CAPÍTULO 5 EL PRESAGIO
El espejo del probador de Agent Provocateur me devuelve una imagen que no reconozco.
Estoy de pie, en ropa interior, frente a mi propio reflejo triplicado en los cristales.
Llevo un corsé de encaje negro, tan fino que parece una sombra pegada a mi piel.
Las costuras suben y bajan como un mapa de tentación, apretando mi cintura, realzando mis curvas de una manera que mi ropa interior de algodón jamás haría.
Las medias son de seda negra, con una costura impecable en la parte trasera que se pierde bajo la liga.
Es una silueta de revista, de fantasía prohibida. Es todo lo que Elena Sterling no es.
Y, sin embargo, aquí estoy.
Mis dedos tiemblan ligeramente al pasar por el encaje. La sensación es extraña, a la vez restrictiva y liberadora. Sostengo en la otra mano la prenda que aún no me he atrevido a ponerme: una braguita de hilo dental del mismo encaje, tan mínima que parece una idea más que una prenda.
El probador es un cubículo de terciopelo burdeos, cálido, íntimo.
Fuera, en la tienda, suena música electrónica suave y se escucha el murmullo discreto de las vendedoras, todas con una elegancia de pantera.
Una de ellas, una mujer de unos cincuenta con el pelo plateado cortado al sesgo, me ha sonreído al entrar.
—Algo para una ocasión especial —le dije, y mi voz sonó ronca, como si la ocasión fuera un secreto del que pudiera morir.
Ahora, aquí dentro, la realidad me golpea. ¿Qué estoy haciendo? Comprando un disfraz. Un disfraz para una persona que no existe, para una noche que no debería repetirse. Es un acto de locura. O de esperanza.
Miro mi reflejo otra vez. La mujer del espejo tiene los ojos demasiado brillantes, las mejillas ligeramente sonrojadas. Se ve… excitada. Y asustada. No es la profesora que corrige exámenes con lápiz rojo. Es una impostora.
Pero una parte de mí, una parte que ha dormido durante seis años, susurra: ¿Y si esta soy yo? ¿La verdadera?
Dejo caer la braguita en el banquillo. Me cubro el pecho con los brazos, de repente avergonzada. A través de la puerta, oigo a dos chicas jóvenes, probablemente novias, riéndose y susurrando.
—¡Mira este! ¿Te lo imaginas con las medias a rayas?
—Él se moriría.
Su alegría es fácil, despreocupada. La mía es un nudo de nervios y anticipación.
Me visto de nuevo, con prisas, como si alguien pudiera verme.
Mi ropa de calle —un pantalón negro sencillo y un jersey de cuello alto— ahora me siente como un disfraz más grueso, más pesado.
Pago el corsé, las medias, la liga y la prenda diminuta con mi tarjeta de crédito.
La vendedora me entrega la bolsa negra con el logo dorado discretamente oculto.
Es ligera. Casi no pesa. Pero en mi mano, siento que carga con el peso de una decisión.
Salgo a Oak Street. La luz del día es cruda, reveladora. La gente pasa a mi lado, indiferente. Nadie sabe lo que llevo en la bolsa. Nadie sabe que, dentro de unas horas, una parte de mí dejará de ser la doctora Sterling y se convertirá en… esto.
Camino hacia el autobús, pero mis pies me llevan en otra dirección.
Me encuentro delante de la joyería de la esquina.
En el escaparate, sobre un terciopelo negro, brilla un collar de perlas.
Son pequeñas, perfectas, de un blanco cremoso.
Como la que él me envió. Como las que saltaron por la alfombra.
Miro el precio. Es astronómico. Más de lo que gasto en ropa en un año.
Pero mis dedos ya están tocando el cristal, como si pudiera sentir la suavidad fresca de las perlas.
Una decisión toma forma en mi mente, repentina, irrevocable.
No compro el collar. Compro una . Una sola perla, montada en un fino hilo de plata.
La pago en efectivo, con los billetes que guardo para emergencias.
La cajera me la entrega en una cajita de terciopelo diminuta. La meto en el bolsillo de mi abrigo. Va a ir conmigo esta noche. Junto a mi piel. Mi secreto. Mi amuleto.
El viaje en autobús de vuelta a Hyde Park es un trance.
La bolsa negra reposa en mi regazo. La cajita de terciopelo arde en mi bolsillo.
Veo las calles, los edificios, los rostros cansados de los otros pasajeros, pero no los registro.
Estoy en otra parte. Estoy en una habitación que aún no he visto, despojándome de capas bajo una mirada gris como el acero.
Cuando llego a mi apartamento, el silencio me recibe como un muro. Todo está en su sitio: los libros ordenados, el sofá impecable, la cocina reluciente. Es el templo de mi vida ordenada. Y hoy, lo siento como una prisión.
Dejo la bolsa sobre la mesa de la entrada. No la abro. No todavía.
Me preparo un té. Me siento en el sofá. El día se deshace lentamente fuera de la ventana.
Las sombras se alargan. En el silencio, la memoria regresa, no como un recuerdo, sino como una sensación fantasma: el peso de él, la fricción cruda, el sonido de mi propio jadeo.
Un calor húmedo se extiende entre mis piernas, tan repentino y real que dejo la taza sobre la mesa con un traqueteo.
Me levanto. No puedo quedarme quieta.
Empiezo a vestirme para la cena, para la vida que no existe esta noche. Me pongo un vestido sencillo de lana. Me recojo el pelo. Me miro en el espejo del pasillo. Veo a una mujer preparada para una velada tranquila en casa. Una mentira.
La bolsa negra sigue ahí, en la mesa, pulsando como un corazón oscuro.
El tiempo pasa. Las calles se oscurecen. El momento se acerca. Me pongo el abrigo. Cojo el bolso. Mis dedos encuentran la cajita de terciopelo en el bolsillo. La abro. La perla brilla, pálida y perfecta, en la penumbra del recibidor.
Me la pongo. El hilo de plata es frío contra mi piel, la perla reposa justo en el hueco de mi clavícula. Es un punto de frialdad, de realidad. Un recordatorio de lo que viene. De lo que soy capaz.
Finalmente, cojo la bolsa negra. La abro.
Saco el corsé, las medias. La tela es suave, traicionera.
Me las pongo con manos que intentan no temblar.
Cada broche de la liga que se cierra, cada gancho del corsé que se abrocha, es un latido más de este corazón nuevo y aterrorizado que late dentro de mí.
Cuando termino, me miro en el espejo de cuerpo entero del dormitorio. La mujer que me devuelve la mirada es una extraña. Una sirena de encaje y sombra. Una promesa.
Sonrío. Es una sonrisa extraña, salvaje, que no he visto en mi rostro en años.
Estoy lista.
O eso creo. Porque en el fondo, bajo las capas de encaje y la perla fría, la profesora Elena Sterling tiembla. Y espera. Y desea. Y teme.
La noche ha comenzado. Y yo he cruzado ya el primer umbral.