientras decide si acostarse con un extraño. La contradicción hecha carne.
Me ruborizo. La ira y la excitación se mezclan en un cóctel peligroso dentro de mí. —No soy una contradicción. Soy una persona compleja. Algo que quizá no estés acostumbrado a manejar.
—Oh, estoy acostumbrado a manejar cosas complejas —responde, y su mirada se vuelve más intensa, más oscura—. Casas de billones de dólares, destinos corporativos, vidas humanas en un tribunal. Pero tú… tú no eres un caso. Eres un enigma. Y los enigmas me obsesionan.
Da otro paso. Ahora está lo suficientemente cerca como para que pueda sentir el calor que emana de él, oler el whisky en su aliento mezclado con su perfume amaderado. El aire parece vibrar.
—¿Y qué haces cuando te obsesiona un enigma, Julian? —pregunto, desafiante, aunque mi pulso acelere—. ¿Lo diseccionas? ¿Lo compras? ¿Lo ganas en un juicio?
Él inclina la cabeza, estudiándome como si fuera el texto más fascinante que ha leído.
—Lo resuelvo —susurra—. Capa a capa. Hasta llegar al núcleo.
Sus palabras son una promesa. Una amenaza. Y lo más aterrador es que yo quiero que las cumpla. Quiero que desgarre las capas. Quiero que llegue al núcleo, aunque me destruya en el proceso.
Dejo mi vaso en una mesa cercana, con un clic que suena terriblemente final. —Quizá el núcleo no sea lo que esperas —digo, y mi voz ya no es firme. Tiembla ligeramente—. Quizá esté podrido. O vacío.
Él deja su vaso junto al mío. Su mirada no se aparta de la mía. —Sólo hay una manera de averiguarlo.
Este no es el juego de seducción que imaginé. No hay frases hechas, no hay tacto preliminar. Es un duelo. Un intercambio de intelecto y voluntades que es, de por sí, el foreplay más intenso que he experimentado. Cada palabra ha sido un roce, cada mirada, un desnudamiento.
Y ahora, el silencio que cae entre nosotros es más elocuente que cualquier palabra. La tensión es una cuerda tirante, a punto de romperse.
Él no se mueve. Me está dando la última palabra. La última oportunidad de echar a correr.
Pero yo ya corrí. Corrí durante seis años. Corrí hacia los libros, hacia la seguridad, hacia la nada.
Ya no.
Levanto la barbilla, un gesto pequeño, pero que siento como la declaración más valiente de mi vida.
—Entonces averígualo.
Es todo lo que digo. Y es todo lo que hace falta.
El aire de la suite, antes frío y estático, estalla en movimiento.