CAPÍTULO 6 EL BAR DE LA TORMENTA (Julian)
El Green Mill apesta a cerveza rancia, humo de cigarrillo de contrabando y desesperación barata. La tormenta golpea los cristales como puños. He elegido este agujero a propósito. Nada que la impresione. Quiero ver la grieta en su armadura antes de que suba al hotel.
Llevo una hora bebiendo bourbon barato en la esquina más oscura. La vi entrar. Puntual. Se sacudió la lluvia del abrigo y por un segundo, la tela pegada a sus pechos, a sus caderas… Se me secó la boca. Un lapsus. Lo ahogué con whisky.
La observo. Se sienta, pide un trago. No mira el teléfono. Saca un libro. Un puto libro de tapas duras, en este antro. Me tenso. ¿Es una pretenciosa? ¿Una intelectual jugando a ser peligrosa?
Pero no. La manera en que lo agarra… es un escudo.
Lo lee con los ojos, pero su cuerpo está alerta, escaneando la puerta, los hombres.
Un tipo con una chaqueta de cuero mugriento se le acerca.
Le dice algo al oído, le pone una mano en el brazo.
Ella no se encoge. Levanta la vista lenta, mortalmente lenta, y le dice algo.
No oigo las palabras, pero veo el efecto: el tipo palidece, retira la mano como si la hubiera quemado y se aleja tropezando.
Algo se enciende en mi pecho. No es admiración. Es más primitivo. Reconocimiento. Ella no es una víctima. Tiene columna. Tiene fuego. Y lo tiene guardado, controlado, como yo.
La miro pasar páginas. Sus dedos son largos. Imagino esos dedos agarrando algo. A alguien. A mí. El bourbon me quema en el estómago.
El momento llega. Cierra el libro. No es un gesto suave. Es un portazo en miniatura. Ha tomado una decisión. Ya no es la profesora. Ahora es la mujer que ha venido a esto.
Me levanto. Cruzo el bar. Noto las miradas de otros lobos. Ella también. En el espejo, sus ojos me siguen. No hay sorpresa. Hay… expectación. Como si llevara media hora esperándome y estuviera harta de que me demorara.
Me siento a su lado. Nuestros brazos se rozan. El contacto es una descarga seca. Huele a lluvia y a algo limpio, a jabón sin perfume. Un olor inesperado aquí. Me descoloca.
«¿Un día bueno?»
Mi voz suena ronca, cargada de una intención que no disimulo.
Ella gira. Y entonces, sonríe. No es una sonrisa de chica buena. Es una sonrisa lenta, de comisura a comisura, que llega a sus ojos y los enciende. Es una sonrisa que dice: Por fin, joder. Empecemos.
«Muy bueno», dice. Su voz es más baja de lo que recordaba, con un ronroneo que me baja directo a la entrepierna.
Todo mi protocolo, mi evaluación, se va a la mierda en ese instante. No hay análisis que valga. Solo hay esto. Este cable de alta tensión tendido entre nosotros.
Deslizo la tarjeta de habitación por la barra. No la miro. La miro a ella.
«Te doy tiempo.»
Es una mentira. No quiero darle tiempo. Quiero agarrarla ahora y llevármela. Pero es parte del juego. La ilusión de control. Su control.
Para no hacer algo estúpido, apuro mi trago. El whisky arde. Me levanto y me voy sin mirar atrás. Siento su mirada clavada entre mis omóplatos, caliente como un hierro.
Fuera, la lluvia es un baño frío. Me apoyo contra la pared de ladrillo. El corazón me late en las sienes. Coño. Esto no iba así. Esto era una transacción. Un alivio rápido. Pero esa mujer, esa sonrisa… ha puesto el tablero patas arriba.
Enciendo un cigarrillo con manos que no tiemblan, pero que podrían. Marco tiene el coche a la vuelta de la esquina. Podría irme ahora. Subir al ático, olvidar esto. Ser el puto Julian Vance otra vez.
Pero no me muevo.
Estoy esperando. Como un idiota, empapado, esperando a ver si una desconocida decide que valgo la pena.
Y lo más jodido es que por primera vez en años, necesito que decida que sí.
La puerta del bar se abre. No es ella. Es un borracho que tropieza en la acera.
Maldigo en voz baja. Tiro el cigarrillo. Estoy a punto de irme, de recuperar el sentido, cuando la puerta vuelve a abrirse.
Es ella.
Lleva el abrigo abrochado, la bolsa colgada del hombro. Su pelo recogido está un poco deshecho por la humedad. Me mira desde la puerta. No sonríe ahora. Su expresión es seria, intensa. Me está midiendo, igual que yo a ella.
Da un paso hacia mí. La lluvia le golpea la cara, pero no parpadea.
—Creo que mi taxi se ha perdido —dice, y su tono es casi desafiante.
Es una mentira obvia. Pero es nuestra mentira. La excusa que necesitamos.
Le sostengo la mirada. La lluvia nos empapa a los dos. —Yo tengo coche.
Ella asiente, una vez. No dice «gracias». No dice nada. Solo acepta. Como aceptó la tarjeta. Como aceptó esto desde el principio.
Abro la puerta del Bentley para ella. Se desliza dentro sin una palabra. Cierro la puerta y por un instante, a través del cristal tintado, nuestros ojos se encuentran. Hay algo eléctrico, casi violento, en ese intercambio silencioso.
Al rodear el coche para entrar por el otro lado, siento una sonrisa torcida en mis labios. Un viejo instinto, de cuando era más joven y más estúpido y las cosas eran más simples.
Esto no va a ser simple. Esto va a ser un incendio.
Y yo acabo de echarle gasolina.